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Libro 18 · Capítulo 1Parte I · Soltar una cosa 11 min de lecturaPor Nova

La pieza del fondo

Lencina Estudio tiene dos plantas en la Alameda y veintiséis personas, pero la pieza del fondo de la casa de Nancy, donde Débora puso el primer sillón y el primer lavacabezas, sigue igual que hace ocho años, con la llave en el llavero de Débora. Nancy quiere vender la casa y mudarse a un departamento cerca de sus compañeras de la tienda. Débora le pide un año. Parábola 1.

Lo que se suelta · Parte I · Parábola 1. Débora Lencina es la dueña de Lencina Estudio, en el libro de la peluquería. Esta parábola pasa un año y medio después del final de ese libro.

Nancy se lo dijo un domingo de marzo, en la cocina de la casa del barrio Los Membrillos, mientras cebaba el mate con la vista en la ventana del patio, que era como se decían en esa casa las cosas que costaba decir.

—Voy a vender la casa —dijo—. Hay un departamento en la planta baja de un edificio de la avenida, al lado del club. En el mismo edificio viven dos compañeras mías de la tienda. Tiene dos ambientes, un balcón con sol a la mañana y ninguna escalera. Y no hay patio que barrer.

Débora tenía cuarenta y un años, dos plantas en la Alameda con su apellido en la vidriera, veintiséis personas en la grilla y dos mil cuatrocientas clientas en el sistema. Se quedó con el mate en la mano, sin tomarlo, y preguntó lo único que se le ocurrió.

—¿Y la pieza?

Nancy no contestó enseguida.

La pieza del fondo tenía cuatro metros por tres, una ventana al patio y una entrada propia por el pasillo lateral. Ahí había empezado todo, nueve años antes: un sillón hidráulico con una rajadura en el apoyabrazos tapada con cinta, un lavacabezas con la pileta cachada, un carrito de tres cajones, el espejo de la puerta del ropero de Nancy colgado con dos ganchos y, al lado del espejo, la primera lista de precios de Lencina, escrita por Nancy con su letra de cajera. Después habían llegado el segundo sillón, el de ciento cincuenta dólares, y el cartón de la agenda con sus tres columnas, y Jazmín con su delantal negro, y las novias de diciembre esperando debajo de la parra.

Cuando Lencina se mudó a la Alameda, al año de abrir, Débora se llevó el cartón, las tijeras y las clientas, y dejó el resto. No lo decidió: simplemente no lo desarmó. El sillón, el lavacabezas, el carrito y el espejo siguieron en el mismo lugar, con un poco más de polvo cada año. La lista de precios siguió colgada. Débora tenía la llave en el llavero, entre la de la Alameda y la del auto, y una o dos veces por año, un domingo después del almuerzo, iba sola, se sentaba en el sillón diez minutos y salía por el pasillo sin decir nada.

—La pieza viene con la casa —dijo Nancy al final—. El que la compre va a hacer lo que quiera.


Débora le pidió un año. Para pensar qué hacer con la pieza, le dijo.

Nancy dijo que sí, porque era su hija y porque a ella tampoco le resultaba fácil. Esa noche, en su casa, Débora no pudo dormir. No tenía ningún plan para la pieza. No iba a volver a atender ahí, ni a alquilarla, ni a usarla de depósito: el de la Alameda era más grande que la pieza entera. Había pedido un año para algo que no sabía qué era.

El lunes, en la reunión de las nueve, lo contó entre un tema y otro, casi sin querer: que su madre vendía la casa, que ella le había pedido un año. Ornella, que estaba en Lencina desde el tercer año y había visto la pieza una sola vez, se quedó callada. Priscila, la recepcionista, que había entrado cuando el estudio ya tenía la planta de arriba y conocía la pieza solo por lo que le contaba Nancy los sábados a la mañana, con el mate, preguntó lo que nadie le había preguntado a Débora en ocho años.

—¿Y para qué está?

—Para acordarme —dijo Débora.

—¿De qué te olvidarías si no estuviera?

Débora abrió la boca y no supo qué contestar. Ornella le pasó el mate y cambió de tema.


El miércoles a la noche, Débora fue a la pieza sola y se quedó una hora. Esta vez no se sentó en el sillón. Hizo lo que hacía en la Alameda con un servicio que no cerraba: lo miró como si fuera de otra.

La cinta del apoyabrazos se había secado y se despegaba en tiras. La bomba hidráulica perdía aceite, y debajo del sillón había una mancha oscura en el piso. La pileta del lavacabezas tenía, además de la cachadura, una rajadura nueva, y el calefón eléctrico que había instalado su primo estaba desenchufado desde hacía años. En los cajones del carrito había pinceles duros, boles con restos de tintura y una caja de guantes que se deshacía al tocarla. La lista seguía en la pared, con la letra de Nancy un poco descolorida: color 22, mechas 45. Los precios de Susy, la de la esquina, con las mechas redondeadas para arriba. Los que le habían dejado a Débora dos dólares con veinte por color, durante tres meses, hasta que Nancy contó las cajitas.

Pensó en lo que costaba la pieza. Nada, o casi. La luz de una lamparita que no se prendía nunca. Dos domingos por año. Ningún renglón en la planilla de Aldana. Nada que se pudiera ver.

Desde la ventana de la pieza se veía la de la cocina. Nancy estaba sentada a la mesa, sola, con los anteojos puestos, mirando un papel. Débora no supo qué papel era hasta el viernes.

El viernes a la tarde, Tiziana, que tenía quince años y los sábados atendía el mostrador de abajo, le contó en el auto, de camino a la Alameda y sin darle importancia, que el martes había llamado una mujer de la inmobiliaria y que la abuela le había dicho que todavía no, que su hija necesitaba tiempo. Que el dueño del departamento de la planta baja tenía otro interesado y quería una respuesta en abril.

—La abuela dijo que no importaba —dijo Tiziana—. Que si se vende hay otros.

Débora manejó dos cuadras sin decir nada.


Esa semana hizo lo que hacía con todo lo que no cerraba: una lista. La hizo con la pregunta de Priscila, una cosa por renglón: de qué se olvidaría si eso no estuviera.

Del primer sillón, de nada. Se acordaba de cada clienta que se había sentado ahí, de la señora Zárraga con sus tres cajitas en el último turno del sábado, de Melina, la abogada que prefería que le explicaran, y el sillón con la cinta despegada no le agregaba nada a ninguno de esos recuerdos. Lo llevó a la academia de peluquería del centro, la misma donde había estudiado Jazmín, que lo arregló y lo puso en el aula de práctica. El segundo sillón y el carrito fueron con él.

El lavacabezas, con la pileta rajada, no servía para nadie. Débora sacó la grifería, que todavía andaba, y se la regaló a una chica de la academia que estaba armando un lugar para atender en el garaje de su abuela. Le dio también un consejo, uno solo, que la chica anotó en el teléfono: que contara las cajitas vacías los sábados. Lo demás fue a la chatarra.

Los pinceles y los boles fueron a la basura, salvo uno, el que tenía más restos de 8.1, que Débora lavó y se llevó.

Quedaban dos cosas, y eran las que le costaban.

La lista de precios la descolgó con cuidado, para que no se rompiera la cartulina, y la llevó a la Alameda. No la colgó en la recepción. La guardó en la carpeta de la capacitación, la que Ornella usaba el primer día de cada chica nueva, al lado de la tabla de minutos y cajitas. Desde ese mes, el primer día empezó con las dos hojas sobre la mesa: la lista copiada de la esquina y la tabla que la había reemplazado. Ornella les preguntaba a las nuevas cuál de las dos estaba bien, y casi todas elegían la primera, porque tenía precios más lindos. Después les contaba por qué no.

—Esto es lo que querías guardar —le dijo Ornella a Débora la primera vez, a la salida—. No la pieza. Lo que te costó aprender ahí.

El espejo era otra cosa. No era de Débora: era la puerta del ropero de Nancy, desatornillada nueve años antes, una tarde, porque no había plata para comprar uno. El ropero estaba en el dormitorio de Nancy, con la puerta sin espejo y los cuatro agujeros de los tornillos a la vista, y era el único mueble grande que Nancy había dicho que se iba a llevar.

Débora descolgó el espejo de los ganchos, lo envolvió en una frazada y lo llevó por el patio hasta el dormitorio. Buscó los tornillos en la lata de la cocina, donde Nancy guardaba desde siempre todos los tornillos de la casa, y estaban: cuatro, en una bolsita con un papel que decía, con letra de cajera, ropero, puerta, espejo.


El domingo siguiente, Débora llegó con facturas y le dijo a su madre que podía vender la casa cuando quisiera.

Nancy llamó a la inmobiliaria el lunes. El departamento de la planta baja ya estaba señado: el otro interesado había firmado la semana anterior. En el mismo edificio había otro en venta, en el segundo piso, con ascensor y un balcón más chico que daba a la tarde. Nancy fue a verlo con sus dos compañeras de la tienda, dijo que la luz de la tarde también era luz y lo compró en junio.

Ese invierno, Nancy empacó, y Débora la ayudaba los domingos. Un domingo de agosto, mientras envolvían los vasos en papel de diario, Nancy fue al dormitorio y volvió con dos cosas: la caja de zapatos y el cuaderno de tapa roja.

—En dos ambientes no entra todo —dijo—. Elegí una.

Débora eligió el cuaderno. Nancy se quedó con la caja de zapatos, con las cajitas adentro, y la guardó en el estante de arriba del ropero del espejo.

El cuaderno de tapa roja fue a la carpeta de la capacitación, al lado de la lista de precios. En la última página estaba la lista de espera del primer año, con diecinueve nombres, y entre las hojas de julio, doblada en cuatro, la hoja que Nancy le había dejado un lunes al lado de la pava, con la división hecha a mano: 2,4 cajitas por color.

La casa se vendió en septiembre a una pareja joven con un bebé, que convirtió la pieza del fondo en un cuarto de juegos. El día de la escritura, Débora sacó la llave de la pieza de su llavero y se la dio a la chica de la pareja junto con las otras, sin decir nada de ella.

El primer domingo en el departamento, Nancy cebó mate en el balcón chico, que a las cinco de la tarde tenía sol, y después llevó a Débora al dormitorio a mostrarle cómo había quedado el ropero. Débora se vio en el espejo de la puerta. Era el mismo en el que se habían mirado las primeras clientas de Lencina, y estaba otra vez donde había estado siempre.

Lo que Nova vio

La pieza del fondo no le costaba plata a Débora. Le costaba dos domingos por año y una lamparita, y por eso nunca la había pensado como una decisión: lo que no cuesta no se decide, se deja. Pero lo que se guarda por cariño casi nunca es gratis. Lo paga alguien, y casi nunca el que guarda. Esta vez lo pagaba Nancy, con un departamento de planta baja que dejó pasar para que su hija conservara una llave, y que no le dijo.

La pregunta de Priscila hace el trabajo de toda la parábola: de qué te olvidarías si no estuviera. Separa el recuerdo del objeto que lo sostiene. Débora no se olvidaba de ninguna clienta sin el sillón; sí podía perder la lista de precios, que era la prueba de un error, y el cuaderno de tapa roja, que tenía la cuenta que lo corrigió. Lo que valía de la pieza entraba en una carpeta.

Y está el lugar donde terminó esa carpeta. Colgada en la pieza, la lista era un recuerdo de Débora que nadie veía. Sobre la mesa del primer día, al lado de la tabla de minutos, se volvió una lección para cada chica nueva: por qué en Lencina no se copia un precio. Soltar el lugar le dio a lo aprendido un uso que el lugar no le daba.

Hay una tercera cosa, más chica: el espejo. No todo lo que está en la pieza de uno es de uno. A veces soltar es devolver.

La práctica

Preguntar para qué está. Frente a algo que se conserva sin usarse, un local viejo, una máquina parada, un depósito con cosas del principio, preguntar qué hace hoy. Si la respuesta es para acordarme, preguntar de qué, y anotar la respuesta.

Separar lo aprendido del lugar. Lo que vale de un comienzo casi siempre cabe en una carpeta: una lista, un cuaderno, una foto, una cuenta. Eso se guarda bien y se usa, por ejemplo en el primer día de alguien nuevo. El resto se regala, se vende o se tira.

Preguntar quién paga. Lo que uno guarda ocupa un lugar, una plata o una espera que a veces son de otro. Preguntarle a ese otro, y escuchar también lo que no dice.

Devolver lo prestado. Antes de decidir qué hacer con algo, mirar de quién es.

Figura 1. La pieza del fondo: cada cosa, adónde fue y para qué sirve ahora.
Figura 1. La pieza del fondo: cada cosa, adónde fue y para qué sirve ahora.

Lo que costó

El departamento de la planta baja, con el balcón de sol a la mañana, que se vendió a otro mientras Nancy esperaba. Tres semanas de un año pedido sin saber para qué. Dos sillones, un lavacabezas y un carrito que ya no servían para Lencina. La caja de zapatos, que se quedó con Nancy. Y algo que no tiene número: una llave que Débora llevó ocho años en el llavero, como quien lleva una foto en la billetera.

A cambio, Nancy vive en un segundo piso con ascensor, cerca de sus compañeras de la tienda, con el sol de la tarde. La academia del centro tiene dos sillones más para practicar. Una chica atiende en el garaje de su abuela con una grifería usada y cuenta las cajitas los sábados. Y cada chica nueva de Lencina empieza su primer día con una lista de precios equivocada sobre la mesa.

Lo que sigue

En la parábola 2, Renzo Mascheroni lleva tres años plantando cebada propia para hacer la primera malta del valle. Tres cosechas, tres pérdidas, y una pregunta de su socia que él no quiere contestar: cuántas más.

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