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Libro 15 · Capítulo 13Parte IV · Empresa 12 min de lecturaPor Nova

Puntos en el mapa

En el octavo año, Transportes Lezcano tiene catorce camiones, veinte personas, siete planillas, un pizarrón y una caja de cartón con tickets. El analista del estudio que contrata Vanesa pasa una mañana entera en la oficina sin hablar, desde las cinco, y cuenta cuarenta y un llamados antes de las ocho. Su primera pregunta no es qué datos tienen, sino qué deciden cada mañana.

Libro 15 · Parte IV · Capítulo 13. Índice del libro: Peor es tenerlo parado.

Severino llegó a la oficina de arriba de la gomería un martes de mayo del octavo año, a las cinco menos cuarto de la mañana, con un termo, una libreta de tapas negras y una silla plegable que trajo del auto porque no quería ocupar ninguna de las de la oficina. Era el analista del estudio de sistemas de la ciudad cabecera que Clemente le había recomendado a Vanesa, el mismo que había armado el sistema de la cooperativa de Fermina. Tenía sesenta años, había sido jefe de tráfico de una transportista de la capital durante quince, y había pedido una sola cosa para la primera reunión: ver una mañana de trabajo, desde que se prendía la primera luz, sin que nadie le explicara nada.

Antonela llegó a las cinco. Prendió la computadora, abrió el rastreo, miró el pizarrón y puso los tres teléfonos en fila sobre el escritorio: el de la empresa, el suyo y uno viejo que usaba solo para el grupo de los fleteros. A las cinco y diez sonó el primero. Era Porfirio, desde el camión de Garmendia: el encargado de un campo había avisado que la tranquera estaba cerrada por un tractor roto, y había que cambiar el orden del recorrido. A las cinco y veinte, Gregorio, desde la fila del puerto: le habían dado turno para las once, no para las ocho. A las cinco y media, un chofer de la cal preguntó si la balanza de la ruta estaba abierta. A las seis menos cuarto, Fermina, la de la cooperativa, pidió tres camiones para el jueves.

Antonela contestaba, anotaba en una planilla, borraba y escribía en el pizarrón, miraba el rastreo, abría otra planilla para ver si el chofer que quería mandar tenía las horas, abría la de los vencimientos para ver si tenía los papeles, abría la de las tarifas para ver a cuánto se le cobraba a la cooperativa en mayo con la fórmula, y volvía al pizarrón. Severino no hablaba. Anotaba en la libreta con una birome, y cada tanto hacía una raya.

A las ocho llegó Vanesa. Severino cerró la libreta y le mostró las rayas.

—Cuarenta y un llamados y mensajes antes de las ocho —dijo—. Y en cada uno, Antonela tomó una decisión. Le voy a hacer una pregunta, y no es qué datos tienen. Es qué deciden acá cada mañana.


La lista la armaron esa tarde, los cuatro, con Clemente, en la mesa de la oficina. Severino escribía en un papel grande que había pegado en la pared, al lado de la hoja de las reglas del vuelco.

Qué camión va a cada viaje. Si un viaje se acepta o no, con las rayas del parasol. A cuánto se cotiza, con los kilómetros cargados y vacíos, las horas de espera, el peso volumétrico si es del galpón, la fórmula si es un contrato. Si un chofer puede salir, con sus horas y sus papeles. Si un camión puede salir, con su mantenimiento y sus papeles. Qué se le factura a cada cliente, con los tickets, la estadía y los kilómetros de más. Qué se les paga a los fleteros. A quién hay que cobrarle esta semana.

—Ocho decisiones —dijo Severino—. Todos los días, muchas veces. Y para cada una, Antonela abre entre dos y cuatro planillas, y alguna vez abre la que no es. Eso es lo que pasó con el curso de Cirilo: no faltaba cuidado, faltaba un lugar donde la decisión de mandar un chofer mirara todo lo que tenía que mirar.

Le preguntó a Vanesa qué cosa era, en su empresa, la que se repetía en todas las decisiones. Vanesa pensó en el camión. Antonela pensó en el chofer. Clemente pensó en el cliente.

—El viaje —dijo Severino—. Todas las decisiones de la lista son sobre un viaje. Cuál camión hace el viaje, si el viaje se acepta, a cuánto, con qué chofer, qué se factura del viaje, qué se le paga al fletero del viaje. El sistema empieza por el viaje. Lo demás, el camión, el chofer, el cliente, los papeles, son cosas que el viaje necesita saber.


El sistema se armó entre junio y octubre, en el orden del papel de la pared. Severino trabajaba dos días por semana en la oficina, con un programador joven del estudio que venía con él, y el resto lo hacían desde la ciudad cabecera. Milena, que tenía veintiún años y estudiaba logística en la ciudad, pasó sus vacaciones de julio cargando en el sistema los viajes de los últimos tres años, sacados de las planillas de Antonela, para que los números tuvieran historia.

Primero, el viaje. Cada viaje nacía en el sistema como una orden, con el cliente, la carga, el origen, el destino, los kilómetros cargados y los que el camión iba a andar vacío para llegar y para volver, las horas de espera esperables según el lugar, y el contrato o la tarifa que le correspondía. Con eso, el sistema calculaba el costo del viaje con los costos de ese camión, por kilómetro y por hora, y lo ponía al lado del precio. Si el precio quedaba debajo de la raya del medio, el viaje se marcaba en rojo.

Después, el camión. Cada uno con sus kilómetros, sacados del rastreo; su consumo, de la tarjeta de la estación; su plan de mantenimiento, el de Celso, con los kilómetros de cada cosa; sus reparaciones; su fondo; sus papeles con sus vencimientos.

Después, el chofer. Sus horas de manejo y descanso del día y de la semana, del rastreo; su licencia, su psicofísico, sus cursos; su premio del mes, con las cuatro condiciones calculadas solas.

Después, los clientes y los contratos: la tarifa de cada uno, la franquicia y la estadía, los kilómetros incluidos de los dedicados, la fórmula de la cal con sus índices, la cuenta corriente.

Y al final, el mapa. El rastreo ya existía desde el primer día del Rojo: un punto por camión, en una pantalla. Severino lo conectó con todo lo demás. Desde octubre, cada punto del mapa, al tocarlo, decía qué camión era, quién lo manejaba, cuántas horas llevaba ese día, qué llevaba, para quién, a dónde, a qué hora tenía turno, cuánto había esperado, y cuánto iba a dejar ese viaje arriba de lo que costaba.

Antonela se quedó mirando el mapa el primer día que funcionó, con los catorce puntos en las rutas.

—Antes eran puntos —dijo—. Ahora son viajes.


Los agentes llegaron en noviembre, uno por uno, y Vanesa puso una condición antes del primero, escrita en la hoja de las reglas: el agente propone; una persona firma.

El de los vencimientos fue el primero, porque era el más fácil y el que más miedo le daba. Todos los lunes revisaba los papeles de cada camión y cada chofer, y mandaba a Antonela la lista de lo que vencía en los treinta días siguientes, con el turno que había que sacar. Si algo vencía sin renovarse, bloqueaba el camión o el chofer en el sistema: no se los podía asignar a ningún viaje. Antonela era la única que podía desbloquearlos, con el papel nuevo cargado.

El de las horas miraba el rastreo de cada chofer en tiempo real. A las ocho horas de manejo en el día avisaba al chofer y a Antonela; a las diez, el sistema no dejaba asignarle otro viaje a ese chofer hasta que hubiera descansado lo que pedía el convenio. Vanesa probó el primer día asignarle un viaje a Gregorio, que llevaba diez horas, para ver qué pasaba. El sistema no la dejó. Lo anotó en la hoja de las reglas: probado.

El del consumo comparaba cada semana los litros de cada camión con su propio promedio y con el de los otros, y avisaba a Antonela y a Celso, en ese orden, cuando uno se apartaba más de un litro. Nunca al chofer.

El de las cobranzas mandaba los recordatorios de las facturas por vencer a cada cliente, con el mismo texto que había escrito Clemente, y le pasaba a Clemente las que se atrasaban más de diez días.

Y el de las cotizaciones, el último, el más difícil. Cuando entraba un pedido de viaje, por correo o por el grupo de los dadores de carga, el agente armaba un borrador de cotización: buscaba el camión más cerca y con horas, calculaba los kilómetros cargados y vacíos, las horas de espera del lugar según los viajes anteriores, el costo del viaje con los números de ese camión, y proponía un precio arriba de la raya que correspondía, con la raya escrita al lado: ida, vuelta o contrato. Antonela lo leía, lo cambiaba si hacía falta, y lo mandaba ella.


La segunda semana, el agente de cotizaciones se equivocó. Un dador de carga pidió un viaje de maíz desde un acopio del norte hasta un feedlot cerca del Cruce, y el agente lo cotizó como vuelta: setenta y ocho centavos el kilómetro, porque en el sistema había un camión que esa semana descargaba en el norte y volvía vacío. Lo que el agente no sabía era que ese viaje al norte se había cancelado el día anterior por teléfono, y que Antonela todavía no lo había borrado del sistema. Sin el viaje de ida, la vuelta no existía: el camión tendría que ir vacío al norte a buscar el maíz, y setenta y ocho centavos quedaba muy debajo del piso de un viaje de ida.

Antonela lo vio porque el borrador decía, al lado del precio, raya: vuelta del viaje 1.214. Abrió el viaje 1.214 y estaba cancelado en su cabeza, no en el sistema. Corrigió el precio a mano, lo mandó a uno con treinta y dos, el dador de carga no lo aceptó, y el camión no salió.

—Si el agente no escribía qué raya había usado y por qué, yo lo mandaba —le dijo a Severino—. El número parecía razonable. Era un número de vuelta.

Severino cambió dos cosas esa semana. El agente, desde entonces, escribía en cada borrador, además de la raya, el viaje del que dependía. Y un viaje cancelado por teléfono tenía que cancelarse en el sistema en el mismo minuto, porque el sistema ahora decidía cosas con él. Antonela lo escribió en la hoja: lo que no está en el sistema, el sistema no lo sabe.


En diciembre, Clemente comparó los meses de octubre y noviembre con los mismos del año anterior. Antonela recibía doce llamados antes de las ocho, no cuarenta y uno: los choferes veían en el teléfono su viaje del día, con el turno, el orden y los papeles. Las estadías se reclamaban solas, con el rastreo y los tickets cargados por los choferes con una foto: mil novecientos dólares por mes que antes se perdían en la caja de cartón. Ningún viaje se había hecho debajo de la raya del medio sin que alguien lo firmara sabiendo por qué. Y la facturación salía el día uno, no el diez.

—El sistema no maneja ningún camión —dijo Clemente—. Pero ahora cada decisión de Antonela mira todo lo que tiene que mirar.

Antonela tiró la caja de cartón de los tickets a fin de mes, después de escanear el último. Se quedó con el pizarrón. Lo usaba para otra cosa: anotaba los cumpleaños de los choferes.

Lo que Nova vio

Severino no empezó preguntando qué datos tenían. Empezó mirando qué decidían. Es la diferencia entre un sistema que guarda planillas en otro lugar y uno que ayuda a trabajar. Las siete planillas de Antonela tenían casi todo; lo que no tenían era un lugar donde cada decisión encontrara todo lo que necesitaba al mismo tiempo. Por eso el curso de Cirilo no estaba donde había que mirarlo.

Lo que más me sirve del capítulo es la palabra que eligió Severino: el viaje. En una empresa de fletes, el camión, el chofer y el cliente son importantes, pero lo que se decide, se cotiza, se hace, se factura y se cobra es un viaje. Cuando el sistema nace del viaje, cada cosa encuentra su lugar: el camión es lo que el viaje usa, el chofer es quien lo hace, el cliente es quien lo paga. El mapa con puntos existía desde el primer día; lo que faltaba era que cada punto fuera un viaje.

Y el error del agente de cotizaciones, que muestra por qué la regla de Vanesa está bien escrita. El agente no se equivocó en la cuenta: se equivocó en un dato que nadie había actualizado. Lo que salvó el viaje fue que el borrador decía de dónde salía su número. Un agente que propone sin explicar es una caja negra que alguien termina firmando por cansancio; uno que dice qué usó y por qué es un compañero al que se le puede encontrar el error.

Lo que hay que saber

El sistema nace de las decisiones. Antes de diseñar pantallas, conviene listar las decisiones que se toman todos los días, quién las toma y qué necesita saber para cada una. El objeto que aparece en todas las decisiones, el viaje, el pedido, la obra, es el centro del sistema; lo demás son cosas que ese objeto necesita saber. Cómo se pasa de lo que se hace en una empresa a un sistema que lo sostiene, en el ERP de la Escuela, de procesos a pantallas.

Figura 1. Las ocho decisiones de cada mañana de tráfico, y dónde estaba cada dato antes del sistema.
Figura 1. Las ocho decisiones de cada mañana de tráfico, y dónde estaba cada dato antes del sistema.

Agentes que proponen y explican. Un agente de inteligencia artificial dentro de una empresa sirve cuando trabaja sobre datos ordenados, propone algo concreto, dice de dónde salió su propuesta y deja la firma a una persona. Los que bloquean, como el de los vencimientos o el de las horas, se reservan para reglas que la empresa ya decidió no romper. Por qué el sistema va primero y los agentes después, en primero el sistema, después los agentes.

Lo que no está en el sistema, el sistema no lo sabe. Cuando un sistema empieza a decidir cosas con los datos, cada dato que vive en la cabeza de alguien o en un llamado se convierte en un riesgo. La regla es simple y difícil: lo que cambia, cambia en el sistema en el momento en que cambia. Qué hace de verdad un agente dentro de una empresa, y qué no, en qué hace un agente de IA de verdad.

Figura 2. Los cinco agentes de Transportes Lezcano, lo que hace cada uno y quién firma.
Figura 2. Los cinco agentes de Transportes Lezcano, lo que hace cada uno y quién firma.

Para tu negocio

Si estás pensando en un sistema para tu empresa, empezá hoy por las decisiones, no por los datos. Contestá por escrito: ¿qué decisiones se toman todos los días en tu empresa y quién las toma, qué necesita saber cada una y en cuántos lugares lo busca hoy, qué objeto aparece en casi todas, qué decisión salió mal el último año porque un dato no estaba donde había que mirarlo, qué podría proponer un agente y quién lo firmaría, y qué reglas tu empresa ya decidió no romper nunca?

Qué registrar desde hoy

  • Las decisiones de cada día, con quién las toma y con qué dato.
  • Cada viaje, pedido u obra como una orden, desde que nace hasta que se cobra.
  • Los cambios de último momento, en el momento en que pasan, donde los ven todos.
  • Cada propuesta de un agente, con lo que se aceptó, lo que se cambió y por qué.
  • Las reglas que bloquean, escritas, con quién puede desbloquear.

La enseñanza

Un sistema para una empresa de fletes empieza por el viaje, porque todo lo que se decide es sobre un viaje; los agentes llegan después, sobre datos ordenados, proponen diciendo de dónde salió su número, y una persona firma.

Lo que sigue

En el capítulo 14, con el sistema funcionando, Clemente arma el primer tablero del mes: lo que deja cada viaje, cada cliente, cada camión. Hay un camión que pierde plata todos los meses desde hace dos años, aunque anda todos los días. Es el Rojo.

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