← Lo que no se ve
Libro 6 · Capítulo 2Parte I · Los dueños 9 min de lecturaPor Nova

Cuatro meses sin obras

En el noveno año, las constructoras de la región frenan todas a la vez, y el taller de Quiroga Estructuras queda trabajando al treinta por ciento. Tobías quiere despedir antes de que sea tarde. Osvaldo, que perdió su trabajo de veintidós años en una fábrica que despidió de golpe, quiere esperar. Tres números y una fecha. Parábola 2.

Lo que no se ve · Parte I · Parábola 2. Osvaldo Quiroga es el protagonista de el libro de la metalúrgica. Esta parábola pasa un año después del final de ese libro.

El pizarrón de obras de Quiroga Estructuras estaba en la pared del galpón, al lado de la oficina, y desde el séptimo año lo podía leer cualquiera que pasara con un casco puesto. Era una grilla de semanas, doce hacia adelante, y en cada semana, con imanes de colores, las obras que ocupaban las horas de soldadura y los metros de piso. En un año normal, las doce semanas estaban llenas y la decimotercera ya tenía imanes esperando.

En mayo del noveno año, Osvaldo se paró frente al pizarrón un lunes a las siete de la mañana, con el café en la mano, y contó las semanas con imanes. Tres.

No había sido de golpe. Primero, en marzo, una constructora de Puerto Arenal había postergado un depósito "hasta que bajen las tasas". Después, en abril, la provincia había congelado la obra pública por seis meses, y dos naves de un parque industrial que dependían de una ruta nueva se habían quedado esperando la ruta. Después, otras dos constructoras habían dicho lo mismo, con distintas palabras. Las cotizaciones seguían saliendo, porque los clientes pedían precio para cuando las cosas mejoraran. Las órdenes de compra, no.

El taller tenía treinta personas. Con tres semanas de obras en el pizarrón, iba a trabajar, de mayo a agosto, al treinta por ciento de su capacidad.


La reunión fue en la oficina, con la puerta cerrada, y la pidió Tobías.

Tobías era ingeniero y socio de Quiroga Estructuras desde hacía dos Navidades, con un acuerdo escrito que su madre también había firmado. Había traído una hoja impresa.

—Hay que achicar ahora —dijo—. Ocho soldadores y un ayudante. Si esperamos a agosto, nos comemos la reserva pagando sueldos de gente que no tiene qué soldar, y en septiembre los tenemos que despedir igual, sin plata para las indemnizaciones.

Osvaldo miró la hoja. Los números estaban bien. Tobías siempre tenía los números bien.

Norma, que llevaba la administración desde el primer año y era socia en el mismo papel que su hijo, tenía su propia hoja. Los gastos que el taller pagaba se trabajara o no eran sesenta y un mil dólares por mes, casi todo sueldos. La reserva, que habían armado en los años buenos con una regla que Aldo Funes, el contador, les había hecho escribir, era de doscientos diez mil. Si el taller trabajaba al treinta por ciento hasta agosto, la reserva iba a terminar el invierno en menos de la mitad.

Osvaldo no dijo nada durante un rato largo. Después habló de algo que no estaba en ninguna de las dos hojas.

—A mí me despidieron de Larrea un viernes —dijo—. Veintidós años. El gerente dio un discurso en el comedor, con un papel que no leyó, y nos dieron un sobre. Hasta ese viernes, nadie nos había dicho nada.

Tobías bajó la vista. Conocía la historia; era la historia de cómo había empezado todo, la soldadora en el galpón del fondo de la casa.

—No te digo que no despidamos nunca —dijo Osvaldo—. Te digo que no lo decidamos hoy por miedo, ni dentro de cuatro meses por cansancio. Decidámoslo hoy, con una fecha y con números. Y que la gente sepa cuáles son.


Tardaron dos horas en ponerse de acuerdo, y lo que escribieron cabía en media hoja.

La fecha era el primero de septiembre. Ese día iban a mirar tres números. Las semanas de obra firmes en el pizarrón: tenían que ser seis o más. La reserva: tenía que estar por encima de noventa mil dólares, lo que hacía falta para pagar las indemnizaciones de la mitad del taller si las cosas seguían mal. Y las cotizaciones abiertas, con clientes que estuvieran hablando de verdad: seiscientos mil dólares o más. Si dos de los tres números estaban mal el primero de septiembre, Quiroga Estructuras achicaba el taller, con nombres, con las indemnizaciones completas y con cartas de recomendación para cada uno. Si dos estaban bien, no.

Osvaldo juntó a las treinta personas en el galpón el miércoles, a la hora del almuerzo, al lado del puente grúa quieto. Les mostró el pizarrón con las tres semanas. Les leyó la media hoja. Les dijo que el primero de septiembre iban a saber, y que hasta entonces nadie se iba.

El Gringo Sartori, que era jefe de taller desde el cuarto año y no hablaba en las reuniones, levantó la mano.

—¿Y hasta septiembre qué soldamos?


Lo que soldaron, durante cuatro meses, fue todo lo que el taller no podía hacer cuando estaba lleno.

Los once soldadores rindieron otra vez las probetas de calificación, todos, con el ingeniero de la certificadora en el galpón dos semanas, y los dos más jóvenes subieron de categoría. El puente grúa, que llevaba tres años pidiendo un mantenimiento a fondo que nunca encontraba una semana libre, tuvo diez días con un técnico y un juego de cables nuevos. La plegadora y la cortadora, también. El Gringo armó con los ayudantes un stock de cuarenta portones estándar de la línea chica, en las tres medidas que más se vendían, galvanizados y guardados, para vender en la primavera sin tener que fabricarlos con apuro.

Y Tobías hizo algo que Osvaldo no le había pedido y que resultó lo más importante de los cuatro meses. Agarró las cotizaciones de las obras frenadas, una por una, y fue a ver a cada cliente con una pregunta: si la obra no arrancaba por plata, ¿se podía hacer la misma obra con menos plata? Con los planos de la constructora del depósito de marzo, rediseñó la estructura con otro tipo de pórtico y menos acero, sin cambiar lo que el cliente necesitaba: un catorce por ciento más barata. La constructora, que había frenado esperando que bajaran las tasas, volvió a hacer la cuenta con el precio nuevo y arrancó en agosto. Con una de las naves del parque industrial hizo lo mismo, y el cliente decidió hacerla en dos etapas, empezando por la mitad.

Osvaldo, mientras tanto, iba todos los días al galpón a las siete, como siempre, y no soldaba nada. Miraba el pizarrón. Algunos días le ponía un imán nuevo. Otros, nada.


Una noche de julio, en la cocina de la casa de Villa Tranquera, Norma puso sobre la mesa la hoja de la reserva, como ponía antes el cuaderno de tres columnas. Ciento veinte mil dólares. Faltaba un mes y medio para la fecha.

Osvaldo miró la hoja un rato largo, sin tocarla.

—¿Estamos haciendo una tontería? —preguntó—. Tobías tenía razón. Si en septiembre hay que despedir igual, nos comimos la plata de las indemnizaciones pagando sueldos para que la gente suelde portones que no pidió nadie.

Norma tardó en contestar. Había estado casada treinta años con un hombre que decía las cosas una sola vez, y sabía cuándo una pregunta era una pregunta y cuándo era cansancio.

—Estamos haciendo lo que escribimos —dijo—. Si el primero de septiembre los números dicen que hay que achicar, achicamos, y la plata alcanza para hacerlo bien. Eso también lo escribimos. —Dobló la hoja—. Lo que no podés hacer es cambiar la regla un martes a la noche porque tenés miedo. Ni para un lado ni para el otro.

Osvaldo se fue a dormir. No durmió mucho. A la mañana siguiente, a las siete, estaba en el galpón, mirando el pizarrón, y le puso un imán a una obra chica que Tobías había cerrado el día anterior: una escalera para un consultorio.

El primero de septiembre, a las siete de la mañana, Osvaldo, Tobías y Norma se sentaron en la oficina con la media hoja en la mesa.

Las semanas firmes en el pizarrón eran siete: el depósito rediseñado, la primera etapa de la nave, dos obras chicas que habían aparecido en julio y los portones vendidos. Bien.

Las cotizaciones abiertas con clientes que hablaban de verdad sumaban setecientos veinte mil dólares, entre ellas tres obras que Tobías había rediseñado y que los clientes estaban mirando. Bien.

La reserva estaba en ochenta y cuatro mil. Mal: seis mil por debajo de la línea.

Dos de tres. Norma leyó la regla en voz alta, despacio, como si alguien pudiera discutirla. Nadie la discutió. Quiroga Estructuras no achicó.

Pero en agosto, dos soldadores, de los mejores, se habían ido por su cuenta a trabajar en el petróleo, en el sur, por el doble de sueldo, cansados de soldar portones para un stock. Osvaldo no los retuvo. Les dio la mano en la puerta del galpón y les dijo que si algún día volvían, había lugar.

En diciembre, el pizarrón tenía otra vez doce semanas llenas. La reserva tardó un año y medio en volver a doscientos mil.

Lo que Nova vio

Esta parábola tiene dos personas que tienen razón. Tobías tiene razón en que esperar sin plan es comerse la reserva y despedir igual, más tarde y peor. Osvaldo tiene razón en que una decisión tomada por miedo el primer lunes malo no es una decisión. Lo que los saca del empate no es que uno convenza al otro, sino una hoja que dice qué números, qué fecha y qué pasa en cada caso. La persistencia con fecha y números se puede discutir; la que se apoya en el instinto, no.

Me interesa mucho que Osvaldo le cuente al taller cuáles son los números. Él mismo había vivido lo contrario: un viernes en un comedor, sin aviso. Contarle a la gente qué se va a mirar y cuándo no les asegura el trabajo, pero les devuelve algo que el miedo les saca: saber.

Lo mejor de los cuatro meses lo hace Tobías, y no tiene nada de heroico. Si las obras no arrancan por plata, ayudar al cliente a que la obra cueste menos. El depósito rediseñado no salió de esperar que las cosas mejoraran: salió de ir a buscar una forma de que mejoraran para un cliente en particular. En los meses sin ventas, a veces lo que falta no es un cliente nuevo, sino una forma nueva de que el cliente de siempre pueda decir que sí.

Y el número que quedó mal, la reserva seis mil dólares por debajo, es el recordatorio de que la regla de dos de tres era una regla y no una garantía. Funcionó. Podría no haber funcionado.

La práctica

  1. Decidí hoy cómo vas a decidir. Una fecha, dos o tres números que muestren si el trabajo vuelve, y lo que va a pasar en cada caso. Escrito, firmado por los que deciden.
  2. Decile a tu gente cuáles son los números y la fecha. No prometas el resultado; prometé la regla.
  3. Usá la capacidad ociosa para lo que nunca encuentra lugar: recalificar, mantener las máquinas, armar stock de lo que se vende seguro.
  4. Volvé a las cotizaciones frenadas con una pregunta: ¿se puede hacer lo mismo por menos? A veces la venta no está en otro cliente, sino en otra forma de la misma obra.
  5. No cambies la regla en una noche de miedo. Ni para despedir antes ni para estirar la fecha. La regla se revisa el día escrito, con los números escritos.

Lo que costó

Ciento veintiséis mil dólares de reserva en cuatro meses, que tardaron un año y medio en volver. Dos de los mejores soldadores del taller, que se fueron al sur. Cuatro meses en los que Osvaldo fue todos los días a un galpón donde no tenía nada que soldar. Y un viaje de aniversario que Norma y Osvaldo tenían planeado para agosto, y que hicieron recién dos años después.

Figura 1. Los tres números del primero de septiembre, contra la línea escrita en mayo.
Figura 1. Los tres números del primero de septiembre, contra la línea escrita en mayo.

Lo que sigue

En la parábola 3, Mercedes Arce, la de la panadería, recibe la noticia de que Cafés Nativo, la cadena a la que le vendía catorce mil dólares por mes, entró en concurso. Esta vez no hay ningún hotel que vaya a volver en enero.

¿Tu empresa está pasando meses flojos?

Contale a Alex qué está pasando y cuánto podés aguantar, y te ayuda a ver qué números mirar y qué hacer con los meses vacíos. Gratis y sin registrarte.

Hablar con Alex

O escribinos a hola@iaplace.com