El precio de la salida
Lourdes quiere abrir un bar en la capital y venderle a Renzo su parte de Ladera, con la fórmula que firmaron seis años antes en el pacto de socios. Rosaura hace la cuenta y el número sale bajo, porque las ganancias de los últimos tres años fueron flojas. Renzo sabe por qué fueron flojas, y sabe que Lourdes no lo decidió. Parábola 7.
Lo que se suelta · Parte II · Parábola 7. Renzo Mascheroni y Lourdes son los socios de Ladera, en el libro de la cervecería. Esta parábola pasa cuatro años después del final de ese libro, un año después de la última cosecha de cebada de Renzo.
Lourdes se lo dijo a Renzo en el lugar donde se decían las cosas en Ladera desde el principio: detrás de la barra del bar, un lunes, el día que no abrían, mientras contaban los barriles vacíos para devolver.
—Me voy a la capital —dijo—. Hay un local en una esquina del barrio de los teatros, chico, de cuarenta cubiertos, con una barra de madera que ya está hecha. Quiero poner un bar de cervezas del valle. De las cinco. Lo vengo pensando hace dos años.
Renzo dejó de contar.
—Y quiero venderte mi parte —siguió Lourdes—. Con la fórmula del pacto. Ya le pedí a Rosaura que haga la cuenta.
Tenía cuarenta y un años. Hacía catorce que trabajaba en Ladera, desde la noche en que había convencido a Macario de probar la primera rubia en El Muelle, y seis que era socia por escrito, con el treinta y cinco por ciento, desde la tarde en que Rosaura les había hecho la cuenta de lo que había puesto cada uno y la habían firmado en la oficina de arriba del bar.
Renzo no supo qué decir. Le preguntó si estaba segura. Lourdes le contestó que no, que nadie estaba seguro de nada, y que por eso lo quería hacer ahora, a los cuarenta y uno, y no a los cincuenta.
El pacto decía cómo se salía, y eso fue lo primero que Renzo agradeció esa noche, en la cocina de su casa, con Iara. Seis años antes, cuando lo firmaron, a él le había parecido un trámite triste: escribir cómo se iba a separar de su prima en el momento en que se estaban juntando. Ahora era lo único que no había que discutir.
El que se quedaba compraba primero. El precio no se negociaba: se calculaba. Se tomaba lo que Ladera había ganado en promedio en los tres últimos balances, se multiplicaba por cuatro, se le sumaba la tasación de los equipos y del galpón y se le restaba lo que se debía. Solo si el que se quedaba no quería comprar, la parte podía ir a un tercero, con el visto bueno de los dos.
Rosaura los citó el jueves en su estudio, con la cuenta impresa en dos hojas.
Lo que Ladera había ganado en promedio en los tres últimos balances, ya descontados los sueldos de los dos, eran cincuenta y cinco mil dólares por año. Cuatro veces, doscientos veinte mil. Los tanques, el galpón, la enlatadora en su parte y el bar, tasados por un perito en marzo, doscientos sesenta mil. Las deudas, el crédito del octavo fermentador y lo que quedaba del de la ampliación del bar, sesenta mil. Total: cuatrocientos veinte mil. El treinta y cinco por ciento de Lourdes: ciento cuarenta y siete mil dólares.
—Es lo que dice el pacto —dijo Rosaura—. Está bien hecha.
Lourdes asintió. Renzo miró el renglón de la ganancia promedio y no dijo nada en la reunión.
Esa noche abrió en su computadora los balances de los últimos seis años, los que Rosaura le mandaba cada abril y que él miraba por arriba.
Los tres años anteriores a los últimos tres, la ganancia había sido de sesenta y ocho, setenta y uno y setenta y tres mil. Los últimos tres, cuarenta y nueve, cincuenta y cinco y sesenta y uno. Rosaura había anotado al costado de cada uno, con su letra chica, lo que había pasado. En los tres, la misma palabra, con distintos números: cebada.
A la mañana siguiente la llamó.
—¿Por qué anotaste cebada al costado?
—Porque un balance sin notas no le sirve a nadie el día que hay que repartir —dijo Rosaura—. Anoto para el que pregunta. Pensé que iba a preguntar Lourdes. Preguntaste vos.
Las tres cosechas en el campo del pie del cerro, la seca, la lluvia y la malta a dos dólares con cuarenta, habían costado cuarenta y cuatro mil dólares más que comprar la malta afuera. Habían salido de la ganancia de Ladera, de la de los dos. Y como la fórmula usaba la ganancia de los últimos tres años, habían salido también del precio de la parte de Lourdes.
Renzo hizo la cuenta sin la cebada. La ganancia promedio subía a casi setenta mil. La parte de Lourdes, a unos ciento sesenta y siete mil. Veinte mil dólares de diferencia.
Y había algo más, que la cuenta no mostraba y que Renzo sabía. El pacto decía que cualquier inversión que pasara los diez mil dólares tenía que firmarse entre los dos. La cebada no había pasado nunca por ese papel. Renzo la había hecho de a poco, un alquiler, una semilla, un contratista, un flete, cada cosa por debajo de diez mil, y nunca se había sentado a escribir el total. Lourdes no la había firmado. Le había preguntado, el tercer año, cuántas cosechas más.
El lunes siguiente, detrás de la barra, se lo dijo.
—La fórmula te cobra la cebada —dijo—. Y la cebada la decidí yo. Te tengo que pagar ciento sesenta y siete.
Lourdes lo miró como lo había mirado seis años antes, en el estudio de Rosaura, cuando le dijo que en cinco años no había visto un peso de ganancia.
—La fórmula la firmamos los dos —dijo—. Sabíamos que había años buenos y años malos. Si el año malo hubiera sido por una helada, no me estarías diciendo esto.
—Si hubiera sido una helada, no. Fue mi campo.
—Fue tu campo y yo no te paré.
Discutieron una hora, cada uno defendiendo la plata del otro, cosa que ninguno de los dos había visto hacer nunca en una separación de socios. Al final Lourdes dijo que no quería ganar la discusión, que quería irse bien, y que si Renzo quería pagarle más, que le explicara a Rosaura por qué, por escrito.
Renzo se lo escribió a Rosaura esa misma noche, en una hoja: la ganancia de los tres años con la cebada y sin la cebada, la regla de los diez mil del pacto y una línea que le costó escribir: la cebada no pasó por la regla porque yo no quise que pasara.
Rosaura los citó otra vez. Leyó la hoja de Renzo y dijo que no era su lugar decir quién tenía razón, pero que lo que proponía Renzo era legal, que no rompía el pacto, porque el pacto ponía un precio para cuando uno de los dos no estaba de acuerdo, y acá los dos estaban de acuerdo en algo mejor. Y que le parecía bien que quedara escrito por qué.
Firmaron ciento sesenta y siete mil.
Pagarlos fue otra cosa. Renzo no tenía ciento sesenta y siete mil dólares, ni Ladera tampoco, sin vender un fermentador.
Rosaura armó la forma. Un tercio a la firma, con un crédito del banco con garantía del galpón, que Renzo firmó con la misma mano con la que había firmado el primero, catorce años antes, con su casa. El resto, en treinta y seis cuotas, de la parte de la ganancia que Ladera repartía cada año, que ahora iba entera a Renzo y de Renzo a Lourdes. Durante tres años, Renzo no iba a ver un peso de ganancia de su propia cervecería.
—Ahora sabés lo que es —le dijo Lourdes, cuando firmaron.
Renzo se rió, porque era verdad.
Lo otro que firmaron fue más corto. Ladera le vendía al bar de Lourdes a precio de lista, el mismo que a cualquier bar de la capital, sin descuento y sin exclusividad: Lourdes iba a tener las cinco cervecerías del valle, y Ladera era una. Lourdes lo pidió así.
—No quiero que mi bar sea la sucursal de Ladera —dijo—. Quiero que sea el mío.
Lo que Renzo no había pensado era cuánto de Lourdes había en Ladera que no estaba en el treinta y cinco por ciento.
Lourdes llevaba el bar de la ruta, los clientes de los pueblos, los hoteles, el festival y la lista de precios. Sabía qué bar pagaba tarde y cuál devolvía los barriles. Había elegido cada vaso de la barra. Los cinco meses que tardó en irse los usó para dejar todo eso en manos de otros: el bar a Brunilda, la encargada que ella misma había formado desde moza; las ventas a un vendedor nuevo que entrevistó ella antes de que Renzo lo conociera. El último día, contó los barriles vacíos detrás de la barra, como el primero, y dejó la planilla en el mostrador.
Renzo la extrañó en los lugares más chicos. En la reunión de los lunes, donde nadie le discutía. El primer lunes sin ella aprobó, sin que nadie dijera nada, una suba de precio para uno de los hoteles que Lourdes habría frenado, porque sabía que ese hotel comparaba; al mes, el hotel se pasó a otra cervecería, y el vendedor nuevo se enteró por el remito devuelto. En el festival del lago, donde el puesto de Ladera vendió menos que el año anterior. En la cocina de los domingos, donde Lourdes ya no venía todas las semanas.
El bar de Lourdes abrió un jueves de noviembre en la esquina del barrio de los teatros. Se llamaba Las cinco, y en la pared de atrás de la barra había un pizarrón con las cinco cervecerías del valle, una debajo de la otra, cada una con su color de tiza. La primera canilla que abrió esa noche fue la de la rubia de Ladera.
Renzo viajó con Iara a la inauguración. Estuvieron hasta las dos de la mañana, en una mesa del fondo, viendo a Lourdes atender a cuarenta personas a la vez con la misma cara con la que atendía el bar de la ruta el primer verano.
A la una y media, Renzo fue a la barra a pedir otra pinta. Lourdes se la sirvió, la apoyó sobre la madera y le pasó el posnet.
—Acá se paga —dijo.
Lo que Nova vio
El pacto funcionó, y eso no es poco. Lo escribieron seis años antes, cuando se llevaban bien, y el día que Lourdes se quiso ir no hubo que discutir si podía, ni a quién le vendía, ni cómo se calculaba el precio. Muchas sociedades de amigos o de familia se rompen en ese punto, y esta no se rompió.
Pero la fórmula también hizo lo que hacen todas las fórmulas: aplicó una regla general a un caso particular. Multiplicar por cuatro lo que se ganó en promedio en tres años es una forma razonable de ponerle precio a una parte, y en el caso de Lourdes castigaba a la socia que se iba por una decisión que había tomado el socio que se quedaba. La fórmula no estaba mal. Lo que estaba mal era usarla sin mirar qué había adentro de cada número.
Lo que me parece más valioso es la línea que Renzo le escribió a Rosaura: la cebada no pasó por la regla porque yo no quise que pasara. Renzo había esquivado su propio pacto partiendo una inversión grande en gastos chicos, cada uno debajo del límite. Es una de las formas más comunes de saltarse una regla de socios sin romperla, y casi siempre la hace el que tiene más parte. Reconocerlo, por escrito, en el momento en que reconocerlo costaba veinte mil dólares, es lo que permitió que Lourdes se fuera como socia y no como acreedora.
Y lo último: el bar sin exclusividad. Lourdes pidió que Ladera fuera una de cinco. Soltar a una socia también es aceptar que lo que arma después no es una sucursal de lo que dejó.
La práctica
Mirar adentro de la fórmula. Antes de pagar o cobrar una salida con una fórmula, revisar cada número: de dónde sale, qué años usa y qué decisiones lo movieron. Si una decisión de uno movió el precio del otro, decirlo.
Escribir por qué se paga distinto. Si los socios acuerdan un precio distinto del de la fórmula, que quede escrito el motivo, firmado por los dos y guardado con el pacto.
Revisar si alguien esquivó una regla. Sumar los gastos de un mismo proyecto que quedaron cada uno por debajo del límite que pedía decidir de a dos. Si el total lo pasaba, el proyecto tenía que haberse firmado.
Dejar que lo nuevo sea del que se va. Lo que arme el socio que se va puede ser cliente, proveedor o vecino, pero no tiene que ser sucursal.
Lo que costó
Veinte mil dólares por encima de lo que pedía el pacto. Un crédito con el galpón de garantía. Tres años sin un peso de ganancia de Ladera para Renzo. La socia que llevaba el bar, las ventas y los domingos. Un hotel que se fue por una suba de precio. Un festival que vendió menos. Y la idea, que Renzo tenía desde la primera rubia, de que Ladera era de los dos para siempre.
A cambio, una separación sin abogados y sin rencor. Un bar en la capital con cinco cervezas del valle, una de ellas la de Ladera, pagada a precio de lista. Brunilda al frente del bar de la ruta. Y una prima que sigue viniendo algunos domingos, y que cuando viene trae la planilla de las canillas de Las cinco para comparar.
Lo que sigue
En la parábola 8, en la bodega de los Quintela, Don Rómulo cumple ochenta años en la escalera de poda. Hace cuarenta y dos que llega a la finca a las seis de la mañana, y Mateo no sabe cómo decirle que ya no.