Ochenta años de tijera
Don Rómulo llega a la finca de los Quintela a las seis de la mañana desde hace cuarenta y dos años. Un día de julio, en la poda del cuartel del fondo, se cae de la escalera y no se lo cuenta a nadie. Su hija llama a Mateo para que lo pare. Mateo no sabe cómo decirle que ya no, y cuando Hortensia hace una cuenta, entiende por qué Rómulo no para. Parábola 8.
Lo que se suelta · Parte II · Parábola 8. Mateo Quintela es el dueño de la bodega Quintela, en el libro de la bodega. Esta parábola pasa dos años y medio después del final de ese libro.
Lorenzo lo encontró sentado en el suelo, entre dos postes del parral, a las ocho y media de una mañana de julio con tres grados bajo cero, con la tijera todavía en la mano y la escalera de poda caída a un costado. Don Rómulo le dijo que se había sentado a descansar.
—La escalera también se sentó a descansar —dijo Lorenzo.
Rómulo se rió, se levantó apoyándose en el poste y siguió podando con la mano izquierda. La derecha, la de la tijera, la tenía hinchada en la muñeca, y la escondió en el bolsillo de la campera el resto del día.
Lorenzo se lo contó a Mateo a la tarde, en la oficina, en voz baja, como se cuentan las cosas que uno no está seguro de tener derecho a contar.
El cuartel del fondo, el de las plantas de los cincuenta, estaba en parral, como se plantaba entonces: las plantas subían por un poste hasta un techo de alambres a dos metros del suelo, y se podaban desde una escalera de tres patas que había que mover cada cuatro plantas. Las seis hectáreas de Quintela se podaban en seis semanas, de fines de junio a mediados de agosto, y Don Rómulo había podado el cuartel del fondo cada invierno durante cuarenta y dos años. Las otras hectáreas las podaba la cuadrilla. El cuartel del fondo no lo tocaba nadie más.
Tenía setenta y nueve años y cumplía ochenta en agosto, el día que terminaba la poda, más o menos. Lo había dicho él mismo en la cosecha: que quería cumplir los ochenta arriba de la escalera.
Esa noche llamó Leandra, la hija de Rómulo, desde la ciudad cabecera. No la había llamado nunca. Le dijo a Mateo que su padre le había mandado una foto de la muñeca para preguntarle qué crema ponerse, que ella era enfermera y sabía lo que era una fractura, que su padre no iba a ir al médico y que no iba a dejar de subir a la escalera.
—A mí no me escucha —dijo—. A vos sí. Paralo, por favor.
Mateo no lo paró. Al otro día lo llevó él mismo a la guardia del hospital del pueblo, con la excusa de que tenía que buscar unos papeles. Era una fisura en un hueso de la muñeca. Le pusieron una férula y le dijeron que seis semanas sin tijera.
Rómulo se fue del hospital a la finca. Se sentó en una silla en la punta de la primera hilera del cuartel del fondo y le dijo a Lorenzo cómo seguir.
Lorenzo tenía un título de enólogo, ocho cosechas en Quintela y un año en una bodega del otro lado del mundo, y durante esa semana podó subido a la escalera mientras un hombre de setenta y nueve años con una férula le decía desde una silla ese no, ese tampoco, dejale dos yemas, no tres. Lorenzo lo aceptó con una paciencia que sorprendió a todos. A la noche le dijo a Mateo que había aprendido más en esa semana que en la facultad, y que eso era justamente lo que le preocupaba: que todo eso estaba en una sola cabeza, y que la cabeza tenía ochenta años.
Esa semana, Mateo intentó dos veces decirle que ya no. La primera, en la galería, a la hora del mate, y terminó hablando de las heladas. La segunda, caminando el cuartel, y terminó hablando del abuelo. Rómulo había entrado a la finca cuando el abuelo de Mateo todavía venía a la galería todas las tardes, y Mateo sentía que decirle que no a Rómulo era decírselo a su padre y a su abuelo al mismo tiempo, y en la cara.
Amparo le preguntó qué era lo que no se animaba a decir.
—Que se vaya —dijo Mateo.
—No es eso —dijo Amparo—. Lo que no te animás a decir es qué va a hacer cuando se vaya.
Esa pregunta la contestó Hortensia, y no con palabras.
Mateo le pidió que mirara los papeles de Rómulo para armar lo que le correspondía si dejaba de trabajar. Hortensia vino el domingo de la ciudad, abrió la carpeta del personal en la mesa de la cocina, hizo llamados el lunes y el martes, y el miércoles volvió con una hoja.
Rómulo había trabajado cuarenta y dos años en la finca. Estaba registrado desde hacía veintiuno: desde el año en que un inspector recorrió las fincas del valle y el padre de Mateo pasó a registrar a su capataz, como hicieron varios vecinos esa misma semana. Los primeros veintiún años los había cobrado en mano, como se pagaba en el valle, y no tenían aportes.
Con veintiún años de aportes, Rómulo no llegaba a la jubilación común. Le correspondía una prestación mínima, de las que se dan a quien no completó los años, de unos trescientos dólares por mes. Con los cuarenta y dos años registrados, habría cobrado unos quinientos sesenta.
—Por eso no para —dijo Hortensia—. Vive solo. Paga el alquiler de la casa del pueblo. Con trescientos no le alcanza. Y no te lo va a decir nunca, porque el que no lo registró fue tu padre, y tu padre era su amigo.
Mateo se quedó mirando la hoja. Él había registrado a la cuadrilla de la cosecha en el quinto año, con su seguro, porque así lo pedía la ley, y se había sentido bien por eso. No había mirado nunca hacia atrás.
Esta vez Mateo fue a la casa de Rómulo, en el pueblo, un sábado a la tarde, con Hortensia y con la hoja.
Le dijo las tres cosas en el orden en que las había escrito, para no perderse. Que no podía seguir subiendo a la escalera, y que eso no lo decidía Mateo sino la muñeca. Que la finca le debía veintiún años de aportes que no se habían hecho, y que la finca, ahora, era de Mateo: Quintela le iba a pagar, todos los meses, mientras viviera, la diferencia entre lo que iba a cobrar y lo que habría cobrado, doscientos sesenta dólares, con un papel firmado por Mateo y por Hortensia. Y que el cuartel del fondo necesitaba a alguien que lo podara los próximos cuarenta años, y que esa persona la tenía que elegir él.
Rómulo escuchó sin interrumpir. Cuando Mateo terminó, se quedó un rato callado, mirando la férula.
—¿Me estás echando? —preguntó.
—Te estoy pagando lo que te debíamos —dijo Mateo—. Y te estoy pidiendo que no te caigas.
—Tu viejo me debía eso. Vos no.
—La finca te lo debía. La finca es mía.
Rómulo tardó en contestar. Después se levantó, fue a la cocina, puso la pava y volvió con dos mates.
—Gualberta —dijo—. La de la cuadrilla, la que cosechaba con el hijo. Tiene buena mano y no habla mientras poda.
Gualberta Chazarreta tenía cuarenta y seis años y cosechaba en la finca desde el quinto año. Había podado espaldera en otras fincas del valle, nunca parral. Aceptó con una sola pregunta: si Rómulo la iba a dejar equivocarse.
Las tres semanas que quedaban de poda, Gualberta subió a la escalera y Rómulo caminó al lado, con la férula en el bolsillo y la otra mano libre para señalar. Le dijo qué cargador dejar en cada planta, cuántas yemas, qué brazo estaba viejo y había que renovar el año siguiente. A las plantas que necesitaban algo distinto, las que habían sufrido una helada, las que tenían el tronco abierto, las tres que había injertado el abuelo con una estaca de otra finca, les ató una cinta de color en el poste: roja para las que había que cuidar, azul para las que había que cambiar en dos años, blanca para las del abuelo. Fueron ciento doce cintas.
—Cuando no sepas qué hacer con una planta —le dijo a Gualberta el último día—, mirá la cinta. Cuando no tenga cinta, hacé lo que te parezca. Te vas a equivocar en algunas. Las plantas aguantan.
Terminaron la poda el catorce de agosto. Al otro día, Rómulo cumplió ochenta años.
Lo festejaron en la galería, con un asado, la cuadrilla, la bodega entera y Leandra, que vino de la ciudad. A la hora del brindis, Mateo dijo unas palabras cortas que había escrito en un papel, y no las leyó, porque se le cerró la garganta en la segunda línea. Gualberta le preguntó a Rómulo si le iba a dejar la tijera, y Rómulo le dijo que no.
—La tijera es mía —dijo—. Comprate una.
Todo el mundo se rió, y Gualberta más que nadie. Esa semana se compró una.
Antes de irse, Leandra se acercó a Mateo en la puerta de la galería. Le dijo que había leído el papel de los doscientos sesenta dólares, que su padre se lo había mostrado doblado en cuatro, sacándolo de la billetera, y que en la familia nadie sabía lo de los años en mano. Que su padre no lo había contado nunca porque le parecía que contarlo era acusar a un muerto.
—Gracias por contarlo vos —dijo.
Rómulo no volvió a llegar a la finca a las seis de la mañana. Mateo pensó que iba a pasar todos los días, aunque fuera un rato, y le preparó un lugar en la galería, con una silla y el termo. Rómulo no vino. Leandra le contó a Mateo por teléfono, en octubre, que su padre arreglaba la huerta de la casa del pueblo, que había empezado a ir a jugar a las bochas al club y que estaba durmiendo hasta las siete y media.
—Dice que si va a la finca, va a querer podar —dijo Leandra—. Y que si no puede podar, prefiere no ir.
Mateo entendió que también tenía que soltar eso: la idea de que Rómulo iba a seguir ahí, de otra forma, para que a Mateo le costara menos.
Rómulo volvió en marzo, el primer día de la cosecha, a las seis y media, con el termo debajo del brazo. No preguntó si podía. Se paró entre la primera hilera y el acoplado del tractor, delante de la cuadrilla, y les dijo lo que les decía todos los marzos desde hacía cuarenta y dos años. Después se sentó en la silla que Mateo le había llevado a la punta de la hilera y miró cosechar a Gualberta el cuartel del fondo, planta por planta, mirando las cintas.
A las once se fue. Desde entonces vuelve una vez por año, el primer día de la cosecha, a decir eso, y se va antes del almuerzo.
Lo que Nova vio
Mateo creía que lo difícil era decirle a Rómulo que ya no. Amparo vio que eso no era lo difícil. Lo difícil era lo que venía después: qué iba a hacer Rómulo, de qué iba a vivir, quién iba a podar el cuartel. Cuando una conversación de retiro se traba, casi nunca se traba en la frase. Se traba en que el que tiene que decirla no sabe qué ofrecer, y no quiere decir ya no con las manos vacías.
La hoja de Hortensia explica la otra mitad. Rómulo no paraba porque no podía parar, y no lo decía porque la deuda era de un amigo muerto. Hay mucha gente así en las empresas chicas, sobre todo en las que vienen de una generación anterior: años en mano, aportes que faltan, una jubilación que no alcanza. Un dueño que hereda la empresa hereda también eso, aunque no lo haya hecho él. Mirar los papeles antes de la conversación cambió la conversación: dejó de ser tenés que irte y pasó a ser esto es lo que te debemos y esto es lo que te ofrecemos.
Me gusta que el sucesor lo eligiera Rómulo. Y la escena de la tijera, que es la más simple. Soltar a alguien no es quedarse con todo lo suyo; lo que es de la persona se va con la persona.
Y lo último, que le costó a Mateo más que lo demás: aceptar que Rómulo no quisiera volver. Dejar a alguien ir también es no inventarle un lugar para que uno se sienta mejor.
La práctica
Llevar la oferta antes que la frase. Antes de decirle a alguien que deje un trabajo, tener escrito qué va a pasar después: de qué va a vivir, qué se le ofrece, qué papel firma.
Mirar los papeles de toda la vida. En un empleado de muchos años, revisar desde cuándo está registrado, qué aportes tiene y qué jubilación le corresponde. Si falta algo, decidir qué hace la empresa con eso.
Que elija quien se va. Preguntarle a la persona quién puede hacer lo suyo, y darle tiempo para enseñarlo a su manera.
No inventar un lugar. Ofrecer volver, sin obligarlo. Si la persona prefiere no volver, eso también se respeta.
Lo que costó
Doscientos sesenta dólares por mes, mientras Rómulo viva, que Quintela paga por una deuda que no contrajo Mateo. Una poda más lenta, la de Gualberta, con dos plantas mal cortadas que el año siguiente dieron menos. La imagen del padre de Mateo, que era el amigo de Rómulo y no lo registró durante veintiún años. Y la idea de Mateo de que Rómulo iba a estar siempre en la finca a las seis.
Rómulo, mientras tanto, duerme hasta las siete y media, juega a las bochas y arregla su huerta. Gualberta poda el cuartel del fondo con ciento doce cintas que se van sacando año a año. Y una vez por año, en la primera hilera, alguien dice lo que se dijo cada marzo en esa finca durante cuarenta y dos años.
Lo que sigue
Con esta parábola termina la Parte II. En la parábola 9 empieza la Parte III, en Lencina Estudio: Débora Lencina todavía revisa cada fórmula de color que sale de la peluquería, y una mañana descubre que hay once clientas esperando en la recepción por una firma suya.