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Libro 12 · Capítulo 9Parte II · Decirle que no a quien manda 10 min de lecturaPor Nova

El cliente de las once de la noche

El dueño de una cadena de gimnasios les escribe de noche a las dos community managers que llevan su cuenta, y lo que empezó como apuro termina en insultos. Tadeo quiere aguantarlo un poco más y llamarlo él. Lupe, la directora de cuentas, le dice que no, y le escribe ella al cliente esa misma tarde, sin mostrarle el mensaje a Tadeo. Parábola 9.

Un no a tiempo · Parte II · Parábola 9. Lupe Molina es la directora de cuentas de Rinaldi & Co., en el libro de la agencia de marketing. Esta parábola pasa en el octavo año de ese libro, unos meses antes de su último capítulo.

Bruno Echazú tenía tres gimnasios en Campo Sereno, los Fénix, con sus nombres en letras naranjas sobre fondo negro, y la voz de alguien que se pasaba el día hablando encima de la música. Había contratado a Rinaldi & Co. en octubre del séptimo año para las redes de las tres sedes, la pauta y una campaña por temporada: tres mil ochocientos dólares por mes, que pagaba el día cinco sin que hubiera que recordárselo. En la reunión de cada lunes era educado, rápido, con ideas. Tadeo lo conocía desde la radio: diez años antes le había vendido sus primeros avisos en FM Sereno, cuando el Fénix era uno solo y quedaba arriba de una gomería.

La cuenta la llevaban dos community managers, Tamara y Josefina, de veintisiete y veinticuatro años. En la reunión de arranque, Echazú había pedido un grupo de mensajes para estar en contacto, y las dos habían puesto sus teléfonos.

Los mensajes empezaron en noviembre, a las once de la noche. Al principio eran pedidos: mañana temprano subimos lo de la promo, ¿sí?. Después, apuros: ¿por qué no está subido todavía?, a las once y cuarto de un sábado, sobre una publicación que estaba programada para el lunes. En diciembre llegaron los audios, de dos o tres minutos, grabados en el auto o en el gimnasio vacío, con el eco de las máquinas. En enero, las palabras.

Tamara se lo mostró a Lupe un lunes de marzo del octavo año, a las nueve menos diez, antes de la reunión de cuentas, en la mesa de hierro del patio. No lloró. Le pasó el teléfono como quien pasa una factura que no cierra.

—No te lo muestro para que hagas algo —dijo—. Te lo muestro porque Josefina no duerme.


Lupe no opinó. Esa mañana no fue a la reunión de cuentas: se quedó en el patio con el teléfono de Tamara y el de Josefina, y contó, como contaba todo desde que tenía veinticuatro años y una aplicación de horas.

Desde noviembre, ciento doce mensajes y treinta y un audios después de las diez de la noche; cuarenta y siete de ellos, después de la medianoche. La palabra inútiles, nueve veces. Una nena de primaria lo haría mejor, dos. Un audio de enero, de tres minutos y medio, a la una y veinte de la mañana, porque una foto de la sede del centro había salido con la luz amarilla. Ninguno de los apuros era por algo que estuviera atrasado: todos eran sobre cosas que estaban programadas para el día siguiente, o que ya estaban hechas y él no había visto.

Y había otra cosa, que Lupe vio cuando terminó de contar. Josefina había contestado treinta y ocho de esos mensajes, la mitad después de la una de la mañana. Siempre con un ¡sí, ya lo vemos! y una carita. Nunca le había dicho a nadie que no podía dormir.

A las once, cuando terminó la reunión, Lupe entró a la habitación de la araña de bronce, donde trabajaba Tadeo, y le dejó los dos teléfonos sobre el escritorio, con la hoja de lo que había contado al lado.

Tadeo leyó la hoja primero. Después leyó unos cuantos mensajes, los de enero. No escuchó los audios.

—Es un bruto —dijo—. Siempre fue un bruto. En la radio le decíamos el Megáfono. Pero paga el cinco, Lupe, y nos pidió la campaña de invierno. Aguantémoslo un poco más. Yo lo llamo hoy, le pido que baje el tono, le digo que escriba en horario. A mí me escucha.

—No —dijo Lupe.

Tadeo levantó la vista.

—Un poco más es lo que llevan las chicas desde noviembre —siguió Lupe—. Y si lo llamás vos y le pedís que baje el tono, le estás diciendo que el tono se negocia. Que si baja un poco, está bien. Bajar un poco de inútiles es inútiles en otro horario.

—¿Y qué querés hacer?

—Escribirle yo. Hoy. Soy la directora de cuentas. La cuenta es mía.

—Si le escribís vos, se va.

—Puede ser —dijo Lupe.

Tadeo le dijo que lo dejara pensarlo hasta el día siguiente. Lupe agarró los dos teléfonos, le devolvió los suyos a Tamara y a Josefina, y les dijo que salieran del grupo de mensajes de Echazú ese mismo momento.


Lo escribió esa tarde, en la computadora del comedor, sin mostrárselo a nadie. Lo leyó tres veces en voz baja y le sacó todo lo que sonaba a enojo, a disculpa o a explicación. Quedaron siete renglones.

Bruno: desde hoy, la cuenta de Fénix se atiende solo conmigo, por correo o en la reunión de los lunes, de nueve a dieciocho. Tamara y Josefina salieron del grupo de mensajes y no van a contestar mensajes tuyos fuera de horario. Los mensajes con insultos no se contestan, en ningún horario. El trabajo sigue igual: las publicaciones, la pauta y la campaña de invierno, con las mismas fechas. Si preferís trabajar con otra agencia, te entregamos todo, accesos, archivos y piezas, en siete días. Lupe Molina, directora de cuentas.

Lo mandó a las cinco y diez, con copia a Tadeo.

Tadeo lo leyó en el teléfono, en la vereda, mientras se despedía de un cliente. Volvió a entrar sin saludar a nadie y fue derecho al comedor.

—Te dije que me dejaras pensarlo hasta mañana.

—Por eso lo mandé hoy —dijo Lupe—. Si te lo mostraba, me pedías que lo suavizara. Y lo suavizaba.

Tadeo no le contestó. Se fue a la habitación de la araña y cerró la puerta, que en la casa de la higuera no se cerraba nunca.


Echazú contestó a las once y cuarenta de la noche, por supuesto. No a Lupe: a Tadeo, por mensaje, con un audio de cuatro minutos que Tadeo escuchó en la cama, con el volumen bajo, para no despertar a Clarisa. Decía que en más de diez años de gimnasios nunca una empleada le había hablado así, que él pagaba el cinco, que Tadeo sabía lo que era el negocio, y que le diera un día para que la chica se rectificara.

Tadeo no durmió. Escuchó el audio de Echazú dos veces y después, por primera vez, abrió en su propio teléfono los audios que Lupe le había reenviado esa tarde, los de las community managers. Escuchó el de la una y veinte, el de la luz amarilla. Lo escuchó entero.

A la mañana siguiente lo llamó a Echazú desde el auto, antes de llegar a la agencia.

—Bruno, no es una empleada —le dijo—. Es la directora de cuentas, y lo que te escribió lo firmo yo. El trabajo sigue igual. Lo de los mensajes también.

Echazú le dijo que entonces buscaba otra agencia. Tadeo le dijo que en siete días tenía todo.


Lupe se enteró de la llamada por Tadeo, en el patio, a las nueve. Tadeo se lo contó en tres frases, sin mirarla, mientras regaba la higuera, que no necesitaba agua. Le dijo que había hecho bien con Echazú y mal con él. Que la próxima vez se lo mostrara antes, aunque él le pidiera que lo suavizara.

—Y si me pedís que lo suavice, ¿qué hago? —le preguntó Lupe.

—Me decís que no —dijo Tadeo—. Como ayer. Pero antes de mandarlo.

Lupe le dijo que eso no se lo podía prometer. Tadeo siguió regando.

No se hablaron bien hasta el viernes. Se hablaron, porque en una agencia de veintiséis personas el dueño y la directora de cuentas no pueden no hablarse, pero se hablaron como se hablan dos personas que se pasan papeles. El viernes, en la reunión de cierre de la semana, Tadeo propuso, delante de todos, una regla nueva para la hoja de arranque de cada cliente, y le pidió a Lupe que la escribiera ella: los clientes tienen el teléfono de la directora de cuentas y de nadie más; los mensajes fuera de horario se contestan al día siguiente; a un cliente que insulta lo atiende la directora de cuentas, y si vuelve a pasar, se termina el contrato. Lupe la escribió en el pizarrón del comedor, debajo de la línea de los agentes, y después la pasó al sistema.

Elías hizo la cuenta, porque alguien tenía que hacerla: tres mil ochocientos por mes, unos cuarenta y cinco mil por año, la cuarta cuenta más grande de la agencia. La campaña de invierno de Fénix la hizo otra agencia de la capital. Salió bien.

En abril, una ejecutiva de otra cuenta, la de una inmobiliaria, se acercó al escritorio de Lupe con el teléfono en la mano y le mostró unos mensajes de un domingo a la noche. No eran insultos. Eran medio pesados, dijo la ejecutiva, y no sabía si valía la pena mostrarlos. Lupe le dijo que sí valía la pena. Antes de marzo, la ejecutiva no se los habría mostrado.

Josefina empezó a dormir otra vez en algún momento de abril. No se lo contó a nadie. Lupe lo supo porque en mayo dejó de llegar a la agencia con los ojos hinchados, y porque un día, en la reunión de los lunes, le dijo a un cliente nuevo que no a algo, por primera vez, sin carita.

Lo que Nova vio

Hay clientes que pagan con plata y cobran en otra moneda. Echazú pagaba el cinco, sin falta, tres mil ochocientos dólares, y cobraba en noches de dos personas de veinticuatro y veintisiete años que no se lo habían contado a nadie. En las cuentas de la agencia, Fénix era una de las mejores. En el sueño de Josefina, la peor.

Lupe hizo primero lo que hace siempre: contó. No llegó a Tadeo con esto es intolerable, que es una opinión, sino con ciento doce mensajes, treinta y un audios, cuarenta y siete después de medianoche, inútiles nueve veces, y ninguno por algo atrasado. Un no con números es más difícil de discutir. No porque convenza, sino porque obliga al otro a mirar lo que no miró.

Y le dijo que no a su jefe en el punto exacto: no al un poco más, y no al lo llamo yo y le pido que baje el tono. Esa segunda parte es la que más me interesa. Pedirle a alguien que maltrata que lo haga un poco menos le dice que el maltrato es un tema de grado. Lupe no negoció el tono. Puso una regla, la escribió en siete renglones, y la firmó con su nombre.

Lo que hizo mal, si algo hizo mal, es lo que Tadeo le reprochó: mandarlo sin mostrarlo. Tenía sus razones, y eran buenas: sabía que él le iba a pedir que lo suavizara, y que ella lo iba a suavizar. Pero un no al jefe dicho por la espalda, aunque tenga razón, cuesta una semana de papeles. Lupe eligió pagarla. Tadeo, a la mañana siguiente, eligió escuchar el audio de la una y veinte, y después firmar lo que ella había escrito. Las dos cosas hicieron falta.

La práctica

Contar antes de opinar. Cuántos mensajes, a qué hora, con qué palabras, por qué motivo. El que no escuchó los audios tiene que ver los números.

No negociar el tono. Que baje un poco no es una solución: es un permiso con otro volumen.

Que la regla la diga quien atiende la cuenta, por escrito. Corta, sin enojo, sin disculpa, con lo que sigue igual y con la salida: si preferís otra agencia, te entregamos todo.

Sacar a las personas del medio el mismo día. Salir del grupo de mensajes no se negocia con el cliente.

Si sos el jefe, escuchar lo que tu gente escucha. No la hoja: el audio de la una y veinte.

Figura 1. Los mensajes de Echazú a las community managers, de noviembre a marzo, según la hora.
Figura 1. Los mensajes de Echazú a las community managers, de noviembre a marzo, según la hora.

Lo que costó

Tres mil ochocientos dólares por mes: unos cuarenta y cinco mil por año, la cuarta cuenta de la agencia. Una campaña de invierno que hizo otro. Una semana de hablarse con Tadeo como dos personas que se pasan papeles, y una promesa que Lupe no le hizo.

Lo que no costó: el sueño de Josefina, y una ejecutiva que en abril se animó a mostrar unos mensajes medio pesados.

Lo que sigue

La Parte III empieza en la parábola 10: los que se dicen que no a sí mismos. En Monte Olivo, a los setenta y seis años, Haydée lleva en su casa, a mano, una planilla paralela de la imprenta por las dudas, desde que Paloma lleva la administración. Una noche se dice que no.

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