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Libro 12 · Capítulo 10Parte III · Decirse que no 10 min de lecturaPor Nova

La planilla paralela

Desde que Paloma lleva la administración de la imprenta, Haydée anota todos los jueves, en un cuaderno cuadriculado, los números que su hija le lee del teléfono durante la cena, y en la última columna, el plazo fijo que nunca toca. A los setenta y seis años, después de un llamado de un martes, se dice que no. Parábola 10.

Un no a tiempo · Parte III · Parábola 10. Haydée es la madre de Celina Zárate, en el libro de la imprenta, y le prestó su plazo fijo para la primera máquina. Esta parábola pasa tres años después del final de ese libro, cuando Haydée tiene setenta y seis.

Los jueves, Celina cenaba en lo de su madre. Llegaba a las nueve, con el pan de la panadería de la esquina de la planta, y se iba a las once. En el medio, entre la sopa y el postre, Haydée le preguntaba siempre lo mismo, en el mismo orden: cuánto se había facturado en el mes hasta ese día, cuánto se había cobrado, cuánto estaba en la calle. Celina sacaba el teléfono, abría el tablero de la imprenta y se lo leía, sin pensarlo, como se le contesta a una madre que pregunta si hace frío afuera.

Cuando Celina se iba, Haydée lavaba los dos platos, se secaba las manos, abría el cajón del aparador y sacaba un cuaderno cuadriculado de tapa azul. Debajo había otros seis iguales, y debajo de todos, el cuaderno de Lo que no sabía, el del primer año de su hija.

En el cuaderno azul escribía la fecha y los tres números, en tres columnas, con la letra redonda de maestra que no se le había ido en cincuenta años. Y en una cuarta columna escribía otro número, que no le había leído nadie, porque lo sabía de memoria: lo que tenía en el plazo fijo. Al lado, siempre la misma palabra: disponible.

Lo hacía desde el cuarto año de la imprenta, desde que Paloma Rubio se había quedado con la administración entera y ella había dejado de ir a contar. Siete años de jueves. Celina no lo sabía.


El plazo fijo era el de siempre, el que Haydée había guardado de maestra para algo que valga la pena. Lo había prestado entero para la primera digital usada, y lo había vuelto a abrir en el segundo año, cuando los clientes grandes pagaban cuando pagaban y su hija no tenía con qué pagar el papel. Celina se lo había devuelto en agosto, en la fecha que decía un papel firmado, y Haydée había roto el papel sin leerlo.

Después lo había vuelto a armar. Lo renovaba el primer día hábil de cada mes, en la misma ventanilla del banco de la avenida, con la misma birome, y no lo había tocado nunca. En once años no se había comprado un auto, no había arreglado la gotera del lavadero y no había ido a ningún lado. Su hermana Irma, que tenía setenta y uno y viajaba con el centro de jubilados dos veces por año, había dejado de invitarla.

No lo pensaba como una renuncia. Lo pensaba como lo que era para ella: la reserva. Si un día la imprenta volvía a quedarse sin plata para el papel, ella iba a estar ahí, con la cuarta columna.


El jueves de la primera semana de marzo del undécimo año, Celina le leyó el tablero como siempre y Haydée lo anotó como siempre, después, con los platos lavados. Cuando escribió el número de la calle, se detuvo. Era el más alto de los siete cuadernos. Fue para atrás, página por página: el triple que en diciembre.

No durmió esa noche, ni la del viernes. El fin de semana hizo cuentas en el margen del cuaderno, moviendo los labios. El lunes casi llamó a Celina, y no la llamó, porque Celina le habría dicho está todo bien, mamá con la voz de las veces que no estaba todo bien.

El martes, a las ocho y cinco, llamó a Paloma. Tenía su número de los tiempos en que Paloma era una chica de veintiséis años que facturaba a media jornada y le preguntaba a ella cómo se sumaba una columna larga sin calculadora.

—Perdoná que te moleste, querida —le dijo—. ¿Está todo bien con la calle? Me da el triple que en diciembre.

Paloma tardó un segundo en contestar, y Haydée lo escuchó.

Después se lo explicó con paciencia, con una voz que Haydée conocía porque era la suya, la de explicarle algo a un alumno que se había asustado. Los estuches para el aceite de oliva: los contratos grandes pagaban a sesenta días, y en marzo se juntaban dos entregas. Estaba en el calendario de caja desde octubre, con las fechas en que iba a entrar cada pago. El banco tenía una línea abierta por si algo se atrasaba. Los recordatorios de pago habían salido en fecha, y ella los había revisado uno por uno. Todo estaba como tenía que estar.

—Gracias por avisarme, Haydée —dijo Paloma al final, y lo dijo de verdad—. Si quiere, le paso el tablero a su teléfono. Lo mira cuando quiera, sin esperar al jueves.

Haydée le dijo que no, que gracias, que no hacía falta. Cortó y se quedó un rato largo sentada en la cocina, con el teléfono en la falda. Se sintió como una maestra jubilada que va a la escuela un martes a mirar por la ventana si la suplente sabe dar la clase.


Esa tarde llamó Irma. Había un viaje a los lagos del sur con el centro de jubilados, doce días en abril, en micro, con dos lugares libres porque una pareja se había bajado. Lo dijo rápido, como quien ya sabe la respuesta.

—En abril no puedo —empezó Haydée—. A principios de mes tengo que…

Se calló. A principios de mes renovaba el plazo fijo. Y renovaba el plazo fijo por si una imprenta con dos offset, una gerenta administrativa, un tablero, un calendario de caja, una línea del banco y un sistema que avisaba cada vencimiento se quedaba sin plata para el papel un día de abril.

—Te llamo a la noche —le dijo a Irma.

A la noche no llamó. Sacó los siete cuadernos del aparador, los puso en la mesa de la cocina, uno al lado del otro, y contó, como había contado toda la vida.

Trescientos sesenta y un jueves. Trescientas sesenta y una veces la palabra disponible. Y la columna que no había escrito nunca, porque no hacía falta escribirla para saberla: las veces que la imprenta había necesitado el plazo fijo en esos siete años. Ninguna.

Haydée se quedó mirando los cuadernos hasta las dos de la mañana. No porque le costara entenderlos, sino porque los entendía. Lo que hacía los jueves no era cuidar la imprenta. La imprenta tenía quien la cuidara, y lo hacía mejor que ella. Lo que hacía los jueves era seguir siendo la que la había salvado.


El jueves siguiente, entre la sopa y el postre, Celina sacó el teléfono.

—No me los leas —dijo Haydée.

Celina se quedó con el teléfono en la mano. Haydée se levantó, abrió el aparador y puso los siete cuadernos azules sobre la mesa, entre las dos, al lado de la panera.

Celina abrió el primero. Después el último. Pasó las páginas despacio, con la cara que ponía cuando revisaba un pliego contra la prueba firmada, y se detuvo en la cuarta columna.

—¿Todos los jueves, mamá?

—Por las dudas.

—Nunca te lo pedí.

—Ya sé —dijo Haydée—. Por eso no te lo conté. Me ibas a decir que no hacía falta, y yo ya sabía que no hacía falta.

Le contó lo del llamado a Paloma. Celina se rió y se le llenaron los ojos de agua al mismo tiempo, y no supo bien de cuál de las dos cosas. Le preguntó qué iba a hacer con el plazo fijo.

—Me voy doce días a los lagos con Irma —dijo Haydée—. En micro, con el centro de jubilados. Lo que sobre lo dejo en el banco, a mi nombre, para mí.

—¿El de algo que valga la pena?

—Ese.

Celina se llevó los siete cuadernos esa noche, en la bolsa del pan. El de Lo que no sabía se quedó en el cajón del aparador, solo, porque ese era de las dos.


El primer día hábil de abril, Haydée fue a la ventanilla de siempre, con la birome de siempre, y no renovó. El empleado del banco, que la conocía hacía once años, le preguntó si estaba todo bien. Ella le dijo que se iba de viaje.

Lo que costó vino después, y no tenía número. El primer jueves sin cuaderno, Celina y ella cenaron casi en silencio. No sabían de qué hablar entre la sopa y el postre: durante siete años habían hablado de la calle. El segundo jueves, Celina le contó de una clienta nueva, una diseñadora joven que discutía los colores como ella a los treinta y cuatro, y Haydée le hizo tres preguntas que no eran de números. El tercero fue más fácil.

Y estaba lo otro, lo que Haydée no le contó a nadie, ni a Irma en el micro. Durante once años, cada vez que pasaba por la puerta de la imprenta, se había sentido un poco dueña de una parte: la de la primera máquina, la del papel de los tiempos difíciles. Desde abril pasaba y era la madre de la dueña. Era mucho. No era lo mismo.

En los lagos, en el micro, contaba las paradas sin querer. Irma se dio cuenta el tercer día y le dijo que parara. Paró el quinto.

En el aniversario de la imprenta, en noviembre, un cliente viejo se la presentó a un cliente nuevo como la que puso la plata para la primera máquina. Haydée lo corrigió, con la sonrisa de maestra:

—La presté. Ya me la devolvieron.

Lo que Nova vio

Este es el primer no de la Parte III, y el primero que nadie escucha. Haydée no se lo dice a un cliente ni a un jefe: se lo dice a sí misma, a las dos de la mañana, con siete cuadernos en la mesa de la cocina. Y lo que deja no es un trabajo: es un lugar.

La planilla paralela no era desconfianza. Haydée confiaba en Paloma y en el tablero; en el libro de su hija, sus pilas de facturas se hacían por curiosidad, no por sospecha. Era algo más difícil de ver: la manera de seguir siendo necesaria en una empresa que ya no la necesitaba. Por las dudas es la frase con la que la gente se queda con lo que ya entregó: un control que ya tiene dueño, una reserva para un problema que no existe, una firma que sigue pidiendo aunque ya no haga falta.

Y ese control le hablaba a alguien. El llamado del martes no le contó a Paloma que había una calle alta: eso ya lo sabía. Le contó que alguien, en una cocina, seguía revisando su trabajo. Paloma lo tomó bien, y le ofreció el tablero. Si Haydée hubiera aceptado, habría hecho lo mismo con una pantalla en lugar de un cuaderno, y con más números.

Me quedo con la cuenta que hizo a las dos de la mañana, que es la única que importa para un control así: no cuántas veces lo hizo, sino cuántas veces hizo falta. Trescientas sesenta y una contra ninguna.

La práctica

Preguntarse para quién es el control. Si la empresa no lo usa, el control es para vos. No está mal tenerlo, pero hay que saberlo.

Contar cuántas veces hizo falta. No cuántas veces se hizo. Si en siete años la respuesta es ninguna, la respuesta está dada.

No cambiarlo por una herramienta mejor. Un control que no hace falta, con una pantalla, sigue sin hacer falta.

Decirlo en voz alta a quien corresponde. Dejar de hacer algo en silencio parece un abandono. Decirlo lo convierte en una entrega.

Darle un destino a lo que guardabas por las dudas. La reserva que nadie necesita es tiempo, plata o lugar que no se está usando para otra cosa.

Figura 1. El plazo fijo de Haydée y los cuadernos de los jueves, del primer año al undécimo.
Figura 1. El plazo fijo de Haydée y los cuadernos de los jueves, del primer año al undécimo.

Lo que costó

Lo que Haydée sentía que era en la imprenta: la reserva, la de la primera máquina y la del papel de los tiempos difíciles. Tres cenas de jueves sin saber de qué hablar. Y una costumbre de contar que tardó cinco días en soltar, en un micro.

Lo que no costó: nada de la imprenta, que en abril cobró los estuches en las fechas del calendario de caja. Esa fue la parte difícil.

Lo que sigue

En la parábola 11, en Villa Aurora, en el décimo año de Villegas Construcciones, otro dueño de un terreno le ofrece a la empresa una permuta más grande que la del Edificio Basualdo, cuando el Basualdo todavía no vendió su último departamento. Renata Villegas, que ya es socia, se dice que no a sí misma y a la empresa, con la cuenta del peor mes.

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