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Libro 12 · Capítulo 7Parte II · Decirle que no a quien manda 10 min de lecturaPor Nova

La losa de Lamberti

Treinta y cinco años antes del libro de la constructora, Celestino Ayala tiene veintitrés años, es medio oficial en una obra de Lamberti y descubre un viernes a la tarde que el capataz cambió los hierros de una viga sin avisarle al calculista. Se niega a hormigonarla. La viga probablemente aguantaba. Parábola 7.

Un no a tiempo · Parte II · Parábola 7. Celestino Ayala es el oficial albañil de Villegas Construcciones, en el libro de la constructora. Esta parábola pasa treinta y cinco años antes de ese libro, cuando Celestino tenía veintitrés.

Treinta y cinco años antes de que Horacio Villegas renunciara, Constructora Lamberti tenía quince personas, dos obras y una oficina en el garaje de la casa del dueño, que entonces tenía treinta y nueve años y todavía no era Don. Iba a las obras en una camioneta con los planos enrollados en el asiento de al lado y una regla que nunca le faltó en la vida: ninguna losa se hormigonaba sin que el calculista hubiera visto los hierros.

Celestino Ayala tenía veintitrés años. Había llegado a Villa Aurora a los diecinueve, desde un pueblo del norte, con un bolso y la dirección de un tío. Había entrado a Lamberti de ayudante a los veinte, y era medio oficial desde hacía uno. El capataz le había prometido el ascenso a oficial para diciembre. Un oficial cobraba un quince por ciento más por día, y Celestino mandaba la mitad de lo que ganaba a su madre.

La obra era una casa de dos plantas con un local abajo, en el barrio de la estación, para un ferretero que quería abrir antes de Navidad. El local tenía una vidriera de seis metros, sin columnas en el medio, porque el ferretero quería que se viera todo desde la vereda. Encima de la vidriera iba una viga, la más cargada de la obra, que sostenía la losa del primer piso y la pared del frente. En el plano decía dos hierros del dieciséis abajo, con letra de calculista, y un círculo alrededor.

El capataz era Ordóñez. Tenía cincuenta años, treinta de hormigón, unas manos que parecían de madera y una manera de mirar el cielo que no fallaba nunca. Sabía hacer una losa mejor que nadie en Lamberti. Los planos los leía poco, porque decía que la obra se aprendía en la obra.


La losa del primer piso se hormigonaba el sábado a las seis de la mañana, a pala y con hormigonera, como se hacía entonces: dos hormigoneras alquiladas, un guinche, ocho carretillas y doce hombres que iban a trabajar hasta que se terminara. El ingeniero Zubiría, el calculista, había visto los hierros el miércoles. Faltaba la viga de la vidriera, porque el corralón no había mandado el hierro grueso.

El hierro llegó el viernes a las cuatro de la tarde. Era del doce. El del dieciséis no lo tenían hasta el martes.

Ordóñez miró las barras en la vereda, miró el cielo, que estaba limpio, y decidió. El sábado no se perdía: las hormigoneras estaban alquiladas, los doce hombres avisados, la arena y la piedra mojadas en la vereda. Donde el plano decía dos del dieciséis, iban tres del doce.

—Es más hierro —dijo—. Atalos.

Celestino ató los hierros de la viga con otro medio oficial, hasta las seis y media, en la caja de madera del encofrado. Mientras ataba, pensaba en el círculo del plano. No sabía si tres del doce eran más o menos que dos del dieciséis. No sabía hacer esa cuenta. Sabía que el círculo lo había hecho alguien que sí.

Cuando terminó, bajó del andamio y fue a ver a Ordóñez al obrador, que era un cuartito de chapa con una mesa, una pava y el plano clavado en la pared.

—Esto lo tiene que ver el ingeniero —le dijo.

—El ingeniero vino el miércoles.

—El miércoles no estaba esta viga. Y no es la del plano.

Ordóñez lo miró como se mira a un ayudante que pregunta para qué sirve una cuchara.

—Treinta años hace que pongo hierro. Es más hierro. Mañana a las seis se hormigona.

—Yo no la hormigono si no la ve el ingeniero —dijo Celestino.

Lo dijo sin levantar la voz, y le tembló un poco la mano que tenía en el bolsillo. Ordóñez se quedó callado un rato largo.

—Entonces no vengas mañana —dijo—. Y el lunes vemos.


Celestino salió de la obra a las siete. En la esquina había un bar con un teléfono público en la pared, al lado del baño. Le compró tres cospeles al mozo y se quedó un rato mirando el teléfono sin llamar.

Sabía lo que estaba por hacer. No iba a llamar a Lamberti, que era el dueño y que habría tenido que elegir entre su capataz y un medio oficial. Iba a llamar al único que sabía si esa viga aguantaba: el que la había dibujado. El número estaba en el rótulo del plano, debajo de la firma, y Celestino lo había copiado en el dorso de un paquete de cigarrillos antes de salir.

Atendió la mujer del ingeniero. Zubiría estaba cenando. Celestino dijo su nombre, dijo que era de la obra del ferretero, dijo que la viga de la vidriera tenía otros hierros y que la losa se hormigonaba a las seis. Se le terminó un cospel en el medio y puso otro.

Zubiría llegó a las nueve y media de la noche, en un auto viejo, con una linterna, una cinta métrica y el saco puesto sobre el pulóver. Celestino lo esperaba sentado en la vereda, al lado de las barras que habían sobrado. Subieron juntos al andamio. Zubiría alumbró la viga, contó los hierros, midió, bajó al obrador, miró el plano clavado en la pared y se quedó haciendo cuentas en una libreta, de pie, con la linterna en la boca.

—Probablemente aguanta —dijo al final.

Celestino sintió que se le iba el piso.

—Probablemente —repitió Zubiría—. Yo calculo con margen, para lo que no sé: el hormigón que sale más flojo, la carga que el dueño pone arriba sin avisar, el hierro que viene peor. Con tres del doce, el margen se lo gastó Ordóñez un viernes a la tarde. Y el margen es mío. No es para gastarlo.

Escribió en el plano, con su letra de calculista, al lado del círculo: Agregar dos del doce. Estribos cada diez en los extremos. Hormigonar después de mi revisión, sábado 9 h. Y firmó.

Antes de irse, le preguntó a Celestino cuántos años tenía. Celestino le dijo. Zubiría no le dijo nada más. Le dio la mano, que era una mano blanda, de oficina, y se fue.


Ordóñez llegó el sábado a las cinco y media y vio la nota en el plano antes de prender la luz del obrador. No preguntó quién había llamado: en la obra, el viernes a la tarde, había habido un solo no.

Celestino llegó a las seis, aunque le habían dicho que no viniera, y se quedó en la puerta. Ordóñez le dijo que atara los dos hierros que faltaban. Fue lo único que le dijo en todo el día.

Zubiría volvió a las nueve, revisó, firmó otra vez. La primera carretilla de hormigón subió por el guinche a las diez y cuarto. La losa se terminó a las nueve de la noche, con dos reflectores colgados de los puntales y doce hombres que habían cobrado horas extra que nadie había presupuestado. El ferretero, que pasó a la tarde a ver su casa, preguntó por qué había tanta gente todavía. Le dijeron que el ingeniero había hecho un cambio a último momento.

El lunes, Lamberti le preguntó a Ordóñez por las horas extra. Ordóñez le dijo lo mismo que le habían dicho al ferretero. Zubiría, por su lado, le contó a Lamberti que el capataz había cambiado los hierros de una viga sin avisar, y Lamberti le dijo a Ordóñez, delante de la mesa del garaje, que eso no volvía a pasar nunca. No volvió a pasar. Nadie le dijo a Lamberti quién había llamado al calculista, y Lamberti no lo preguntó.

Ese mismo lunes, Ordóñez pasó a Celestino a la otra obra de la empresa: ciento veinte nichos para el cementerio municipal, en las afueras, una hora de colectivo, paredes de ladrillo y tapas de hormigón premoldeadas, todas iguales. En diciembre, el ascenso a oficial no llegó. En el informe de fin de año, que Lamberti leía a las apuradas, Ordóñez escribió al lado del nombre de Celestino dos palabras: no acata.


En el cementerio, algunos de los muchachos empezaron a decirle el ingeniero. No era un elogio. Uno de ellos, el que había atado con él la viga de la vidriera, no le habló durante un mes, porque esa noche el que había quedado como alcahuete era Celestino, pero las horas extra del sábado las había trabajado él.

Celestino estuvo dos años en los nichos y tres más en obras chicas: revoques, contrapisos, medianeras, casas de una planta donde no había losas que discutir. Ordóñez se jubiló al cuarto año. El capataz que vino después, Arancibia, lo hizo oficial en su primera semana, porque le faltaban oficiales y porque lo vio levantar una pared a plomo sin mirar el nivel. No sabía nada de la viga de la vidriera.

Celestino tampoco supo nunca si la viga habría aguantado con tres del doce. Zubiría se murió muchos años después sin decírselo, porque no lo sabía: por eso había dicho probablemente.

Lo que le quedó fue una pregunta. Antes de cada losa, durante treinta y cinco años, Celestino preguntó lo mismo: ¿quién la vio? No ¿está bien?, que es una pregunta que cualquiera contesta que sí. ¿Quién la vio?, que tiene un nombre por respuesta.

Treinta y cinco años después, la primera losa de Villegas Construcciones la ató con Horacio de noche, a la luz de un reflector colgado de un puntal, y le explicó para qué servía cada hierro sin que se lo preguntara. Horacio creyó que era una costumbre de oficial viejo. Era la viga de la vidriera.

Lo que Nova vio

Este es el no del que menos manda. Un medio oficial de veintitrés años, con el ascenso prometido para diciembre y la mitad del sueldo para su madre, le dice que no al capataz que le da trabajo, que tiene treinta años de hormigón, y que probablemente tenía razón.

Eso es lo que hace a esta parábola tan incómoda, y tan útil. Celestino no sabía si la viga aguantaba. No lo supo nunca. Su no no era esto está mal, que no podía saber, sino esto no lo vio el que firma, que sí sabía. Un no así no necesita tener razón sobre el resultado: necesita tener razón sobre quién decide. Y en una obra, sobre los hierros de una viga, no decide el que tiene más años sino el que hizo la cuenta.

Me impresiona el orden en que lo hizo. Primero se lo dijo a Ordóñez, de frente, en el obrador. Después llamó, y no llamó al dueño, que habría convertido la duda en una acusación, sino al calculista, que era el único que podía contestar la pregunta. No contó nada en la obra. No pidió que lo defendieran.

Y lo que costó cayó donde cae casi siempre: en el que menos manda. El capataz que cambió los hierros recibió un reto en el garaje. El medio oficial que preguntó perdió cinco años. El enojo de Ordóñez no era por la viga, que estaba bien atada: era por un pibe que le había hecho venir al ingeniero un viernes a la noche.

La práctica

Decir que no a lo que no te toca decidir, no al trabajo. Yo no la hormigono si no la ve el ingeniero no es no trabajo: es esto no lo decido ni vos ni yo.

Decírselo primero al que manda, de frente. Antes de llamar a nadie, el capataz tiene que haber escuchado el no de tu boca.

Llevarle la pregunta al que firma, no al que está más arriba. El dueño tiene que elegir entre personas; el calculista solo tiene que mirar una viga.

No necesitar tener razón sobre el resultado. El que pregunta ¿quién lo vio? acierta aunque la viga aguante.

Saber qué te puede costar antes de decirlo. Celestino lo supo en la puerta del bar, mirando el teléfono. Lo dijo igual.

Figura 1. Lo que costó el no del viernes a la tarde: de los veintitrés a los veintiocho.
Figura 1. Lo que costó el no del viernes a la tarde: de los veintitrés a los veintiocho.

Lo que costó

Cinco años de medio oficial: unos mil doscientos jornales cobrados un quince por ciento abajo, la mitad de esa diferencia menos para su madre. Dos años de colectivo hasta un cementerio. Un apodo. Un compañero que no le habló durante un mes. Y una pregunta que no tiene respuesta: si la viga aguantaba.

Lo que ganó no se puede contar en jornales: una manera de mirar las losas que, treinta y cinco años después, se le explicaba a Horacio de noche, sin que nadie la pidiera.

Lo que sigue

En la parábola 8, en Puerto Celeste, en el sexto año de la empresa de limpieza de Zulma Insaurralde, el gerente de un edificio de oficinas le exige a Mirta Juárez un desincrustante ácido para el mármol del hall, porque así lo hacía la empresa anterior. Mirta le dice que no.

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