El invierno que el contador no vino
Veintinueve años antes de que Martín Arrieta llegara a Las Palmas del Norte, el contador Gómez Pardo se enfermó un invierno entero. Su secretaria tenía veintinueve años, uno en el estudio y la mitad de la carrera de contador hecha de noche. Sostuvo sola ciento cuarenta clientes durante cuatro meses, sin poder firmar nada. Parábola 5.
Lo que no se ve · Parte II · Parábola 5. Doña Amanda es la secretaria de Gómez Pardo en el libro del estudio contable. Esta parábola pasa veintinueve años antes de ese libro.
En el estudio del primer piso de la galería Del Sol, el invierno empezaba cuando se prendía la estufa de cuarzo debajo del escritorio de la secretaria, y ese año la estufa se prendió el primer lunes de junio. Amanda tenía veintinueve años, un año en el estudio, una máquina de escribir eléctrica que el contador había comprado cuando ella entró, y la mitad de la carrera de contador hecha de noche, en la facultad que funcionaba en el colegio de la avenida.
Ese lunes, el contador no vino.
Héctor Gómez Pardo tenía cuarenta y cinco años y no faltaba nunca. Llegaba a las ocho y cuarto, colgaba el sobretodo en el perchero de madera, le preguntaba a Amanda por su madre y se encerraba en el segundo ambiente hasta la una. Ese lunes, a las diez, llamó su esposa. Era el hígado. Una hepatitis, había dicho el médico, de las que no se curan con un remedio sino con reposo: cuatro meses en cama, sin trabajar, sin preocupaciones, porque cualquier esfuerzo la podía volver peor.
—Dice Héctor que cierres el estudio por unos días —dijo la esposa—. Que después ve.
Amanda colgó el teléfono y se quedó mirando el calendario de vencimientos del consejo profesional, pegado en la pared con cinta. Junio. Las declaraciones anuales de las personas vencían en tres semanas. Los sueldos de los aguinaldos, a fin de mes. Ciento cuarenta clientes. Ninguno sabía todavía nada.
No cerró el estudio.
Esa noche, en la cocina de la casa de su madre, Amanda hizo una lista en un cuaderno escolar. La dividió en dos columnas, como había visto hacer al contador con los papeles de los clientes.
En la primera escribió lo que no podía fallar: cada vencimiento de cada cliente en los próximos cuatro meses, con su fecha, sacado de las carpetas de colores. Las declaraciones anuales de junio. Los aguinaldos. Los impuestos de cada mes. Las dos sociedades que tenían balance en agosto. Una intimación del fisco a un cliente, que vencía en julio.
En la segunda escribió lo que podía esperar: los clientes nuevos que habían pedido una entrevista, las consultas que no fueran urgentes, el orden del archivo del fondo, las facturas del estudio que el contador mandaba cuando se acordaba.
La primera columna tenía un problema que Amanda vio enseguida. La mitad de las cosas las podía hacer ella: juntar los papeles, preparar las liquidaciones simples que había aprendido mirando, escribir las declaraciones a máquina. La otra mitad necesitaba algo que ella no tenía: una firma de contador.
El martes a la mañana, antes de abrir, Amanda fue a ver al contador Ocaranza.
Ocaranza tenía un estudio en la otra punta del centro, era un poco mayor que Gómez Pardo, y los dos se respetaban y se saludaban en las reuniones del consejo con la cortesía de dos competidores que se conocen hace veinte años. Amanda le explicó todo, de pie, en la puerta de su oficina, con el cuaderno escolar en la mano: la hepatitis, los cuatro meses, los ciento cuarenta clientes, la primera columna.
—Le pido que firme lo que haga falta firmar —dijo—. Yo le preparo todo. Usted lo revisa. Y no le toca ningún cliente.
Ocaranza la miró un rato largo.
—¿Héctor sabe que vino?
—No. Le dijeron que cerrara el estudio.
Ocaranza se rió, por primera vez.
—Héctor no va a cerrar el estudio aunque se muera —dijo—. Tráigame lo de esta semana el viernes. Y no le cobro nada, pero dígale que me debe una.
Durante cuatro meses, Amanda llegó al estudio a las siete y media y se fue a las ocho de la noche. Dejó de ir a la facultad la segunda semana; no le daban las horas. Juntó los papeles de los ciento cuarenta clientes, preparó las liquidaciones que sabía preparar, escribió a máquina las declaraciones anuales y las llevó, los viernes, en un portafolios prestado, a la oficina de Ocaranza, que las revisaba con un lápiz rojo y le devolvía las que tenían algo mal con una nota en el margen. Las que estaban bien, las firmaba.
Su madre, que la esperaba cada noche con la comida tapada con un plato, le preguntó en la tercera semana de junio por qué no iba más a la facultad.
—Porque el contador está enfermo —dijo Amanda.
—¿Y el contador sabe que dejaste la facultad?
Amanda no contestó. El contador no sabía. Nadie le había preguntado nada, y a ella no se le había ocurrido decirlo, porque decirlo le parecía cobrar algo que nadie le había pedido. Su madre la miró comer en silencio, con la paciencia de quien ya sabía cómo iba a terminar esa historia, y le dijo una sola cosa al levantar los platos: que el estudio era de él, y que la carrera era de ella.
Amanda lo pensó toda la noche. A la mañana siguiente, a las siete y media, estaba en la galería prendiendo la estufa de cuarzo.
Los martes y los jueves a la tarde iba a la casa del contador, en el barrio de las quintas, con dos carpetas. Gómez Pardo, amarillo y flaco, en un sillón al lado de la ventana, con una manta en las rodillas, las revisaba durante una hora, que era lo que el médico le dejaba. La esposa le cronometraba la hora con el reloj de la cocina. A la hora exacta, le sacaba las carpetas de las manos.
A los clientes, Amanda les dijo la verdad, pero no a todos la misma. A los que solo necesitaban que su impuesto se pagara a tiempo, les dijo que el contador estaba con una licencia y que todo seguía igual, y siguió igual. A los que tenían algo complicado, como el cliente de la intimación o las dos sociedades del balance, les dijo exactamente qué pasaba, quién iba a firmar, y cuándo iba a volver el contador. A uno, Don Ballesteros, que tenía entonces treinta y siete años y un solo camión, le tuvo que explicar tres veces que no, que el contador no podía atenderlo por teléfono desde la cama.
Tres clientes se fueron. Uno de ellos era un comerciante que, cuando Amanda le dijo que el contador estaba enfermo, le contestó que él no le pagaba a una secretaria. Amanda le devolvió la carpeta ordenada, con un índice, al día siguiente.
Hubo una semana, en agosto, en que estuvo a punto de no llegar.
Los dos balances de las sociedades vencían el mismo viernes. Ocaranza tenía los suyos, de sus propios clientes, el mismo viernes. Gómez Pardo había tenido una recaída y el médico había suspendido las dos horas por semana. Amanda tenía los balances armados a máquina, revisados por ella tres veces, y nadie que los mirara con ojos de contador antes de que Ocaranza los firmara a ciegas.
El jueves a la noche, a las diez, se los llevó a Ocaranza a su casa. Ocaranza abrió la puerta en pantuflas, miró los balances parado en el pasillo, y le dijo que pasara. Los revisaron juntos en la mesa del comedor hasta la una de la mañana, con la esposa de Ocaranza sirviendo café sin preguntar nada. Encontraron un error en uno: una amortización mal calculada, que Amanda corrigió a mano, con corrector, porque no había tiempo de volver a pasarlo a máquina. El viernes a las once se presentaron los dos.
En el colectivo de vuelta a su casa, esa noche, Amanda se durmió y se pasó tres paradas.
Gómez Pardo volvió al estudio el primer lunes de octubre, más flaco, con el sobretodo que le quedaba grande. Colgó el sobretodo en el perchero, como siempre. Miró el calendario de la pared, en el que Amanda había tachado con una cruz roja cada vencimiento de los cuatro meses. No había ninguna fecha sin tachar.
Se quedó un rato largo mirando las cruces. Después le preguntó a Amanda por su madre, como siempre, y se encerró en el segundo ambiente.
A fin de mes, el sueldo de Amanda tuvo un aumento. No era grande. El contador no dijo nada sobre los cuatro meses ese día, ni nunca. Ocaranza le contó a Amanda, años después, en un velorio, que Gómez Pardo le había llevado una caja de vino y le había dicho que le debía una, y que nunca se la cobró.
Amanda no volvió a la facultad. El semestre siguiente quiso volver, y el estudio había crecido, y después había crecido otra vez, y después ya no fue el momento. Lo que sí le quedó de ese invierno fue un cuaderno de tapas duras, que compró en septiembre para anotar quién había pagado el estudio y quién no, porque durante cuatro meses no había habido nadie que lo supiera. Lo forró con papel madera. Lo usó hasta el día en que se jubiló.
Lo que Nova vio
Esta parábola es la de una persona que sostiene una empresa que no es suya, y que nadie le pidió que sostuviera. La instrucción del dueño fue cerrar el estudio por unos días. Amanda hizo lo contrario, y lo hizo con un método que cualquier dueño envidiaría: separó lo que no podía fallar de lo que podía esperar, vio que la mitad de lo que no podía fallar necesitaba algo que ella no tenía, y fue a pedirlo antes de que fuera tarde.
Me interesa mucho la firma prestada de Ocaranza, porque es la parte que casi ningún profesional independiente tiene resuelta. Un estudio de una sola firma es un estudio que se detiene el día que esa persona no puede firmar. Amanda lo resolvió con coraje y con la generosidad de un competidor; un estudio lo puede resolver antes, con un acuerdo escrito con un colega para cubrirse mutuamente.
La forma de decirles la verdad a los clientes también vale. No a todos lo mismo: a cada uno lo que necesitaba saber para estar tranquilo. Los que solo querían que su impuesto se pagara, tuvieron eso. Los que tenían algo en riesgo, supieron exactamente qué pasaba y quién firmaba.
Y lo que costó es lo que hace que esta parábola esté en este libro. Amanda dejó la carrera ese invierno y no la retomó nunca. El contador le subió el sueldo y no dijo nada, ni ese día ni nunca. Hay personas que sostienen empresas en los meses en que nadie mira, y la empresa sigue, y ellas pagan algo que nadie anota. En el libro del estudio contable, muchos años después, Martín le pregunta qué quiere. Fue la primera vez.
La práctica
- Para quien sostiene: en una crisis, separá en dos columnas lo que no puede fallar y lo que puede esperar, con fechas. Hacé primero la primera.
- Pedí lo que te falta antes de que sea tarde: una firma, una autorización, un colega que cubra. La generosidad de otros aparece más cuando se pide con un plan.
- Decile a cada uno la verdad que necesita para estar tranquilo, no la misma a todos.
- Para quien es dueño: tené escrito quién te cubre si no podés firmar ni decidir durante meses. Y cuando alguien te sostuvo, decíselo, y preguntale qué quiere.
Lo que costó
Cuatro meses de jornadas de doce horas. Tres clientes que se fueron. Una noche en el comedor de Ocaranza hasta la una de la mañana. La carrera de contadora, abandonada en la segunda semana de junio y nunca retomada. Y treinta y cuatro años sin que nadie le preguntara qué quería, ni le dijera en voz alta lo que había hecho ese invierno.
Lo que sigue
En la parábola 6, Don Cuevas, el almacenero de la esquina de Los Paraísos, cuarenta años antes de comprarle el pan a Mercedes Arce: el año en que cerró la fábrica del barrio y el almacén vendía la mitad, y de dónde salió la lata de galletitas.