El julio de la socia
Julieta Páez empieza su primer invierno con el diez por ciento de Ferreyra Producciones y ninguna fecha en la tablilla. Mientras se resiste a volver a coordinar eventos, descubre lo que el equipo no dice en julio: que cada invierno alguien busca otro trabajo por miedo a una cuenta que nunca vio. Parábola 8.
Lo que no se ve · Parte II · Parábola 8. Julieta Páez es la coordinadora general de El sábado de las tres fiestas. Esta parábola pasa en el invierno siguiente al final de ese libro, siete meses después de que firmara el acuerdo de socias.
El primer lunes de julio del noveno año, Julieta Páez abrió la tablilla en la oficina del depósito y no encontró nada que hacer.
La tablilla era la de siempre, la del clip, con una hoja por fin de semana y los eventos que le tocaba coordinar. Durante once años, seis en los salones del Hotel Mirador y cinco en Ferreyra Producciones, esa hoja había tenido por lo menos un nombre cada sábado. En julio del noveno año tenía cuatro hojas en blanco.
No era que no hubiera eventos. Ferreyra tenía once en el mes: tres jornadas de empresas en el Mirador, un congreso chico de médicos, dos aniversarios y cinco fiestas chicas de invierno. Los tenían las coordinadoras, como correspondía. En marzo, cuando empezó a regir el acuerdo que Federico Lanza había escrito en tres páginas, Julieta había decidido dejar de coordinar para mirar la empresa entera. En marzo, abril y mayo no lo había notado: había entregado sus fechas de a una, explicando cada cliente y revisando cada orden. En julio, entregadas todas, la tablilla quedó vacía.
Y el resultado del mes, que hasta diciembre había mirado de reojo en la reunión de los lunes, ahora era en parte suyo. Junio había cerrado con seis mil doscientos dólares de pérdida, que pagó la reserva, como estaba previsto. Julieta lo sabía. Lo sabía desde hacía cinco inviernos. Lo que no sabía era que, mirado desde el diez por ciento, se sentía en el estómago.
La primera semana hizo lo que hace cualquiera con la agenda vacía y un poco de culpa: buscó trabajo conocido.
El martes, Agostina comentó que el congreso de médicos tenía un problema con el proyector del salón, y Julieta se escuchó a sí misma diciendo que se encargaba ella. El miércoles revisó, sin que nadie se lo pidiera, la orden de un aniversario que coordinaba Yanina, y le marcó tres cosas con lápiz. El jueves a la tarde, Yanina entró a la oficina con la orden en la mano.
—¿Querés coordinarlo vos? —preguntó, sin enojo, como quien pregunta en serio.
Julieta se dio cuenta, en ese momento, de que estaba haciendo lo mismo que durante tres años le había pedido a Carolina que dejara de hacer: revisar lo que ya tenía quien lo revisara. Le devolvió la orden a Yanina, le pidió perdón por las marcas, y esa noche escribió en la primera hoja vacía de la tablilla una pregunta: ¿qué hace una socia en julio?
No tenía la respuesta. Carolina, en los inviernos, salía a visitar clientes, que era lo que mejor sabía hacer. Julieta no vendía. Sabía otra cosa: sabía mirar a la gente mientras trabajaba.
El sábado fue al depósito, aunque no había evento. Rubén Medina pintaba sillas Tiffany en la playa de carga, con la radio prendida y un pincel fino para los respaldos, como todos los julios.
—En julio se pinta —dijo cuando la vio, como si contestara una pregunta.
Julieta se sentó en un cajón y lo miró pintar un rato. Rubén tenía cincuenta y cinco años, cinco en Ferreyra, y hablaba poco; cuando hablaba, era porque había pensado la frase durante la semana.
—¿Este año también? —preguntó él, sin levantar la vista.
—¿También qué?
Rubén terminó un respaldo antes de contestar.
—Cada julio alguien pregunta si van a echar gente. Este año ya preguntaron tres. A mí me preguntan porque creen que yo sé. —Mojó el pincel—. No sé. Nunca vi ningún número.
Julieta se quedó callada. Nunca habían echado a nadie por un invierno. Pero en el séptimo año se había ido un montajista en agosto, a una empresa de mudanzas, y en el octavo se habían ido Maite, una coordinadora que Julieta había formado durante dos años, y un asistente del depósito. Cada uno había dado una razón distinta. Julieta los había despedido con un asado y una carta de recomendación, como se hacía en Ferreyra, y había cargado sus salidas en el sistema como renuncia. Nunca había mirado en qué mes.
Esa noche lo miró. Las renuncias de los últimos tres años eran cinco. Cuatro habían sido entre julio y septiembre.
El lunes le pidió a Carolina una hora y le contó lo de Rubén y lo de los meses.
—La gente no se va en invierno porque haya poco trabajo —dijo—. Se va porque no sabe si va a haber trabajo. Y no lo sabe porque nunca le mostramos la cuenta.
Carolina miró un rato por la ventana de la oficina, hacia la playa donde se secaban las sillas.
—Si les muestro que perdemos plata todos los meses de invierno, se asustan más.
—Se asustan con lo que no ven —dijo Julieta—. Lo que ven es que en julio estás nerviosa, que Ivana cierra la puerta para hablar con Federico y que hay menos eventos en la pizarra. Con eso arman su propia cuenta. Y su cuenta es peor que la nuestra.
Carolina tardó en contestar. Había empezado el negocio sola, en un garaje, y durante años los números del invierno habían sido algo que se sufría de noche, en la cocina, sin que nadie más se enterara. Mostrárselos a quince personas era abrir la cocina.
—¿Y qué les decimos? ¿Que va a estar todo bien?
—No. Les decimos lo que hay. Cuánto falta cada mes, cuánto hay guardado, hasta dónde alcanza. Y qué pasa si no alcanza.
—¿Qué pasa si no alcanza?
Julieta tenía la respuesta escrita en la tablilla desde el domingo.
—Antes que el sueldo de cualquiera, lo nuestro. Tu sueldo y mi parte.
Carolina la miró como la había mirado el primer mes, en el local de la galería del centro, cuando Julieta preguntaba quién confirmaba cada tarea.
—Es tu primer año. Tu parte todavía ni la cobraste entera.
—Por eso. Si firmé el diez por ciento, firmé también los julios.
Lo prepararon esa semana con Ivana. No querían una presentación: querían una hoja que se entendiera en cinco minutos sin saber contabilidad. La armaron con lo que ya estaba en el sistema, en cuatro renglones.
Cuánto costaba la empresa por mes aunque no hubiera ningún evento: veintiún mil dólares, con los quince sueldos adentro.
Cuánto faltaba en cada mes de invierno, de mayo a septiembre, según los eventos de los últimos tres años y los que ya estaban reservados: entre tres y ocho mil por mes, unos veintiséis mil en total.
Cuánto había guardado para eso en mayo, en la reserva que había crecido desde la cuenta de invierno del tercer año, la de los cien dólares por fiesta: cuarenta y seis mil.
Y una regla, que Carolina escribió a mano y en la que Julieta cambió una sola palabra: En un invierno normal no se va nadie por el invierno. Si el invierno sale peor que la cuenta, lo que falta sale primero de lo de la dueña.
La palabra que cambió Julieta fue dueña. Pasó a decir socias.
La reunión fue un viernes a las seis, en el entrepiso del depósito, con las quince personas y la pantalla grande. Sol trajo facturas. Nadie las tocó durante los primeros diez minutos.
Carolina leyó la hoja en voz alta. Después hubo un silencio que Julieta recordó durante años: el de quince personas haciendo la misma cuenta al mismo tiempo. Lo rompió Tomi, desde el fondo.
—¿Cuarenta y seis mil dólares hay guardados?
—Para el invierno —dijo Ivana—. No es ganancia. Es la plata de julio, juntada en diciembre.
—¿Y si el invierno no es normal? —preguntó Rubén.
Era la pregunta que nadie esperaba de Rubén, y la única que importaba.
—Entonces se corta lo nuestro —dijo Julieta—. Y si con eso no alcanza, nos sentamos acá otra vez y lo decidimos con los números en la pantalla, antes de que alguien se entere por un rumor.
Agus fue el primero en agarrar una factura.
Lo que pasó después no fue todo bueno.
En agosto no se fue nadie. Fue el primer invierno en cuatro años sin una renuncia entre julio y septiembre, y Julieta lo anotó en la tablilla, en la hoja del primer sábado de agosto, que seguía sin eventos.
Pero agosto salió peor que la cuenta. Dos empresas pasaron sus jornadas a octubre y faltaron dos mil trescientos dólares más de lo escrito. Carolina y Julieta se bajaron la parte de ese mes en esa cantidad, entre las dos, y lo dijeron el lunes, en la reunión de los números, en una línea. Nadie preguntó si iban a echar gente.
En septiembre, Tomi pidió un aumento. Lo pidió bien, en la oficina, con números: si había cuarenta y seis mil dólares guardados, había plata. Julieta le explicó dos veces la diferencia entre una reserva y una ganancia; la segunda vez Tomi la entendió y no la aceptó del todo. Le dieron un aumento menor que el que pedía, en enero, cuando las señas del verano lo justificaron. Él lo recibió con una frase que Carolina tardó un mes en perdonarle: que antes de la reunión no sabía que había algo que pedir.
Dos coordinadoras empezaron a preguntar cada lunes cuánto quedaba en la reserva. Al principio a Carolina le molestó, como le molesta a cualquiera que le abran la heladera sin pedir permiso. Después se acostumbró a decirlo antes de que preguntaran.
Y la tablilla de Julieta no volvió a tener una fecha propia. Desde ese invierno tuvo otra cosa: los lunes de julio, una hoja con quince nombres, y al lado de cada uno, la última vez que había hablado con esa persona sin que hubiera un evento en el medio.
Un año después, cuando el Hotel Mirador cerró nueve meses por obra, la regla de la pared fue lo primero que Carolina buscó. En abril nadie del equipo empezó a buscar trabajo.
Lo que Nova vio
La primera tentación de esta parábola es chica y muy común: la socia nueva, con la agenda vacía, se pone a hacer lo que ya sabe hacer. Revisa órdenes que tienen dueña, resuelve el proyector de otra. Se siente útil y desarma, sin querer, lo que había costado armar. Lo que hace bien Julieta es darse cuenta rápido, por la pregunta de Yanina, y quedarse con la incomodidad de una hoja en blanco en lugar de llenarla con trabajo conocido.
Lo que ve con la agenda vacía es lo que ningún tablero mostraba. Las renuncias de Ferreyra estaban en el sistema, con fecha, y nadie las había mirado por mes. Cuatro de cinco en invierno. No era casualidad ni mala suerte: era el miedo de quince personas que veían los síntomas del invierno, la dueña nerviosa, la puerta cerrada, la pizarra con menos eventos, y no veían la cuenta. Cada uno armaba la suya, y la de ellos siempre era peor.
Me interesa que la decisión no sea aguantar mejor, sino cambiar algo: dejar de tratar el invierno como un secreto de las dueñas. La hoja de cuatro renglones no hizo vender un evento más en julio. Hizo que el equipo supiera lo mismo que sabían Carolina e Ivana, y que la regla tuviera una prueba en agosto, cuando la cuenta salió peor y se cumplió lo que estaba escrito.
Y no es gratis. Mostrar los números trae preguntas, un pedido de aumento, coordinadoras que preguntan por la reserva cada lunes. Una empresa que muestra su cuenta tiene que aceptar que la discutan.
La práctica
- Si tenés la agenda vacía en el mes flojo, no la llenes con el trabajo de otro. Escribí qué es lo que solo vos podés hacer en ese mes.
- Mirá en qué meses se va tu gente. Si las renuncias se juntan en los meses sin ventas, no es casualidad.
- Mostrale al equipo la cuenta del invierno en una hoja: cuánto cuesta la empresa, cuánto falta cada mes, cuánto hay guardado y hasta dónde alcanza.
- Escribí qué se corta primero si la cuenta sale peor. Si sos dueño o socio, que lo primero sea lo tuyo, y cumplilo la primera vez que haga falta.
- Hablá con cada persona del equipo en el mes flojo, sin un trabajo en el medio.
Lo que costó
Dos mil trescientos dólares de la parte de agosto de las dos socias. Un aumento para Tomi que no estaba en el presupuesto del año, pedido con los números de la hoja. Un mes de Carolina molesta por una frase. Las preguntas de cada lunes sobre la reserva, que no se terminaron. Y la tablilla de Julieta, que después de once años dejó de tener fechas propias.
Lo que sigue
En la parábola 9 empieza la Parte III, la de los que eligen: Ramón, el herrero de la avenida que le dio a Osvaldo el primer número del taller, y los cuarenta años que pasó haciendo rejas en el mismo lugar, sin querer crecer, con los meses buenos y los malos de una avenida que cambió alrededor suyo.