Rejas, cuarenta años
Ramón, el herrero de la avenida, cierra su taller a los setenta y nueve años, y le pide a Norma que le diga cuánto vale. Para entender la respuesta hay que contar cuarenta años de hacer solo rejas y portones, un barrio entero que dijo que no, un año de la crisis sin una sola reja y un hijo que se fue. Parábola 9.
Lo que no se ve · Parte III · Parábola 9. Ramón es el herrero de la avenida de el libro de la metalúrgica, el que le dio a Osvaldo Quiroga su primer precio. Esta parábola cuenta sus cuarenta años de rejas y termina un año después del final de ese libro.
Ramón no llamaba por teléfono. En noviembre del noveno año le mandó a decir a Osvaldo, con el dueño de la ferretería de la avenida, que pasara el sábado por el taller, y que fuera con Norma.
Lo encontraron en la puerta, como siempre, con el cigarrillo apagado en la boca y la careta colgada del cuello. Tenía setenta y nueve años. Les mostró las manos antes de saludarlos, abiertas, con las quemaduras viejas y un temblor nuevo en la derecha.
—Cierro en diciembre —dijo—. No puedo sostener el electrodo derecho.
Después le habló a Norma, que llevaba las cuentas de Quiroga Estructuras desde hacía años con la misma letra con la que había llevado las de su casa.
—Vos que hacés cuentas. Decime cuánto vale esto.
Norma recorrió el taller con él. Era el frente de la casa de Ramón sobre la avenida, un local de seis metros por diez con el piso de cemento negro de cuarenta años de escoria. Una soldadora eléctrica de treinta años, otra más nueva que había comprado de segunda mano. Una amoladora de banco, dos de mano. Una plegadora manual, un yunque, un tornillo de banco grande, un juego de grifas para curvar planchuela, moldes de madera para las volutas. Unos trescientos kilos de retazos ordenados por medida contra la pared del fondo. El local no estaba en venta: era la casa. Los clientes no estaban en ninguna lista.
Norma hizo la cuenta en voz alta, sin apuro, como hacía todo.
—Si alguien compra las herramientas, unos dos mil dólares.
Ramón se rió, y se le cayó el cigarrillo.
—Eso pensaba.
Para entender por qué un taller de cuarenta años vale dos mil dólares, y por qué a Ramón no le parecía una mala noticia, hay que contar los cuarenta años.
Ramón abrió el taller a los treinta y un años, después de diez en un taller grande del puerto, en el frente de la casa de su padre. Al principio hacía de todo: escaleras, portones, trailers, parrillas, los arreglos del barrio. En el ochenta y cuatro hizo la escalera del cura, la que le llevó un mes y no le pagaron, y esa noche decidió lo que iba a hacer el resto de su vida: rejas y portones, que pesaban parecido y llevaban horas parecidas, cobrados por kilo, siempre al mismo precio. Lo que no fuera eso, no lo hacía.
Con Elsa, su mujer, que era cocinera en la escuela del barrio, hicieron un acuerdo que nunca escribieron y que cumplieron cuarenta años. La casa vivía del sueldo de Elsa y de una cantidad fija que el taller le pasaba cada mes, la misma en los meses buenos y en los malos. Lo que sobraba del taller iba a una libreta de ahorro del banco de la plaza. El taller no pagaba alquiler, no tenía empleados y no le debía nada a nadie. Costaba, contando la luz, la tasa municipal y los discos, unos ciento cincuenta dólares por mes.
Durante años, eso fue todo lo que Ramón supo de su negocio: que costaba poco y que en un mes normal hacía ocho o diez rejas.
La oferta llegó un martes, en la época en que en Puerto Arenal se hacían barrios enteros de casas iguales.
Una constructora estaba levantando el barrio Las Retamas, ciento cuarenta casas en la salida norte, y necesitaba quien hiciera las rejas de las ventanas y los portones del frente: quinientas sesenta rejas y ciento cuarenta portones, en un año. El capataz se lo propuso en la puerta del taller, con el plano bajo el brazo, porque alguien le había dicho que el herrero de la avenida era el que mejor soldaba de la zona.
Néstor, el hijo de Ramón, tenía veintidós años y trabajaba con él desde los quince. Esa noche, en la cocina, fue el que más habló. Había que tomar dos ayudantes, usar el galpón del fondo, sacar un crédito para una plegadora hidráulica. Era un año entero de trabajo seguro. Después del barrio iban a venir otros barrios.
Ramón hizo la cuenta en un papel de almacén, como hacía las rejas. Catorce mil kilos, por su precio: ochenta y cuatro mil dólares en un año, cinco veces lo que facturaba el taller. Después hizo la otra, la que nadie le había pedido. La constructora pagaba a noventa días. El hierro había que comprarlo antes. Tres sueldos, contando el de Néstor, todos los meses. La cuota de la plegadora durante cuatro años. Y una pregunta que escribió abajo de todo, con la letra apretada: ¿y después del barrio, con tres sueldos?
Dijo que no. Néstor no le habló durante una semana.
Las rejas de Las Retamas las hizo Bonfiglio, un herrero de la otra punta de la avenida, que tenía la edad de Ramón y más ganas. Tomó cinco ayudantes, sacó el crédito y alquiló un galpón. Néstor se fue a trabajar con él en marzo.
Dos años después llegó el año que en Puerto Arenal todavía se nombra sin número, el de la crisis grande.
Durante siete meses nadie pidió una reja. Cerraron dos fábricas del puerto, la constructora de Las Retamas dejó de pagar tres certificados y después dejó de existir, y en la avenida bajaron las persianas uno de cada cuatro negocios.
Bonfiglio tenía ocho empleados, un galpón alquilado y la cuota de la plegadora. Despidió a cinco en dos meses. Néstor fue uno de los cinco. Bonfiglio vendió el auto, renegoció el alquiler, cobró uno de los tres certificados con un terreno que no quería nadie y pasó un año entero sin saber si iba a cerrar.
Ramón pasó los siete meses haciendo arreglos. Bisagras de portones caídos, sillas de la escuela, el eje de una carretilla, la puerta de la parroquia, que esta vez se la pagaron. Cobraba poco, porque la gente tenía poco, y nunca dejó de abrir el taller a las siete. La casa vivió del sueldo de Elsa. La cantidad fija del taller la siguió pasando de la libreta, que en esos siete meses se vació hasta la mitad. Los ciento cincuenta dólares por mes del taller se pagaron todos.
Le ofreció a Néstor que volviera. Néstor le contestó en la cocina, sin levantar la voz.
—Acá no hay lugar para dos, papá. Nunca hubo.
Se fue a trabajar a una metalúrgica de la capital. En el noveno año seguía ahí, de supervisor de planta.
La avenida cambió alrededor del taller. Abrió un corralón grande que vendía rejas hechas en fábrica, más baratas que las de Ramón y más feas, y durante un tiempo le sacó la mitad de los clientes; después volvieron, de a uno, porque las rejas de fábrica no venían a la medida de las ventanas viejas. Vinieron los años de los robos, en que todo el mundo quería rejas y Ramón tuvo lista de espera de dos meses. Vinieron las alarmas y las cámaras, y las rejas bajaron otra vez. Los clientes de Ramón envejecieron con él.
Bonfiglio no cerró. Pasó la crisis con tres empleados, y en los años siguientes creció despacio, primero con rejas y portones, después con cerramientos industriales y estructuras chicas. En el noveno año, Metalúrgica Bonfiglio tenía veintidós empleados, una nave en el parque industrial y al hijo de Bonfiglio de gerente. Cuando las constructoras frenaron todas juntas ese invierno y el taller de Osvaldo trabajó meses al treinta por ciento, Bonfiglio también sufrió. Ramón, ese mismo invierno, hizo sus tres rejas por semana, como siempre.
—Esto es lo único que vale algo —dijo Ramón, y sacó de un cajón del banco un cuaderno de tapas de cartón, gordo de tanto uso, atado con un elástico.
Era el registro de cada reja que había hecho desde el ochenta y cuatro. Dirección, fecha, medida, kilos, color. Cuatro mil cien renglones. Todavía lo llamaban, cada semana, para arreglar una reja que había hecho veinte años antes, para agregar una a la ventana del cuarto de un nieto, para pintar las de una casa que había cambiado de dueño. Con el cuaderno se sabía qué había en cada ventana de media avenida.
—Quedátelo —le dijo a Osvaldo.
—Nosotros ya no hacemos rejas, Ramón.
—Ya sé. Dáselo a alguien que empiece.
Osvaldo pensó en Lautaro, un muchacho de veintiséis años que había abierto en septiembre una herrería en un garaje de Villa Tranquera, a cuatro cuadras de la casa donde Osvaldo había empezado, y que había ido dos veces al taller de Quiroga a preguntar cosas.
Lautaro fue el sábado siguiente. Compró las herramientas por mil ochocientos dólares, que Norma le dijo que era un buen precio para los dos. Ramón le dio el cuaderno sin ceremonia, y Lautaro le preguntó lo que todos le preguntaban.
—¿Cuánto cobra el kilo?
Ramón lo miró un rato largo, y después miró a Osvaldo.
—Preguntale a él. Él hace la cuenta.
El taller cerró el veinte de diciembre. Néstor vino de la capital para la Navidad y ayudó a cargar la soldadora vieja en la camioneta de Lautaro. Esa noche, en la cocina, con Elsa ya acostada, le preguntó a su padre si se arrepentía.
Ramón se quedó pensando, con el cigarrillo apagado en la mano.
—No sé. Viví de esto cuarenta años y no le debí un peso a nadie. —Lo miró—. ¿Vos?
—A veces —dijo Néstor.
No hablaron más del tema. A la mañana siguiente, a las siete, Ramón abrió la persiana del local vacío, barrió el piso negro y se sentó en la puerta a mirar la avenida.
Lo que Nova vio
El taller de Ramón es, de todas las empresas de este libro, la que mejor aguanta un mes sin ventas. Ciento cincuenta dólares de costo fijo, ningún empleado, ningún alquiler, ninguna deuda, y una casa que no dependía del mes del taller. En el año de la crisis, mientras Bonfiglio despedía a cinco personas y vendía el auto, Ramón perdió media libreta y nada más. Lo que no se tiene no se puede perder, y Ramón eligió, a propósito, no tener casi nada.
Lo que esta parábola muestra es que la misma decisión que lo protegió en los meses malos lo limitó en los buenos y no le dejó nada al final. Un negocio que depende de las manos de una persona vale lo que valen sus herramientas cuando esas manos tiemblan. El cuaderno de cuatro mil cien rejas era lo más valioso del taller, y Ramón lo regaló porque no había forma de venderlo.
No hay un ganador. Bonfiglio arriesgó, casi se hunde, y construyó una empresa que hoy paga veintidós sueldos y que dirige su hijo. Ramón no arriesgó, no se hundió nunca y termina sentado en la puerta de un local vacío. Los dos persistieron. Eligieron cosas distintas, y cada elección tuvo su precio en un momento distinto: el de Bonfiglio, en la crisis; el de Ramón, al final.
Y hay un costo que no aparece en ninguna columna: Néstor. Cuando un dueño decide que su negocio va a ser chico, también decide, sin decirlo, que no hay lugar para otro.
La práctica
- Si elegís quedarte chico, elegilo por escrito: qué trabajos hacés, cuáles no y por qué.
- Calculá cuánto cuesta tu negocio en un mes sin ventas. Cuanto más bajo ese número, más meses aguantás.
- Separá la casa del negocio: que la casa reciba lo mismo cada mes y que el negocio guarde lo que sobra.
- Antes de decir que sí o que no a crecer, hacé las dos cuentas: lo que ganás si sale bien, y lo que te comprometés a pagar en los meses en que no haya trabajo.
- Preguntate qué vale tu negocio sin vos. Si la respuesta es las herramientas, que sea una decisión y no una sorpresa.
Lo que costó
El barrio Las Retamas: ochenta y cuatro mil dólares de trabajo en un año, y la empresa de veintidós personas que Bonfiglio construyó a partir de ahí. Un hijo que hizo su vida de trabajo en otra ciudad. Un taller de cuarenta años vendido en mil ochocientos dólares. Y un cuaderno de cuatro mil cien rejas que no se podía vender.
Lo que sigue
En la parábola 10, Tito Sáenz, el del kiosco de la entrada de la galería Del Sol, en el libro del estudio contable, ve cómo la galería pierde la mitad de sus locales en dos años, mientras el alquiler del kiosco sigue igual.