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Libro 18 · Capítulo 11Parte III · Soltarse 11 min de lecturaPor Nova

La guardia número mil

A las seis de la mañana, después de operar a un perro atropellado, Candela Saldías no se puede levantar de la silla del quirófano. Tiene cuarenta y cinco años, una hernia en la columna y novecientas noventa y ocho guardias en el sistema de la clínica. La médica le dice que deje las noches. Candela no sabe quién es en la clínica si no es la que contesta a las tres de la mañana. Parábola 11.

Lo que se suelta · Parte III · Parábola 11. Candela Saldías es la dueña de la clínica veterinaria de Villa Esmeralda, en el libro de la veterinaria. Esta parábola pasa cuatro años después del final de ese libro.

El teléfono de la guardia sonó a las tres y diez. Era un hombre del barrio del molino, con la voz cortada: su perro, un ovejero de treinta y ocho kilos, se había escapado por el portón y lo había atropellado una camioneta en la avenida. Candela hizo las tres preguntas desde la cama, ya con un pie en el piso. Respiraba mal. Sangraba. Estaba consciente. Le dijo que lo trajera ya, envuelto en una frazada, y que entrara por el portón de atrás.

Lo operó con Amancio, que vivía a dos cuadras y vino cuando ella lo llamó. Tenía el bazo roto. A las cinco y cuarenta el perro estaba en la jaula de internación, con suero y respirando mejor, y el dueño dormía sentado en una silla de la sala de espera.

A las seis, cuando Candela quiso levantarse del banquito del quirófano para lavarse, no pudo. Algo se le cerró en la parte baja de la espalda, como una puerta, y el dolor le bajó por la pierna izquierda hasta el tobillo. Amancio la ayudó a llegar al sillón de la oficina. Selva, que entraba a las siete, la encontró ahí, con los ojos cerrados y el ambo todavía puesto.


La médica del hospital del pueblo le pidió una resonancia, y la resonancia mostró una hernia entre dos vértebras de la cintura. Le dio kinesiología, un mes sin quirófano y una indicación que le repitió dos veces, mirándola por encima de los anteojos.

—Se acabaron las noches —dijo—. No digo para siempre. Digo que con esta espalda, operar a las cuatro de la mañana un perro de cuarenta kilos, después de un día entero de trabajo, es la forma más rápida de que no operes nunca más.

Candela le dijo que sí, como le decían que sí a ella los dueños a los que les indicaba una dieta.

Esa tarde, Itatí, que llevaba la coordinación desde que se había ido Zoe, le mandó al teléfono, sin saber nada de la médica, una foto de la pantalla del sistema. Era el contador de guardias de cada veterinario, que alguien había agregado al tablero hacía años para repartir las noches. Al lado del nombre de Candela decía 998. Abajo, Itatí había escrito: la semana que viene es la mil. Te estamos preparando algo. No preguntes.


Candela miró el número durante un rato largo, acostada en el piso del living, que era la única posición en la que no le dolía.

Había empezado a hacer guardias a los veinticinco, en la Clínica Veterinaria del Centro, en la ciudad cabecera. Seis años de noches, una de cada tres. Cuando volvió a Villa Esmeralda y abrió el consultorio del ex kiosco, siguió atendiendo de noche, sin cartel: el teléfono era el suyo, y el pueblo lo sabía. En el sexto año, cuando la clínica armó la guardia de verdad, con pago por noche, las tres preguntas y un dólar del plan, ella se anotó en la grilla como uno más. Y desde entonces, cada vez que alguien no podía, una noche, un fin de semana, una semana de vacaciones, la que se anotaba era ella.

En la grilla del último año, los otros cinco veterinarios hacían entre cuatro y seis noches por mes. Ella, nueve.

Esa noche no durmió por la espalda. Pero también por otra cosa, que no le contó a nadie hasta mucho después. Cuando pensó en la clínica sin sus noches, no pensó en la grilla ni en la plata. Pensó en las tres y diez de la mañana, en el teléfono que suena en la mesa de luz, en la voz cortada del otro lado, en el portón de atrás. La guardia era el único lugar de la clínica donde Candela seguía siendo lo que había sido a los veinticinco: la que llega cuando no hay nadie más. De día era la dueña, con el tablero, las reuniones y los contratos del municipio. De noche era veterinaria.


Bastián vino a verla el sábado, con el tablero de la guardia en la computadora, porque Itatí le había contado lo de la médica.

—Antes de que decidas nada —dijo—, mirá esto. Hace años que no lo miramos.

La guardia, en el tablero, dejaba unos ochocientos dólares por mes. Era uno de los números de los que la clínica estaba orgullosa: un servicio que se pagaba solo, que atendía al pueblo de noche y que encima dejaba algo. Bastián lo había calculado así desde el principio: lo que entraba por las urgencias de noche y por el dólar del plan, menos lo que se pagaba por cada noche y por cada urgencia atendida.

—Pero tus noches no se pagan —dijo Bastián—. Sos la dueña. No cobrás los cuarenta por noche ni los veinte por urgencia. Si cobraras lo mismo que Selva, la guardia deja ciento setenta por mes. No ochocientos.

Candela se quedó mirando la pantalla.

—O sea que la guardia que se paga sola —siguió Bastián— se paga con nueve noches tuyas por mes. Y si las dejás, la clínica tiene que pagarle a alguien seiscientos treinta dólares más por mes, o la guardia deja de existir.

Lo que más le molestó no fue el número. Fue darse cuenta de que en el primer año, en el consultorio del ex kiosco, ya había hecho esa misma cuenta con su sueldo: que un precio que no incluía el trabajo de la dueña no era un precio. Lo había aprendido con la consulta. No lo había aplicado a la noche.


Lo que hicieron fue en tres partes, y la primera fue la más fácil.

Bastián subió el dólar del plan a un dólar con cincuenta para los planes nuevos, y armó con Itatí la cuenta de la guardia con las noches de Candela pagadas, como si fueran de otro. Con eso, la guardia dejaba poco, pero se sostenía.

La segunda fue encontrar a alguien. Itatí puso un aviso en el colegio de veterinarios de la capital: una clínica de pueblo buscaba una veterinaria o un veterinario recién recibido que quisiera aprender urgencias, con nueve noches por mes pagas, departamento arriba de la clínica las noches de guardia y los días con Candela en el quirófano. Se presentaron cuatro. La que eligieron se llamaba Ludmila Ferré, tenía veintiséis años, había hecho la residencia en el hospital escuela de la capital y había escrito en su carta una sola línea que convenció a Candela antes de leer el resto: quiero aprender a decidir sola a las tres de la mañana.

La tercera parte fue la difícil: dejar.

Candela hizo la guardia número mil un jueves de agosto, ya con el alta de la kinesióloga para operar de día y la indicación de no hacer más noches. La hizo igual, porque se la había prometido a sí misma, y porque Ludmila empezaba el lunes y quería pasarle el teléfono ella.

A las ocho de la noche, Itatí, Selva, Amancio y las técnicas aparecieron en la cocina de la clínica con una torta que tenía, escrito con dulce de leche, un 1000 y un teléfono dibujado. Dorotea vino del brazo de una vecina, con ochenta y tres años, y se sentó en la silla de la recepción, la que había sido suya.

La noche fue tranquila. Un gato con una tos, que se resolvió por teléfono. Un perro que había comido chocolate, que vino a la una y se fue a las dos. A las tres y diez, la hora del ovejero, Candela estaba despierta en la cama del departamento de arriba, mirando el teléfono en la mesa de luz. No sonó.

Se quedó mirándolo hasta las cuatro. Y en algún momento de esa hora entendió algo que no le gustó y que necesitaba saber: el teléfono no sonaba para ella. Sonaba para la clínica. A las tres y diez de la mañana, al hombre del barrio del molino no le importaba quién atendía. Le importaba que alguien atendiera, que supiera qué preguntar, y que hubiera un portón de atrás abierto.


El lunes a las ocho, en la cocina, Candela le dio a Ludmila el teléfono de la guardia, con el cargador y la hoja de las preguntas plastificada que venía con él desde el sexto año.

Las primeras semanas fueron raras. Candela se despertaba a las tres y diez todas las noches, sin que sonara nada, y se quedaba despierta una hora pensando si Ludmila habría atendido bien. La segunda noche, a las dos, Ludmila la llamó por un gato con la vejiga tapada: quería saber si sondearlo ella o esperar a la mañana. Candela le contestó, y antes de cortar le dijo lo que le iba a costar más decir en todo el mes. Que la próxima vez no la llamara a ella. Que llamara a la veterinaria de segunda guardia de la grilla, que esa semana era Selva, porque Candela no iba a estar siempre despierta y Ludmila tenía que aprender a quién se llama a las dos de la mañana en una clínica que no es de una sola persona. Ludmila no la volvió a llamar de noche.

Una madrugada fue hasta la clínica en el auto, a las cuatro, a mirar. Selva, que estaba de guardia esa noche, la vio por la ventana y le mandó un mensaje antes de que se bajara: ¿Te llamé? No. Andate a dormir. Candela se rió sola en el auto y se volvió.

A la tercera semana se despertó a las tres y diez y se volvió a dormir. A la quinta, no se despertó.

Lo que hizo con las noches lo fue encontrando de a poco. Los jueves, que eran su noche de guardia fija desde hacía ocho años, empezó a ir a cenar a lo de Dorotea. Su madre le enseñó, con la paciencia de treinta y cinco años de maestra de matemática, a jugar a un juego de cartas que Candela no conocía, y le ganaba siempre. Los martes a la mañana, a las ocho, se sentaba con Ludmila y con quien hubiera hecho la guardia a mirar los casos de la semana, uno por uno: qué se preguntó, qué se decidió, qué se haría distinto. No para retar: para aprender, los dos lados.

Ludmila, en octubre, decidió sola a las tres de la mañana operar a una perra con una torsión de estómago, la llamó a Selva para que la ayudara y salvó a la perra. Candela se enteró el martes a las ocho, en la revisión, como todos.

Lo que Nova vio

Hay dos cosas en esta parábola, y las dos son frecuentes.

La primera es de números. La guardia dejaba ochocientos dólares por mes porque nueve de cada treinta noches las hacía la dueña gratis. Sin esas noches, dejaba ciento setenta. Muchos servicios que una empresa chica cree rentables lo son porque el dueño pone horas que no se cuentan: los sábados, las noches, la contabilidad de los domingos. El día que el dueño no puede más, el servicio deja de ser rentable de golpe, y nadie entiende por qué. Candela había hecho esa misma cuenta con la consulta en el primer año, con su sueldo. No la había hecho con la noche porque la noche no la sentía como trabajo.

La segunda es la que más le costó. La guardia era el lugar donde Candela seguía siendo la veterinaria de los veinticinco años, la que llega cuando no hay nadie. Soltar las noches no era soltar una tarea: era soltar una forma de saber quién era. Esa hora mirando el teléfono que no sonaba es, para mí, el centro de la parábola. El teléfono suena para la clínica, no para ella. Darse cuenta de eso duele, y también libera: una clínica donde alguien contesta bien a las tres de la mañana, sin la dueña, es justamente lo que Candela armó en diez años.

Y lo que la reemplazó tiene la forma justa. No eligió a alguien que la reemplazara: eligió a alguien que quería aprender lo que ella sabía, y se quedó con la parte que nadie más podía hacer, enseñar mirando los casos el martes, a la luz del día.

La práctica

Pagarle al dueño en la cuenta. En cada servicio, poner las horas del dueño al mismo precio que se le pagaría a otro. Si el servicio deja de ser rentable, saberlo antes de que el dueño no pueda más.

Contar quién cubre los huecos. Mirar la grilla del último año: quién se anota cuando falta alguien. Si siempre es la misma persona, esa persona es parte del costo.

Escuchar al cuerpo antes que a la grilla. Una indicación médica es un dato de la empresa, no solo de la persona.

Pasar el teléfono. Elegir a alguien que quiera aprender lo que el dueño sabe, dárselo con su hoja y su cargador, y quedarse con la revisión a la luz del día.

Figura 1. Lo que dejaba la guardia por mes, con las noches de Candela gratis y con las noches de Candela pagas.
Figura 1. Lo que dejaba la guardia por mes, con las noches de Candela gratis y con las noches de Candela pagas.

Lo que costó

Seiscientos treinta dólares por mes que antes no se veían. Un dólar con cincuenta en los planes nuevos, en lugar de uno. La adrenalina de las tres y diez. Los agradecimientos de la gente de la noche, que ahora son para Ludmila. Y la Candela de los veinticinco años, que sigue existiendo, pero ya no tiene teléfono de guardia.

A cambio, una espalda que se recuperó a tiempo para seguir operando de día. Cirugías de la mañana que empiezan a horario. Los jueves con Dorotea y un juego de cartas que Candela todavía no le ganó nunca. Y una veterinaria de veintiséis años que decidió sola a las tres de la mañana, como quería, y salvó a una perra.

Lo que sigue

En la parábola 12, la última del libro, Mateo Quintela les deja la bodega a sus hijos y a Lorenzo. Se queda con una sola cosa: las hileras que plantó su abuelo. Y descubre que quedarse con algo también tiene sus reglas.

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