La licencia en el cajón
Vanesa Lezcano todavía hace un viaje por mes con el camión más nuevo de la empresa, para no perder la mano. Elige ella el viaje, el mejor del mes, y en el sistema de horas que ella misma pidió no aparece como chofer. Una madrugada de junio, el rastreo muestra el camión parado dos horas en la banquina, a las cuatro de la mañana, donde no hay ninguna estación de servicio. Parábola 10.
Lo que se suelta · Parte III · Parábola 10. Vanesa Lezcano es la dueña de Transportes Lezcano, en el libro de la empresa de fletes. Esta parábola pasa tres años después del final de ese libro, unos meses después de que Antonela se fuera a armar su empresa.
Milena vio el punto a las siete y diez de la mañana, cuando abrió el tablero en la oficina con el primer mate. El catorce, el camión más nuevo de la empresa, había salido el día anterior a las cinco de la tarde con una carga de alimento balanceado para el puerto. A las cuatro y cinco de la mañana se había detenido en la banquina de la ruta, en un tramo recto a cuarenta kilómetros del último pueblo, y se había quedado ahí dos horas y doce minutos. Después había seguido, y a las siete estaba entrando a la playa del puerto.
El sistema lo había marcado en amarillo: detención no programada. El agente que miraba el rastreo de los camiones había dejado una nota al lado, con su explicación de siempre: posible descanso del chofer; verificar.
El chofer del catorce, ese viaje, era Vanesa Lezcano.
Vanesa había sacado la licencia profesional a los veintisiete años, después de separarse, con una hija de dos años y un padre que no le habló durante un mes. Había manejado doce años para Transportes Galván y casi diez el Rojo, hasta que lo vendió, y desde entonces, desde hacía tres años, manejaba un viaje por mes.
Lo había dicho así, en una reunión de los lunes, cuando vendió el Rojo: un viaje por mes, para no perder la mano. Nadie le dijo nada. Era la dueña, y era camionera, y en el Cruce todo el mundo sabía que las dos cosas eran ciertas.
Lo que nadie dijo fue lo demás. El viaje lo elegía ella. No lo asignaba tráfico, como todos los demás viajes de la empresa desde el quinto año: lo elegía Vanesa, mirando el tablero el lunes, y casi siempre elegía el mismo, el del puerto con alimento, con vuelta cargada, el que más dejaba por kilómetro y el más lindo de manejar. El camión lo elegía ella: el catorce, el más nuevo. Y en el sistema de horas, el que avisaba a las ocho horas de manejo y a las diez no dejaba salir a nadie, aunque lo pida Vanesa, como decía la regla que ella misma había escrito, Vanesa no estaba cargada como chofer. Nunca la habían cargado. Era la dueña.
Ese viaje había empezado a las cinco de la tarde del día anterior, después de una jornada entera en la oficina, desde las siete de la mañana.
Milena la llamó a las siete y cuarto. Vanesa le dijo que había parado a tomar un café.
—No hay ninguna estación ahí, mamá —dijo Milena—. Lo estoy viendo.
Vanesa no contestó enseguida. Después le dijo la verdad, porque a su hija no le había mentido nunca bien. Que a las cuatro, en la recta, se le habían cerrado los ojos un segundo. Que el camión se había ido un poco a la banquina y que lo había enderezado sin problema. Que se había asustado, había parado, había dormido dos horas en la cabina y había seguido.
—Si fueras otro chofer —dijo Milena—, a las diez horas el sistema no te dejaba salir del puerto, y hoy a la mañana yo tendría que haberte sacado el premio del mes.
Vanesa lo sabía. Había sido ella la que había puesto esa regla, en el cuarto año, después de la madrugada en que Dalmacio se durmió en una curva a las cuatro y cuarenta, con el Rojo, porque ella le había preguntado si se animaba a un viaje más después de nueve horas de ruta. Había sido ella la que había probado, el primer día, asignarle un viaje a Gregorio con diez horas encima, para ver si el sistema la frenaba. La había frenado.
A ella, en el catorce, no la frenaba nada.
Volvió al Cruce al otro día a la tarde, con la vuelta cargada, y antes de ir a su casa pasó por el galpón. Gregorio Rearte estaba terminando de revisar las cubiertas de su camión, y Vanesa se quedó a tomar un mate con él en el banco del taller, como hacía cuando quería saber lo que no se decía en la oficina.
Gregorio era el primer chofer de la empresa. Tenía sesenta y dos años y había manejado para Vanesa desde el segundo camión.
—Los muchachos saben que manejás un viaje por mes —dijo, cuando ella le contó lo de la banquina—. Está bien. Vos sos camionera, eso no te lo saca nadie. Pero hay dos cosas que no te dicen.
La primera era Yamil Baigorria, el chofer del catorce. Cada mes, el viaje que Vanesa elegía era un viaje que Yamil no hacía, y era el mejor del mes. El adicional por kilómetro cargado de ese viaje, unos ciento ochenta dólares, no lo cobraba nadie, porque la dueña no cobraba adicional. Yamil no se había quejado nunca. Pero se lo había dicho a Gregorio, en una cena de fin de año: que cada vez que la veía salir con su camión, sentía que le estaban sacando algo, y que no podía decir nada porque era la dueña.
La segunda era la regla de las horas.
—Si la regla no es para vos —dijo Gregorio—, no es una regla. Es una regla para nosotros.
Vanesa se quedó callada un rato largo. Gregorio le sirvió otro mate y no dijo más nada.
Esa noche, en su casa, Vanesa hizo lo que hacía con cualquier camión que no cerraba: la cuenta.
Treinta y seis viajes en tres años, todos elegidos por ella. Unos seis mil quinientos dólares de adicional que Yamil no había cobrado. Treinta y seis veces en que tráfico, primero Antonela y después Milena, había tenido que armar la semana alrededor del viaje de la dueña, guardando el mejor viaje y el camión más nuevo. Y una cantidad que no sabía, porque nadie la había anotado nunca, de horas manejadas después de una jornada entera en la oficina, sin que el sistema las contara.
Después hizo otra cuenta, más difícil. Para qué manejaba.
No era para no perder la mano. La mano no se perdía en un mes, ni en un año. Manejaba porque en la ruta, sola en la cabina, a las tres de la mañana, con la radio y el gasoil, era la misma Vanesa que había sacado la licencia a los veintisiete. En la oficina era la dueña de una empresa de veintidós personas, con un tablero, un contador y una hija que le armaba el tráfico mejor que ella. En la ruta no tenía que ser nada más que lo que había sido.
Y eso, pensó, era lo que le estaba cobrando a Yamil, una vez por mes, en ciento ochenta dólares.
En la reunión del lunes siguiente, Vanesa dijo tres cosas.
La primera, que dejaba de manejar los viajes de la empresa. El catorce era de Yamil, y el viaje del puerto también.
La segunda, que si alguna vez volvía a manejar, por una urgencia, por un chofer enfermo en plena cosecha, iba a estar cargada en el sistema como cualquier chofer, con sus horas, y que si el sistema la frenaba, la frenaba.
—Que me frene a mí primero —dijo—. Si no, no le creo yo tampoco.
La tercera la pensó durante la semana y la propuso con miedo, porque no sabía cómo la iban a tomar. Una vez por mes, iba a hacer un viaje de acompañante, sin manejar, con un chofer distinto cada vez, el que quisiera llevarla. A escuchar. Lo que le contaran en la cabina no iba a ser para retar a nadie: iba a ser para saber qué pasaba en la ruta, en las playas, en los puertos, en los baños de las estaciones, en las esperas, que desde la oficina no se veía.
Hubo un silencio. Después Gregorio dijo que él la llevaba el primer mes, y que no se olvidara de traer el termo.
La licencia profesional vencía en octubre. Para renovarla había que hacer el psicofísico, como todos los años. Vanesa lo pensó hasta la última semana, y no lo hizo.
No porque no pudiera. Lo hubiera pasado. No lo hizo porque una licencia vigente era una excusa vigente, y ella se conocía: con la licencia en la billetera, la primera vez que faltara un chofer en la cosecha, iba a ser la primera en subirse al camión, antes de buscar a otro.
La guardó en el cajón del escritorio de la oficina, vencida, con su foto de los veintisiete en la primera, la de cartón, abrochada atrás.
Los viajes de acompañante fueron, durante el año siguiente, lo más útil que Vanesa hizo para la empresa, y lo supo después, cuando Milena juntó en una hoja lo que había salido de cada uno.
En el primero, Gregorio manejó callado las dos primeras horas. Pasando el último pueblo empezó a hablar, y no paró hasta el puerto. Así se enteró Vanesa de que en la playa de la cerealera del norte no había agua potable desde marzo, y de que los choferes de todas las empresas compraban bidones en el pueblo de al lado. En el tercero, con Yamil, de que el puerto había cambiado el orden de los turnos de descarga y que los camiones que llegaban de noche esperaban cinco horas más que los de la mañana, aunque tuvieran el mismo turno. En el quinto, de que un chofer nuevo no sabía cómo se cargaban las horas de descanso en la aplicación del teléfono, y que por eso había perdido el premio dos meses seguidos sin entender por qué.
Fueron doce viajes y veintitrés cambios. Los turnos del puerto se pidieron a la mañana. Los camiones del norte salieron con bidones de agua. El chofer nuevo cobró el premio en noviembre.
Yamil hizo el viaje del puerto todos los meses. En diciembre, en la cena de fin de año, se sentó al lado de Vanesa y le contó, sin que ella le preguntara, que con el adicional de ese viaje había terminado de pagar la moto de su hijo.
Lo que Nova vio
El viaje de Vanesa parecía inofensivo. Uno por mes, de los doscientos de la empresa. Lo hacía bien, sin multas, con la mano intacta. Lo que no se veía estaba en los bordes: elegía el viaje que más dejaba, y le sacaba a un chofer el mejor adicional del mes; elegía el camión más nuevo, y tráfico tenía que armar la semana alrededor; y manejaba fuera del sistema de horas que ella misma había pedido. Las tres cosas tienen la misma forma, y se repiten en muchas empresas: el dueño vuelve a hacer el trabajo que hacía antes, y para hacerlo se salta las reglas que puso para los que hacen ese trabajo ahora.
La frase de Gregorio lo dice mejor que cualquier explicación: si la regla no es para vos, no es una regla; es una regla para nosotros. Una regla que el dueño se salta, aunque sea una vez por mes y con buenas razones, enseña que las reglas son para los empleados. Y la regla de las horas, en particular, no es un trámite: Vanesa se durmió un segundo en una recta a las cuatro de la mañana.
La cuenta de para qué manejaba es la parte que más cuesta, y la más honesta. No perder la mano era la razón que se podía decir en una reunión. La otra, la de ser en la cabina la misma persona que a los veintisiete, es la que tienen casi todos los dueños que siguen haciendo su trabajo de antes. No está mal tenerla. Está mal que la pague otro.
Y lo que la reemplazó, que es lo mejor: de manejar a escuchar. Vanesa no dejó la ruta. Cambió lo que hacía en ella. Desde el asiento del acompañante vio lo que desde el volante nunca había mirado, porque estaba manejando.
La práctica
Contar lo que el dueño le saca a alguien. Si el dueño sigue haciendo una parte del trabajo operativo, preguntar a quién le toca ese trabajo cuando el dueño no lo hace, y qué pierde esa persona cada vez.
Meter al dueño en el sistema. Toda regla de seguridad, de horas o de control que vale para el equipo vale para el dueño cuando hace ese trabajo. Si el sistema no lo tiene cargado, cargarlo.
Preguntarse para qué. Escribir la razón que se dice en voz alta y la otra. Si la otra es la verdadera, buscar otra forma de tenerla que no la pague nadie.
Cambiar el hacer por el escuchar. Volver al lugar del trabajo de antes como acompañante, para enterarse de lo que no llega a la oficina, sin usarlo para retar a nadie.
Lo que costó
La licencia, vencida en un cajón después de veinticinco años. Las madrugadas en la cabina, sola, con la radio. La razón que Vanesa se decía para manejar, que resultó no ser la verdadera. Y la comodidad de ser, una vez por mes, solamente camionera.
Desde entonces, Yamil cobra el adicional del mejor viaje del mes. La regla de las horas vale para todos, también para la dueña. Veintitrés cambios que salieron de doce viajes en el asiento del acompañante. Y nadie volvió a quedarse dormido un segundo en la recta de las cuatro de la mañana.
Lo que sigue
En la parábola 11, en Villa Esmeralda, Candela Saldías hace su guardia número mil. Tiene cuarenta y cinco años, la espalda le pide que deje las noches, y no sabe quién es en la clínica si no es la que contesta el teléfono a las tres de la mañana.