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Libro 12 · Capítulo 3Parte I · Decirle que no a un cliente 10 min de lecturaPor Nova

La ampliación del concejal

El concejal Bianchi quiere un primer piso sobre su casa de Las Glorias antes de las elecciones, y no quiere esperar cuatro meses un permiso municipal: que Horacio la haga ya, sin planos, y después él la regulariza, que para eso está en el Concejo. Horacio Villegas dice que no. Lo que gana con ese no no se ve nunca; lo que pierde, sí. Parábola 3.

Un no a tiempo · Parte I · Parábola 3. Horacio Villegas es el dueño de Villegas Construcciones, en el libro de la constructora. Esta parábola pasa un año después del final de ese libro.

El concejal Bianchi vivía en el barrio Las Glorias, a seis cuadras de la casa de los Villegas, en una casa de una planta con un jardín adelante y un limonero que daba a la vereda. Horacio lo conocía de toda la vida: habían ido a la misma escuela primaria, con dos grados de diferencia, y el concejal había sido cliente de Villegas Construcciones en el tercer año, cuando le hicieron la cocina nueva. Era un hombre simpático, de buena memoria para los nombres, que saludaba en la panadería a todo el mundo y que llevaba doce años en el Concejo Deliberante de Villa Aurora.

Un sábado de marzo del noveno año, el concejal tocó el timbre de los Villegas a las diez de la mañana, con dos medialunas en una bolsa de papel.

—Horacio, necesito que me hagas un primer piso —dijo, en la cocina, con el mate que le cebó Nélida—. Dos dormitorios y un baño arriba. Mi hija se casa en septiembre y se viene a vivir con nosotros un tiempo, con el marido. Antes de septiembre, y antes de las elecciones, que en agosto no voy a tener tiempo para nada.

Horacio dijo que sí, que con gusto, que el lunes iba Renata a medir.

—Una cosa —agregó el concejal, bajando la voz aunque estaban solos—. Sin tanto papel. El permiso municipal tarda cuatro meses, ya sabés cómo es eso. Hacela ya, y después la regularizo yo. Para eso estoy en el Concejo.


Renata fue el lunes, con la cinta métrica, el nivel láser y la carpeta de la obra vieja, la de la cocina, que estaba en el sistema desde el sexto año con las fotos de las cañerías antes de cerrar las paredes. Midió la casa. Miró las paredes, los encadenados, el techo. Subió al techo por una escalera del concejal y bajó con cara seria.

Esa noche, en la cocina de Las Glorias, se lo explicó a su padre con la carpeta abierta.

La casa del concejal era de los años setenta, de una planta, con techo de losa de diez centímetros y paredes de ladrillo común. No tenía columnas en las esquinas ni vigas que pudieran cargar un piso más. Las fundaciones eran zapatas corridas pensadas para una sola planta. Para poner un primer piso con dos dormitorios y un baño encima, había que reforzar las fundaciones, agregar columnas, hacer una losa nueva o reforzar la vieja. Todo eso lo tenía que calcular un ingeniero, y firmar.

—Palacios no firma una estructura sin planos aprobados —dijo Renata—. Y yo tampoco firmo una dirección de obra sin permiso. Si se cae una pared, el que va preso no es el concejal.

Horacio lo sabía. Lo sabía desde los veinte años en Lamberti. Pero el concejal era el concejal, lo conocía de la escuela, y en Villa Aurora las obras municipales se adjudicaban a constructoras que el Concejo invitaba a cotizar.


Nélida, que había escuchado todo desde la pileta de la cocina, no dijo nada hasta que Renata se fue. Después le recordó a Horacio que la madre del concejal había sido su compañera en el jardín de infantes durante quince años, y que cuando Nélida estuvo enferma en el cuarto año, la señora le había llevado comida tres semanas seguidas. No se lo dijo para que dijera que sí. Se lo dijo para que supiera lo que estaba en juego cuando dijera lo que fuera a decir.

Lo pensó una semana, y en la semana pasaron dos cosas.

La primera fue que el concejal lo llamó el miércoles para preguntar cuándo empezaban, porque ya le había dicho a su hija que en septiembre tenía el cuarto. Horacio le dijo que estaban haciendo los números.

La segunda fue que Isidro Maidana, el tercer encargado, el que se había formado al lado de Ulises, le contó a Horacio en el corralón algo que no sabía. En el primer año de Isidro como oficial, antes de entrar a Villegas, había trabajado en una constructora que hacía ampliaciones sin tanto papel. En una, un primer piso sobre una casa vieja, la pared del frente se había fisurado de arriba abajo a los dos años, porque la fundación cedió. La familia hizo juicio. La constructora cerró.

—No era mala gente —dijo Isidro—. Le decían que sí a todo el mundo.


El sábado, Horacio fue a la casa del concejal con Renata. Llevaron una hoja, como Horacio había aprendido a llevar las cosas difíciles: lo que la casa necesitaba para tener un primer piso, con fotos de las fundaciones y del techo; lo que costaba hacerlo bien; y el camino para hacerlo con permiso.

El camino tenía fechas. Renata dibujaba los planos en dos semanas. Palacios calculaba la estructura en una. El expediente entraba a la municipalidad a mediados de abril. Mientras tanto, se podía hacer todo lo que no necesitaba permiso: el refuerzo de las fundaciones desde adentro, la compra de materiales, la cotización de las aberturas. Con el permiso, que en Villa Aurora tardaba entre tres y cuatro meses, la obra empezaba en agosto y terminaba en noviembre. El cuarto para la hija estaba en noviembre, no en septiembre.

El concejal leyó la hoja con la sonrisa de la panadería, que fue desapareciendo de a poco.

—Horacio, te estoy diciendo que yo lo regularizo —dijo—. Nadie te va a venir a clausurar una obra en mi casa.

—No es la clausura, Alfredo —dijo Horacio, que lo llamaba por el nombre desde la escuela—. Es la losa. Y es la firma de Renata. Si lo hacemos sin planos, el día que se fisure una pared, la que firmó es ella. Te lo hago con permiso, en noviembre, y te queda bien. Sin permiso, no te lo hago.

El concejal dobló la hoja en cuatro y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

—Está bien —dijo—. Lo veo con otro.


Lo vio con otro. En abril, en la vereda de la casa del concejal, apareció un volquete y un cartel sin nombre. En junio, el primer piso tenía paredes. En agosto, antes de las elecciones, techo. Horacio pasaba por la esquina cuando iba a la panadería y miraba la obra de reojo, sin saber qué buscaba. Desde la vereda no se veía nada raro. Las paredes estaban derechas. La hija del concejal se mudó en septiembre.

Horacio no supo nunca si la fundación de esa casa había sido reforzada, ni si alguien había calculado la losa. No era su obra. Tampoco supo si se iba a fisurar alguna vez una pared, y deseó, cada vez que pasaba, que no.

Lo que sí supo fue lo otro.

En mayo, la municipalidad de Villa Aurora invitó a cinco constructoras a cotizar la ampliación de una escuela primaria del barrio del lago: dos aulas y un baño, unos noventa mil dólares. Villegas Construcciones había sido invitada a todas las obras de ese tipo desde el sexto año. Esa vez no la invitaron. Mauro llamó a la oficina de compras para preguntar si había un error. Le dijeron que la lista la había armado la comisión de obras del Concejo.

Mauro se lo contó a Horacio esa tarde en el corralón, con el teléfono todavía en la mano. Le propuso llamar a un amigo suyo que trabajaba en la secretaría del Concejo para que lo arreglara: que la lista se había armado con un error y que podían agregar a Villegas a último momento. Horacio le dijo que no. Que no iba a pedir por una escuela lo que no le había hecho a un concejal: que alguien se saltara un paso por él. Si la comisión no los invitaba, no los invitaba. Mauro guardó el teléfono y no volvió a hablar del tema.

Y dos clientes que estaban por firmar, un matrimonio de Las Glorias y un comerciante del centro, dejaron de contestar los llamados de Mauro en junio. Uno de ellos, meses después, le contó a Renata en una reunión de padres que le habían dicho que Villegas se había puesto difícil para trabajar.


En noviembre, después de las elecciones, que el concejal ganó, Horacio se lo cruzó en la panadería, un sábado a la mañana. El concejal lo saludó por el nombre, como saludaba a todo el mundo, y le preguntó por Nélida. Ninguno de los dos habló de la casa.

A la salida, Horacio se quedó un momento en la vereda con la bolsa de pan. Pensó que ese no le había costado una escuela, dos clientes y un amigo de la primaria. Y pensó en lo que había ganado, que no se podía mostrar: que en Villa Aurora no había ninguna obra de Villegas Construcciones sin planos, ninguna firma de Renata sobre algo que no se había calculado, ninguna pared que se pudiera fisurar con su nombre.

Palacios, el ingeniero que calculaba las estructuras de Villegas desde el segundo año, lo llamó esa semana por otra obra. Horacio le contó lo del concejal, para saber qué pensaba. Palacios se rió, sin alegría, y le dijo que en treinta años de oficio le habían pedido lo mismo once veces, y que siempre había sido alguien importante, porque los que no son importantes no piden que les salteen el permiso: lo esperan. Le dijo también que en dos de esas once veces, la obra la había hecho otro, y que a los años lo habían llamado a él para ver una fisura.

Esa noche se lo contó a Renata, en la cocina. Renata le dijo que lo que había ganado sí se podía mostrar: era el sello de la empresa en cada expediente aprobado de la municipalidad, ochenta y cuatro en nueve años.

Lo que Nova vio

El pedido del concejal tenía todo para un sí: un cliente de la escuela primaria, una hija que se casaba, un hombre con poder que prometía arreglar el papel después. Lo que lo hacía imposible estaba en el techo, en una losa de diez centímetros sin columnas, y en la firma de una arquitecta que respondía por lo que se construía. Horacio no le dijo que no a Alfredo. Le dijo que no a una obra que no se podía hacer bien sin los pasos que el concejal quería saltear.

La frase de Isidro sobre la constructora que cerró dice mucho: no era mala gente, le decían que sí a todo el mundo. Los oficios que trabajan con algo que puede caerse, una losa, una instalación de gas, una estructura, tienen reglas que existen porque alguna vez algo se cayó. Saltear una regla para un cliente con poder no es un favor: es poner la firma propia debajo del riesgo ajeno.

Y fíjense en la columna del sí. Horacio no se fue con un no. Llevó el camino con permiso, con fechas, con lo que se podía adelantar mientras tanto. El concejal eligió otro camino, y estaba en su derecho. Pero tuvo la opción de hacerlo bien.

La práctica

Saber qué no se firma. Cada oficio tiene cosas que no se hacen ni para el mejor cliente: lo que no está calculado, lo que no tiene permiso, lo que pone en riesgo a otros. Conviene tenerlas escritas antes de que llegue el pedido.

Llevar el camino que sí. Lo que haría falta para hacerlo bien, con fechas y con lo que se puede adelantar mientras tanto. El no a la forma no es un no a la persona.

Decirlo en primera persona y sin acusar. No te lo hago así en lugar de lo que me pedís es ilegal. El otro puede elegir otro camino sin quedar en falta delante de nadie.

Figura 1. La ampliación del concejal: lo que pedía y el camino con permiso.
Figura 1. La ampliación del concejal: lo que pedía y el camino con permiso.

Lo que costó

La invitación a cotizar la ampliación de una escuela, unos noventa mil dólares de obra. Dos clientes que estaban por firmar y dejaron de contestar. Un comentario que circuló en Villa Aurora, se puso difícil para trabajar. Y un saludo en la panadería que nunca volvió a ser el de antes.

Lo que se ganó no tiene número, salvo el que dijo Renata: ochenta y cuatro expedientes aprobados en nueve años, y ninguna pared con su firma que no se haya calculado.

Lo que sigue

En la parábola 4, en Puerto Celeste, el hospital regional llama a licitación para limpiar sus quirófanos y su terapia intensiva. Zulma Insaurralde tiene la empresa de limpieza más grande de la ciudad, y ninguna persona formada en protocolos de infección.

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