La segunda permuta
Con el Edificio Basualdo casi terminado y un departamento sin vender, el dueño de una vieja fábrica de soda le ofrece a Villegas Construcciones un terreno para veinte departamentos. Renata Villegas ya dibujó el edificio y su padre le dice que decide ella. Hace la cuenta del peor mes y se dice que no. El constructor que lo toma gana el doble de lo que ella había calculado. Parábola 11.
Un no a tiempo · Parte III · Parábola 11. Renata Villegas es arquitecta y socia de Villegas Construcciones, en el libro de la constructora. Esta parábola pasa dos años después del final de ese libro, mientras se termina el Edificio Basualdo.
La fábrica de soda de los Sandoval estaba en la avenida de la zona oeste de Villa Aurora desde antes de que hubiera avenida: un galpón de ladrillo con techo de chapa, un portón verde y un cartel pintado a mano que todavía decía Soda Sandoval · Reparto a domicilio, aunque el reparto había terminado quince años antes. Atrás del galpón había un terreno de mil seiscientos metros cuadrados, con dos camiones viejos y un sifón de vidrio azul de dos metros de alto, de chapa, que el abuelo había puesto en la vereda como propaganda y que en el barrio usaban para dar direcciones: a dos cuadras del sifón.
Gervasio Sandoval, el nieto, llegó al corralón un martes de marzo del décimo año, con la escritura en un sobre y un apuro que no disimulaba. Había visto el Edificio Basualdo desde la avenida, con su terraza y su parrilla en el techo, casi terminado, y quería lo mismo, más grande. Una permuta: el terreno a cambio de cinco departamentos, uno para cada hermano y uno para su madre. El código del municipio permitía, sobre la avenida, planta baja y tres pisos. Veinte departamentos.
—Tengo otra oferta —dijo—. Prefiero la de ustedes, porque vi lo que hicieron con Don Teodoro. Pero en tres semanas tengo que firmar con alguien.
Renata dibujó el edificio en tres noches.
No se lo pidió nadie. Lo dibujó en la mesa del comedor de la casa de sus padres, como había dibujado el Basualdo, con la computadora y una lámina de calco encima para pensar con la mano. Veinte departamentos de dos dormitorios alrededor de un patio central, con el sifón azul restaurado en la entrada, porque era lo único del terreno que la gente del barrio quería. Cuando lo terminó, a las dos de la mañana del jueves, se quedó mirándolo un rato largo. Era el mejor edificio que había dibujado en su vida.
Tenía treinta y tres años y era socia desde el sexto, con un tercio de la empresa. El Basualdo había sido una idea de su padre y una cuenta suya. Este iba a ser suyo entero.
El viernes, en la oficina de atrás del corralón, se lo mostró a Horacio y a Mauro. Mauro hizo la cuenta grande en voz alta, por arriba del hombro de Renata, como la había hecho con el Basualdo: quince departamentos para vender, a dos mil doscientos dólares el metro, que era lo que se pagaba ese año en la avenida; un millón setecientos mil de costo, con todo; unos cuatrocientos treinta y cinco mil de ganancia.
—Cinco Basualdos —dijo Mauro—. En uno.
Horacio miró el dibujo, miró a su hija y dijo lo que Renata no quería escuchar.
—Vos sabés más de esto que yo. Decidí vos. Si decís que sí, vamos.
Renata hizo la otra cuenta el fin de semana, sola, con las condiciones del Basualdo abiertas en la pantalla.
Las había escrito ella dos años antes, en la hoja que iba adelante de todo en la carpeta de la obra. La primera ponía un techo: en desarrollos propios, sumados, la empresa no arriesgaba nunca más de ciento veinte mil dólares, entre la caja y lo que dejaban las obras para clientes. Ese número no había salido de ningún libro. Era lo que Villegas podía perder del todo y seguir pagando los viernes a su gente y a los gremios.
El Basualdo estaba terminándose, dos meses tarde. Tres de los cuatro departamentos de Villegas estaban vendidos. El cuarto, el del primer piso que daba al contrafrente, no. El crédito del banco para las terminaciones se iba a pagar con esa venta. Hasta entonces, la empresa tenía puestos en el Basualdo noventa y cinco mil dólares de los ciento veinte.
Para el edificio de la fábrica de soda, con la misma preventa que el Basualdo, la mitad de los departamentos vendidos en pozo antes de empezar la estructura, el peor mes pedía doscientos sesenta mil dólares de plata propia. Sin la preventa, más del doble. Y la preventa de diez departamentos en una avenida donde todavía no había ningún edificio podía tardar un año, o dos.
Después hizo el peor caso, como lo había hecho con el Basualdo: el último departamento del Basualdo tardaba seis meses más en venderse y se vendía con una rebaja del diez por ciento; la preventa del edificio nuevo tardaba un año más de lo previsto. En ese caso, durante catorce meses, los intereses del banco salían de lo que dejaban los baños, las cocinas y las casas de los clientes, y la ganancia del edificio bajaba de cuatrocientos treinta y cinco mil a unos ciento treinta. Y si el peor caso era peor que su peor caso, la empresa de su padre, la de treinta personas y más de ciento treinta obras, quedaba colgada de un sifón azul.
Renata se quedó mirando la hoja de las condiciones. Pensó en lo fácil que sería romperla. La había escrito ella. Sabía por qué la había escrito, y por eso mismo podía convencerse, en cinco minutos, de que esta vez era distinto: el Basualdo había salido bien, el barrio crecía, los Sandoval eran gente seria, el dibujo era el mejor de su vida. Todas las razones eran ciertas. Ninguna cambiaba el número del peor mes.
El lunes, Renata fue a la fábrica de soda con la hoja de la cuenta y con el dibujo enrollado bajo el brazo. Gervasio Sandoval la recibió en la oficina del galpón, entre cajones de sifones vacíos.
—Ahora no —le dijo—. No porque el terreno no valga ni porque no queramos. Porque tenemos un edificio que todavía no terminó de venderse, y si empezamos el suyo antes, le estaríamos construyendo con plata que no es nuestra. Esto es lo que sí podemos.
Le ofreció lo que había escrito el domingo a la noche: firmar la permuta ese mismo mes, con las mismas condiciones que Don Teodoro, pero con la estructura empezando cuando se vendiera el último departamento del Basualdo, o en doce meses como máximo, y con una cláusula para que el terreno volviera a los Sandoval si Villegas no cumplía. Le dejó el dibujo, con el sifón en la entrada.
Gervasio miró el dibujo mucho tiempo. Le dijo que era lo más lindo que le habían mostrado. Le dijo que su madre tenía ochenta y un años y quería ver el edificio, no esperarlo. Y que la otra oferta empezaba en septiembre.
La otra oferta era de Gamboa, el de las casas de dos plantas del barrio del lago. Firmó con Gervasio Sandoval dos semanas después.
Renata le contó a su padre la tarde del lunes, en la oficina de atrás, con el mapa de Nélida en la pared. Horacio la escuchó entera y no le discutió nada. Le dijo que estaba bien.
Mauro tampoco discutió. Pero esa noche, cerrando la caja, dijo en voz baja, para nadie:
—Cinco Basualdos.
El último departamento del Basualdo se vendió cinco meses después, en agosto, al precio de lista. El peor caso no llegó. El crédito de las terminaciones se pagó en septiembre. Ese mismo mes, con un cartel verde de seis metros sobre el portón de la fábrica de soda, Gamboa empezó la estructura.
Y en octubre, la provincia anunció que el hospital nuevo de la zona oeste se iba a construir a ocho cuadras del sifón.
En dos años, los departamentos de la avenida pasaron de dos mil doscientos dólares el metro a dos mil ochocientos. Gamboa vendió los quince en pozo, la mitad antes de terminar la estructura. En el corralón, que es donde se saben esas cosas, se decía que el edificio de la fábrica de soda le había dejado más de ochocientos mil dólares. Casi el doble de lo que había calculado Renata, y más de nueve Basualdos.
Renata pasaba por la avenida todas las mañanas, camino a las obras de la zona oeste. Durante dos años vio subir el edificio, piso por piso, con un patio central que no era el suyo y sin sifón en la entrada: Gamboa lo había vendido a un coleccionista.
En noviembre del décimo año, Renata fue a llevarle a Celestino los papeles del consorcio del Basualdo. Celestino vivía en la planta baja con patio, jubilado, y el limonero que le había regalado Don Teodoro había dado sus primeros limones, seis, chicos y muy amarillos.
Celestino le preguntó por lo de la fábrica de soda, porque en Las Glorias ya se sabía. Renata le contó la cuenta del peor mes. Celestino la escuchó mirando el limonero, y después le hizo la única pregunta que hacía siempre antes de una losa.
—¿Quién la vio?
—La cuenta la vi yo —dijo Renata—. La vio papá, la vio Mauro y la vio el banco.
Celestino asintió, cortó un limón y se lo dio.
Un año después, con el Basualdo vendido y el crédito pagado, Villegas Construcciones firmó otra permuta, más chica, de ocho departamentos, en una calle lateral, con las mismas condiciones. El terreno costaba, en departamentos, un tercio más que el año anterior, porque el hospital ya estaba en obra.
Una noche de ese invierno, en la cena, Horacio le dijo a su hija, sin que viniera a cuento:
—Igual hiciste bien.
—Ya sé —dijo Renata—. No ayuda.
Lo que Nova vio
De los doce no de este libro, este es el que más me cuesta contar, porque es el que mejor estuvo hecho y el que más caro salió.
Renata no se equivocó. Hizo la cuenta con lo que se sabía en marzo del décimo año: el precio de ese año, el Basualdo con un departamento sin vender, un crédito sin pagar y una regla escrita. El hospital se anunció en octubre. Si en octubre se hubiera anunciado otra cosa, una crisis, una suba de tasas, la misma decisión se contaría en las reuniones de la Cámara como un ejemplo de prudencia. Una decisión no se juzga por cómo salió. Se juzga por cómo se tomó con lo que se sabía.
Pero eso es fácil de escribir y difícil de vivir. Renata pasó dos años viendo subir un edificio que había dibujado otra persona sobre un terreno donde ella había dibujado el suyo. Lo que dijo en la cena es lo más honesto de la parábola: saber que hiciste bien no ayuda.
Lo que más me interesa es por qué esto es un decirse que no. Nadie la frenaba. Su padre le había dado la decisión entera, Mauro hacía la cuenta grande en voz alta, y el dibujo era suyo. Las reglas que uno escribe para sí mismo son las más fáciles de romper, porque uno sabe por qué las escribió y cree saber cuándo no aplican. Renata se sentó un domingo con su propia regla y la cumplió, sabiendo que todas las razones para romperla eran ciertas.
Y no dijo nunca. Dijo ahora no, con una fecha, una condición y un dibujo. Gervasio no podía esperar, y estaba en su derecho.
La práctica
Hacer la cuenta del peor mes, no solo la de la ganancia. La ganancia dice cuánto se puede ganar; el peor mes dice cuánto se puede perder sin dejar de pagar los jornales.
Juntar lo que ya está puesto. Un proyecto nuevo no empieza de cero: empieza con lo que todavía está atado en el anterior.
Cumplir la regla propia sobre todo cuando las razones para romperla son buenas. Si una regla solo se cumple cuando no cuesta, no es una regla.
Decir ahora no, con fecha y condición. El otro puede no aceptar, pero sabe qué sí habría pasado.
Separar la decisión del resultado. Anotar con qué se decidió, para poder mirarla después sin el diario del día siguiente.
Lo que costó
Unos ochocientos mil dólares que ganó otro, si el corralón decía la verdad, y más de cuatrocientos mil si se mide contra la cuenta de Renata. Un tercio más de precio por el terreno de la permuta siguiente. Dos años de pasar por la avenida. Un dibujo, el mejor de su vida, que quedó en un cajón.
Lo que no costó: ningún jornal, ningún certificado de un gremio, y la hoja de las condiciones, que siguió adelante de todo en la carpeta de cada desarrollo.
Lo que sigue
La última parábola del libro vuelve a Cañada del Sauce. Aylén Gauto, la gerenta de Lo de Hugo, lleva cuatro años sin tomarse el franco de los martes. Un martes de mayo, se dice que no a ir un ratito.