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Libro 17 · Capítulo 1Parte I · El consultorio 12 min de lecturaPor Nova

La chapa de la puerta

Candela Saldías hizo seis años de guardias en una clínica veterinaria grande de la ciudad cabecera. Cuando la clínica se vende a una cadena, vuelve a Villa Esmeralda, su pueblo, donde el único veterinario tiene setenta y dos años y cierra los fines de semana. Pone en la consulta el precio del doctor Raimundo, porque el pueblo no paga más. El doctor Raimundo le cuenta por qué él podía cobrar eso.

Libro 17 · Parte I · Capítulo 1. Índice del libro: Después vemos.

La chapa la mandó a hacer en una herrería de la ruta: acero inoxidable, letras negras, Dra. Candela Saldías · Médica Veterinaria · Pequeños animales, y abajo, más chico, el número de matrícula. El herrero la atornilló un sábado de marzo al lado de la puerta del local que había alquilado en la avenida de Villa Esmeralda, que había sido un kiosco durante veinte años y todavía tenía en la vidriera la marca de un cartel de golosinas. Candela la miró desde la vereda de enfrente durante un rato largo, con la campera puesta aunque no hacía frío.

Tenía treinta y un años. Había estudiado en la universidad de la capital, había hecho un año de residencia en un hospital escuela y seis años de guardias en la Clínica Veterinaria del Centro, en la ciudad cabecera, a ochenta kilómetros: la clínica más grande de la región, con tres quirófanos, internación, rayos y diecisiete veterinarios. Hacía cuatro noches de guardia por semana y sabía operar a las tres de la mañana con la misma mano que a las diez. En enero, la clínica se había vendido a una cadena de la capital, que cambió los horarios, bajó las guardias pagas y le ofreció a Candela un contrato por consulta atendida. Candela no lo firmó.

En Villa Esmeralda, donde había nacido, había veinte mil habitantes, unos cinco mil perros y gatos según la municipalidad, y un solo veterinario: el doctor Raimundo, que tenía setenta y dos años, atendía en la casa donde vivía desde hacía cuarenta, de lunes a viernes de nueve a doce y de cuatro a siete, y no atendía los fines de semana ni de noche. Los domingos, la gente del pueblo que tenía un perro atropellado o una gata que no podía parir manejaba ochenta kilómetros hasta la ciudad cabecera.


El local tenía treinta metros cuadrados, una vidriera a la avenida, un baño y un patio chico atrás. Candela lo dividió con una pared de durlock: adelante, la sala de espera, con seis sillas y un mostrador; atrás, el consultorio, con una camilla de acero, una mesada, una pileta, una heladera para las vacunas, un autoclave para esterilizar el instrumental, un microscopio y una lámpara de techo que le había regalado un compañero de la clínica. En el patio, dos jaulas para los animales que tuvieran que quedarse unas horas. Gastó nueve mil dólares de sus ahorros y del dinero de la clínica, que le había pagado la indemnización en tres cuotas.

El precio de la consulta lo puso en una tarde, sin pensarlo mucho. El colegio de veterinarios de la provincia publicaba un honorario mínimo sugerido: quince dólares la consulta. El doctor Raimundo cobraba ocho.

—Si cobro quince, nadie viene —le dijo a su madre, Dorotea, maestra jubilada, que la ayudaba los primeros días con el teléfono y la agenda en un cuaderno—. En el pueblo la consulta vale ocho desde siempre.

Puso ocho dólares en un cartel escrito a mano en el mostrador, y al lado los precios de las vacunas, que eran los de la distribuidora más un tercio.


Abrió el primer lunes de abril. A las nueve de la mañana había tres personas en la vereda, con un perro, un gato en una caja de zapatos y un canario en una jaula. A las doce había atendido once animales. Esa semana atendió sesenta y dos, y el sábado, el primer sábado que alguien atendía en Villa Esmeralda en cuarenta años, otros dieciocho.

Durante el primer mes trabajó de ocho de la mañana a ocho de la noche, seis días por semana. Atendía las consultas, ponía las vacunas, hacía las curaciones, les cortaba las uñas a los perros que nadie podía agarrar, y a la tarde, cuando el local cerraba, salía con su auto a ver los animales que no se podían mover: una perra vieja con cáncer en una casa del barrio de la estación, un caballo de un vecino que no era de su especialidad y que atendió igual, los gatos de una señora que tenía catorce. El celular sonaba de noche. Atendía.

La primera vez fue un domingo a las dos de la mañana, en la segunda semana. Una mujer del barrio del molino tenía una gata que llevaba seis horas de parto con un gatito atravesado. Candela se vistió, manejó hasta la casa con el maletín, y a las tres y media, en la mesa de la cocina de la mujer, con la luz de una lámpara de pie y la ayuda de la hija adolescente que sostenía la linterna, sacó el gatito atravesado y después otros tres. Los cuatro vivieron. La mujer lloraba. A las cinco, cuando Candela guardaba el instrumental, la mujer le preguntó cuánto le debía, con el monedero en la mano y una cara que decía que adentro había muy poco.

—Nada —dijo Candela—. Es domingo.

Volvió a su casa con el cielo clareando y se quedó dormida en el auto, en la puerta, diez minutos, antes de entrar.

Los vecinos la querían. Le llevaban tortas, frascos de dulce, una planta. Una señora que había sido alumna de su madre le tejió una manta para la camilla. Y a muchos de ellos Candela no les cobraba: a la señora de los catorce gatos, porque vivía con una jubilación; al chico que llegó con un perro de la calle que había encontrado lastimado; a la vecina del local, porque era la vecina. Después vemos, les decía, cuando alguien sacaba la billetera y ella veía que no tenía.

A fin de abril, sumó lo que había cobrado. Doscientas cuarenta consultas a ocho dólares, menos las que no había cobrado: mil seiscientos cuarenta. Las vacunas, con su tercio de ganancia, cuatrocientos veinte. Las visitas a domicilio, que cobraba como una consulta y a veces no cobraba, doscientos. Dos mil doscientos sesenta dólares. Le pareció mucho. En la clínica cobraba mil ochocientos.

En mayo pagó el alquiler, la luz, el gas, los descartables, la recolección de los residuos patológicos, el colegio y el seguro, y miró la cuenta. Le quedaban seiscientos dólares para vivir.


El doctor Raimundo la fue a ver un jueves de mayo, a las siete y media de la tarde, cuando ella estaba limpiando la camilla. Era alto, flaco, con el pelo blanco peinado para atrás y un saco de corderoy con coderas, y traía una caja de cartón con frascos.

—Son muestras que me dejan los laboratorios y no voy a usar —dijo—. Y venía a conocerte. Te vi crecer en la escuela de tu madre. Me dicen que atendés los sábados.

Candela le hizo un café en la pava eléctrica del mostrador. Hablaron una hora de casos, de la clínica de la ciudad cabecera, de la cadena que la había comprado. Al final, Candela le preguntó lo que quería preguntarle desde abril.

—¿Cómo hizo para vivir cuarenta años cobrando ocho dólares la consulta?

El doctor Raimundo se rió.

—No viví de la consulta —dijo—. Viví de tres cosas que vos no tenés. La primera, la casa: atiendo en mi casa, que es mía desde hace cuarenta años. No pago alquiler. La segunda, mi mujer: era directora de la escuela de enfrente, y con su sueldo vivíamos. Mi consulta pagaba la nafta del auto y los libros de los chicos. La tercera, el alimento: durante treinta años vendí bolsas de alimento balanceado en el garaje, y el alimento pagaba la luz. —Se quedó mirando la camilla—. Ocho dólares nunca fue el precio de una consulta. Fue el precio de una consulta con casa propia, una mujer directora de escuela y un garaje lleno de bolsas. Si lo copiás, copiás también lo que lo sostiene. Y vos no tenés nada de eso.

Candela no supo qué decir.

—Además —siguió el doctor Raimundo—, ¿cuánto tiempo te lleva una consulta?

—Veinte minutos. A veces media hora.

—Entonces tu consulta no vale ocho dólares ni quince. Vale lo que vale media hora tuya, más lo que te cuesta tener el local abierto esa media hora. Eso se calcula. Yo nunca lo calculé, porque no lo necesitaba. Vos sí.


Esa noche lo calculó, en la mesa de la cocina de su madre, con el cuaderno de la agenda y una calculadora.

Lo que costaba tener el consultorio abierto en un mes, atendiera o no: el alquiler, trescientos cincuenta. La luz, el gas y el agua, ciento veinte. El equipo, que había costado nueve mil y que en cinco años iba a haber que reponer en buena parte, ciento cincuenta por mes. El colegio, la habilitación, el seguro de mala praxis: ochenta. El teléfono, treinta. Los residuos patológicos, cuarenta. Setecientos setenta dólares.

Y ella. En la clínica cobraba mil ochocientos por cuatro guardias por semana y una jornada; ahora trabajaba más. Puso mil ochocientos, lo mismo, aunque sabía que era poco.

Dos mil quinientos setenta dólares por mes, antes de la primera jeringa.

¿Cuántas consultas había hecho en abril? Doscientas cuarenta, pero en el pueblo, pasada la novedad de la apertura, Dorotea anotaba en mayo unas doscientas veinte. Dividió.

—Once dólares con sesenta y ocho por consulta —le dijo a su madre—. Solo para pagar el local y pagarme a mí lo que ganaba en la clínica. Más los guantes, las jeringas, el algodón, el alcohol: casi doce y medio. Y cobro ocho. Y a una de cada siete no le cobro.

Dorotea, que había sido maestra de matemática durante treinta y cinco años, le pidió el cuaderno y rehízo la cuenta. Le dio lo mismo.

—Cada consulta que hacés te cuesta cuatro dólares y medio de tu bolsillo —dijo—. Y las que regalás, doce y medio.

—Las vacunas dejan algo.

—Las vacunas dejan cuatrocientos veinte por mes. Las consultas pierden mil. ¿Y las visitas de la noche?

Candela no las había contado.


Esa semana cambió el cartel del mostrador. La consulta pasó a catorce dólares, uno menos que el mínimo del colegio. La visita a domicilio, a veinticinco, porque llevaba una hora con el auto. La consulta de urgencia, fuera del horario, de noche o el domingo, a treinta. Las vacunas, con la consulta incluida, porque antes de vacunar había que revisar al animal igual. Y para las dos agrupaciones de rescate de animales del pueblo, que juntaban perros de la calle y los hacían adoptar, un acuerdo escrito: diez consultas gratis por mes para cada una, y el resto a mitad de precio.

El primer día con el cartel nuevo, una señora lo leyó en voz alta en la sala de espera y dijo que en lo de Raimundo era ocho. Candela le explicó, sin nombrar a nadie, que ocho era el precio de otra época. La señora pagó catorce y volvió el mes siguiente con el otro perro.

Doscientas consultas en junio, no doscientas veinte. Algunos vecinos volvieron a lo del doctor Raimundo, que siguió cobrando ocho hasta que se jubiló. La mayoría se quedó, porque Candela atendía los sábados, porque era la única que operaba en el pueblo y porque, le dijo una vecina, la doctora explicaba todo.

Lo que no cambió fue lo otro. La señora de los catorce gatos siguió sin pagar. El chico del perro de la calle volvió con otro. Y a fines de junio, una tarde de lluvia, entró al local un hombre joven con una perra mestiza con una pata trasera rota, atropellada en la ruta, y con la cara de alguien que no tiene un peso. Candela miró la radiografía que había sacado en el teléfono contra la ventana y supo que había que operar.

—¿Cuánto sale? —preguntó el hombre.

Candela lo miró. Miró a la perra, que temblaba en la camilla, envuelta en la manta tejida.

—Después vemos —dijo.

Lo que Nova vio

Candela puso el precio de quien estaba antes, que es lo que hace casi todo el que llega a un lugar donde ya hay alguien. El problema es que el precio de quien estaba antes casi nunca es un precio: es el resultado de su situación. El doctor Raimundo podía cobrar ocho porque atendía en su casa, porque su mujer tenía un sueldo y porque vendía alimento en el garaje. Copiar su precio sin tener nada de eso era copiar el resultado sin las causas.

Lo que más me interesa del capítulo es la pregunta del doctor Raimundo: cuánto tiempo te lleva. En una veterinaria, en un estudio, en cualquier servicio profesional, lo que se vende es el tiempo de una persona que sabe, más el lugar donde ese tiempo se usa. Si se divide lo que cuesta el mes, el lugar y el sueldo de quien atiende, por las consultas que de verdad se hacen, sale el costo de una consulta. Candela perdía cuatro dólares y medio en cada una y doce y medio en cada una que regalaba.

Y la última escena, que es la que abre el libro. Candela ya sabe cuánto cuesta una consulta. Lo que no sabe todavía es cobrarla cuando del otro lado hay una perra con la pata rota y un hombre sin plata. Después vemos no es una cuenta mal hecha: es una forma de no hacer la cuenta.

Lo que hay que saber

El precio de otro es la situación de otro. El precio que cobra un competidor, sobre todo uno que está desde hace mucho, puede estar sostenido por cosas que no se ven: un local propio, otro ingreso en la familia, otro negocio que paga los gastos, un equipo ya amortizado. Antes de copiarlo, conviene preguntarse qué lo sostiene, y si uno tiene lo mismo. Cómo se separa lo que cuesta una cosa de lo que se puede cobrar por ella, en la guía de la Escuela sobre fijar precios.

Figura 1. La cuenta del cartel de abril y la de la mesa de la cocina, por consulta.
Figura 1. La cuenta del cartel de abril y la de la mesa de la cocina, por consulta.

El costo del tiempo profesional. En un servicio, el costo de una unidad es el tiempo que lleva, multiplicado por lo que cuesta una hora del profesional y del lugar donde trabaja. La hora se calcula con las horas que de verdad se atienden, no con las que el local está abierto. Por qué el dueño de un oficio tiene que aprender a mirar su empresa como algo más que su trabajo, en la primera guía de la Escuela, la del paso del oficio a la empresa.

Lo regalado también cuesta. Una consulta que no se cobra cuesta lo mismo que una que se cobra. Si se regala, se decide a quién, cuántas por mes y por qué, y se anota, para saber cuánto se está regalando y que lo regalado no lo pague, sin saberlo, quien atiende.

Figura 2. Lo que costaba cada consulta en mayo, con doscientas veinte consultas por mes.
Figura 2. Lo que costaba cada consulta en mayo, con doscientas veinte consultas por mes.

Para tu negocio

Si vendés tu tiempo, el de un profesional o el de un oficio, calculá hoy lo que cuesta una hora. Contestá por escrito: ¿cuánto te cuesta por mes tener tu lugar abierto aunque no atiendas a nadie, cuánto te pagarías si otro hiciera tu trabajo, cuántas horas por mes atendés de verdad, cuánto tiempo lleva cada servicio que vendés, de dónde sacaste tu precio y qué sostiene el precio de quien lo cobraba antes, y cuántos servicios regalaste el mes pasado y a quién?

Qué registrar desde hoy

  • Cada consulta o servicio, con el tiempo que llevó.
  • Los costos fijos del mes, aunque algunos se paguen una vez por año.
  • Tu sueldo, aunque no te lo pagues.
  • Lo que no se cobró, con quién y por qué.
  • Las visitas y las urgencias fuera de horario, aparte.

La enseñanza

Una consulta cuesta media hora de quien atiende y media hora del lugar donde atiende, y el precio del colega de toda la vida puede estar sostenido por una casa propia y otro sueldo; después vemos no es un precio, es la cuenta que no se hizo.

Lo que sigue

En el capítulo 2, la perra de la ruta se opera esa noche y se recupera en el patio del consultorio. Su dueño vuelve a buscarla con una sonrisa y sin plata. Candela anota la cirugía en una libreta de tapas rojas, debajo de la señora de los catorce gatos, y la libreta empieza a llenarse.

¿Tenés una veterinaria, un consultorio o un servicio profesional con turnos y urgencias?

Contale a Alex cuántas consultas atendés, qué cobrás y qué queda sin cobrar, y te dice qué medir primero y cuánto cuesta un sistema para un consultorio como el tuyo. Gratis y sin registrarte.

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O escribinos a hola@iaplace.com