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Libro 16 · Capítulo 7Parte II · La canilla propia 12 min de lecturaPor Nova

El lúpulo se va

En el otoño del cuarto año, un bar de la ciudad cabecera devuelve tres barriles de IPA por la mitad: dice que no tiene gusto a nada. La IPA había salido de la fábrica hacía nueve semanas, y había pasado tres de ellas en un depósito sin frío. Renzo prueba una del mismo lote que quedó en la cámara, y el bar tiene razón. En la cámara hay treinta y cuatro barriles de IPA con más de seis semanas.

Libro 16 · Parte II · Capítulo 7. Índice del libro: Es para probar.

El bar de Delmiro estaba en la ciudad cabecera, a ciento cuarenta kilómetros de Pinar del Sur, en una esquina de la zona de la universidad, y era el primer bar de Ladera fuera del valle. Delmiro lo había abierto en marzo del cuarto año con diez canillas, y le había pedido a Lourdes la rubia, la lager y la IPA, que había probado en un viaje al lago en el verano y que, le dijo, era la mejor IPA que había tomado fuera de la capital. Ladera le mandaba seis barriles cada quince días, en la camioneta, con el reparto de los otros dos bares que había conseguido en la ciudad.

En mayo, Valentín volvió del reparto con tres barriles de IPA que pesaban demasiado para estar vacíos. Delmiro los había devuelto por la mitad.

—Dice que no tiene gusto a nada —le dijo Valentín a Lourdes—. Que la gente la pide porque se acuerda del verano, la prueba y la devuelve. Que le parece cerveza de otra marca.

Lourdes buscó el remito. Los tres barriles eran de una tanda de IPA de mediados de marzo, envasada en barriles el veinte. Habían salido de la fábrica el quince de abril, casi cuatro semanas después de envasados, y Delmiro los había conectado a principios de mayo. Cuando los devolvió, la cerveza tenía nueve semanas desde que había salido del tanque.

Renzo fue a la cámara, buscó un barril de la misma tanda que había quedado, lo conectó a la canilla de prueba del galpón y se sirvió un vaso. Lo olió. Lo probó. Se quedó un rato con el vaso en la mano.

—Tiene razón —dijo.


La IPA de Ladera se hacía con un lúpulo que se agregaba en tres momentos: al hervor, para el amargor; al final, para el sabor; y durante la fermentación, en frío, para el aroma, ese olor a resina, a pomelo y a pino que era lo primero que llegaba cuando se acercaba el vaso. El amargor duraba meses. El aroma no. Se iba despacio, semana a semana, aunque la cerveza estuviera en frío; y se iba mucho más rápido si la cerveza estaba al calor. Una IPA de nueve semanas, en frío, había perdido casi la mitad de su aroma. Si además había pasado tres semanas en un depósito sin cámara, como la de Delmiro, lo había perdido casi todo. Quedaba una cerveza amarga, correcta, sin nada que la hiciera la mejor IPA fuera de la capital.

Renzo lo sabía. Lo sabía desde el garaje, donde las IPA se tomaban en dos semanas porque eran veinte litros. Lo que no sabía era cuánto tiempo pasaba la IPA de Ladera entre el tanque y el vaso.

Lourdes y Cipriano contaron la cámara esa tarde. De ciento ochenta barriles llenos que había, treinta y cuatro eran de IPA con más de seis semanas desde el envasado, algunos con diez. Estaban al fondo de la cámara, detrás de los nuevos. La razón era simple, y Cipriano la dijo antes de que nadie preguntara.

—Los barriles nuevos se ponen adelante, porque están más cerca de la puerta cuando salen de la llenadora. Cuando hay que cargar la camioneta, se sacan los de adelante, que son los nuevos. Los viejos quedan atrás hasta que no hay otros.

—¿Y por qué hay tanta IPA? —preguntó Lourdes.

Renzo buscó la cuadrícula en la pared. En marzo, al terminar el verano, la venta esperada de abril se había hecho con lo que había pasado en enero, el mejor mes de IPA del año, y se habían cocinado tres tandas grandes de IPA en los fermentadores de mil litros. Pero en abril, sin turistas, la IPA se vendía la mitad que en enero. La rubia y la lager se recuperaban rápido con la gente del pueblo; la IPA era la cerveza de los turistas de la capital.


Rosaura, la contadora, había trabajado cinco años en el área de créditos del banco antes de abrir su estudio, y fue la que puso el problema en una sola columna. Les pidió a Lourdes y a Cipriano que, en lugar de contar barriles, contaran días.

—No me importa cuántos barriles de IPA tienen —dijo—. Me importa cuántos días tiene cada uno desde que se envasó, y cuántos días le quedan hasta que deje de ser lo que el cliente compra. Eso es stock que se está echando a perder aunque esté en una cámara.

Con Renzo, armaron una tabla de días por estilo. No era una fecha de vencimiento: la cerveza no hacía mal a nadie a las doce semanas. Era el tiempo en que cada cerveza era la que Ladera quería que la gente tomara. La IPA, cuarenta y cinco días desde el envasado, en frío. La rubia y la roja, sesenta. La lager, noventa, porque era una cerveza más estable y había madurado en frío. La negra, ciento veinte. Y fuera del frío, la mitad de todo.

Con esa tabla, Rosaura hizo la cuenta de la cámara. De los ciento ochenta barriles, cuarenta y uno estaban pasados de sus días: treinta y cuatro de IPA y siete de una cerveza de temporada, una ámbar de otoño que se había hecho en una tanda de mil litros para la canilla de rotación del bar y para tres bares, y que se vendía la mitad de lo que Renzo había pensado.

—Dos mil cincuenta litros —dijo Rosaura—. Si los tiran, son unos cuatro mil dólares de cerveza que ya se hizo. La IPA es la que más cuesta hacer, por el lúpulo.


No tiraron todo. Renzo probó barril por barril, durante una tarde entera, con Lourdes al lado anotando. Los de menos de siete semanas, que todavía estaban bien aunque no perfectos, se sirvieron en el bar de la fábrica durante las dos semanas siguientes como IPA de la casa, en vaso de medio litro a menos precio, con un cartel que decía la verdad: que era la IPA de marzo, un poco más tranquila que la de siempre. Se vendió. Los de más de siete semanas y la ámbar de otoño, ochocientos litros, se tiraron por la rejilla del galpón un lunes a la mañana. Renzo los tiró él mismo, barril por barril, y no dejó que nadie lo ayudara. Le llevó toda la mañana. La cerveza bajaba por la rejilla con espuma, y el galpón se llenó de un olor a malta y a lúpulo viejo que tardó dos días en irse. Cuando terminó, lavó los barriles uno por uno y los dejó secando boca abajo, en fila, como el primer año.

Esa noche no habló durante la cena. Iara esperó a que terminara y le preguntó cuántos litros eran.

—Ochocientos —dijo Renzo—. Cuatro meses de lo que hacía en el garaje con los chicos. Y la mitad era la IPA, la que más me gusta hacer.

—¿Y por qué se echó a perder?

—Porque la hice para un enero que ya había pasado —dijo—. Y porque la dejé atrás en la cámara, donde no la veía.

A Delmiro, Lourdes le acreditó los tres barriles devueltos y fue a verlo en persona, a la ciudad cabecera, con un barril de IPA envasado esa semana en la camioneta. Cuando llegó, Delmiro la llevó al depósito: los barriles de Ladera esperaban en el piso, al lado de la caldera de la calefacción, hasta que había lugar en la cámara de la barra, que era chica.

—Esto también es parte del problema —le dijo Lourdes—. Si la IPA espera al lado de la caldera, en una semana es una IPA de seis.

Delmiro no lo sabía. Compró una heladera vertical para los barriles de reserva ese mismo mes.

Esa tarde, Lourdes visitó también los otros dos bares de la ciudad cabecera. En uno, los barriles estaban en frío. En el otro, en un patio techado, al sol de la tarde. El dueño de ese bar le dijo que nunca había tenido una queja, y le sirvió una IPA de Ladera para que la probara. Lourdes la probó y no dijo nada. Esa semana le mandó una carta con la tabla de días, y desde junio le mandó la IPA solo cuando tuvo cámara.


Las decisiones de ese otoño las escribió Cipriano, esta vez, en una hoja que pegó en la puerta de la cámara, porque eran de la cámara.

Cada barril sale con su fecha de envasado. La fecha se escribía con marcador indeleble en una etiqueta en la tapa, al lado del código del barril, y se cargaba en la planilla cuando se leía el código en la puerta. Así se sabía la edad de cada barril sin abrirlo, en la cámara y en los bares.

Sale primero el más viejo. La cámara se reordenó con estantes por estilo y por semana de envasado, de modo que el barril que se sacaba era siempre el de la semana más vieja de ese estilo. Cuando un barril llegaba a dos tercios de sus días en la cámara, se marcaba con una cinta roja: tenía que salir esa semana, y si no salía a un bar, iba al bar de la fábrica.

La IPA se hace más chica y más seguido. En lugar de tres tandas de mil litros en marzo, la IPA se hacía en tandas que se calculaban con la venta de las cuatro semanas siguientes, no con la del mejor mes. Si hacía falta, en medio fermentador. Cocinar más veces costaba más horas y más limpieza; tirar ochocientos litros de IPA costaba más.

Los bares tienen frío. Los bares nuevos fuera de Pinar del Sur recibían IPA solo si tenían cámara para los barriles de reserva, y a todos se les dejó un cartel para el depósito, con la tabla de días por estilo.

Y las cervezas de temporada, las de la canilla de rotación del bar y las que se ofrecían a los bares para probar, se hacían en barriles de veinte litros y en tandas de no más de medio tanque. La ámbar de otoño de mil litros había sido, otra vez, una cerveza para probar hecha en grande.


En agosto, Rosaura volvió a contar la cámara. El barril más viejo de IPA tenía cuatro semanas. No había ninguno con cinta roja. La IPA de Ladera volvió a ser la más pedida en el bar de Delmiro, y en septiembre él le pidió a Lourdes que le mandara la IPA cada semana en lugar de cada quince días, en menos barriles.

—Prefiero dos barriles frescos por semana que seis viejos cada quince —le dijo—. Me lo enseñaste vos.

Esa noche, en la cocina, Iara le preguntó a Renzo qué había aprendido con la IPA de Delmiro. Renzo pensó un rato.

—Que una cerveza no termina cuando sale del tanque —dijo—. Termina cuando alguien la toma. Y todo lo que pasa en el medio, la cámara, la camioneta, el depósito del bar, también lo hago yo, aunque no esté ahí.

Lo que Nova vio

La IPA de Ladera estaba perfecta cuando salió del tanque. Lo que la arruinó fue el camino: cuatro semanas en el fondo de la cámara, porque el barril nuevo siempre quedaba adelante, y tres al lado de una caldera en el depósito de un bar. Ninguna de esas cosas era una falla de la receta, y ninguna aparecía en una cuenta de costos. Aparecían en el vaso del cliente, que es el único lugar donde importa.

Lo que más me sirve del capítulo es la columna de Rosaura: contar días, no barriles. Un stock que pierde calidad con el tiempo no se mide solo en unidades sino en edad, y cada producto tiene su propio límite. Treinta y cuatro barriles de IPA son un número; treinta y cuatro barriles con más de seis semanas son un problema que se ve antes de que un cliente devuelva tres por la mitad.

Y la IPA en tandas más chicas, que es la decisión que más cuesta tomar en una fábrica, porque va contra la intuición de producir grande para que salga más barato. Cocinar más veces cuesta más horas y más limpieza. Pero hacer de una vez lo que se vende en cuatro meses, de un producto que dura seis semanas, sale mucho más caro, y el costo aparece en la rejilla del galpón.

Lo que hay que saber

El stock que envejece. Algunos productos pierden calidad con el tiempo aunque estén bien guardados: el aroma, el sabor, la textura, el brillo. Para ellos se define un tiempo de frescura por producto, distinto del vencimiento, y el stock se mide en días desde que se hizo. Lo que se acerca a su límite se marca y se mueve antes. Por qué el stock tiene que estar donde acorta la espera y no donde tranquiliza, en la guía de la Escuela sobre inventarios.

Figura 1. Lo que le queda de aroma a una IPA de Ladera según su edad y dónde la guardaron.
Figura 1. Lo que le queda de aroma a una IPA de Ladera según su edad y dónde la guardaron.

Primero sale lo más viejo. En un depósito, lo nuevo tiende a quedar adelante porque es lo último que llegó, y lo viejo queda atrás. Si nadie ordena, se sirve siempre lo más fresco y se pierde lo más viejo. El orden se resuelve con la forma de guardar, por fecha, y con una marca visible en lo que tiene que salir esa semana.

Producir al ritmo de la venta. Un producto que dura poco se produce en tandas que se venden dentro de su tiempo de frescura, aunque las tandas chicas cuesten más por unidad. La tanda grande es más barata en la fábrica y más cara en la rejilla. Y la frescura sigue fuera de la fábrica: en el transporte y en el depósito del cliente, que también hay que cuidar. Cómo una sola promesa de entrega une la venta, la producción y la logística, en la guía de la Escuela sobre logística integrada.

Figura 2. La cámara de barriles antes de la IPA de Delmiro y después.
Figura 2. La cámara de barriles antes de la IPA de Delmiro y después.

Para tu negocio

Si lo que vendés pierde calidad con el tiempo, mirá hoy la edad de tu stock. Contestá por escrito: ¿cuánto tiempo es bueno cada producto desde que se hace, cuántos días tiene hoy lo más viejo que tenés de cada uno, cómo está ordenado tu depósito y qué sale primero, cuánto tiraste o vendiste con descuento el último año por viejo, cuánto tiempo pasa tu producto en el camino y en el depósito del cliente, y de qué tamaño son tus tandas comparadas con lo que vendés en el tiempo de frescura?

Qué registrar desde hoy

  • La fecha en que se hizo cada unidad o cada lote, visible en el envase.
  • El tiempo de frescura de cada producto, por escrito.
  • La edad del stock, todas las semanas, con lo que se acerca al límite marcado.
  • Lo que se tira o se vende con descuento por viejo, con su costo.
  • Las devoluciones de los clientes, con la edad del producto devuelto.
  • Cómo guarda cada cliente lo que le mandás.

La enseñanza

Una IPA no termina cuando sale del tanque sino cuando alguien la toma, y en el medio pierde lo que la hacía buena; el stock que envejece se cuenta en días, sale primero el más viejo, y se hace en tandas que se toman antes de que el lúpulo se vaya.

Lo que sigue

En el capítulo 8, en el pico del verano siguiente, con los seis fermentadores llenos y el bar abierto todos los días, Cipriano tiene que vaciar, limpiar y volver a llenar un tanque en una noche. Acorta la limpieza. Tres semanas después, tres tanques y ochenta barriles en veintidós bares tienen una cerveza que se pone ácida.

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