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Libro 16 · Capítulo 6Parte II · La canilla propia 12 min de lecturaPor Nova

El barril tiene dueño

En el cuarto año, Ladera tiene cuatrocientos barriles y treinta bares en tres pueblos, y en el pico del verano no hay barriles vacíos para llenar. Lourdes los cuenta uno por uno: sesenta y dos en la fábrica, doscientos ocho en los bares según los remitos, y ciento treinta que no están en ningún lado. Una ronda de una semana encuentra barriles en depósitos, en otra cervecería y en una chatarrería.

Libro 16 · Parte II · Capítulo 6. Índice del libro: Es para probar.

El quince de enero del cuarto año, a las siete de la mañana, Cipriano abrió la cámara de frío del galpón para llenar los barriles del día y encontró once vacíos. Necesitaba treinta y dos. Los fermentadores tenían cerveza de sobra: la cuadrícula de la pared había funcionado, la rubia, la lager y la IPA estaban listas, y el fermentador de reserva tenía una tanda extra de rubia que nadie había tocado. Lo que no había eran barriles donde ponerlas.

Cipriano tenía veinticinco años, era el ayudante de producción desde el segundo año y sabía más de la limpieza de los tanques que nadie en el galpón, salvo Renzo. Llamó a Lourdes, que estaba en el bar desayunando con la planilla de los repartos.

—Tengo once barriles —le dijo—. ¿Dónde están los otros?

Lourdes no supo contestarle. Ladera tenía cuatrocientos barriles. Los había ido comprando de a cincuenta, durante tres años, a ciento veinte dólares cada uno los nuevos y a ochenta los usados, y el último lote había llegado en noviembre, justo para el verano. Cuatrocientos barriles eran más de cuarenta mil dólares, más que todo el equipo del galpón viejo. Y esa mañana había once en la cámara.

Ese día se repartieron once barriles en lugar de treinta y dos. Valentín salió con la camioneta a buscar vacíos por los bares de la costanera, y volvió a las dos de la tarde con catorce. A la tarde se llenaron. Al día siguiente pasó lo mismo, y al siguiente. En la segunda quincena de enero, Ladera dejó de vender mil cien litros con la cerveza lista en los tanques, porque no tenía en qué mandarla.


En febrero, cuando el turismo bajó, Lourdes cerró el bar un lunes y se sentó en una mesa alta con las cajas de remitos de un año, la planilla de los repartos y un café, a contar.

Cada barril que salía de la fábrica salía con un remito: el bar, la fecha, la cerveza, la cantidad de barriles. Lo que el remito no decía era cuáles barriles. Los barriles tenían el logo de Ladera pintado con plantilla y, la mayoría, un número estampado en la chapa por el fabricante, pero nadie lo había anotado nunca. Cuando un bar devolvía cuatro vacíos, Valentín anotaba cuatro, y en la planilla se restaban cuatro de los que tenía ese bar.

Lourdes sumó todo lo que había salido y todo lo que había vuelto, bar por bar. Según los remitos, en los treinta bares de los tres pueblos tenía que haber doscientos ocho barriles. En la fábrica, ella misma contó sesenta y dos esa tarde, llenos y vacíos. Doscientos setenta.

Faltaban ciento treinta.

—Ciento treinta barriles son quince mil seiscientos dólares —le dijo a Renzo esa noche, en la cocina de él, con Iara escuchando—. Y no sabemos dónde están.

Renzo se quedó mirando el número.

—Los bares los tienen —dijo—. Los tienen en el depósito y no se acuerdan.

—Puede ser. O los tiene otro.


La ronda la hicieron Lourdes y Valentín durante una semana de marzo, con la camioneta, una lista de los treinta bares y una linterna. En cada bar pidieron permiso para entrar al depósito, a la cámara, al patio de atrás, y contaron los barriles de Ladera que había. Algunos dueños se ofendieron; la mayoría se rió y los acompañó.

En los depósitos de los bares encontraron setenta y uno que los remitos no tenían. Barriles que se habían devuelto mal anotados, barriles que un bartender había dejado detrás de unos cajones, barriles vacíos que el bar usaba de mesa en el patio, con un vidrio redondo encima. Macario tenía seis en el galpón de las lanchas, que había llenado de agua para lastre de un muelle flotante.

—No sabía que eran tuyos —le dijo a Lourdes, y era verdad: tenían el logo tapado por la pintura del muelle.

En la Cervecería Coihue, la del pueblo vecino, la de la infección del segundo año, encontraron dieciocho. Estaban en su cámara, llenos con su rubia, con el logo de Ladera tapado con una calcomanía de Coihue. El dueño, un hombre joven que se llamaba Anacleto y que había heredado la cervecería de su padre, se puso colorado.

—Me los traen los bares —dijo—. Cuando les retiro mis vacíos, me dan los que tienen. Yo no miro de quién son. Nadie mira.

Lourdes le mostró el número estampado en la chapa de uno de ellos y la factura de compra de ese lote, con los números. Anacleto le devolvió los dieciocho esa misma semana, vacíos y lavados. También le contó que a él le faltaban cuarenta, y que creía que algunos estaban en la cámara de Ladera.

Lourdes los buscó. Había nueve de Coihue en la cámara de la fábrica, llenos de rubia de Ladera.

Y en la chatarrería de la salida del pueblo, donde Valentín fue por un dato que le dio un mozo, encontraron doce. El chatarrero los compraba a treinta dólares cada uno, por el acero inoxidable, a cualquiera que se los llevara. No preguntaba de dónde venían. Lourdes se los recompró a treinta. Veintinueve barriles no aparecieron nunca.

Renzo fue a la chatarrería al día siguiente, porque no lo podía creer. En el fondo del terreno, entre una montaña de heladeras viejas y un auto sin ruedas, había una pila de barriles de acero de todas las marcas: de la cervecería grande de la capital, de dos industriales, de Coihue y de una que Renzo no conocía. El chatarrero, un hombre mayor con una gorra de lana, le explicó sin ninguna vergüenza que los barriles le llegaban todas las semanas, en camionetas de mozos y de pibes del barrio, y que él no era quién para preguntar.

—Para mí es acero —dijo—. Si tiene el nombre, mejor. Así sé que es inoxidable.


La contadora de Ladera era una mujer joven del estudio contable de la plaza, que se llamaba Rosaura y que llevaba los números de la cervecería desde el segundo año. Lourdes le llevó la cuenta de la ronda, y Rosaura la miró con una pregunta que nadie le había hecho a los barriles.

—¿Cuánto tarda un barril en volver?

Lourdes no lo sabía. Con los remitos de un año y la ronda, lo pudieron calcular por arriba: un barril que salía de la fábrica tardaba en promedio setenta y cuatro días en volver vacío. Los de la rubia, en los bares de la costanera, treinta y cinco. Los de las cervezas de temporada y los de los bares de los otros pueblos, que se pinchaban en una canilla de rotación y se retiraban cuando alguien se acordaba, más de cien.

—Entonces el problema no son solo los perdidos —dijo Rosaura—. Es el tiempo. Mirá.

Hizo la cuenta en su computadora. En el verano, Ladera mandaba a los bares unos siete mil litros por mes en barriles: ciento cuarenta barriles llenos por mes. Si cada uno tardaba setenta y cuatro días en volver, más diez en la fábrica entre que volvía, se lavaba, se llenaba y salía, cada barril daba una vuelta cada ochenta y cuatro días. Para mandar ciento cuarenta por mes, hacían falta casi cuatrocientos barriles dando vueltas.

—Tenés cuatrocientos, y en enero no te alcanzaron —dijo—. Si un barril tardara cuarenta y dos días en dar la vuelta, la mitad, con doscientos te alcanzaba. Los otros doscientos son veinticuatro mil dólares de acero que están en los depósitos de los bares, haciendo de mesa o de lastre, en lugar de estar llenos de cerveza.

—Renzo quería comprar cien más para el próximo verano.

—Que no compre ninguno. Que haga volver los que tiene.


Las cosas que cambiaron, las escribió Lourdes en la pizarra chica del bar, al lado de las de las canillas, y en una carta de una hoja que le llevó a cada uno de los treinta bares en abril.

Cada barril tenía un número, y el número se usaba. Cipriano grabó con una herramienta eléctrica el número de cada barril en el borde superior, dos fines de semana enteros con protectores en los oídos, cantando para no aburrirse, donde no se borraba con la pintura, y le pegó al lado una etiqueta con un código que se leía con el teléfono. Desde mayo, cada remito decía qué barriles salían, por número, y cada vacío que volvía se leía con el teléfono en la puerta de la cámara. La planilla dejó de decir cuatro y empezó a decir cuáles cuatro, en qué bar y desde qué día.

El barril tenía dueño, y se cobraba. A los bares nuevos, el depósito por barril era ciento veinte dólares, lo que costaba reponerlo, no treinta. A los treinta que ya tenían, Lourdes no les pidió el depósito nuevo: les ofreció otra cosa. Los primeros cuarenta y cinco días, el barril era gratis. Desde el día cuarenta y seis, el bar pagaba un dólar por día por cada barril de Ladera que tuviera, lleno o vacío. A fin de cada mes, cada bar recibía, con la factura, la lista de barriles que tenía y desde cuándo.

El retiro de vacíos se hizo con el reparto. Cada vez que la camioneta dejaba barriles llenos en un bar, se llevaba los vacíos, y Valentín los leía con el teléfono antes de subirlos. Las cervezas de temporada se mandaban en barriles de veinte litros, no de cincuenta, para que se terminaran en las dos semanas que duraban frescas en una canilla.

Y con Coihue, Renzo y Anacleto hicieron un trato que no estaba en ninguna pizarra: cada uno pintaba sus barriles de un color, Ladera de verde y Coihue de rojo, y una vez por mes se juntaban en la ruta, a mitad de camino entre los dos pueblos, a cambiarse los barriles del otro que les habían dado los bares. A la chatarrería le llevaron una nota firmada por las dos cervecerías, con fotos de los dos colores.


Algunos bares protestaron por el dólar por día. Dos dijeron que se pasaban a la cerveza de la capital, que no les cobraba nada por el barril. Uno lo hizo. Su dueño tenía en el depósito, cuando Lourdes fue a buscar los barriles, once de Ladera, el más viejo desde hacía siete meses. Le dijo a Lourdes que no era por la plata, que era por el principio: un bar no le paga alquiler a una cervecería. Lourdes le contestó que no le estaba cobrando alquiler, que le estaba pidiendo que le devolviera lo que era de ella, y que el dólar era para los que no lo hacían. Se llevó los once. El otro descubrió que la de la capital le cobraba un depósito de ciento cincuenta y volvió en junio.

Macario no protestó. Devolvió los seis barriles del muelle flotante, lavados, y compró seis tambores de plástico para el lastre.

—Me di cuenta de que mi muelle flotaba sobre setecientos dólares de barriles ajenos —le dijo a Lourdes.

En julio, Rosaura rehízo la cuenta de la vuelta. Un barril de Ladera tardaba cuarenta días en volver, en promedio; los de la rubia, veintiocho. Los barriles que no habían vuelto en más de cuarenta y cinco días eran veintidós, y todos estaban en una lista con el nombre del bar. En el verano del quinto año, con ciento sesenta barriles por mes, Ladera no compró ninguno nuevo y no se quedó un solo día sin vacíos.

Renzo, que había querido comprar cien barriles, se quedó mirando la lista de Rosaura un rato largo en la oficina del bar.

—Era más barato contarlos que comprarlos —dijo.

Lo que Nova vio

Los barriles de Ladera no eran un gasto: eran plata que daba vueltas por los bares. Cuarenta mil dólares en acero que salían llenos y tenían que volver vacíos, y que nadie seguía, porque cada barril parecía igual a otro. Mientras se contaban por cantidad, cuatro salen, cuatro vuelven, no había forma de saber cuáles se quedaban en un depósito, cuáles se iban a otra cervecería y cuáles terminaban en una chatarrería.

Lo que más me sirve del capítulo es la pregunta de Rosaura. Los ciento treinta perdidos eran el problema visible; el invisible era el tiempo. Un barril que tarda setenta y cuatro días en volver hace que se necesiten el doble de barriles que uno que tarda cuarenta. Achicar la vuelta liberó doscientos barriles, veinticuatro mil dólares, sin comprar ninguno. Cualquier cosa que una empresa presta y espera que vuelva, envases, equipos, herramientas, funciona igual.

Y el trato con Coihue, que tiene una semilla de lo que viene al final del libro. Las dos cervecerías perdían barriles por la misma razón: los bares no miraban de quién eran. Ninguna lo podía arreglar sola, porque el problema estaba en el medio. Un color por cervecería y una cita en la ruta una vez por mes lo arreglaron para las dos.

Lo que hay que saber

Lo que se presta también es capital. Los envases retornables, los equipos en comodato, las herramientas que se dejan en lo de un cliente son activos de la empresa que están afuera. Su costo no es solo lo que se pierde: es la plata que hay que tener inmovilizada en ellos mientras están afuera. Cuánto rinde cada dólar que está quieto, y por qué conviene que dé más vueltas, en la guía de la Escuela sobre el inventario como caja inmovilizada.

Figura 1. Dónde estaban los cuatrocientos barriles en febrero del cuarto año, antes y después de la ronda.
Figura 1. Dónde estaban los cuatrocientos barriles en febrero del cuarto año, antes y después de la ronda.

Contar por unidad, no por cantidad. Un activo que circula se sigue por unidad: cada barril con su número, en qué cliente está y desde qué día. Contar por cantidad dice cuántos faltan; contar por unidad dice cuáles, dónde y desde cuándo, y es lo único que permite reclamarlos. Por qué el stock del sistema tiene que ser el del estante, y cómo se logra, en el ERP de la Escuela, inventario.

Cuántos hacen falta depende de cuánto tardan en volver. La cantidad de envases que necesita una empresa es lo que manda por mes multiplicado por el tiempo que tarda cada uno en dar la vuelta. Antes de comprar más, conviene medir la vuelta y achicarla: un cargo por los días de más, un retiro con cada entrega y envases más chicos para lo que rota lento.

Figura 2. Cuántos barriles hacen falta para mandar ciento cuarenta por mes, según cuánto tardan en dar la vuelta.
Figura 2. Cuántos barriles hacen falta para mandar ciento cuarenta por mes, según cuánto tardan en dar la vuelta.

Para tu negocio

Si prestás envases, equipos o herramientas a tus clientes, contalos hoy uno por uno. Contestá por escrito: ¿cuántos tenés y cuánto valen, cuántos están en tu depósito y cuántos afuera, en qué cliente está cada uno y desde cuándo, cuánto tarda en promedio en volver, cuántos necesitarías si tardaran la mitad, qué pasa hoy cuando un cliente no los devuelve, y quién más en tu rubro tiene el mismo problema y podría resolverlo con vos?

Qué registrar desde hoy

  • Cada envase o equipo prestado, con su número.
  • En qué cliente está cada uno, desde qué fecha.
  • Los días que tarda cada uno en volver, y el promedio.
  • Los envases que pasan de un plazo, con el cliente.
  • Las pérdidas del año, con dónde aparecieron o si no aparecieron.

La enseñanza

Un barril no es un gasto sino plata que da vueltas, y cuanto más tarda en volver, más barriles hacen falta; se cuenta uno por uno, se sabe dónde está cada uno y desde cuándo, y antes de comprar más se hace volver a los que ya se tienen.

Lo que sigue

En el capítulo 7, en el otoño del cuarto año, un bar de la ciudad cabecera devuelve tres barriles de IPA llenos hasta la mitad: dice que la cerveza no tiene gusto a nada. La IPA había salido de la fábrica hacía nueve semanas. Renzo prueba una botella del mismo lote que quedó en el galpón, y el bar tiene razón.

¿Tenés una cervecería, una fábrica chica o un producto con muchas variedades?

Contale a Alex cuántos productos hacés, cuánto vende cada uno y qué equipos comparten, y te dice qué medir primero y cuánto cuesta un sistema para una fábrica como la tuya. Gratis y sin registrarte.

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