El pacto con Lourdes
En el octavo año, Lourdes le pide a Renzo una reunión con Rosaura. Hace cinco años que es su socia de palabra, con el treinta por ciento que él le prometió una noche en el bar, y nunca vio un peso de ganancia: todo se reinvirtió en tanques, maduradores y una enlatadora que ella no quería. Quiere saber qué es suyo, cuánto cobra por trabajar y cuánto por ser dueña. Rosaura hace una cuenta que ninguno de los dos había hecho.
Libro 16 · Parte III · Capítulo 12. Índice del libro: Es para probar.
La noche del treinta por ciento había sido en agosto del tercer año, la del primer viernes del bar, cuando contaron la caja a las tres de la mañana sentados en una mesa alta con el piso pegajoso. Renzo, con mil seiscientos dólares en la mano y la emoción de la apertura, le había dicho a su prima que el bar era de los dos, que sin ella no existía, y que desde esa noche ella tenía el treinta por ciento de Ladera. Lourdes se había reído y le había dado un abrazo. Nadie había escrito nada.
Cinco años después, en marzo del octavo año, Lourdes le mandó a Renzo un mensaje un domingo a la noche, una sola línea: quiero que nos juntemos con Rosaura esta semana para hablar de la sociedad. Renzo lo leyó tres veces en la cocina. Iara lo leyó por encima de su hombro.
—Hace un año que te lo quiere decir —dijo Iara—. Desde las latas.
Renzo no durmió bien esa noche. A la una se levantó a tomar agua y Iara lo encontró en la cocina, con la libreta de tapas verdes abierta en la página del primer cocimiento.
—Le di el treinta por ciento —dijo—. ¿Qué más quiere?
—No le diste nada —dijo Iara—. Le dijiste una frase. Y no te está pidiendo plata. Te está pidiendo que la veas como lo que es, que no es tu prima que te ayuda en el bar. Hace cinco años que la cervecería es de los dos y vos seguís hablando de tu cervecería.
Se juntaron el miércoles a la mañana en el estudio de Rosaura, en la plaza, en una sala con una mesa redonda y una planta que nadie regaba. Lourdes había traído una hoja escrita a mano. La leyó sin levantar la vista.
—Tengo treinta y cinco años. Hace cinco que trabajo en Ladera seis días por semana, los veranos siete. Llevo el bar, las ventas, los bares de los tres pueblos, los hoteles, los barriles, el festival. Cobro mil seiscientos dólares por mes, lo mismo que cuando empecé. Me dijeron que tenía el treinta por ciento. En cinco años no vi un peso de ganancia, porque todo lo que ganó Ladera se volvió a meter en tanques, maduradores, una cámara y una enlatadora que yo no quería y que nadie me preguntó. Quiero comprar una casa. Y cuando fui al banco, me preguntaron qué tenía, y no supe qué contestar. ¿El treinta por ciento de qué? No hay un papel que diga que soy dueña de nada.
Renzo quiso hablar. Rosaura le pidió con la mano que esperara.
—Las dos cosas que dice Lourdes son ciertas —dijo—. No hay un papel. Y no hay una cuenta. Así que vamos a hacer la cuenta primero, y el papel después.
Rosaura hizo la cuenta durante dos semanas, con los balances de los siete años que ella misma había armado, y los citó otra vez.
—Primero, lo que puso cada uno —dijo—. Renzo puso, al principio, la indemnización y lo que tenía: veintiocho mil dólares en el equipo usado, el galpón y los primeros meses. Lourdes no puso plata. Hasta ahí, la cuenta que se hace siempre.
Dio vuelta la hoja.
—Pero los dos pusieron otra cosa, que no aparece en ningún balance. Pusieron trabajo por debajo de lo que vale. Lourdes cobra mil seiscientos dólares. Si mañana Ladera tuviera que contratar a alguien para hacer lo que hace Lourdes, el bar, las ventas, los clientes grandes, en Pinar del Sur le costaría dos mil cuatrocientos, con un trabajo de seis días. Ochocientos dólares por mes de diferencia, durante sesenta meses. Cuarenta y ocho mil dólares. Esa plata no la cobró: se quedó en Ladera y se convirtió en tanques.
Lourdes se quedó mirando el número. Renzo también.
—Y Renzo, lo mismo —siguió Rosaura—. Se pagó mil cuatrocientos los primeros tres años y mil ochocientos después. Un jefe de producción de una cervecería como esta, con la responsabilidad que tiene, cuesta dos mil cuatrocientos. Renzo dejó en la empresa unos sesenta y cinco mil en siete años, además de los veintiocho del principio.
Escribió dos columnas en la pizarra de la sala.
—Renzo, noventa y tres mil. Lourdes, cuarenta y ocho mil. De ciento cuarenta y un mil, sesenta y seis por ciento y treinta y cuatro. No setenta y treinta, aunque se le parece más de lo que pensaban.
Nadie dijo nada durante un rato. Renzo fue el primero.
—No sabía —dijo—. Nunca pensé que lo que no le pagaba era plata que ponía.
—Nadie lo piensa —dijo Rosaura—. En casi todas las empresas chicas los socios que trabajan se pagan poco para que la empresa crezca, y después, cuando hay que repartir o cuando uno se quiere ir, nadie sabe cuánto puso cada uno. Por eso hay que separar tres cosas que en Ladera están mezcladas. El sueldo, que paga el trabajo. La ganancia, que paga el capital. Y lo que se decide, que no tiene nada que ver con cuánto tiene cada uno.
—¿Cómo que no? —preguntó Lourdes.
—La enlatadora la compró Renzo solo. Era una inversión de cuarenta y cinco mil dólares, con un crédito a nombre de la empresa, y vos tenías el treinta por ciento de esa empresa. Una decisión así no la puede tomar un socio solo, tenga el setenta o el noventa. Pero tampoco tiene sentido que vos tengas que opinar qué lúpulo lleva la IPA. Cada cosa tiene su lugar.
Antes de la segunda reunión, Renzo fue a ver a Florián. Le contó lo de la cuenta de Rosaura, y Florián le contó una historia que en el pueblo se sabía a medias. Lácteos del Pinar la habían fundado dos hermanos en los años sesenta, con la leche de sus propios tambos, de palabra, como todo en esa época. Cuando murió el mayor, sus hijos quisieron su parte, y nadie sabía cuál era: si la mitad, porque eran dos hermanos, o más, porque el mayor había puesto el campo donde estaba la planta. Pelearon ocho años en un juzgado. La planta la terminó comprando la cooperativa de tamberos, por menos de lo que valía, para que no cerrara.
—Yo entré a trabajar ahí el año que la vendieron —dijo Florián—. Los dos hermanos se querían mucho. Por eso nunca escribieron nada.
El pacto lo escribieron entre los tres, durante abril, en cuatro reuniones, y lo firmaron en mayo ante una escribana de la plaza, el mismo día en que constituyeron la sociedad que Ladera no había tenido nunca. Tenía siete páginas. Lourdes lo resumió en una hoja para tenerlo a mano, y la pegó en la oficina del bar, al lado de la cuadrícula.
Las partes. Renzo, sesenta y cinco por ciento; Lourdes, treinta y cinco. Renzo había propuesto el cuarenta, por los años del sueldo de mil seiscientos. Lourdes dijo que la cuenta de Rosaura daba treinta y cuatro y que los créditos los había firmado él, con su casa de garantía en el primero, y que el riesgo también se pone. Firmaron treinta y cinco.
Los sueldos. Desde junio, cada uno cobraba lo que costaría otra persona para su trabajo: dos mil cuatrocientos cada uno. Con eso, la ganancia de Ladera era más chica en los papeles, pero era una ganancia de verdad, la del capital, no la del trabajo mal pagado.
La ganancia. Cada año, cuando Rosaura cerraba el balance, el cuarenta por ciento de la ganancia se repartía entre los dos en proporción a sus partes, y el sesenta se quedaba en Ladera para invertir. Si alguno quería reinvertir todo un año, tenía que estar de acuerdo el otro.
Las decisiones. La producción, las recetas, los equipos chicos y la cuadrícula, Renzo. Las ventas, los precios dentro de una lista, el bar y los clientes, Lourdes. Toda inversión de más de diez mil dólares, todo crédito, todo cliente que fuera más de una quinta parte de las ventas y todo socio nuevo, los dos, por escrito.
La salida. Si uno se quería ir, el otro tenía el derecho de comprarle su parte primero, a un precio que salía de una fórmula escrita: cuatro veces la ganancia promedio de los últimos tres años, más lo que valieran los tanques y el galpón, menos las deudas. Si el otro no la quería comprar, la parte se podía vender a un tercero que los dos aceptaran. Y un seguro de vida para cada uno, a favor de la empresa, para que si a alguno le pasaba algo, el otro pudiera comprarle la parte a su familia sin vender los tanques.
Y una reunión el primer lunes de cada mes, de los dos, con los números de Rosaura, para mirar cómo iba Ladera. No en el bar, no en la cocina: en la oficina, con la puerta cerrada y una hora fija.
La primera reunión del primer lunes fue en junio. Rosaura les llevó los números de mayo y una sola pregunta: Renzo quería comprar un séptimo fermentador para el verano, once mil dólares. Era más de diez mil, así que la tenían que decidir los dos. Lourdes pidió ver la cuadrícula del verano anterior y la reserva. El séptimo fermentador hacía falta tres meses por año; los otros nueve, la Cerveza del Refugio ya llenaba los huecos. Acordaron comprarlo en septiembre, con la ganancia del invierno y no con un crédito. Fue la primera decisión grande de Ladera que tomaron los dos con un papel delante, y les llevó cuarenta minutos.
Lourdes llevó una copia del pacto al banco en junio, con el primer balance de la sociedad nueva y la constancia de su treinta y cinco por ciento. El banco le dio el crédito. En agosto se mudó a una casa con un patio y un pino en la loma de atrás del pueblo, a diez minutos en bicicleta de la fábrica.
Renzo fue a la mudanza con Iara y una caja de cervezas de la canilla de prueba. A la noche, sentados en el patio, Lourdes le dijo una cosa que tenía guardada desde las latas.
—Lo que más me dolió de Trébol no fueron los once mil dólares —dijo—. Fue que me enteré de la enlatadora cuando ya estaba instalada. Y yo sabía cómo trabajaban las cadenas. Te lo podía haber dicho.
—Ya sé —dijo Renzo—. Ahora está en el papel.
—No hacía falta el papel para eso —dijo Lourdes—. Pero está bien que esté.
Rosaura, que también había ido, levantó la lata.
—El papel no es para cuando se llevan bien —dijo—. Es para el día que no. Ese día, nadie se acuerda de la noche del bar.
Lo que Nova vio
El treinta por ciento de Lourdes era una promesa sincera hecha en una noche de emoción, y por eso no decía nada: ni de qué, ni cuánto, ni qué podía decidir ella, ni qué pasaba si se quería ir. Durante cinco años funcionó porque nadie lo necesitó. El día que Lourdes quiso comprar una casa, el banco hizo la pregunta que ninguno de los dos se había hecho, y no había respuesta.
Lo que más me sirve del capítulo es la cuenta de Rosaura sobre los sueldos. En casi todas las empresas chicas, los socios que trabajan cobran menos de lo que valdría su trabajo, para que la empresa crezca. Esa diferencia no es un sacrificio que se pierde: es capital que cada uno pone, y se puede contar. Cuando no se cuenta, la empresa parece más rentable de lo que es y el reparto parece más justo de lo que es.
Y la separación de las tres cosas: el sueldo paga el trabajo, la ganancia paga el capital y las decisiones se reparten por lo que cada uno sabe y por cuánto arriesgan. Mezclarlas lleva a que el que tiene más parte decida todo, aunque no sepa, o a que el que trabaja más sienta que no tiene nada, aunque sea dueño.
Lo que hay que saber
Sueldo, ganancia y decisión son tres cosas. Un socio que trabaja en la empresa cobra un sueldo por su trabajo, igual al que costaría otra persona para ese trabajo, y una parte de la ganancia por su capital. Las decisiones se reparten por temas y por montos, y las grandes, inversiones, créditos, socios nuevos, se toman entre todos. Por qué el rol del dueño es distinto del de quien trabaja en la empresa, aunque sean la misma persona, en la guía de la Escuela sobre el dueño.
El trabajo mal pagado también es capital. Lo que un socio deja de cobrar por su trabajo, comparado con lo que costaría otra persona, se queda en la empresa como si lo hubiera puesto en plata. Se cuenta, año por año, para saber cuánto puso cada uno y para que la ganancia que muestran los números sea la del capital y no la de los sueldos que no se pagaron.
El papel es para el día que no. Un pacto de socios dice las partes, los sueldos, cómo se reparte y cuánto se reinvierte la ganancia, quién decide qué, cómo se sale y a qué precio, y qué pasa si a alguno le pasa algo. Se escribe cuando los socios se llevan bien, porque es cuando se puede. Por qué la formalidad protege a la empresa y a quienes la hacen, en formas jurídicas, impuestos y obligaciones.
Para tu negocio
Si tenés socios, o si trabajás en tu empresa con alguien que siente que es dueño, escribí hoy lo que hoy nadie escribió. Contestá por escrito: ¿qué parte tiene cada uno y dónde está escrito, cuánto cobra cada uno por su trabajo y cuánto costaría otra persona para hacerlo, cuánto dejó cada uno en la empresa por cobrar menos, cómo se reparte la ganancia y cuánto se reinvierte, quién decide qué y desde qué monto deciden todos, y qué pasaría mañana si uno se quisiera ir?
Qué registrar desde hoy
- Lo que puso cada socio, en plata y en trabajo por debajo de su valor, año por año.
- El sueldo de cada socio, comparado con lo que costaría otra persona.
- La ganancia de cada año, lo que se repartió y lo que se reinvirtió.
- Las decisiones grandes, con quién las tomó y cuándo.
- El pacto de socios, con la fecha de la última revisión.
La enseñanza
Una sociedad de palabra funciona hasta el día en que alguien pregunta de qué; el sueldo paga el trabajo, la ganancia paga el capital y las decisiones se reparten por lo que cada uno sabe, y lo que un socio deja de cobrar también es plata que pone.
Lo que sigue
En el capítulo 13, en el octavo año, Renzo y Lourdes deciden poner Ladera en un sistema: la cuadrícula, los barriles, la frescura, la limpieza, los clientes y los hoteles. La analista que contratan les pide, antes de hablar de pantallas, una lista: las cinco veces que Ladera perdió más plata, con lo que pasó en cada una.