El capataz de los sábados
Horacio Villegas es capataz desde hace veinte años en la constructora más grande de Villa Aurora y los sábados hace reformas para los vecinos, a tanto el metro cuadrado. Una galería con parrilla le parece su mejor changa del año, hasta que la ingeniera de la oficina técnica le muestra cómo la habría presupuestado la empresa. Libro 9, capítulo 1.
Libro 9 · Parte I · Capítulo 1. Índice del libro: Ya que estás.
Los sábados, Horacio Villegas se levantaba a la misma hora que los días de semana, a las cinco y media, pero no se ponía el casco de Constructora Lamberti. Se ponía una gorra vieja, cargaba en la camioneta las herramientas propias, que guardaba en el galpón del fondo de su casa del barrio Las Glorias, y pasaba a buscar a los dos ayudantes que trabajaban con él los fines de semana: el hijo de un vecino y un muchacho que había sido peón en una de sus obras de Lamberti.
A las siete estaban en la casa de los Rufino, a tres cuadras, levantando la galería.
Horacio tenía cuarenta y seis años. Había entrado a la construcción a los diecisiete, como ayudante de un albañil del barrio, había sido oficial a los veintidós y capataz de Lamberti a los veintiséis. En veinte años había levantado, con sus cuadrillas, más de cuarenta edificios de departamentos, dos escuelas, un supermercado y un hospital de día. Sabía leer un plano mejor que muchos de los arquitectos que se lo traían, sabía cuántas bolsas de cemento llevaba una losa mirando el encofrado y sabía, sobre todo, que una cuadrilla que trabaja contenta hace en un día lo que una enojada hace en dos.
Las reformas de los sábados habían empezado diez años antes, con un baño para su cuñado. Después vino la cocina de una vecina, el quincho de un compañero de la escuela de su hija, el dormitorio que agregó un matrimonio cuando nació el tercer hijo. Nunca había buscado un cliente. Lo llamaban.
La galería de los Rufino era de veinte metros cuadrados: cinco por cuatro, adosada al fondo de la casa, con columnas y vigas de hormigón, un techo de losa, piso cerámico y, en una esquina, una parrilla de ladrillo con su campana. Don Rufino le había preguntado el precio en marzo, en la vereda, con el mate en la mano.
—¿Cuánto me sale?
Horacio había contestado lo que contestaba siempre, lo que contestaban todos los albañiles de Villa Aurora.
—Ciento ochenta el metro, con materiales. Veinte metros, tres mil seiscientos.
Don Rufino había dicho que sí en el momento. Y una semana después, cuando Horacio ya estaba haciendo las bases, le había hecho la pregunta que Horacio escuchaba en todas sus changas, la que lo hacía sentir que era bueno en lo suyo.
—Ya que estás, ¿no me hacés también la parrilla en la esquina? Algo sencillo.
—Trescientos más —había dicho Horacio.
Seis sábados después, la galería estaba terminada. La losa, perfecta. Las columnas, a plomo. La parrilla, con ladrillo refractario, una campana de chapa que Horacio había mandado a hacer a un herrero y un fuego que tiraba bien desde el primer asado. Don Rufino invitó a Horacio y a su mujer, Nélida, al primer asado de la galería, y les dijo a los otros invitados, cuatro vecinos, quién la había hecho.
Al lunes siguiente, Horacio tenía tres pedidos más.
Ese lunes, a la hora del almuerzo, en el obrador de un edificio de nueve pisos que Lamberti levantaba en la avenida, Horacio le mostró a la ingeniera Cecilia Lamberti las fotos de la galería en el teléfono. Cecilia era la hija del dueño, tenía treinta y ocho años y llevaba la oficina técnica de la empresa: los cómputos, los presupuestos, los certificados. Horacio la conocía desde que era estudiante y venía a las obras a mirar.
—¿Cuánto le cobraste? —preguntó Cecilia.
—Tres mil novecientos. Con la parrilla.
Cecilia dejó el sándwich en la tapa de un tacho de pintura.
—¿Tenés el plano?
Horacio lo tenía, dibujado a mano en una hoja de cuaderno, con las medidas. Cecilia se lo pidió prestado, y esa tarde, en la oficina técnica, en un contenedor con aire acondicionado que la empresa usaba en las obras grandes, hizo lo que hacía todos los días con los edificios: el cómputo y el presupuesto de la galería de los Rufino, ítem por ítem, como si fuera una obra de Lamberti.
El martes se lo dio impreso en dos hojas abrochadas.
Horacio lo leyó en el obrador, sentado en un pallet de ladrillos, con los anteojos de leer que había empezado a usar ese año.
La primera hoja tenía una lista de ítems, cada uno con su cantidad, su unidad y su precio. Excavación y bases: 2,4 metros cúbicos. Columnas y vigas de hormigón armado: 1,8 metros cúbicos, con el hierro y el encofrado. Mampostería: 9 metros cuadrados. Losa: 20 metros cuadrados, con el hierro, el encofrado y el apuntalamiento. Contrapiso: 20 metros cuadrados. Carpeta y piso cerámico: 20. Revoques interior y exterior: 34. Instalación eléctrica: tres bocas y un tomacorriente. Parrilla con ladrillo refractario y campana: una. Pintura: 54 metros cuadrados. Al lado de cada ítem, los materiales y la mano de obra por separado, calculados con los rendimientos que Lamberti usaba desde hacía treinta años: cuántas bolsas, cuántos ladrillos, cuántas horas de oficial y de ayudante por unidad.
La segunda hoja tenía lo que Horacio nunca había puesto en un precio. Contenedor para escombros, dos. Fletes de materiales, seis. Alquiler de andamios y puntales, un mes. Seguro de accidentes del personal. Herramientas y su desgaste. Tiempo de dirección: presupuestar, comprar, coordinar, cobrar. Imprevistos: cinco por ciento. Gastos de la empresa. Beneficio: diez por ciento.
Abajo de todo, un número.
Precio Lamberti: USD 7.950.
—Casi el doble —dijo Horacio, en voz alta, en el obrador vacío.
Cecilia, que pasaba con un rollo de planos bajo el brazo, se detuvo.
—La parrilla sola son mil cuatrocientos —dijo—. El ladrillo refractario, la campana, el herrero, el tiraje, la mano de obra de alguien que sabe hacer una parrilla que tire. Vos la cobraste trescientos porque te la pidieron ya que estás.
—¿Y los ciento ochenta el metro?
—Ciento ochenta el metro es lo que sale, más o menos, un dormitorio simple en un barrio nuevo, con piso y revoque. Es un promedio. Una galería con losa, columnas a la vista y una parrilla no es un dormitorio. El metro cuadrado no dice qué tiene adentro.
El jueves, después de cenar, Horacio le pidió ayuda a su hija Renata, que estaba en el último año de arquitectura y que, entre parciales, le pasaba a la computadora los planos de las changas. Renata abrió la planilla de Cecilia en la notebook, en la mesa del comedor, y le dijo que, antes de mirar lo que habría cobrado Lamberti, quería ver lo que de verdad había gastado él. Nélida, que corregía cuadernos de sus alumnos de sala de cinco en la otra punta de la mesa, levantó la vista y no dijo nada.
Lo que Horacio había gastado en la galería de los Rufino, buscando los tickets del corralón en la guantera de la camioneta: dos mil seiscientos cincuenta dólares de materiales, con el refractario y la campana. Setecientos veinte de los jornales de los dos ayudantes, seis sábados. Doscientos diez de contenedores y fletes. Noventa de un andamio alquilado. Tres mil seiscientos setenta en total.
—Cobraste tres mil novecientos —dijo Renata, girando la pantalla—. Te quedaron doscientos treinta.
—Eso no puede ser.
—Por seis sábados, y las tardes que fuiste a comprar, y la noche que fuiste a ver si había llovido en la losa.
Horacio contó las horas. Unas setenta. Tres dólares con treinta por hora. En Lamberti, como capataz, ganaba nueve.
Se quedó un rato largo mirando la pantalla. Nélida dejó los cuadernos y se acercó a mirar también. Después Horacio les contó lo de los tres pedidos nuevos. Una ampliación, un baño y una cocina. Y le dijo lo que pensaba desde hacía un año y no se había animado a decir en voz alta.
—Si los cobro bien, ganan más que Lamberti.
—Si los cobrás bien —dijo Renata.
—Y si no te morís de cansancio haciéndolos —dijo Nélida, y volvió a sus cuadernos.
Horacio renunció a Constructora Lamberti un viernes de abril, después de veinte años, en la oficina del dueño, en el primer piso de un edificio que él mismo había levantado como capataz. Don Lamberti tenía setenta y cuatro años y seguía yendo a la oficina todos los días con traje. Escuchó la renuncia sin interrumpir, con las manos cruzadas sobre el escritorio.
—¿Cuántos años tenés, Horacio?
—Cuarenta y seis.
—Yo empecé a los cuarenta y uno —dijo el viejo—. Con un camión y dos albañiles. El primer año perdí plata en todas las obras que me gustaban. ¿Sabés por qué?
Horacio dijo que no.
—Porque las que me gustaban eran las difíciles, y las difíciles las cobraba como las fáciles. —Se levantó, dio la vuelta al escritorio y lo abrazó—. Si algún día querés volver, tu casco está guardado.
En el obrador del edificio de la avenida, esa tarde, la cuadrilla le hizo un asado con lo que había: chorizos en una parrilla armada con un tambor cortado y una reja de encofrado. Celestino no dijo nada en todo el asado. Al final, mientras levantaban la mesa de tablones, le preguntó a Horacio a qué hora pasaba a buscarlo el lunes. Cecilia le dio, de regalo, una copia de la planilla de cómputo y presupuesto que usaba la oficina técnica, con las fórmulas y los rendimientos de treinta años de obras.
—No la uses para los edificios —le dijo—. Usala para que la próxima parrilla no te salga trescientos.
El lunes, Horacio fue a ver a sus tres clientes nuevos con la planilla impresa en una carpeta. A los tres les dijo lo mismo antes de darles un precio: que necesitaba medir todo, contar cada cosa y volver con el número. Uno se fue con otro albañil que le dio el precio en la vereda, a tanto el metro. Los otros dos esperaron.
Lo que Nova vio
Horacio sabe hacer una obra mejor que casi nadie en Villa Aurora, y no sabe cuánto cuesta. No es raro: los constructores chicos casi siempre vienen de la obra, donde el precio lo hacía otro, en una oficina técnica con aire acondicionado. El capataz veía los ladrillos, las bolsas y las horas de su cuadrilla. El contenedor, el flete, el seguro, el andamio, el tiempo de comprar y de cobrar, y el beneficio de la empresa, los veía otra persona.
Lo que me interesa del capítulo es el precio por metro cuadrado. Es útil para tener una idea, y lo usa todo el mundo, pero es un promedio de obras distintas. Una galería con losa, columnas y una parrilla tiene adentro mucho más que un dormitorio con el mismo metraje. Quien cotiza todo con el mismo número por metro gana en las obras simples y pierde en las complicadas, y casi siempre las complicadas son las que más le gustan.
Y el ya que estás de Don Rufino es la primera aparición del hilo de este libro. Lo que el cliente pide de palabra, con la obra empezada, se cobra con el número que primero se le ocurre al constructor, que siempre es bajo, porque lo dice en la vereda, contento de que le pidan más. La parrilla de trescientos dólares costaba mil cuatrocientos.
La planilla de Cecilia es el regalo más valioso que recibe Horacio en veinte años de Lamberti, y la frase con la que se la da lo dice todo: no es para los edificios, es para que la próxima parrilla no salga trescientos. Una herramienta de una empresa grande, usada en chico, para ver lo que el metro cuadrado esconde. Y la frase del viejo Lamberti la completa: las obras que más le gustan a un constructor suelen ser las difíciles, y son las que más cuesta cobrar bien.
Lo que hay que saber
Los renglones de una obra. En rangos típicos de una obra particular: materiales, del cuarenta y cinco al cincuenta y cinco por ciento; mano de obra, propia o subcontratada, del treinta al cuarenta; equipos y herramientas, del dos al cuatro; gastos generales de la obra (contenedores, fletes, andamios, seguros, permisos), del cuatro al seis; gastos de la empresa, del cinco al ocho; beneficio, del seis al doce. A eso se suman los imprevistos, que en una obra nueva son pocos y en una reforma pueden ser muchos.
El presupuesto por ítems. Una obra se presupuesta dividida en ítems (excavación, estructura, mampostería, techo, contrapisos, revoques, instalaciones, terminaciones), cada uno con su cantidad medida en el plano, su unidad y su precio unitario, armado con los materiales y la mano de obra que lleva cada unidad según rendimientos conocidos. A esa suma se le agregan los gastos generales, los imprevistos, los gastos de la empresa y el beneficio. Separar lo que cuesta cada obra de lo que cuesta tener la empresa abierta, y ver qué queda, es el tema de la guía de la Escuela sobre costos, precio y margen; las formas de repartir los gastos de la empresa entre las obras, en Sistemas de costeo.
El metro cuadrado es un promedio. Sirve para una primera idea y para comparar obras parecidas. No sirve para presupuestar una obra distinta del promedio: una con mucha estructura, instalaciones complicadas o terminaciones especiales cuesta mucho más por metro que una simple.
Lo que no se ve también se cobra. Contenedores, fletes, andamios, seguros, permisos y el tiempo del constructor para presupuestar, comprar, coordinar y cobrar. En una changa no aparecen porque los pone el constructor sin darse cuenta; en una empresa, son renglones del presupuesto.
Para tu negocio
Si sos constructor o contratista, tomá la última obra que terminaste y dividila en ítems, con la cantidad de cada uno. Al lado de cada ítem anotá lo que gastaste en materiales y en mano de obra, y en otra columna, todo lo que no es material ni mano de obra: contenedores, fletes, andamios, seguros, tus horas. Contestá por escrito: ¿cuánto te costó de verdad esa obra por metro cuadrado, cuánto la cobraste, y qué ítem o qué pedido de último momento te comió la diferencia?
Qué registrar desde hoy
- Los tickets de cada obra, separados por obra, no por semana.
- Los jornales de cada obra y los días trabajados.
- Los contenedores, fletes, andamios y alquileres de cada obra.
- Tus horas en cada obra, incluidas las de comprar, coordinar y cobrar.
- Lo que el cliente pide de palabra con la obra empezada, y lo que le cobraste.
La enseñanza
El precio por metro cuadrado esconde lo que cada obra tiene adentro; una galería con parrilla no es un dormitorio, y lo que el cliente pide ya que estás cuesta lo que cuesta, no lo que se le ocurre al constructor en la vereda.
Lo que sigue
El capítulo 2 sigue la primera obra de Horacio como constructor independiente, un techo nuevo para una casa del barrio Las Glorias, de punta a punta: el cómputo, el corralón, la cuadrilla, la losa y una tormenta un jueves a las cuatro de la tarde con la losa recién hormigonada.