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Libro 9 · Capítulo 2Parte I · Las changas del sábado 11 min de lecturaPor Nova

El techo y la tormenta del jueves

La primera obra de Horacio como constructor: cambiar el techo de chapa de la casa de los Aranda por una losa. Cómputo, corralón, cuadrilla, encofrado, hierros y un camión de hormigón un jueves a la mañana. A las cuatro de la tarde, con la losa recién hormigonada y el techo viejo sacado, se larga una tormenta. Libro 9, capítulo 2.

Libro 9 · Parte I · Capítulo 2. Anterior: El capataz de los sábados. Índice del libro: Ya que estás.

La casa de los Aranda tenía cuarenta años y un techo de chapa sobre tirantes de madera que llovía en tres lugares. Norberto Aranda era jubilado ferroviario y su mujer, Stella, cosía para afuera en el comedor; vivían a seis cuadras de los Villegas, en el barrio Las Glorias, y habían visto la galería de los Rufino en el asado de la inauguración. Querían una losa: sesenta metros cuadrados de techo de hormigón, con su aislación, su membrana y una pendiente para que el agua se fuera a la calle.

Era la primera obra de Horacio como constructor independiente, y la primera que presupuestó con la planilla de Cecilia Lamberti.

Le llevó tres tardes. Midió la casa dos veces, con una cinta de cincuenta metros y Celestino Ayala sosteniendo la otra punta. Celestino era oficial albañil, tenía cincuenta y ocho años, había trabajado treinta con Horacio en Lamberti y había renunciado una semana después que él, sin que nadie se lo pidiera, porque, dijo, a mi edad no me acostumbro a otro capataz. Con las medidas, Horacio cargó en la planilla cada ítem: sacar el techo viejo, reforzar las paredes perimetrales con una viga de encadenado, encofrar, armar el hierro, hormigonar, curar, desencofrar, aislar, impermeabilizar, revocar el cielorraso, pintar. Al lado, los rendimientos de Lamberti, los precios del corralón y los jornales de su cuadrilla. Abajo, lo que la planilla tenía y él nunca había cobrado: contenedores, fletes, puntales alquilados, el seguro de los muchachos, sus horas, los imprevistos, el beneficio.

El número le dio once mil ochocientos dólares. A tanto el metro, como cobraba los sábados, habría dicho siete mil. Se lo dijo a Norberto en la cocina, con la planilla impresa, ítem por ítem. Norberto miró las dos hojas un rato largo y le hizo una sola pregunta: cuántos días iban a estar sin techo. Horacio dijo que uno, el del hormigonado, y que iban a tapar todo con nylon.

Norberto firmó y pagó el anticipo del treinta por ciento el mismo día.


La obra empezó un lunes de mayo.

El lunes a las siete, Horacio fue al Corralón El Hornero, en la salida norte, donde compraba desde los diecisiete años. Don Soria, el dueño, un hombre de setenta años con un lápiz detrás de la oreja, leyó la lista de materiales que salía de la planilla y la corrigió en dos renglones: el hierro del diámetro que pedía Horacio estaba en falta, le ofrecía el siguiente a un precio parecido; y las bolsas de cemento de esa marca habían subido el viernes. Le dio treinta días para pagar, porque lo conocía, y le mandó la primera entrega en el camión a las diez.

El lunes y el martes, Celestino y dos ayudantes reforzaron las paredes con la viga de encadenado. El miércoles sacaron el techo viejo, chapa por chapa, tirante por tirante, y los tiraron en el contenedor. A las once de la mañana, la casa de los Aranda estaba a cielo abierto. Stella había llevado la máquina de coser y la ropa al dormitorio de atrás, que tenía su propio techo, y había tapado los muebles del comedor y del living con nylon, como le había pedido Horacio. A las cinco de la tarde, el encofrado estaba armado: tablas, puntales cada setenta centímetros, el fondo de fenólico que Horacio alquilaba por día a un depósito del barrio de talleres. El miércoles a la noche, a la luz de un reflector colgado de un puntal, Celestino y Horacio ataron el hierro. Barra por barra, cruce por cruce, con el alambre recocido y la tenaza, de rodillas sobre el fenólico. A las once, Norberto les llevó un termo de café y se quedó un rato mirando desde la escalera, sin hablar, como se mira trabajar a alguien que sabe. Celestino le explicó, sin que se lo preguntara, para qué servía cada hierro: los de abajo para que la losa no se doblara, los de arriba sobre las paredes para que no se partiera en los apoyos, los separadores de plástico para que el hormigón los envolviera. Norberto, que había sido ferroviario cuarenta años, dijo que era como un puente chico. Celestino dijo que sí, que era exactamente eso.

El jueves a las ocho llegó el camión de hormigón elaborado de la planta de la ruta, con la bomba. Seis metros cúbicos. En una hora y media, el hormigón estaba en su lugar, vibrado y nivelado con la regla. Celestino pasó la llana por última vez a las diez y media y se quedó un rato mirando la losa, gris y brillante, con la satisfacción de los treinta años.

Horacio miró el cielo. Estaba nublado. El pronóstico de la radio, a la mañana, había dicho inestable, con probabilidad de lluvias aisladas hacia la noche.


A las cuatro de la tarde se largó.

No fueron lluvias aisladas. Fue una tormenta de verano adelantada, con viento del sur, que en veinte minutos tiró ciento diez milímetros sobre el barrio Las Glorias. Horacio y Celestino estaban en el corralón comprando la membrana. Volvieron en la camioneta bajo un agua que no dejaba ver la calle.

El nylon que cubría la losa se había volado de una punta. La lluvia había lavado la superficie del hormigón fresco en un rincón de tres metros por dos: el agua se había llevado la lechada y había dejado la piedra a la vista, como una playa después de la marea. Y por el borde de la losa, donde el encofrado no estaba sellado contra la pared vieja, el agua había entrado a la casa. En el living, el nylon de los muebles había aguantado. En el comedor, no del todo: la mesa de Stella, con dos cortes de tela encima, y el colchón de un sillón cama que nadie se acordó de tapar estaban empapados.

Stella no se enojó. Norberto tampoco. Eso fue lo peor.

Stella levantó los dos cortes de tela mojados de la mesa y los extendió sobre el respaldo de dos sillas, en la cocina, al lado de la estufa. Eran de una clienta, una señora del centro que le había encargado un vestido para el casamiento de su hija, y la tela era una seda estampada que la clienta había comprado en la capital. Stella la miró un rato largo, con los labios apretados, y después dijo, más para sí misma que para Horacio, que iba a llamar a la clienta para explicarle.

—La llamo yo —dijo Horacio—. Y la tela la pago yo.

—Ya pasó, Horacio —dijo Norberto, secando la mesa con un trapo—. Son cosas de la obra.

Horacio no durmió esa noche.


Al día siguiente, con la losa todavía blanda, Cecilia Lamberti vino a verla a pedido de Horacio, en su hora de almuerzo. Revisó el rincón lavado con la punta de un destornillador, golpeó el hormigón con el mango, miró el resto de la losa.

—La estructura está bien —dijo—. Lo que se lavó es la superficie. Le hacés una carpeta de reparación en ese rincón antes de la aislación y queda igual. Lo que no está bien es lo otro.

—¿Qué otro?

—Hormigonaste un jueves con pronóstico de lluvia, con la casa abierta y sin un plan si llovía —dijo Cecilia, sin dureza—. En Lamberti eso lo decidía yo, mirando tres pronósticos el día anterior. Ahora lo decidís vos.

Horacio pagó la carpeta de reparación, cuatro bolsas de cemento y un día de Celestino. Pagó el colchón nuevo del sillón cama. Pagó la limpieza de los cortes de tela de Stella, que una tintorería del centro salvó a medias. Pagó la pintura del cielorraso del comedor, que había quedado manchado. Seiscientos ochenta dólares. La losa, el resto de la obra, la aislación y la membrana se terminaron en tres semanas más, sin otra lluvia.

La clienta de Stella, cuando Horacio la llamó, le dijo que la seda tenía arreglo, que la tintorería del centro hacía milagros, y que no se preocupara. Horacio pagó la tintorería igual, y una tela nueva por si el milagro no salía. No salió del todo.

En la entrega, Norberto subió a la terraza nueva por una escalera de aluminio, caminó la losa de punta a punta y se asomó a la calle por el borde.

—Nunca tuve terraza —dijo—. Ahora el agua se va sola.

El techo de los Aranda dejó, al final, un beneficio de novecientos cuarenta dólares sobre los once mil ochocientos. Sin la tormenta, habrían sido mil seiscientos veinte. Horacio lo anotó en un cuaderno nuevo, de tapas duras, que compró para la empresa que todavía no tenía nombre. En la primera página escribió: Antes de hormigonar. Y abajo, cinco renglones.

Mirar tres pronósticos el día anterior. Si hay lluvia, no se hormigona. Lonas pesadas, no nylon, atadas, listas en la obra antes de abrir un techo. La casa del cliente se protege como si fuera la obra: sellar bordes, sacar lo que se pueda mojar. Un día de lluvia es un día que la cuadrilla cobra igual: va al presupuesto.

Lo que Nova vio

La primera obra de Horacio está bien hecha. La losa es buena, la viga de encadenado está donde tiene que estar, el hierro está bien atado. Lo que falla es lo que en Lamberti hacía otro: decidir el día del hormigonado mirando el cielo, y pensar la obra como algo que pasa adentro de la casa de una familia. Horacio, capataz de edificios, nunca había trabajado en una obra donde alguien vivía.

Lo que me interesa es el son cosas de la obra de Norberto, y que Horacio no duerma esa noche. Un cliente que no se enoja no quiere decir que no pasó nada. Quiere decir que el constructor tiene que hacerse cargo solo, y que la próxima vez el cliente va a preguntar qué pasa si llueve. Horacio paga todo lo que se mojó sin discutir, y hace bien: es lo que separa a un constructor de alguien que hizo una changa.

También me importa la conversación con Don Soria en el corralón. El hierro que falta, el cemento que subió el viernes, los treinta días de plazo porque lo conoce. En una obra, el presupuesto se arma con precios de un día y se compra con los de otro, y el proveedor de toda la vida es, además de quien vende, quien avisa.

La tela de Stella merece un párrafo. No era de Stella: era de una clienta de ella. Una obra en una casa toca la vida de quienes viven ahí y también la de quienes dependen de ellos, y Horacio lo entiende en el momento en que dice la llamo yo, y la tela la pago yo. Es la diferencia entre un constructor que repara lo que rompió y uno que, además, da la cara por lo que su obra le hizo a otro. Esa llamada le costó plata y le ganó un cliente para siempre.

Y los cinco renglones del cuaderno son la primera versión de lo que después va a ser el plan de obra de la empresa: qué se decide antes de cada etapa crítica, qué tiene que estar en la obra antes de abrir un techo, cómo se protege lo del cliente y qué se presupuesta aunque no sea trabajo, como los días de lluvia.

Lo que hay que saber

El proveedor de toda la vida. En una obra chica, el corralón no solo vende: avisa que falta un hierro, que el cemento subió, que hay otro producto parecido; da plazo a quien conoce y manda el camión a la hora que hace falta. Esa relación es parte del costo y del plazo de la obra. Conviene que sea con más de un proveedor para lo importante, y que los precios del día del presupuesto queden escritos para compararlos con los del día de la compra.

Una obra de punta a punta. Medición y cómputo; presupuesto por ítems; firma y anticipo; compras y acopio de materiales; preparación de la obra (contenedor, obrador, protección de lo existente); etapas de trabajo en orden (demolición, estructura, cerramientos, instalaciones, terminaciones); controles en cada etapa crítica; limpieza; entrega con el cliente; garantía. Cada etapa tiene sus materiales, su cuadrilla, su tiempo y sus riesgos. Cómo se convierte un trabajo en una orden con su recorrido por etapas y responsables está en la guía de la Escuela sobre órdenes de trabajo y rutas, pensada para talleres y fábricas pero con la misma lógica.

Figura 1. El techo de los Aranda, día por día.
Figura 1. El techo de los Aranda, día por día.

Las etapas críticas. Hay momentos de una obra que no tienen vuelta atrás: el hormigonado de una losa, el día en que se abre un techo, el corte del agua o del gas. Antes de cada uno se revisa una lista: clima, materiales en obra, cuadrilla completa, protección de lo que puede dañarse, plan si algo sale mal. Esa lista la decide una persona, con su nombre.

El clima es un costo. Los días de lluvia se pagan aunque no se trabaje, las tareas al aire libre se atrasan y algunas se arruinan. Un presupuesto de obra lleva una previsión de días perdidos según la época del año, y un plan de obra deja las etapas críticas para los días con mejor pronóstico.

Figura 2. El beneficio del techo de los Aranda, con la tormenta y sin ella.
Figura 2. El beneficio del techo de los Aranda, con la tormenta y sin ella.

La casa del cliente es parte de la obra. En una reforma o un cambio de techo, la obra pasa adentro de un lugar donde alguien vive. Protegerlo, sellar, sacar lo que puede mojarse o romperse y acordar con la familia qué habitaciones se usan, es tan parte del trabajo como el hormigón.

Para tu negocio

Si sos constructor o contratista, tomá tu próxima etapa crítica (un hormigonado, una apertura de techo, un corte de servicios) y escribí antes, en una hoja, todo lo que tiene que estar listo y qué vas a hacer si algo sale mal. Mirá el pronóstico de tres fuentes el día anterior. Contestá por escrito: ¿quién decide en tu empresa si una etapa crítica se hace o se posterga, cuántos días de lluvia pagaste el último año, y en qué presupuesto los cobraste?

Qué registrar desde hoy

  • El plan de cada obra, con las etapas críticas marcadas.
  • La lista de control antes de cada etapa crítica, firmada por quien decide.
  • Los días de lluvia o de obra parada, con lo que costaron.
  • Los daños a la casa del cliente, con lo que costó repararlos.
  • Los precios del corralón el día del presupuesto y el día de la compra.

La enseñanza

Una obra no se hace solo con hormigón y con buena mano: se hace con un plan que mira el cielo antes de abrir un techo y que trata la casa del cliente como parte de la obra; lo que se moja por no haberlo pensado lo paga el constructor, aunque el cliente diga que son cosas de la obra.

Lo que sigue

En el capítulo 3, el baño de la señora Benavídez: un precio cerrado sin picar una pared, y lo que apareció al romper.

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