El plomero que no vino
Un martes de junio, en una ampliación de la zona oeste, el plomero no llega. La cuadrilla no puede cerrar las paredes sin los caños, espera dos días y cobra los jornales igual. El plomero estaba en la obra de otro constructor, que le paga los viernes. Horacio escribe, por primera vez, un acuerdo con alguien que no es su empleado. Libro 9, capítulo 6.
Libro 9 · Parte II · Capítulo 6. Anterior: El último pago. Índice del libro: Ya que estás.
El Ruso Kowalski era el mejor plomero de Villa Aurora, y todos los constructores de la ciudad lo sabían. Tenía cincuenta y dos años, una camioneta blanca con una escalera atada al techo, un ayudante que era su sobrino y un teléfono que sonaba cada diez minutos. Hacía las instalaciones de agua, de cloaca y de desagües pluviales con una prolijidad que Horacio había visto en pocos: los caños derechos, las uniones limpias, las pruebas de presión hechas antes de tapar, con el manómetro a la vista para que el cliente lo viera.
Horacio lo llamaba para todas sus obras desde el primer año. El Ruso cobraba por boca, tanto por cada punto de agua o de desagüe, y venía cuando podía. Nunca habían escrito nada. Se daban la mano en la obra, el Ruso miraba los planos de Renata, decía el número y cuándo podía venir.
Un martes de junio del segundo año, en una ampliación de la zona oeste, una cocina y un baño nuevos en una casa de los años noventa, el Ruso tenía que llegar a las ocho. La cuadrilla de Celestino había levantado las paredes la semana anterior y las había dejado sin revocar, con las canaletas abiertas para los caños. El plan era el de siempre: el Ruso ponía los caños el martes y el miércoles, hacía la prueba de presión el jueves, y el viernes la cuadrilla empezaba a cerrar las canaletas y a revocar.
A las nueve, el Ruso no había llegado. A las diez, no atendía el teléfono. A las once atendió el sobrino, que dijo que estaban en otra obra, en el barrio del lago, y que el Ruso iba a la tarde.
No fue a la tarde. No fue el miércoles. Fue el jueves a las cuatro, con una disculpa amable y sin explicación, y puso los caños en dos horas, tan derechos y tan prolijos como siempre, como si no hubiera pasado nada.
Durante dos días y medio, la cuadrilla de Celestino estuvo en la obra sin poder hacer lo que tenía que hacer. Celestino los puso a hacer lo que se podía: limpiar el terreno, ordenar el material, adelantar el contrapiso de la galería, que no estaba en el plan de esa semana. Eran cuatro personas. Cobraron sus jornales completos, como correspondía. Horacio hizo la cuenta esa noche, en el galpón, con Mauro: dos días y medio de cuatro personas, y una semana de atraso en la obra, que la clienta, una profesora de inglés que vivía en la casa con dos hijas adolescentes, tenía que soportar con la cocina desarmada y un anafe en el living.
—Ochocientos dólares de jornales sin avanzar —dijo Mauro—. Y la semana de atraso, que no sé cuánto vale, pero vale.
Esa misma tarde, Horacio había ido a ver a la clienta para explicarle el atraso. La encontró en el living, corrigiendo exámenes en una mesa plegable al lado del anafe, con una olla de fideos haciéndose a dos metros de los cuadernos. No le reprochó nada. Le preguntó, con mucha educación, si el plomero iba a venir esa semana o la otra, porque sus hijas tenían que bañarse en lo de una vecina. Horacio no supo qué contestarle. Le dijo que esa semana, y se dio cuenta, mientras lo decía, de que no dependía de él.
—El Ruso es el mejor —dijo Horacio esa noche en el galpón.
—El Ruso es el mejor para el que le paga primero —dijo Celestino, que había entrado al galpón a buscar una amoladora y se quedó en la puerta.
Horacio lo miró.
—El que tenía en el barrio del lago es Gamboa, el de las casas de dos plantas —siguió Celestino—. Le paga los viernes, en efectivo, lo que hizo esa semana. Nosotros le pagamos cuando el cliente nos paga el certificado. A veces un mes después.
Horacio no lo sabía. Nunca le había preguntado al Ruso cómo le pagaban los otros.
El viernes, Horacio fue a ver al Ruso a su casa, en el barrio ferroviario, a las siete de la tarde. El Ruso lo recibió en el patio, con una cerveza y una disculpa más larga que la del jueves.
—No te voy a mentir, Horacio. Tengo trabajo para tres plomeros y soy uno. Voy donde me necesitan más y donde me pagan antes. Gamboa me paga los viernes. Vos me pagás cuando te pagan.
—¿Y si te pago los viernes?
El Ruso dejó la cerveza en el piso.
—Si me pagás los viernes, y me decís con una semana de anticipación qué día te hago falta, y ese día la obra está lista para que yo trabaje, sin que tenga que esperar que terminen una pared, voy primero a lo tuyo. Siempre.
Hablaron dos horas. El Ruso le contó cosas que Horacio nunca había mirado desde el otro lado. Que muchas veces llegaba a una obra y las canaletas no estaban hechas, o estaban mal hechas, y perdía la mañana. Que algunos constructores le discutían el número de bocas al final, porque no habían contado bien al principio. Que nadie le pedía que garantizara su trabajo por escrito, pero todos lo llamaban cuando algo goteaba dos años después, y él iba, sin cobrar, porque era su nombre.
—Escribámoslo —dijo Horacio.
El Ruso se rió.
—Treinta años de plomero y nadie me hizo firmar nada.
El acuerdo lo escribieron Horacio y Mauro el lunes, en una carilla, y el Ruso lo leyó el martes en la obra, sentado en un balde dado vuelta, con los anteojos en la frente. Tenía siete puntos.
El trabajo de cada obra, con las bocas contadas en el plano por Renata y aprobadas por el Ruso antes de empezar, y un precio por boca escrito para todo el año, que se ajustaba en enero. Si aparecían bocas nuevas, se contaban y se agregaban, con el mismo precio, firmadas por los dos.
La fecha de entrada en cada obra, avisada con una semana de anticipación y confirmada cuarenta y ocho horas antes por Mauro, con una promesa del lado de Horacio: ese día, la obra estaba lista para el plomero. Canaletas hechas, pases en las losas, material en obra.
El pago, los viernes, por lo que el Ruso había hecho esa semana, medido por Celestino. No cuando pagaba el cliente.
Si el Ruso no llegaba en la fecha confirmada sin avisar con veinticuatro horas, Horacio podía llamar a otro plomero para esa obra. Si el atraso era de Villegas Construcciones, porque la obra no estaba lista, Horacio le pagaba al Ruso la mañana perdida.
Los materiales los compraba Villegas Construcciones en El Hornero, con la lista del Ruso, para que los precios fueran los mismos que en el presupuesto.
El Ruso tenía su propio seguro de accidentes y el de su sobrino, al día, con una copia en la carpeta de cada obra.
Y su trabajo tenía una garantía escrita de dos años. Si algo goteaba, iba. Como siempre. Pero ahora estaba escrito, y el cliente lo sabía.
El Ruso firmó con una birome que le pidió a Celestino, apoyando la hoja en la rodilla. Después dijo una cosa que Horacio anotó esa noche en el cuaderno de tapas duras.
—El papel no me obliga a venir. Me obliga el viernes.
Lo que Horacio aprendió con el Ruso lo extendió en las semanas siguientes a los otros gremios, y a cada uno le llevó una conversación distinta.
Con Fito Bustos, el electricista, que tenía treinta años y trabajaba solo, el acuerdo fue casi igual. Fito pidió una sola cosa más: que los planos de electricidad estuvieran marcados en la obra con tiza en las paredes antes de que él llegara, porque perdía horas buscando dónde iba cada toma.
Con Abel Sanabria, el gasista, el acuerdo tuvo un punto que los otros no tenían. Abel era matriculado: firmaba los planos de gas y hacía los trámites con la empresa de gas para la habilitación, que en Villa Aurora tardaban entre un mes y tres. Si la habilitación se atrasaba, la casa se entregaba sin gas. El acuerdo con Abel decía cuándo presentaba los papeles en cada obra, y Mauro lo anotaba en el calendario.
Y Horacio hizo algo que el Ruso le sugirió sin decirlo: buscó un segundo plomero. Un muchacho de veintiocho años, que había sido ayudante del Ruso cinco años y se había independizado. El Ruso, cuando se enteró, no se ofendió.
—Mejor —dijo—. Así cuando no puedo, no me odian.
Desde entonces, Villegas Construcciones tuvo dos de cada gremio: dos plomeros, dos electricistas, el gasista y uno de reemplazo para las urgencias. Mauro armó una lista con el teléfono de cada uno, sus precios, sus acuerdos firmados y sus seguros al día. La llamó los gremios, y la pegó en el galpón, al lado del mapa de Nélida.
En los seis meses siguientes, Celestino anotó, en una planilla que le dio Mauro, cada día que su cuadrilla esperó a un gremio sin poder avanzar. En el semestre anterior, que reconstruyeron con la memoria de Celestino y las libretas de Horacio, habían sido catorce días. En los seis meses con los acuerdos, fueron tres: dos por una lluvia que demoró al Ruso en otra obra, avisada con un día de anticipación, y uno por un error de Villegas, una pared que no estaba lista, que le pagaron a Fito como decía el acuerdo.
Pagar a los gremios los viernes tuvo un costo. Villegas Construcciones tenía que poner esa plata antes de cobrar los certificados, como con los jornales. Mauro lo agregó a la hoja de cada obra, y el anticipo de los presupuestos siguientes creció un poco para cubrirlo. Los clientes lo pagaron sin preguntar, porque las obras empezaron a terminarse a tiempo.
El Ruso, en diciembre, le regaló a Horacio una llave de caño que había sido de su padre, con el mango gastado.
—Para que no te olvides de que el viernes existe —le dijo.
Lo que Nova vio
Lo que le pasa a Horacio con el Ruso es lo que les pasa a todas las constructoras chicas con los gremios: dependen de gente que no es suya, que trabaja para todos y que elige. Durante dos años, Horacio creyó que el Ruso venía porque eran amigos. El Ruso venía cuando no tenía algo mejor, y lo mejor era el que le pagaba los viernes.
Me interesa mucho la conversación en el patio del Ruso, porque Horacio hace lo que pocos hacen: pregunta cómo se ve su empresa desde el otro lado. Y se entera de tres cosas que no sabía: que lo que decide a un gremio es cuándo cobra, que a veces el atraso es del constructor y no del gremio, y que el gremio garantiza su trabajo con su nombre aunque nadie se lo pida. El acuerdo que escriben después recoge las tres.
La frase del Ruso, el papel no me obliga a venir, me obliga el viernes, es la más honesta del capítulo. Un acuerdo escrito con un subcontratista no funciona por la firma: funciona porque las dos partes cumplen lo suyo. El viernes de Horacio y la obra lista son su parte; venir en la fecha confirmada es la del Ruso.
Y la decisión de tener dos de cada gremio, que el Ruso aprueba con una frase, es la que convierte un problema de personas en un sistema. Ningún acuerdo hace que un plomero pueda estar en dos obras a la vez.
Lo que hay que saber
Los gremios y la cuadrilla parada. En una obra, muchas tareas dependen de otras: no se revoca sin caños, no se hace el contrapiso sin desagües, no se cierra un cielorraso sin cables. Cuando un gremio no llega, la cuadrilla espera y cobra igual. Cada día de cuadrilla parada es un costo que no aparece en ningún presupuesto y un atraso que el cliente vive en su casa. Cómo se eligen y se evalúan los proveedores, y por qué no conviene depender de uno solo, está en la guía de la Escuela sobre compras y proveedores.
El subcontrato escrito. Una carilla con: el trabajo medido antes de empezar y su precio unitario; cómo se agregan los trabajos nuevos; la fecha de entrada avisada y confirmada; lo que el constructor promete tener listo; cuándo y cómo se paga; qué pasa si uno de los dos falla; quién compra los materiales; el seguro del subcontratista al día; la garantía del trabajo. No obliga a nadie a venir; ordena lo que cada uno espera del otro. Por qué escribir quién hace qué, quién decide y quién responde es lo que permite crecer, está en la guía sobre procesos y roles.
Pagar rápido a quien es escaso. Los buenos gremios tienen más trabajo del que pueden hacer y eligen. La forma más eficaz de que elijan una obra no es la amistad ni el precio: es pagar a tiempo lo que hicieron y tener la obra lista cuando llegan. Pagar antes de cobrar al cliente tiene un costo financiero que se agrega al anticipo y al presupuesto.
Los seguros y las matrículas. Las reglas sobre seguros de accidentes, responsabilidad del constructor por el personal de los subcontratistas y matrículas de los gremios (gas, electricidad) varían según el país y la ciudad. Lo que no varía es que conviene tener una copia al día en la carpeta de cada obra.
Para tu negocio
Si sos constructor o contratista, hacé una lista de los gremios que trabajan en tus obras y anotá, para cada uno, cómo y cuándo le pagás, si tenés algo escrito con él, y cuántos días el último semestre tu cuadrilla esperó porque no llegó. Si podés, preguntale a uno cómo te ve desde su lado. Contestá por escrito: ¿cuánto te costaron los días de cuadrilla parada, de cuántos gremios tenés un solo nombre, y qué pondrías en una carilla para el más importante?
Qué registrar desde hoy
- Los días de cuadrilla esperando a un gremio, con la causa.
- Un acuerdo escrito con cada gremio: trabajo, precio, fecha, pago, seguro y garantía.
- La fecha de entrada de cada gremio en cada obra, avisada y confirmada.
- Lo que el constructor tiene que tener listo antes de que llegue cada gremio.
- Dos nombres para cada oficio que la obra no puede esperar.
La enseñanza
Un gremio bueno trabaja para todos y elige; no lo retiene la amistad ni el papel, sino el viernes en que cobra y la obra lista cuando llega, y una constructora que tiene un solo nombre para cada oficio tiene su obra en manos de otro.
Lo que sigue
En el capítulo 7, el calendario de una constructora: las lluvias del otoño que se pagan sin trabajar, el calor de enero, la primavera en que todos quieren empezar y diciembre, cuando todos quieren terminar antes de las fiestas.