← Ya que estás
Libro 9 · Capítulo 7Parte II · Villegas Construcciones 11 min de lecturaPor Nova

Los días que se pagan sin trabajar

En el otoño del segundo año llueve diecinueve días en dos meses. Villegas Construcciones tiene tres obras con la estructura a cielo abierto y nueve personas que cobran igual. Celestino se acuerda de una costumbre de Lamberti: tener siempre una obra bajo techo para los días de lluvia. Y Horacio descubre que enero y diciembre también tienen su clima. Libro 9, capítulo 7.

Libro 9 · Parte II · Capítulo 7. Anterior: El plomero que no vino. Índice del libro: Ya que estás.

El diecisiete de abril del segundo año llovió desde las cinco de la mañana. Horacio lo escuchó en la chapa del galpón del fondo, se levantó, miró por la ventana de la cocina la luz gris sobre las casas de Las Glorias y llamó a Celestino.

—No vengan —le dijo—. Avisale a los muchachos.

Era el tercer día de lluvia de la semana. Villegas Construcciones tenía tres obras en marcha: una casa en la zona oeste con la estructura de hormigón a medio levantar, una ampliación en el barrio del lago con el techo abierto y una galería con un quincho en Las Glorias que todavía no tenía columnas. Las tres eran trabajo de afuera. Con lluvia, en ninguna se podía hacer nada que no fuera tapar y esperar.

Las nueve personas que trabajaban con Horacio cobraban por día, como se usaba en la construcción, pero el convenio y la costumbre de Villa Aurora decían que los días de lluvia, si el constructor los mandaba a la casa, se pagaban igual. Horacio los pagaba. Lo había hecho siempre, como capataz y como dueño, sin pensarlo, porque una cuadrilla que no cobra los días de lluvia es una cuadrilla que en mayo se va con otro.

Ese otoño llovió diecinueve días entre el primero de abril y el treinta y uno de mayo. Diecinueve días de nueve personas que cobraron sin trabajar. Mauro hizo la cuenta a fin de mayo, con la planilla de jornales.

—Once mil cien dólares —dijo—. Es lo que ganamos en las dos últimas obras chicas juntas.


Esa noche, en el galpón, frente al mapa de Nélida y la lista de los gremios, Horacio se sentó con Mauro, Renata y Celestino, que se quedaba después de hora cuando algo lo preocupaba.

—En Lamberti también llovía —dijo Celestino, sin que nadie le preguntara—. Y no mandábamos a nadie a la casa.

Horacio lo miró. Era verdad, y nunca se había preguntado por qué.

—Siempre había una obra bajo techo —siguió Celestino—. Un edificio con la estructura terminada, con los departamentos cerrados, donde se podía revocar adentro, hacer contrapisos, colocar cerámicos, pasar caños. Cuando llovía, la cuadrilla que estaba en una losa se iba a esa obra. El viejo Lamberti la llamaba la obra de los días de lluvia. Siempre había una.

—Nosotros no tenemos edificios —dijo Renata.

—No —dijo Celestino—. Pero tenemos obras. Si todas están en la estructura al mismo tiempo, cuando llueve no tenemos adónde ir. Si una está en la parte de adentro, sí.

Mauro sacó una hoja y la dividió en columnas, una por obra, y en renglones fue anotando en qué etapa estaba cada una, semana por semana, desde marzo. Las tres obras habían arrancado en marzo, una detrás de otra, porque así habían firmado los clientes. Las tres estaban en estructura en abril y mayo. Las tres iban a estar en terminaciones, bajo techo, en julio y agosto, cuando casi no llovía.

—Las ordenamos al revés del clima —dijo Mauro.


Lo segundo que hizo Mauro fue buscar el clima. En la estación meteorológica del aeródromo de Villa Aurora, que publicaba los datos en internet, había diez años de lluvias, día por día. Mauro los bajó a una planilla un domingo, y el lunes le mostró a Horacio un dibujo con doce barras: los días de lluvia promedio de cada mes, en diez años.

Abril y mayo eran los más altos, con ocho o nueve días cada uno. Octubre y noviembre, con tormentas fuertes pero cortas, seis. Julio y agosto, los más secos, con dos o tres. Enero, con mucho calor y lluvias de tarde, cinco.

—Lo que pasó este otoño no fue mala suerte —dijo Mauro—. Fue abril.

Al lado del dibujo de las lluvias, Mauro puso otro, que nadie le había pedido: los meses en que los clientes de Villegas Construcciones habían querido empezar sus obras en los dos años. Marzo, después de las vacaciones. Septiembre y octubre, con la primavera. Y los meses en que habían querido terminar: diciembre, siempre diciembre, porque querían pasar las fiestas en la casa nueva o con la ampliación terminada.

—Todos quieren empezar en marzo, cuando después llueve —dijo Renata—. Y todos quieren terminar en diciembre, cuando estamos con todo.


Lo que cambiaron en el calendario de Villegas Construcciones llevó un invierno de discusiones, la mayor parte con los clientes.

Lo primero fue el orden de las obras. Ninguna obra con trabajo de afuera importante, excavación, estructura, techos, empezaba en marzo si se podía evitar. Si un cliente quería empezar en marzo, Horacio le explicaba los diecinueve días de lluvia con el dibujo de Mauro y le ofrecía dos caminos: empezar en marzo con un plazo que tenía en cuenta las lluvias, o empezar en junio y tener la estructura lista antes de la primavera. La mitad elegía junio. La otra mitad firmaba un plazo más largo, sabiendo por qué.

La primera conversación así fue con una pareja joven que había comprado un lote en la zona oeste y quería una casa de noventa metros. Querían empezar en marzo, porque el alquiler del departamento les vencía en diciembre. Horacio les mostró el dibujo de Mauro en la mesa de la cocina de los Villegas, las doce barras de las lluvias, y les explicó qué pasaba con una estructura en abril. La chica, que era contadora, miró el dibujo un rato largo y preguntó cuántos días de lluvia había calculado Horacio para su obra. Horacio le dijo siete. Ella preguntó qué pasaba si llovían doce. Horacio le dijo que el plazo se corría cinco días y que los jornales los pagaba él, porque los había calculado. La chica le dijo a su novio que era la primera vez que alguien le explicaba un plazo de obra con una cuenta, y firmaron empezando en marzo.

Lo segundo fue la obra de los días de lluvia. Mauro y Renata ordenaron las obras de modo que siempre hubiera al menos una con trabajo bajo techo: una casa con la estructura cerrada, una reforma interior, un baño, una cocina. Cuando llovía, Celestino mandaba a esa obra a la cuadrilla que estaba afuera. No siempre había trabajo para todos, pero casi siempre había trabajo para la mitad.

Lo tercero fue el presupuesto. Cada presupuesto de obra con trabajo de afuera llevó desde entonces un renglón que se llamaba días de lluvia previstos, calculado con el dibujo de Mauro según el mes en que se hacía la estructura: más en otoño, menos en invierno. Si llovía menos, la diferencia quedaba como beneficio. Si llovía más, ya no era una sorpresa.

Lo cuarto fue enero. En los dos primeros años, Horacio había trabajado todos los eneros, porque había clientes que querían avanzar y porque no sabía decirles que no. Enero en Villa Aurora tenía cuarenta grados a la sombra, y una losa de hormigón al sol de las tres de la tarde era un horno. Celestino había tenido un golpe de calor el enero anterior. Desde el tercer año, Villegas Construcciones cerraba las tres primeras semanas de enero, todos juntos, y lo decía en cada contrato, en un renglón al lado del plazo: la obra se detiene del 2 al 22 de enero. Los que trabajaban en la empresa sabían sus vacaciones desde el primer día del año.

Y lo quinto fue diciembre. Horacio dejó de prometer entregas para la segunda quincena de diciembre. Prometía noviembre, si se podía, o febrero. La primera vez que se lo dijo a un cliente, un matrimonio que quería pasar la Navidad en su ampliación, el marido se enojó y le dijo que otro constructor le prometía el veinte de diciembre. Horacio le dijo que entonces fuera con el otro, que él no prometía lo que no podía cumplir. El matrimonio firmó con Villegas Construcciones una semana después, con entrega el treinta de noviembre. Entregaron el veintiocho, con la casa limpia.


El otoño del tercer año llovió diecisiete días. Villegas Construcciones tenía cinco obras. Dos estaban en estructura, porque sus clientes habían elegido empezar en marzo con el plazo largo. Tres estaban en la parte de adentro: una casa con la losa terminada en febrero, una reforma completa de un departamento y una cocina. Cuando llovía, Celestino mandaba a la cuadrilla de afuera a la casa de la losa, a hacer contrapisos y a pasar caños con el Ruso.

La primera vez fue un martes de abril, a las seis y media de la mañana. Celestino miró el cielo desde la puerta de su casa, llamó a los cuatro muchachos de la estructura y les dijo que no fueran a la obra de la zona oeste, que pasaba a buscarlos con la camioneta para ir a la casa de la losa. Uno de ellos, el más joven, le preguntó si ese día cobraban igual. Celestino le dijo que sí, y que además trabajaban. El muchacho se rió y dijo que en la empresa de antes, los días de lluvia eran los mejores del mes. Celestino le contestó que en esta empresa iban a ser los más tranquilos, que no era lo mismo.

Mauro hizo la cuenta a fin de mayo. Días de cuadrilla pagados sin trabajar: cuatro. Dos mil trescientos dólares, contra los once mil cien del año anterior. Y en los presupuestos de las dos obras de estructura, el renglón de días de lluvia previstos había calculado seis días por cada una. Llovieron cuatro. La diferencia quedó en la obra.

El dos de enero del cuarto año, por primera vez en la historia de la empresa, el galpón del fondo estuvo cerrado tres semanas. Horacio y Nélida se fueron a la costa, a una casa que alquiló una amiga de ella. Celestino se fue a su pueblo, en el norte. El Ruso le mandó a Horacio una foto desde un río, con una caña de pescar, y un mensaje: el viernes existe, pero en enero no.

Lo que Nova vio

Lo que le pasa a Horacio en el otoño del segundo año parece mala suerte, y no lo es: es abril. Diez años de datos de un aeródromo dicen que abril y mayo son los meses de más lluvia en Villa Aurora, y Villegas Construcciones había puesto las tres obras en estructura justo en esos meses, porque así habían querido empezar los clientes. Los once mil cien dólares de días pagados sin trabajar no los causó la lluvia: los causó el orden de las obras.

Me interesa mucho la obra de los días de lluvia, la costumbre del viejo Lamberti que Celestino trae de memoria. Es una idea muy simple que cambia la forma de pensar las obras: no como proyectos independientes, cada uno con su calendario, sino como un conjunto donde siempre tiene que haber un lugar adonde ir cuando el clima cierra los demás. Una constructora con cinco obras no tiene cinco calendarios; tiene uno.

El renglón de días de lluvia previstos convierte una sorpresa en un costo conocido. No es un recargo para el cliente: es la cuenta honesta de lo que una estructura en otoño cuesta en jornales sin trabajo. Y cuando llueve menos, la diferencia es del constructor, que asumió el riesgo.

La pareja de la zona oeste, que elige empezar en marzo con siete días de lluvia calculados, muestra otra cosa: el cliente no necesita que el constructor le prometa que no va a llover. Necesita saber qué pasa si llueve, y quién lo paga.

Y las decisiones sobre enero y diciembre son de las que cuestan decir. Cerrar tres semanas en verano y no prometer entregas en la segunda quincena de diciembre significa perder algún cliente que quiere lo imposible. El matrimonio de la Navidad, que vuelve una semana después, muestra que muchas veces el cliente prefiere una fecha cierta a una fecha linda.

Lo que hay que saber

El calendario de una constructora. Las lluvias (con meses que se repiten año tras año en cada ciudad), el calor y el frío (que cambian los tiempos del hormigón y el ritmo de la gente), las vacaciones colectivas del verano, los meses en que los clientes quieren empezar y los meses en que quieren terminar. Cada lugar tiene el suyo, y se puede conocer con datos públicos del clima y con la historia de las propias obras.

Figura 1. Días de lluvia promedio por mes en Villa Aurora, diez años, y los meses en que los clientes quisieron empezar.
Figura 1. Días de lluvia promedio por mes en Villa Aurora, diez años, y los meses en que los clientes quisieron empezar.

Ordenar las obras por clima. Las tareas de afuera (excavación, estructura, techos, revoques exteriores) se planifican en los meses más secos; las de adentro (instalaciones, revoques interiores, contrapisos, pisos, terminaciones), en los más lluviosos. Con varias obras a la vez, siempre conviene tener una con trabajo bajo techo para mandar a la gente los días de lluvia. Cómo se arma el presupuesto de un año y se controla mes a mes contra lo que pasó está en la guía de la Escuela sobre presupuesto y control.

Figura 2. El otoño del segundo año y el del tercero en Villegas Construcciones.
Figura 2. El otoño del segundo año y el del tercero en Villegas Construcciones.

Los días perdidos en el presupuesto. Una previsión de días de lluvia según la época en que se hace cada etapa, con su costo en jornales, convierte un riesgo que todos conocen en un renglón que todos ven. Si sobra, es beneficio del constructor; si falta, ya no es una sorpresa.

Las fechas que se prometen. El plazo de una obra se promete con el calendario en la mano: las lluvias de la época, las vacaciones de enero, la temporada en que todos los gremios están ocupados. Una fecha cierta en noviembre vale más que una linda en diciembre que no se cumple.

Para tu negocio

Si sos constructor o contratista, buscá los datos de lluvia de tu ciudad de los últimos años y dibujá los días de lluvia por mes. Al lado, marcá en qué etapa estaba cada una de tus obras el año pasado, mes por mes. Contestá por escrito: ¿cuántos días pagaste sin trabajar el año pasado, en qué meses, cuántas de tus obras estaban afuera cuando llovía, y qué obra podría haber sido tu obra de los días de lluvia?

Qué registrar desde hoy

  • Los días de lluvia de cada mes, de una fuente pública, y los de cada obra.
  • Los días de cuadrilla pagados sin trabajar, por obra y por mes.
  • La etapa de cada obra, semana por semana, en un solo calendario de todas las obras.
  • Los días de lluvia previstos en cada presupuesto y los que hubo de verdad.
  • Las vacaciones de enero, escritas en cada contrato.

La enseñanza

En la construcción, la lluvia no es mala suerte: tiene meses, y se puede ver en diez años de datos; quien ordena sus obras al revés del clima paga los días que llueve, y quien tiene siempre una obra bajo techo los paga trabajando.

Lo que sigue

En el capítulo 8, la casa de los Echenique: la primera casa entera que Villegas Construcciones construye desde el terreno, catorce meses de obra, una pareja encantadora y cuarenta y siete veces la misma frase: ya que estás.

¿Tenés una constructora o hacés obras y reformas?

Contale a Alex qué obras hacés, cómo presupuestás y dónde se te va la plata, y te dice qué medir primero y cuánto cuesta un sistema para una constructora como la tuya. Gratis y sin registrarte.

Hablar con Alex

O escribinos a hola@iaplace.com