El último pago
Villegas Construcciones toma su primera casa grande: terminar la de los doctores Ferreira, que otro constructor dejó a medias. El anticipo se va en tres semanas de materiales, los pagos por etapas llegan cuando los doctores tienen tiempo, Horacio paga los jornales de los viernes con sus ahorros, y el último diez por ciento queda atado a una lista de treinta y un detalles. Libro 9, capítulo 5.
Libro 9 · Parte II · Capítulo 5. Anterior: Las recomendaciones del corralón. Índice del libro: Ya que estás.
La casa de los doctores Ferreira estaba en un lote de esquina del barrio nuevo de la zona oeste, con la estructura de hormigón terminada, las paredes de la planta baja levantadas hasta la mitad y un cerco de chapa con un candado que alguien había roto. Adentro había bolsas de cal endurecidas por la lluvia, un montón de ladrillos que se había desarmado, una hormigonera sin motor y un baño químico volcado.
Gabriel Ferreira era cardiólogo y su mujer, Leonor, pediatra. Habían pagado tres certificados al constructor de Salvatierra, y el constructor se había ido a una obra más grande en otra ciudad sin avisar. Los dos trabajaban doce horas por día y tenían dos hijos chicos que dormían en el departamento alquilado del centro, en el mismo cuarto, hasta que la casa estuviera.
—Queremos que la termine —le dijo Gabriel a Horacio, en el lote, con el ambo puesto debajo de la campera—. Y queremos saber cuándo.
Horacio y Renata la computaron en dos semanas: todo lo que faltaba, de la mampostería de la planta alta a las terminaciones, ítem por ítem, con la planilla de Cecilia Lamberti y los precios del Corralón El Hornero. Noventa y seis mil dólares. Ocho meses. Renata, que se había recibido de arquitecta en diciembre, firmó como directora de obra, que era lo que pedía la municipalidad, y fue la primera vez que su nombre aparecía en un papel de la empresa.
El contrato lo escribió Horacio copiando un modelo que le pasó Cecilia, con los pagos como los hacía Lamberti con los clientes particulares: un anticipo del treinta por ciento a la firma, tres pagos del veinte por ciento al terminar cada etapa (mampostería y techo de la planta alta, instalaciones y revoques, terminaciones), y un saldo del diez por ciento a la entrega.
Los Ferreira firmaron en marzo del segundo año, en la mesa de la cocina de los Villegas, entre dos turnos de guardia. Pagaron el anticipo esa misma semana: veintiocho mil ochocientos dólares.
El anticipo duró tres semanas.
Horacio compró en El Hornero todo lo de la primera etapa de una vez, para tenerlo en obra: los ladrillos de la planta alta, el hierro y el hormigón de la losa del techo, las aberturas que había que encargar con dos meses de anticipación, porque la carpintería del barrio de talleres no trabajaba sin seña. Don Soria le dio treinta días por la mitad y cobró el resto en el momento. Pagó el contenedor, el cerco nuevo, el obrador, el baño químico. Y pagó, todos los viernes, los jornales de las ocho personas que ya trabajaban con él: Celestino, cinco oficiales y ayudantes, y dos muchachos más que tomó para la casa. Dos mil seiscientos dólares por semana.
En abril, Mauro Pereyra empezó a trabajar en Villegas Construcciones. Tenía treinta y un años, había estudiado administración de empresas sin terminar la carrera y había trabajado seis años en la oficina de un estudio de agrimensura. Horacio lo contrató porque Renata, que ya dirigía las obras, no podía seguir haciendo las facturas, los pagos y las cuentas de noche, y porque Nélida, que corregía los cuadernos de sus alumnos en la misma mesa del comedor, le había dicho una noche que alguien en esa empresa tenía que mirar la plata de día.
Lo primero que hizo Mauro fue lo que había aprendido a hacer en la agrimensura con cada trabajo: una hoja por obra, con lo que entraba y lo que salía, semana por semana, en su fecha real.
La hoja de la casa de los Ferreira, en la tercera semana de mayo, tenía una línea que bajaba.
—Les pagamos a Don Soria, a la carpintería, a los muchachos —dijo Mauro, con la hoja impresa en la mano, en el galpón del fondo, delante del mapa de Nélida—. Los Ferreira nos pagaron el anticipo y nada más. Hoy la obra de ellos tiene veintidós mil dólares puestos por nosotros.
—Les toca el primer pago cuando terminemos la planta alta —dijo Horacio.
—La planta alta está terminada desde el jueves.
Horacio llamó a Gabriel Ferreira el viernes. Gabriel le dijo que esa semana tenía guardias, que la pasaba a ver el domingo con Leonor. El domingo no fueron: había nacido un bebé con un problema y Leonor estaba en la clínica. El martes siguiente fueron a la obra a las nueve de la noche, con linternas, y Gabriel subió a la planta alta, miró las paredes, el techo, la losa, y le dijo a Horacio que estaba muy bien, pero que la ventana del dormitorio de los chicos le parecía más chica que en el plano.
Horacio sacó el plano de la camioneta. La ventana estaba como en el plano.
—Entonces el plano estaba mal —dijo Gabriel, sin enojo, cansado—. ¿Se puede agrandar?
Se podía. Era un adicional. Horacio lo anotó en la libreta del bolsillo de la camisa, con su precio, como se había prometido después del baño de Ofelia. Gabriel dijo que sí, que lo hiciera. Y dijo que el pago de la etapa lo hacía el lunes.
Lo hizo el miércoles de la semana siguiente. Diecinueve mil doscientos dólares, quince días después de terminada la etapa. Para entonces, Horacio había pagado dos viernes de jornales con sus ahorros, los que había juntado en veinte años de Lamberti para cambiar la camioneta.
La segunda etapa fue igual. La tercera, peor: había que definir qué era terminaciones, y los Ferreira, que entraban a la obra de noche con linternas dos veces por mes, encontraban cada vez algo que no estaba terminado. Un zócalo. Una puerta que rozaba. Un enchufe torcido.
La casa se entregó en noviembre, con un mes de atraso por las lluvias de otoño. Los Ferreira se mudaron un sábado, con sus dos hijos y un camión de mudanzas, y Leonor lloró en la cocina nueva, como había llorado Ofelia Benavídez en su baño. Gabriel le dio a Horacio un abrazo largo y le dijo que les había salvado el año.
El último pago, el diez por ciento, nueve mil seiscientos dólares, no llegó.
Llegó, en cambio, una semana después, un correo de Gabriel con una lista. Treinta y un renglones. Detalles para terminar antes del pago final. Algunos eran reales: una mancha de humedad en un rincón del lavadero, una canilla que goteaba, una puerta del placard que no cerraba bien. Otros eran nuevos: un estante en el lavadero, un toma corriente más en el dormitorio de los chicos, la reja de la ventana del frente, que nunca había estado en el presupuesto, ya que tienen al herrero.
Horacio leyó la lista en el galpón, delante del mapa de Nélida, y le pasó el teléfono a Mauro sin decir nada.
—De los treinta y uno, doce son de la obra —dijo Mauro media hora después, con la lista impresa y marcada en tres colores—. Diecinueve son cosas nuevas. Y el último pago es el que tiene adentro nuestra ganancia.
Mauro había hecho la cuenta de la casa con su hoja. La obra había costado ochenta y siete mil dólares. Se habían cobrado ochenta y seis mil cuatrocientos. Lo que faltaba cobrar era el último pago y los adicionales anotados en la libreta: la ventana agrandada y cuatro cosas más, dos mil cien dólares que los Ferreira no habían firmado en ningún lado. La ganancia de la casa de los Ferreira, ocho meses de trabajo de ocho personas, estaba entera en esos nueve mil seiscientos.
Los doce detalles de la obra se hicieron en dos semanas. De los diecinueve nuevos, Horacio hizo seis, los más chicos, sin cobrar. Los otros trece se los presupuestó a Gabriel, con su precio. Gabriel aceptó cinco. El último pago llegó en marzo del tercer año, cuatro meses después de la entrega, con un descuento que Gabriel pidió por el atraso de la obra y que Horacio aceptó para terminar. Los adicionales de la libreta se cobraron a medias.
En marzo, Mauro le mostró a Horacio la hoja completa de la casa de los Ferreira, con una línea que subía y bajaba durante doce meses. Durante siete de esos doce meses, la línea había estado por debajo de cero: Villegas Construcciones había puesto plata en la casa de los Ferreira. En el peor momento, treinta y un mil dólares.
—Le prestamos a los Ferreira treinta y un mil dólares —dijo Mauro—. Sin interés. Y nos pagaron el último pago con descuento.
Lo que cambiaron para las obras siguientes lo escribieron entre Mauro, Renata y Horacio, en una hoja que pasó a ser parte de cada contrato.
Los pagos dejaron de ser por etapas con nombres que cada uno entendía distinto. Pasaron a ser certificados cada quince días, por el avance medido de cada ítem del presupuesto: si de los doscientos metros de revoque se habían hecho ochenta, se certificaba el cuarenta por ciento del ítem. Renata medía y firmaba; el cliente tenía cinco días para mirarlo y pagar.
El anticipo pasó a calcularse con lo que había que comprar para el primer mes de obra, no con un porcentaje fijo: los materiales que había que acopiar, las aberturas con seña, el obrador. En la casa de los Ferreira, habría sido el cuarenta y dos por ciento, no el treinta.
El saldo final quedó atado a una cosa concreta: la recepción provisoria, un acta de una carilla que firmaban el cliente y Renata en la obra terminada, con la lista de detalles de la obra y una fecha para cada uno. Lo que no estaba en esa lista no era un detalle: era un adicional, con su precio. Cuando los detalles se terminaban, se pagaba el saldo.
Y los adicionales de la libreta del bolsillo, que habían terminado cobrándose a medias, Horacio los miró un rato largo en la hoja de Mauro. Dos mil cien dólares anotados, mil ochenta cobrados. La libreta servía para acordarse. No servía para cobrar.
Lo que Nova vio
La casa de los Ferreira es una buena obra con un cliente bueno, y aun así Villegas Construcciones le presta treinta y un mil dólares durante siete meses. No por mala fe: porque los médicos trabajan doce horas y van a la obra con linternas dos veces por mes, y porque el contrato decía al terminar cada etapa, y nadie había escrito qué quería decir terminar. Mientras tanto, los viernes llegaban todas las semanas.
Lo que me interesa es la forma de la línea de la hoja de Mauro. En una obra, lo que se gasta se adelanta: los materiales se compran antes, las aberturas se señan con meses, los jornales se pagan todas las semanas. Lo que se cobra llega después, por etapas, y lo último que llega es la ganancia. Un constructor que no lo ve se encuentra financiando la casa de su cliente con los ahorros de su camioneta.
La lista de treinta y un detalles es la escena más típica del rubro. Doce son de la obra; diecinueve son nuevos. El último pago se vuelve rehén de cosas que no estaban en el presupuesto, porque es lo único que el cliente todavía tiene en la mano. La solución que encuentran es la del oficio: un acta de recepción provisoria con su lista, firmada en la obra, que separa lo que es detalle de lo que es adicional.
Y la libreta del bolsillo de la camisa tiene, por fin, su número: dos mil cien dólares anotados, mil ochenta cobrados. Anotar no alcanza. El capítulo 8 cuenta qué pasa cuando ni siquiera se anota.
Lo que hay que saber
La plata de una obra. Los costos de una obra se adelantan (materiales para acopiar, señas de aberturas, obrador, jornales semanales) y los cobros llegan después (certificados o etapas, y un saldo al final). La diferencia la pone alguien: el constructor, el corralón o el cliente, según cómo esté escrito el contrato. Una hoja por obra, con cada pago y cada cobro el día en que de verdad ocurren, muestra cuánto pone el constructor y durante cuánto tiempo. El caso de la empresa con ganancia y sin efectivo, contado con otros rubros, lo desarrolla la guía de la Escuela sobre flujo de caja; cómo se proyecta la caja de las próximas semanas con todas las obras juntas, en tesorería y flujo de caja proyectado.
Certificar por avance medido. En lugar de etapas con nombres que cada uno interpreta, se certifica cada quince días o cada mes lo que se hizo de cada ítem del presupuesto, medido en la obra. El cliente sabe qué paga, el constructor cobra lo que hizo, y nadie discute si una etapa terminó.
El anticipo según el primer mes. El anticipo no es un porcentaje de costumbre: es lo que hay que comprar y pagar antes de que llegue el primer certificado. Si la obra empieza acopiando materiales y señando aberturas, el anticipo tiene que cubrirlo.
La recepción provisoria. Al terminar la obra, el cliente y el constructor la recorren juntos y firman un acta con la lista de detalles por corregir, cada uno con su fecha. El saldo final se paga cuando la lista se termina. Lo que no está en el acta no es un detalle: es un pedido nuevo, con su precio. Las reglas sobre recepciones, garantías y responsabilidad por la obra varían según el país; conviene conocerlas antes de firmar el contrato.
Para tu negocio
Si sos constructor o contratista, tomá tu obra más grande del último año y armá una hoja con lo que pagaste y lo que cobraste, semana por semana, en su fecha real. Marcá el momento en que tuviste más plata puesta y cuánto tardó en llegar el último pago. Contestá por escrito: ¿cuánto financiaste de esa obra y durante cuánto tiempo, qué decía tu contrato sobre cuándo terminaba cada etapa, y qué tenía adentro el último pago?
Qué registrar desde hoy
- Una hoja por obra con lo que entra y sale cada semana, en su fecha real.
- El avance medido de cada ítem, cada quince días, firmado por quien mide.
- El anticipo calculado con las compras del primer mes de obra.
- El acta de recepción provisoria con la lista de detalles y sus fechas.
- Los días entre cada certificado y su pago, y entre la entrega y el saldo final.
La enseñanza
En una obra, lo que se gasta se adelanta y lo que se cobra llega después, con la ganancia al final; quien firma pagos por etapas sin decir qué es terminar y deja el último pago sin un acta, termina prestándole la casa a su cliente y cobrando la ganancia con descuento.
Lo que sigue
El capítulo 6 cuenta la gente alrededor de una obra: el plomero que no vino un martes y dejó a toda la cuadrilla parada, los gremios que trabajan para todos los constructores de Villa Aurora, y el primer acuerdo escrito de Horacio con alguien que no era su empleado.