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Libro 9 · Capítulo 12Parte III · El corralón viejo 15 min de lecturaPor Nova

Fotos en el grupo de la obra

Una mancha de humedad en el dormitorio de una casa entregada hace dos años. El plano dice que detrás de esa pared pasa el caño del agua caliente; Celestino se acuerda de que el plomero lo movió. La prueba es una foto con una cinta métrica, perdida entre tres mil ochocientos mensajes del grupo de una obra que ya nadie mira. Libro 9, capítulo 12.

Libro 9 · Parte III · Capítulo 12. Anterior: La primavera de las siete obras. Índice del libro: Ya que estás.

Celestino sacaba fotos desde el baño de Ofelia Benavídez. No lo había decidido nadie. Después de aquel baño, cuando Horacio empezó a hacer picados de prueba y a mostrarles a los clientes lo que aparecía al romper, Celestino se acostumbró a fotografiar con su teléfono cada pared abierta, cada caño, cada caja de luz, antes de que el revoque los tapara. Ponía una cinta métrica desplegada contra la pared, desde el piso o desde el marco de una puerta, para que en la foto se viera dónde estaba cada cosa. Lo había aprendido de un plomero viejo de Lamberti, que decía que una pared cerrada era una caja con un secreto adentro.

Desde el tercer año, cada obra de Villegas Construcciones tenía un grupo en el teléfono: el cliente, el encargado, Horacio, Renata y, según la etapa, el plomero o el electricista. A los clientes les encantaba. Veían crecer su casa desde la oficina, a la hora del almuerzo, con las fotos que mandaba el encargado al final de cada día. Celestino mandaba las suyas al grupo: las de la obra, que eran para el cliente, y las de los caños con la cinta métrica, que eran para nadie en particular, porque nadie se las había pedido.

Cuando una obra se entregaba, el grupo se quedaba quieto. Nadie lo borraba. Nadie volvía a abrirlo.


En marzo del sexto año llamó Agustina Olmedo.

Era la contadora de la pareja joven del tercer año, la que había mirado el dibujo de las lluvias de Mauro y le había preguntado a Horacio qué pasaba si llovían doce días en lugar de siete. La casa, de noventa metros en la zona oeste, se había entregado en el cuarto año, con cuatro días de atraso que Horacio había pagado como había prometido. Agustina y su novio, Rodrigo, le habían mandado una foto con la llave en la mano el día de la mudanza.

—Tenemos una mancha de humedad en el dormitorio —dijo Agustina—. En la pared que da al baño. Empezó chiquita en el invierno y ahora es así de grande. Rodrigo dice que es un caño.

Ulises fue a verla esa misma tarde. La mancha estaba a media altura, en una esquina de la pared del dormitorio que daba al baño, con el revoque hinchado y la pintura descascarada. Tenía la forma de un mapa, y olía a humedad vieja.

En el plano de instalaciones de la carpeta de la obra, por esa pared pasaba el caño del agua caliente que iba a la ducha. Si era el caño, era un vicio oculto, responsabilidad de Villegas Construcciones durante años, como en casi todos los países: había que romper la pared del dormitorio y, del otro lado, los cerámicos del baño, encontrar la pérdida, cambiar el tramo de caño, volver a cerrar, revocar, pintar y revestir. Ulises hizo la cuenta en la camioneta: unos dos mil ochocientos dólares, y una semana con Agustina y Rodrigo durmiendo en el living.

Ulises se lo contó a Celestino a la mañana siguiente, en el corralón. Celestino se quedó pensando.

—En esa casa el Ruso movió el caño —dijo—. El placard del dormitorio iba en esa pared, y el Ruso no quería que pasara agua caliente detrás de la ropa. Lo llevó por la otra pared, la del pasillo. Me acuerdo porque discutimos.

—¿Está en el plano?

—En el plano no. Lo hablamos en la obra.

—¿Y cómo sabemos?

—Le saqué foto. Le saco foto a todo.


Las fotos de la casa de los Olmedo estaban en el teléfono de Celestino. Pero Celestino había cambiado de teléfono en el invierno del quinto año, cuando el viejo se le cayó en un balde de mezcla, y el teléfono nuevo no tenía nada de antes. Las fotos estaban también en el grupo de la obra, y el grupo estaba en los teléfonos de Horacio, de Renata, de Celestino y de los Olmedo.

En el de Horacio, el teléfono había borrado solo las fotos de más de un año para hacer lugar. En el de Renata, el grupo estaba entero.

Renata se sentó esa noche en la cocina de Las Glorias, con un mate y el teléfono, y empezó a subir por el grupo de la casa de los Olmedo. Tres mil ochocientos mensajes en once meses de obra. Fotos de la losa, de la familia de Rodrigo visitando la casa un domingo, de una perra que se había metido en el obrador, de las aberturas llegando en el camión, del asado del techo. Avisos de los gremios, preguntas de las Olmedo, audios de Celestino. Doscientas doce fotos en total.

A las once y cuarto de la noche encontró las del baño. Cuatro fotos, de un martes de agosto del tercer año, con la cinta métrica amarilla de Celestino apoyada en el piso. En la pared del dormitorio no había ningún caño. El agua caliente subía por la pared del pasillo, a cuarenta centímetros del marco de la puerta del baño, y doblaba hacia la ducha por arriba del cielorraso. Tal como había dicho Celestino.

—No es el caño —le dijo Renata a su padre, a la mañana siguiente, con el teléfono en la mano—. Es otra cosa.

Ulises volvió a la casa con la foto y subió al techo. En la esquina del dormitorio, justo encima de la mancha, la babeta de chapa que sellaba el encuentro entre el techo y la pared más alta del baño estaba despegada en un tramo de treinta centímetros. Cada lluvia fuerte, el agua bajaba por adentro de la pared hasta la mitad y salía en el dormitorio. La babeta era de Villegas Construcciones, y estaba mal sellada. Era un vicio, y era de ellos. Pero se arreglaba desde afuera, en un día, sin tocar el dormitorio: seiscientos cincuenta dólares, con la pintura de la mancha cuando secara.

La foto con la cinta métrica, que nadie le había pedido a Celestino, ahorró dos mil ciento cincuenta dólares y una semana de los Olmedo durmiendo en el living. Y una pared rota buscando un caño que no estaba ahí.


Ese mismo mes llegó otro reclamo, y no tuvo foto.

Leonor Ferreira llamó por una mancha en el techo del garaje de la casa que Villegas Construcciones había terminado en el segundo año, la de los doctores. Era la casa que otro constructor había dejado a medias, y la parte del garaje la había hecho el primero, no Villegas; pero las instalaciones del piso de arriba, el baño de los chicos, las había hecho el Ruso para Villegas. Celestino había sacado fotos en esa casa, como en todas, pero con el teléfono que se le cayó en el balde, y la obra de los Ferreira no había tenido grupo, porque los grupos empezaron un año después. El plano de instalaciones era el del primer constructor, con las correcciones dibujadas a mano por Renata en una copia que se había perdido.

Para saber de dónde venía el agua, hubo que romper dos metros de cielorraso del garaje. Venía de un desagüe del baño de arriba. Pero el desagüe que perdía no era el que había puesto el Ruso: era uno nuevo, de una reforma que los Ferreira habían hecho el año anterior con otra empresa, para agregar una bañera. Leonor no se acordaba de eso o no lo quiso decir, y Villegas Construcciones no tenía cómo probar qué caño era suyo y cuál no. Horacio pagó la mitad de la reparación, mil doscientos dólares, para no discutir con una clienta que le había mandado a dos amigas.

Mauro puso los dos reclamos uno al lado del otro en una planilla. Uno con foto: seiscientos cincuenta dólares y un día. Otro sin foto: mil doscientos dólares que no eran de ellos, más dos metros de cielorraso roto.


La conversación que siguió fue el viernes, en la oficina de atrás del corralón, con Celestino, Ulises, Isidro, Renata, Mauro y Horacio.

Lo primero que dijo Horacio fue algo que nadie esperaba.

—Celestino, gracias.

Celestino se rió, incómodo, y dijo que solo sacaba fotos.

—Sacabas fotos para nadie —dijo Renata—. Ahora van a ser para todos. Pero no pueden vivir en el grupo.

Lo que Renata había visto subiendo tres mil ochocientos mensajes era que el grupo de la obra era un buen lugar para avisar y un mal lugar para guardar. Las fotos importantes estaban mezcladas con las de la perra del obrador. Los teléfonos se cambiaban, se caían en baldes, se borraban solos para hacer lugar. El grupo era de la obra mientras duraba la obra; después, no era de nadie. Y la empresa respondía por lo que había detrás de cada pared durante años después de la entrega.

Lo que decidieron tuvo tres partes.

La primera fue la costumbre de Celestino, convertida en regla de todas las obras, con un nombre que puso Isidro: las fotos de lo que se tapa. Antes de cerrar cualquier pared, piso o cielorraso con algo adentro, el encargado fotografía cada instalación con la cinta métrica desplegada desde una referencia que no se va a mover: el piso terminado, el marco de una puerta, una esquina. Una foto general de la pared y una de cerca de cada cosa. Y el mismo día, las fotos se suben a la carpeta digital de la obra, en una carpeta por ambiente y por pared: baño de arriba, pared del pasillo, con la fecha. Al grupo se puede mandar una para el cliente. La que vale es la de la carpeta.

La segunda fue de Renata, y fue lo que más trabajo le dio: el plano conforme a obra. Al terminar cada obra, Renata dibujaba el plano de instalaciones como había quedado de verdad, no como se había proyectado: cada caño, cada desagüe, cada caja, con sus medidas, sacadas de las fotos de lo que se tapa. El caño del agua caliente de los Olmedo, por la pared del pasillo, a cuarenta centímetros del marco. Una copia del plano iba en el acta de recepción, para el cliente, con una hoja que explicaba qué era y por qué convenía guardarlo: si algún día querían colgar un cuadro pesado, poner un estante o hacer una reforma, sabían dónde no perforar. La otra copia quedaba en la carpeta de la obra, en la oficina, para siempre.

La primera vez que Renata le entregó a un cliente su plano conforme a obra, una casa en el barrio del lago, el cliente lo miró un rato largo y dijo que nunca un constructor le había dado algo así. Lo enmarcó y lo colgó en el lavadero, al lado del tablero de luz.

La tercera fue de Mauro. Una planilla de reclamos de garantía: la fecha, la obra, qué reclamaba el cliente, qué era de verdad, de quién era la responsabilidad, cuánto costó arreglarlo y si había foto. La planilla servía para ver, al cabo de un año, qué se rompía más y en qué obras, y para eso alcanzaba. Pero Mauro se dio cuenta pronto de que la planilla no podía tener adentro las fotos ni el plano, que estaban en la carpeta digital, ni las órdenes de adicional, que estaban en el talonario, ni lo decidido, que estaba en la carpeta de papel de cada obra. Cada cosa estaba bien guardada. Cada una estaba en otro lado.


Las carpetas digitales crecieron rápido. En el primer año con las fotos de lo que se tapa, las obras de Villegas Construcciones subieron unas nueve mil fotos. Isidro, que era el más ordenado de los encargados, las nombraba bien. Celestino no: subía las fotos con el nombre que les ponía el teléfono, una fecha y un número, a la carpeta de la obra, pero no siempre a la del ambiente correcto. Renata pasaba un rato cada viernes ordenando las de Celestino, y Celestino le llevaba facturas de la panadería de la esquina para compensar.

En el sexto año llegaron nueve reclamos de garantía de obras de los años cuarto y quinto, todas con fotos de lo que se tapa. El costo promedio de cada reparación fue cuatrocientos ochenta dólares. Mauro buscó los reclamos de los años anteriores, los de antes de las fotos, en sus hojas viejas y en la memoria de todos: el promedio había sido de mil setecientos. La diferencia no estaba en que las obras nuevas se rompieran menos, aunque también se rompían un poco menos. Estaba en que, cuando algo se rompía, se sabía dónde buscar y de quién era.

Dos de los nueve reclamos no eran de Villegas Construcciones. Con la foto y el plano conforme a obra, los clientes lo entendieron en cinco minutos, y uno de ellos, avergonzado, contrató a Villegas para arreglar lo que había roto otro.


En diciembre del sexto año, Mauro le mostró a Horacio y a Renata un papel con una lista, en la oficina de atrás. Eran los lugares donde estaba guardada la información de una sola obra, la casa que se estaba terminando en Las Glorias.

La carpeta de papel en el obrador, con la semana, lo decidido y el plano vigente. La carpeta digital de la oficina, con la copia de la carpeta de papel y las fotos de lo que se tapa. El talonario de órdenes de adicional, con las copias en la carpeta de papel. La hoja de la obra de Mauro, con lo cobrado y lo gastado. La planilla de jornales. El plan de obras de la pared, con las semanas de los gremios. La planilla de cierre por ítem de Renata. El grupo de la obra en el teléfono. La planilla de reclamos de garantía, que todavía no tenía nada de esa obra.

Nueve lugares.

—Cada uno está bien hecho —dijo Mauro—. Pero para contestar una pregunta de un cliente tengo que abrir cuatro.

Horacio miró la lista en silencio. Renata tenía la respuesta, y la había estado pensando desde la noche del mate y los tres mil ochocientos mensajes.

—Necesitamos que la obra viva en un solo lugar.

Lo que Nova vio

Hay empresas que tienen un buen hábito y no lo saben. Villegas Construcciones tenía a Celestino sacando fotos con una cinta métrica desde el primer año, sin que nadie se lo pidiera, y esas fotos no le servían a nadie porque no estaban en ningún lugar que alguien pudiera encontrar. El hábito estaba; faltaba el lugar. Cuando apareció la mancha de los Olmedo, la diferencia entre romper una pared y subir a un techo fue una noche de Renata subiendo por un grupo de tres mil ochocientos mensajes. La siguiente vez podría no haber estado el grupo.

Lo que me interesa del capítulo es lo que le pasa al trabajo de una constructora después de entregado. En casi todos los rubros de esta colección, cuando se cobra el último pago, el trabajo terminó. En la construcción, no: lo que quedó detrás de cada pared es responsabilidad del constructor durante años, y el constructor lo va a tener que demostrar en una casa que ya no es suya, con un cliente que no se acuerda de la reforma que hizo con otro. El reclamo de Leonor Ferreira no era de Villegas, y Villegas pagó la mitad porque no tenía cómo probarlo.

Y fíjense en la lista de Mauro, al final. Nueve lugares para una sola obra, cada uno bien hecho, cada uno inventado para resolver un problema de un capítulo de este libro: la carpeta para la hernia, el talonario para los Echenique, el plan para la primavera, las fotos para la humedad. Es lo que pasa en casi todas las empresas que aprenden de sus errores sin un sistema: cada error deja una herramienta nueva, y al cabo de unos años las herramientas son tantas que buscar en ellas es un trabajo en sí mismo.

Lo que hay que saber

La responsabilidad después de la entrega. El constructor responde por los vicios de la obra, en especial los que no se ven al recibirla, durante un plazo que depende del país y suele ser de años. Para cada reclamo hay que poder saber qué se hizo, dónde y cómo, y separar lo propio de lo que hicieron otros después. Eso se prueba con lo que se guardó durante la obra.

Las fotos de lo que se tapa. Antes de cerrar una pared, un piso o un cielorraso con instalaciones, se fotografía cada cosa con una cinta métrica desde una referencia fija, y la foto se guarda el mismo día en el lugar de la obra, ordenada por ambiente y por pared. Un grupo en el teléfono sirve para avisar; no sirve para guardar, porque es de todos mientras dura la obra y de nadie cuando termina.

Figura 1. Dos reclamos de garantía del mismo mes, uno con foto y otro sin.
Figura 1. Dos reclamos de garantía del mismo mes, uno con foto y otro sin.

El plano conforme a obra. El plano de instalaciones como quedaron de verdad, con medidas, dibujado al terminar la obra con las fotos de lo que se tapa. Una copia es para el cliente, otra para el archivo del constructor.

Una planilla, o un lugar. Una planilla sirve para una lista que una persona mira: los reclamos del año, ordenados. No sirve para que cinco personas encuentren las fotos, el plano, la orden de adicional y lo decidido de una misma obra. Qué hace bien una planilla y dónde empieza a costar más de lo que ahorra lo cuenta, con ejemplos de gente que la usa todos los días, la nota de la Escuela Excel: para qué sirve y para qué no. Por qué cada dato de una obra tiene que vivir en un único lugar, cargado una vez por quien lo produce y que el resto consulta desde ahí, está en la guía sobre la única fuente de verdad.

Figura 2. Los nueve lugares donde vivía la información de una sola obra en el sexto año.
Figura 2. Los nueve lugares donde vivía la información de una sola obra en el sexto año.

Para tu negocio

Si sos constructor o contratista, elegí una obra que entregaste hace dos años y tratá de contestar, sin ir a verla: ¿por qué pared pasa el agua caliente del baño principal y a qué altura? Después, hacé la lista de todos los lugares donde guardás algo de esa obra, en papel, en la computadora y en el teléfono. Contestá por escrito: ¿cuántos reclamos de garantía tuviste el último año, cuántos pudiste probar con una foto o un plano, cuánto te costó cada uno, y en cuántos lugares distintos tuviste que buscar para contestar uno solo?

Qué registrar desde hoy

  • Las fotos de lo que se tapa, con cinta métrica y referencia fija, guardadas el mismo día por obra, ambiente y pared.
  • El plano conforme a obra al terminar cada obra, con una copia para el cliente.
  • Cada reclamo de garantía: fecha, obra, qué era de verdad, de quién era y cuánto costó.
  • Si cada reclamo tenía o no foto y plano, y la diferencia de costo.
  • Los lugares donde se guarda la información de una obra, una vez por año.

La enseñanza

Lo que una constructora deja detrás de una pared sigue siendo suyo durante años; una foto con una cinta métrica y un plano de cómo quedó de verdad, guardados donde cualquiera los encuentre, convierten un reclamo en una visita en lugar de una pared rota.

Lo que sigue

Desde el capítulo 13, la Parte IV: Villegas Construcciones tiene treinta personas, ocho obras y nueve lugares para cada una. Renata busca un sistema en el que la obra viva en un solo lugar, y los encargados lo prueban en el teléfono, en la obra, con las manos llenas de mezcla.

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