← Ya que estás
Libro 9 · Capítulo 11Parte III · El corralón viejo 13 min de lecturaPor Nova

La primavera de las siete obras

Once clientes quieren empezar entre septiembre y octubre del quinto año. Villegas Construcciones firma siete, porque es primavera, porque no llueve y porque en enero vence la opción de compra del corralón. Ladrillos en la vereda equivocada, siete obras esperando a dos plomeros, un camión de hormigón que vuelve lleno y Horacio dormido en un semáforo. Libro 9, capítulo 11.

Libro 9 · Parte III · Capítulo 11. Anterior: Precio unitario. Índice del libro: Ya que estás.

En agosto del quinto año, el teléfono del corralón empezó a sonar como suena todos los agostos en la construcción: la gente que pasó el invierno mirando planos quiere empezar con el primer sol. Mauro anotó los llamados en la planilla de presupuestos, y a fin de mes tenía once clientes con plano, terreno y plata, listos para firmar, que querían empezar entre septiembre y octubre.

Horacio miró la lista en la pared, al lado del mapa de Nélida, y le pareció la mejor noticia en cinco años.

Tenía sus razones, y todas eran buenas. La primera era el clima: después de los diecinueve días de lluvia del segundo año, Villegas Construcciones había aprendido a hacer la estructura en los meses secos, y la primavera era el mejor momento para excavar, levantar y techar. La segunda era el año anterior: en marzo habían dicho que no a dos obras para no tener estructura en otoño, y una de ellas se la había llevado otro constructor. La tercera era el corralón: en enero vencía la opción de compra que les había dado la viuda de Don Amadeo Iriarte, y Mauro había hecho la cuenta de lo que hacía falta tener ahorrado para el día de la escritura.

—Si firmamos siete —dijo Mauro—, en enero compramos el corralón.

Renata hizo una pregunta, una sola, y nadie le contestó.

—¿Y quién las va a llevar?


Villegas Construcciones firmó siete obras entre el veinte de agosto y el treinta de septiembre. Un dúplex de los Galarza en la zona oeste, una casa para la doctora Ruffo con un consultorio adelante, la ampliación de la escuela de danza de la señora Tejeda, dos casas en el barrio del lago, una reforma grande en el centro y una casa chica en Las Glorias, a cuatro cuadras de la casa de los Villegas. Con las dos obras que se estaban terminando, eran nueve.

Celestino tomó tres. Ulises, tres. Horacio, las otras tres, además de todo lo demás. Para las cuadrillas, Horacio agrandó la del subcontratista de mampostería y contrató otra, de un pueblo del norte, que venía en una combi todos los lunes y se volvía los viernes.

La casa chica de Las Glorias no tenía encargado. La llevaba Bautista, un oficial de Celestino de veintiséis años, muy bueno con la cuchara, que nunca había estado a cargo de una obra. Horacio pensó que, al estar a cuatro cuadras de su casa, la iba a ver todas las mañanas antes de salir.

La vio tres veces en dos meses.


Lo primero que se desordenó fueron los materiales.

Mauro pedía los materiales por etapa, con la carpeta de cada obra, y Don Soria los mandaba en los camiones de El Hornero. Con nueve obras, El Hornero llegó a hacer tres entregas por día para Villegas Construcciones. Un martes de octubre, los ladrillos del dúplex de los Galarza llegaron a la casa de la doctora Ruffo, que estaba todavía en la excavación y no tenía a nadie ese día, porque la cuadrilla se había ido a ayudar a la escuela de danza. El chofer los descargó en la vereda. A la mañana siguiente faltaba un tercio. En el dúplex, la cuadrilla de mampostería esperó dos días.

Esa semana pasaron otras dos cosas parecidas: una carga de cemento a la obra que ya tenía, y los caños de una casa del lago a la otra casa del lago, que estaba a seis cuadras y era del mismo color.

—Las pido bien —le dijo Mauro a Horacio, con la planilla de pedidos en la mano—. Pero con nueve obras, cada día hay tres camiones y nadie en el corralón para recibirlos ni en la obra para esperarlos.


Lo segundo fueron los gremios, y fue lo que más costó.

Villegas Construcciones tenía, desde el plomero que no vino, dos de cada gremio con su acuerdo firmado. Dos plomeros podían llevar bien cuatro obras a la vez, cinco con esfuerzo. Las siete obras de la primavera habían empezado casi juntas, en seis semanas, y todas llegaron a la etapa de las instalaciones casi juntas, en tres semanas de noviembre.

El calendario de los gremios que llevaba Mauro lo mostraba con toda claridad, y Mauro lo había visto en septiembre. Pero el calendario estaba hecho obra por obra, una hoja para cada una, y en ninguna hoja había un problema. El problema estaba en la suma de las hojas, y esa hoja nadie la había hecho.

En noviembre y diciembre, las cuadrillas esperaron a un plomero, a un electricista o a un gasista cuarenta y seis días de cuadrilla. Celestino los ponía a hacer lo que se podía, como en el segundo año, pero en una casa con las paredes levantadas y las instalaciones sin hacer, lo que se puede hacer se termina en dos días.


Lo tercero fue la losa de Las Glorias.

La mañana del hormigonado de la casa chica, Horacio estaba en el centro, en la reforma grande, con un problema de una medianera, y le pidió al ingeniero Palacios que fuera él a ver los hierros antes de que llegara el camión. Palacios llegó a las siete y media. El camión de hormigón llegó a las ocho. A las ocho y cinco, Palacios paró el hormigonado.

Los hierros de la losa estaban bien cortados y bien doblados, porque Bautista sabía hacer eso. Pero estaban apoyados directo sobre el encofrado, sin los separadores que los levantan para que el hormigón los cubra por abajo, y en dos vigas faltaban los estribos de los extremos. Nadie se lo había explicado a Bautista, porque nadie le había explicado que la losa era suya.

Palacios llamó a Horacio desde la obra.

—Horacio, esta estructura la firmo yo. Así no la firmo.

El camión volvió a la planta con los seis metros cúbicos adentro, y la planta los cobró igual. La losa se hormigonó una semana después, con los separadores, los estribos y Horacio presente. Entre el hormigón tirado, la bomba, el día de la cuadrilla y la semana de atraso, mil novecientos dólares.


Y lo cuarto fue Horacio.

En octubre y noviembre, Horacio salía de Las Glorias a las seis y volvía a las nueve de la noche. Doce horas en la camioneta y en las obras, con el teléfono sonando como antes de la carpeta, porque con nueve obras las carpetas no alcanzaban a ponerse al día: la reunión de los lunes, que había durado cuarenta y cinco minutos todo el año, empezó a durar dos horas y media, y tres de las nueve hojas de la semana se quedaban sin escribir porque a las nueve y media ya había que estar en las obras.

Un jueves de noviembre, volviendo del barrio del lago a las nueve y diez de la noche, Horacio se durmió en un semáforo de la avenida. Lo despertó la bocina del auto de atrás, con el semáforo en verde. Llegó a su casa, dejó las llaves de la camioneta en la mesa de la cocina y no dijo nada.

Nélida las guardó en el bolsillo de su delantal. Al día siguiente, Renata llevó a su padre a las obras.


En diciembre, los siete clientes quisieron terminar antes de las fiestas, como todos los diciembres. Cuatro de las siete obras se entregaron en febrero. La doctora Ruffo retuvo un certificado durante cuarenta días, hasta que vio el consultorio terminado. La señora Tejeda, que había planeado abrir la ampliación de la escuela de danza con la muestra de fin de año, hizo la muestra en un salón alquilado, y escribió en internet, en la página de Villegas Construcciones, una opinión con tres estrellas: Muy lindo trabajo, pero no cumplen los plazos que prometen.

Mauro hizo la cuenta en enero, en la oficina de atrás, con todas las hojas de las obras.

Cuarenta y seis días de cuadrilla esperando a los gremios: catorce mil setecientos dólares. Materiales en la obra equivocada, robados o vueltos a llevar: dos mil cien. La losa de Las Glorias: mil novecientos. La segunda cuadrilla de afuera, que cobraba más que la propia, y las horas extras de noviembre y diciembre: seis mil cuatrocientos. Veinticinco mil cien dólares. Más los certificados cobrados tarde, que Mauro no supo cómo contar y no contó.

Las siete obras de la primavera, que tenían que comprar el corralón, habían dejado entre todas menos de la mitad del margen presupuestado. La viuda de Iriarte aceptó correr la opción de compra seis meses.


La reunión de enero no fue en la oficina de atrás. Fue en la cocina de Las Glorias, un domingo, porque Nélida dijo que si iban a hablar de cómo seguir, ella quería estar.

Renata llevó una hoja grande, de las que usaba para los planos, y dibujó en ella lo que Mauro no había dibujado en septiembre: todas las obras en un solo calendario, una fila por obra, con sus etapas pintadas de colores semana por semana. Abajo, una fila más para cada recurso que las obras compartían: los encargados, los plomeros, los electricistas, el gasista, las entregas de El Hornero. En noviembre, la fila de los plomeros tenía siete obras encima. La de los encargados, nueve obras para tres personas, y una de esas personas era Horacio.

—Las obras no nos sobraban —dijo Renata—. Nos faltaba gente para llevarlas. Y no albañiles: albañiles conseguimos, los trajimos en una combi. Encargados.

Horacio miró la fila de los encargados un rato largo.

—Celestino tardó treinta años en ser Celestino.

—Ulises tardó uno con vos al lado —dijo Renata—. Bautista no tuvo a nadie al lado.

Lo que decidieron esa tarde lo escribió Nélida, con su letra de maestra, en una hoja que Horacio después pegó en la pared del corralón, al lado del mapa.

Cada encargado lleva dos obras grandes o tres chicas, y ninguna a más de veinticinco kilómetros. Ninguna obra sin encargado.

Todas las obras van en un solo plan, con los recursos que comparten abajo. La fecha de inicio se fija al firmar, no cuando se pueda. Las obras empiezan escalonadas, una cada dos o tres semanas, para que no lleguen juntas a las instalaciones.

Los gremios se reservan al firmar, con las semanas de cada obra en su calendario.

Si una obra no entra en el plan, se le ofrece al cliente la primera fecha en que entra. Si no quiere esperar, se la pierde.

Isidro Maidana trabaja un año al lado de Ulises para ser el tercer encargado.

Isidro era un oficial de veintinueve años de la cuadrilla de Ulises, que había hecho una tecnicatura en construcciones en la escuela nocturna. Bautista pasó a trabajar al lado de Celestino, sin que nadie le dijera nada de la losa, porque la culpa no había sido suya.


La regla más difícil de cumplir fue la cuarta. A Horacio le costaba más decirle a un cliente empezamos en noviembre que poner una losa. Renata le escribió en una tarjeta lo que tenía que decir, y Horacio la llevó en la guantera durante meses:

La puedo empezar el diez de noviembre y entregársela en abril. Si la empiezo ahora, se la empiezo mal, como le empecé mal la suya a la señora Tejeda. Usted elige.

En agosto del sexto año, el teléfono del corralón volvió a sonar como todos los agostos. Doce clientes listos para empezar en primavera. Villegas Construcciones firmó seis con fechas escalonadas entre septiembre y noviembre, con los gremios reservados. Cuatro aceptaron fechas entre noviembre y marzo, dos de ellos con la tarjeta de la guantera leída en voz alta. Dos se fueron con otro constructor.

En noviembre del sexto año, los días de cuadrilla esperando a un gremio fueron seis. Las seis obras de la primavera se entregaron en las fechas del plan, una con nueve días de atraso por un temporal. La reunión de los lunes volvió a durar cuarenta y cinco minutos. Y Horacio volvió a manejar, y llegaba a su casa a las siete.

La señora Tejeda volvió en el séptimo año, para un segundo piso en la escuela de danza. Dijo que una alumna le había contado que Villegas Construcciones ahora entregaba en fecha. Firmó para marzo, con la tarjeta leída.

Lo que Nova vio

Las siete obras de la primavera fueron siete buenas noticias que, sumadas, fueron una mala. Ese es el corazón del capítulo: ninguna obra sola tenía un problema. El calendario de los gremios de cada obra estaba bien; el pedido de materiales de cada obra estaba bien; cada cliente era un buen cliente. El problema estaba en la suma, en la hoja que nadie había hecho porque nadie hacía hojas de todas las obras juntas.

Lo segundo que me interesa es dónde estaba el límite. Horacio pensaba en albañiles, porque es lo que piensa un capataz, y los albañiles se consiguieron: una cuadrilla de afuera en una combi. Lo que no se consigue en una combi es alguien que sepa que una losa lleva separadores y que se haga cargo de que los tenga. En una constructora, la capacidad no la dan las manos; la dan los encargados, que tardan años en formarse. Firmar una obra más que los encargados que hay no es crecer: es dejar una obra sola.

Y lo tercero es la razón de fondo: el corralón. Las siete obras se firmaron, en parte, para pagar una escritura. Cuando una empresa elige cuánto trabajo toma mirando lo que necesita cobrar y no lo que puede hacer, toma de más, y el trabajo de más le cuesta justo la plata que buscaba. La viuda de Iriarte esperó seis meses. Los veinticinco mil dólares no volvieron.

Lo que hay que saber

La capacidad de una constructora. Es cuántas obras puede llevar a la vez sin que ninguna quede sola, y depende del recurso más escaso: casi siempre los encargados, después los gremios. Se calcula con cuántas obras de cada tamaño puede llevar cada encargado, la distancia entre ellas y las semanas en que cada obra necesita a cada gremio. En una fábrica se haría lo mismo con las máquinas: la guía de la Escuela sobre capacidad y programación muestra cómo se calculan las horas de cada recurso y cómo se arma la cola de trabajos sin pasarse, y la de capacidad, programación y cuellos, por qué toda la empresa va a la velocidad de su recurso más escaso y qué se hace para cuidarlo.

Figura 1. Las obras que necesitaban plomero cada semana de la primavera del quinto año.
Figura 1. Las obras que necesitaban plomero cada semana de la primavera del quinto año.

El plan de obras. Un solo calendario con todas las obras y, debajo, cada recurso compartido: encargados, gremios, entregas, equipos. Cada obra nueva se pone en el plan antes de firmar, y la fecha de inicio que se le promete al cliente es la primera en que entra sin que ningún recurso se pase. Las obras escalonadas llegan a las instalaciones de a una.

Decir que no, o decir cuándo. Una obra que no entra en el plan se ofrece con la primera fecha en que entra. Algunos clientes esperan y otros se van. El que se va con otro constructor cuesta un presupuesto; el que se queda con una obra empezada mal cuesta una obra entera y una opinión con tres estrellas.

Figura 2. Lo que costó la primavera del quinto año, y lo que pasó en la del sexto con el plan.
Figura 2. Lo que costó la primavera del quinto año, y lo que pasó en la del sexto con el plan.

Para tu negocio

Si sos constructor o contratista, dibujá en una sola hoja todas tus obras de los próximos seis meses, una fila por obra, con sus etapas semana por semana. Debajo, una fila para cada encargado y para cada gremio que compartan. Contestá por escrito: ¿en qué semana se te juntan más obras sobre el mismo plomero o el mismo encargado, cuántas obras tenés hoy sin alguien que se haga cargo de ellas, cuál fue la última obra que firmaste porque necesitabas la plata y no porque tenías con quién hacerla, y qué le dirías a un cliente al que tenés que ofrecerle empezar en noviembre?

Qué registrar desde hoy

  • Todas las obras en un solo plan, con sus etapas y las semanas de cada gremio.
  • Las obras que lleva cada encargado, con su tamaño y su distancia.
  • La fecha de inicio prometida al firmar, y la real.
  • Los días de cuadrilla esperando a un gremio, por mes y por gremio.
  • Las obras que se ofrecieron con otra fecha: cuántas esperaron y cuántas se fueron.

La enseñanza

Una constructora puede hacer tantas obras como encargados tiene para llevarlas; firmar una más no la agranda, deja una obra sola y cobra en errores lo que se esperaba ganar con ella.

Lo que sigue

En el capítulo 12, cada obra tiene un grupo en el teléfono, con el cliente, el encargado y los gremios, y en el grupo se decide todo. Una casa entregada hace dos años tiene una mancha de humedad en un dormitorio, y la única prueba de lo que hay detrás de esa pared es una foto que nadie encuentra entre cuatro mil mensajes.

¿Tenés una constructora o hacés obras y reformas?

Contale a Alex qué obras hacés, cómo presupuestás y dónde se te va la plata, y te dice qué medir primero y cuánto cuesta un sistema para una constructora como la tuya. Gratis y sin registrarte.

Hablar con Alex

O escribinos a hola@iaplace.com