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Libro 9 · Capítulo 9Parte III · El corralón viejo 14 min de lecturaPor Nova

La carpeta de cada obra

Villegas Construcciones se muda al corralón viejo de Iriarte y tiene seis obras a la vez. Horacio contesta cuarenta y un llamados por día, hasta que una hernia de disco lo deja seis semanas en la cama y las obras descubren que lo que se había hablado con cada cliente estaba en su cabeza. Una carpeta de ochenta hojas que nadie lee y una hoja que todos leen los lunes. Libro 9, capítulo 9.

Libro 9 · Parte III · Capítulo 9. Anterior: La casa de los Echenique. Índice del libro: Ya que estás.

El corralón de Iriarte estaba cerrado desde hacía dos años, desde que murió Don Amadeo Iriarte, en la avenida que salía hacia la zona oeste. Tenía un tinglado de chapa de cuarenta metros de largo, un patio de tierra con lugar para dos obras de acopio, una balanza de camiones que no funcionaba y una oficina con un mostrador de madera donde Don Amadeo había vendido cemento durante cuarenta años. Su viuda se lo alquiló a Horacio en enero del cuarto año, con opción a comprarlo en dos.

Mauro puso su escritorio detrás del mostrador. Renata, el tablero de dibujo y la computadora en la oficina de atrás, que había sido de la contadora del corralón. El mapa de Nélida, con doscientos sesenta alfileres, se colgó en la pared más larga, enfrente de la puerta, y fue lo primero que vio cada cliente que entró desde entonces. Las herramientas, los andamios y las hormigoneras pasaron del galpón del fondo de Las Glorias al tinglado, y los vecinos de los Villegas recuperaron la vereda.

En marzo había seis obras. Diecinueve personas. Celestino estaba a cargo de dos, una casa en la zona oeste y la ampliación de un colegio privado que se hacía en las vacaciones de invierno y los fines de semana. Ulises Arregui, un oficial de treinta y cuatro años que había trabajado en una constructora de la capital y había vuelto a Villa Aurora para estar cerca de sus padres, estaba a cargo de otra, una ampliación en el barrio del lago. Las tres restantes las llevaba Horacio, además de presupuestar, comprar con Mauro, firmar con los clientes y visitar las obras de Celestino y de Ulises.


Mauro contó los llamados una semana de abril, con la factura del teléfono de Horacio y una planilla en la que él mismo anotaba las preguntas que llegaban al corralón para Horacio. Cuarenta y un llamados por día, en promedio. Ocho antes de las siete de la mañana.

Las preguntas eran de cuatro clases, y Mauro las fue separando con colores.

Las de qué va: qué cerámico iba en el baño de arriba de los Montenegro, de qué color era la puerta de entrada de la ampliación del lago, a qué altura iba la mesada de la cocina que había pedido la directora del colegio.

Las de qué se habló: si el cliente había aprobado la reja del frente, si la galería iba con o sin cielorraso, si le habían dicho al de la casa de al lado que la medianera la pagaban a medias.

Las de cuándo: cuándo venía el electricista, cuándo llegaba la carpintería, cuándo había que tener lista la losa para el hormigón.

Y las de cuánto: cuántas bolsas de cemento se pedían para el contrapiso, cuánto se le había cobrado a un cliente por un cambio, cuánto quedaba del anticipo de otra obra.

—De las cuatro clases —le dijo Mauro a Renata—, tu papá es el único que sabe contestar las dos primeras. Las otras dos las sabemos nosotros, pero igual lo llaman a él.

Renata se lo dijo a Horacio esa noche, en la cocina de Las Glorias, mientras él cenaba a las diez con el teléfono al lado del plato.

—Papá, la empresa sos vos. Si mañana no atendés el teléfono, se para todo.

—No se va a parar nada. Celestino sabe hacer una obra mejor que yo.

—Celestino sabe hacer la obra. Lo que no sabe es lo que vos hablaste con el cliente.


Seis semanas después, Horacio no atendió el teléfono.

Fue un martes de mayo, en la obra de los Montenegro, levantando una bolsa de cal que no tenía por qué levantar él. Un dolor en la cintura que le bajó por la pierna izquierda y lo dejó arrodillado en el contrapiso. Hernia de disco. El traumatólogo, un hombre que había operado a medio gremio de la construcción de Villa Aurora, le dijo que treinta años de bolsas tenían ese precio, y lo operó el viernes. Tres semanas en cama. Tres más sin manejar ni subir a un andamio.

Celestino lo fue a ver el sábado a la mañana, con una docena de facturas de la panadería de la esquina del corralón, y se sentó en la silla al lado de la cama.

—Vos quedate tranquilo. Las obras siguen.

Las obras siguieron. Lo que se rompió fue lo que estaba en la cabeza de Horacio.

En la obra de los Montenegro, el electricista colocó las cajas de la cocina según el plano. Pero Horacio había hablado con la señora Montenegro en abril, en una visita, y le había dicho que sí a mover la isla medio metro hacia la ventana, sin cargo, porque era un cambio chico que se hacía antes de los contrapisos. No lo escribió en ninguna orden, porque no costaba nada. Las cajas del piso quedaron donde ya no iba la isla. Dos días para picar, mover y volver a hacer el contrapiso, y una clienta que llamó a Renata para preguntar si alguien en la empresa se acordaba de lo que se hablaba.

En la ampliación del barrio del lago, Ulises pidió los cerámicos del baño según la planilla de Renata. Los Vallejos habían elegido otro modelo una tarde, con Horacio, en la exposición de El Hornero, y Horacio lo había anotado en un papel que estaba en la guantera de la camioneta. Mil cuatrocientos dólares de cerámicos que Don Soria aceptó devolver con un veinte por ciento de recargo, y una semana de espera hasta que llegaron los otros.

En la oficina, Mauro pagó dos veces una seña a la carpintería de las aberturas del colegio. La primera la había pagado Horacio en efectivo, en la obra, un viernes, y el recibo estaba en el bolsillo de una campera.

Y el señor del colegio, el administrador, llamó a Renata para preguntar si el precio incluía la reja del frente. Renata miró el presupuesto: no la incluía. El administrador dijo que Horacio le había dicho que sí. Renata llamó a Horacio, que contestó desde la cama, con la voz pastosa de los calmantes, que sí, que se la había prometido. El presupuesto decía otra cosa. La reja se hizo a costo, para no perder al cliente.

Mauro hizo la cuenta a fin de junio, cuando Horacio volvió al corralón con una faja y un bastón que no quería usar delante de los muchachos. Seis mil setecientos dólares de errores en seis semanas, entre lo rehecho, los recargos, la seña doble que la carpintería tardó un mes en devolver y la reja. Y tres clientes que habían perdido la confianza en que lo que se hablaba con Villegas Construcciones quedaba en algún lado.


La primera solución fue de Renata, y fue grande.

Desde el segundo año, cada obra tenía en la oficina una carpeta con el contrato, los seguros de los gremios y poco más, que nunca salía de la oficina. Renata armó una carpeta para cada obra, un bibliorato de tapas negras con todo: el contrato, el presupuesto por ítems, el cómputo, los planos en todas sus versiones, las órdenes de adicional firmadas, los certificados, las facturas de las compras, los teléfonos de los gremios, la hoja de lo que puede aparecer al romper, las fotos impresas. La de la casa de los Montenegro tenía noventa y dos hojas. La de la ampliación del lago, setenta y ocho. Cada una se dejó en el obrador de su obra, en una caja de plástico con tapa.

Al mes, Renata fue a ver qué había pasado con las carpetas.

La de los Montenegro estaba húmeda, porque la caja de plástico se había quedado debajo de una gotera del obrador. La del lago estaba seca y cerrada, con la misma hoja de arriba que el día que la había dejado. La del colegio la tenía Celestino en la camioneta, debajo del asiento.

—Si para saber qué cerámico va tengo que leer ochenta hojas —le dijo Celestino—, lo llamo a tu papá. Es más rápido.

Lo llamaban a él. El primer mes después de la operación, con Horacio en el corralón sin manejar, los llamados habían bajado a treinta y cuatro por día. No porque hubiera carpetas: porque Horacio no podía ir a las obras y los encargados se arreglaban solos con lo que sabían. Pero lo que no sabían, lo seguían preguntando.


La segunda solución se hizo un lunes de julio, en la oficina de atrás del corralón, con Horacio sentado en una silla dura por la espalda, Renata, Mauro, Celestino y Ulises. Horacio hizo una sola pregunta, y la escribió en el pizarrón que había sido de la contadora de Don Amadeo.

¿Qué necesitan saber cada mañana para no llamarme?

Celestino contestó primero, y casi no hubo que agregar nada.

—Qué hacemos esta semana. Con qué material, y cuándo llega. Qué gremio viene y qué día. Y qué le prometimos al cliente.

Ulises agregó una cosa más:

—Y cuál es el plano que vale. En la del lago había tres planos en la carpeta, y en dos de ellos el baño estaba en otro lado.

Con eso, Renata rehízo las carpetas. Siguieron teniendo todo, porque todo hacía falta alguna vez. Pero en adelante tuvieron tres partes, en este orden.

Adelante, una sola hoja: la semana de la obra. Qué etapa estaba en curso, qué tareas se hacían esa semana, qué material llegaba y qué día, qué gremio entraba y qué día, qué faltaba decidir y quién lo tenía que decidir. La hoja se escribía los lunes a las siete, en el corralón, en una reunión de cuarenta y cinco minutos que desde entonces no se suspendió nunca: cada encargado con su carpeta, Mauro con el calendario de compras y de gremios, Renata con los cómputos, Horacio con las visitas de la semana anterior. A las ocho menos cuarto, cada uno salía con su hoja de la semana nueva.

Después, una sección que Renata llamó lo decidido. Cada cosa que el cliente elegía o cambiaba, aunque no costara un peso: el cerámico, la grifería, el color de las aberturas, la posición de un enchufe, la isla de la cocina medio metro hacia la ventana. Cada decisión en un renglón, con la fecha, quién la decidió y cómo se confirmó: una firma en la hoja, o un mensaje del cliente que se imprimía y se abrochaba. La regla la escribió Horacio, en el pizarrón, debajo de su pregunta: lo que no está en la carpeta, no se decidió. Los cambios que costaban plata seguían yendo en el talonario de órdenes de adicional, y su copia también iba a la carpeta.

Y al final, el plano. Uno solo, el vigente, con la fecha en la esquina. Los anteriores se iban a una caja del corralón, con una cruz roja, y no volvían a la obra. Si el plano cambiaba, Renata imprimía el nuevo, lo llevaba ella misma y se traía el viejo.

La carpeta tenía una copia en la computadora de la oficina, una carpeta digital por obra con los mismos nombres, que Mauro actualizaba cada lunes después de la reunión. Así, cuando un cliente llamaba al corralón, Mauro podía contestar lo decidido sin llamar a nadie.


La regla más difícil no fue la de los encargados. Fue la de Horacio.

Cada vez que hablara con un cliente en una visita, en un llamado, en un asado o en la cola del banco, lo que se decidiera lo tenía que escribir en lo decidido de esa obra ese mismo día, o mandárselo a Mauro por mensaje para que lo hiciera él. Si no, no se había decidido.

El primer mes, Horacio se olvidó once veces. Renata lo supo porque los clientes llamaban para confirmar cosas que no estaban en ninguna carpeta, y ella anotaba en una hoja aparte, con la fecha, cada vez que pasaba. Le mostró la hoja a fin de agosto. Horacio la leyó con la faja todavía puesta.

—Once.

—Once. En la de los Montenegro, tres.

En septiembre se olvidó cuatro veces. En octubre, una. En noviembre, ninguna. Para entonces había descubierto algo que no esperaba: los clientes estaban más tranquilos. Lo que tranquiliza a un cliente, aprendió ese año, no es un constructor que dice que sí a todo, sino saber dónde queda escrito lo que se dijo. Se acordó de los Echenique más de una vez.


Mauro volvió a contar los llamados en noviembre del cuarto año, con siete obras y veintidós personas. Doce llamados por día a Horacio. Casi todos de clientes o de presupuestos nuevos. De los encargados, dos o tres, y casi siempre para algo que no estaba en ninguna carpeta porque era nuevo: una losa con una fisura, un vecino que se quejaba, una pregunta del inspector municipal.

Los errores de no sabíamos, los de la clase de la isla de los Montenegro y los cerámicos de los Vallejos, sumaron en los cuatro meses de agosto a noviembre seiscientos dólares. Contra los seis mil setecientos de las seis semanas de la hernia.

Y Horacio empezó a hacer algo que no hacía desde que era capataz de Lamberti: visitar las obras con tiempo. No para contestar preguntas, sino para mirar. Antes de que se cerraran los caños de una pared, para ver que estuvieran los pases. Antes de cada hormigón, para ver los hierros con el ingeniero Palacios. Al final de cada etapa, con la hoja de lo que puede aparecer al romper y la planilla de Renata, para ver que lo hecho fuera lo presupuestado. Con la hoja de la semana en la mano, una visita a una obra le llevaba cuarenta minutos y servía para algo.

Lo que Nova vio

Horacio decía que Celestino sabía hacer una obra mejor que él, y era verdad. Lo que Celestino no sabía era lo único que en una constructora sabe solo el que habla con los clientes: lo que se prometió. En esta empresa, como en casi todas las que crecen alrededor de un buen oficial que se volvió dueño, el que hace es reemplazable y el que recuerda no. La hernia no rompió las obras; rompió la memoria de la empresa, que estaba en una cabeza, en una guantera y en el bolsillo de una campera.

Las dos carpetas de Renata cuentan la diferencia entre guardar y usar. El bibliorato de noventa y dos hojas tenía todo y no servía para nada, porque quien tenía que usarlo a las siete de la mañana necesitaba cinco cosas y no sabía en qué hoja estaban. La carpeta buena tiene lo mismo, pero ordenado por la pregunta de Horacio: qué necesita saber cada mañana el que está en la obra. Lo demás se guarda detrás, para cuando haga falta.

Y la regla de lo decidido cuenta algo que la colección viene repitiendo de muchas formas: lo que no se escribe no existe para nadie más que para el que lo dijo. Los adicionales de los Echenique costaban plata; la isla de los Montenegro no costaba nada, y por eso nadie la escribió. Una decisión sin costo también tiene que quedar escrita, porque el que no la conoce la hace mal, y rehacerla sí cuesta.

Lo que hay que saber

El dueño como cuello de botella. En una empresa que crece alrededor del oficio de su dueño, todas las preguntas terminan en él, aunque haya otros que sepan contestarlas. El síntoma es simple de medir: cuántas veces por día lo llaman y para qué. Cuando las preguntas son de cuándo y cuánto, el problema es que la información no está a mano; cuando son de qué se habló, el problema es que solo está en él. El paso de hacer a dirigir, y lo que vale el tiempo del que decide, está en el capítulo de la Escuela sobre el dueño, que separa lo que el dueño tiene que hacer de lo que solo él sabe.

Figura 1. Los llamados a Horacio por día, por clase de pregunta, antes y después de la carpeta.
Figura 1. Los llamados a Horacio por día, por clase de pregunta, antes y después de la carpeta.

La carpeta de obra. Una carpeta por obra, con tres partes en este orden: la semana (etapa, tareas, materiales y fechas de entrega, gremios y días, decisiones pendientes), lo decidido (cada elección o cambio del cliente con fecha, quién decidió y cómo se confirmó) y el plano vigente (uno solo, con fecha; los anteriores, fuera de la obra). Detrás, todo lo demás: contrato, presupuesto, cómputo, órdenes de adicional, certificados. Una copia en la oficina, actualizada en la misma reunión.

Figura 2. La carpeta de cada obra: lo que va adelante y lo que va detrás.
Figura 2. La carpeta de cada obra: lo que va adelante y lo que va detrás.

La reunión de los lunes. Una reunión corta, a la misma hora, con un orden fijo, en la que cada encargado sale con su semana escrita. No es una reunión para discutir: es la hora en que la cabeza del dueño pasa a la carpeta. La herramienta, sea una carpeta, una planilla o un sistema, sirve si la gente sabe usarla y la usa todos los días; por eso un proyecto de sistema empieza por la capacitación y un administrador que entienda el negocio, y no por el programa.

Para tu negocio

Si sos constructor o contratista, contá durante una semana cuántas veces te llaman por día desde las obras, y anotá cada pregunta en una de cuatro columnas: qué va, qué se habló, cuándo y cuánto. Después contestá por escrito: ¿cuántas de esas preguntas podría contestar otro si estuviera escrito en algún lado, dónde está escrito hoy lo que decidió cada cliente, cuántos planos de una misma obra hay en la obra, y qué pasaría con tus obras si mañana no pudieras atender el teléfono durante seis semanas?

Qué registrar desde hoy

  • Cada decisión del cliente, aunque no cueste nada, con fecha, quién decidió y cómo se confirmó.
  • La semana de cada obra, escrita el lunes: tareas, materiales y entregas, gremios, pendientes.
  • Un solo plano vigente por obra, con su fecha; los anteriores, retirados.
  • Los llamados al dueño por día y por clase de pregunta, una semana por trimestre.
  • Los errores de no sabíamos, con su costo, por obra.

La enseñanza

En una constructora que crece, el que sabe hacer la obra se puede reemplazar; el que recuerda lo que se le prometió a cada cliente, no, hasta que eso queda escrito en una carpeta que se lee en cinco minutos un lunes a las siete.

Lo que sigue

En el capítulo 10, Renata compara por primera vez, ítem por ítem, lo que costó de verdad una obra terminada contra lo que se había presupuestado. Algunos ítems dan bien. El revoque grueso da un cuarenta por ciento más caro en todas las obras, y nadie sabe por qué.

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