Precio unitario
Renata cierra por primera vez una obra ítem por ítem, lo presupuestado contra lo que costó de verdad. El contrapiso da justo, la pintura sobra y el revoque grueso sale un cuarenta por ciento más caro en todas las obras del año. Tres sospechas equivocadas, un manual de la facultad y una reunión en la que nadie tenía la culpa. Libro 9, capítulo 10.
Libro 9 · Parte III · Capítulo 10. Anterior: La carpeta de cada obra. Índice del libro: Ya que estás.
La casa de los Montenegro se entregó en diciembre del cuarto año, con la isla de la cocina medio metro más cerca de la ventana y un acta de recepción provisoria de cuatro renglones. Se había presupuestado en ciento veinticuatro mil dólares, con un costo previsto de ciento nueve mil y quince mil de beneficio. Mauro cerró la hoja de la obra en enero, con todo lo pagado: el costo real fue ciento dieciocho mil quinientos. La casa había dejado cinco mil quinientos dólares, poco más de un tercio de lo previsto.
Hasta entonces, en Villegas Construcciones, una obra se cerraba así: con un número de arriba y uno de abajo. Si el de abajo era menor, la obra había dado bien. Si era mayor, la culpa era de la lluvia, del cemento que había subido o de los Echenique. Nadie miraba adentro.
Renata quiso mirar adentro. Tenía el presupuesto por ítems de la casa, el que había hecho ella con el cómputo métrico: demolición y limpieza del terreno, excavación, fundaciones, estructura de hormigón, mampostería, aislaciones, revoque grueso, revoque fino, contrapisos, carpetas, instalaciones de agua, gas y electricidad, cubierta, aberturas, pisos y revestimientos, pintura, limpieza final. Veintidós ítems, cada uno con su cantidad y su precio unitario: tantos metros cuadrados a tantos dólares el metro.
Lo que no tenía era el costo real por ítem. La hoja de Mauro decía cuánto se había gastado en cemento, en arena, en jornales, en el electricista. No decía en qué ítem se había gastado.
—Eso no lo sabe nadie —dijo Mauro—. El cemento de la casa se usó en todo.
—Lo sabe Celestino —dijo Renata—. Él sabe qué hicieron cada semana.
Lo reconstruyeron en dos semanas de enero, cuando la construcción de Villa Aurora estaba de vacaciones y el corralón de Iriarte tenía el silencio de una iglesia. Renata, Mauro y Celestino, con la carpeta de la obra, la planilla de jornales semana por semana, las facturas de El Hornero con sus fechas y la memoria de Celestino, que era mejor que cualquier planilla.
Para los materiales fue más fácil de lo que esperaban: casi todos se usan en un solo ítem, o en dos o tres que se pueden separar por las fechas de entrega. Los cerámicos van a revestimientos. El hierro, a la estructura. La cal y la arena fina de marzo, al revoque fino. Para la mano de obra, Celestino fue semana por semana con la planilla de jornales: esta semana, cuatro personas en mampostería y dos en la excavación del pozo; esta otra, todos en el revoque grueso de la planta baja.
Cuando terminaron, Renata puso las dos columnas una al lado de la otra, presupuestado y real, y una tercera con la diferencia.
La mayoría de los ítems daba cerca. El contrapiso, casi justo. La estructura de hormigón, un tres por ciento arriba, porque el hierro había subido en junio. La pintura, un ocho por ciento abajo, porque el pintor había trabajado más rápido de lo que Renata suponía. Las instalaciones, justas, porque los gremios cobraban por boca, con el acuerdo firmado desde el plomero que no vino.
Y el revoque grueso: cuarenta por ciento arriba. Presupuestado a nueve dólares con cincuenta el metro cuadrado. Real: trece con treinta. En los setecientos metros de revoque grueso de la casa, dos mil seiscientos sesenta dólares.
—Debe ser esta obra —dijo Horacio, cuando Renata le mostró la tabla—. Los Montenegro tuvieron de todo.
Renata hizo lo mismo con las otras dos obras terminadas en el año, una ampliación y una casa chica. Le llevó otras dos semanas. El revoque grueso daba treinta y siete por ciento arriba en una y cuarenta y cuatro en la otra.
En el año, Villegas Construcciones había hecho unos cuatro mil ochocientos metros cuadrados de revoque grueso. Con el desvío de las tres obras, eran dieciocho mil dólares por año en un solo ítem. Lo mismo que los adicionales regalados de los Echenique, todos los años, sin que nadie lo viera.
La primera sospecha fue el robo.
En la construcción, el material que desaparece de la obra es un problema de todos los días, y Horacio lo sabía desde que era peón. Cemento que se va en el baúl de un auto, bolsas de cal que se venden a un vecino. Mauro contó las bolsas: las que se compraron para el revoque grueso de los Montenegro, según las facturas, y las que debían haberse usado según el cómputo de Renata. Había un veinte por ciento más de material del previsto. Pero Celestino juraba que en sus obras no se llevaba nadie una bolsa, y Horacio le creía. Ulises, en la ampliación del lago, había hecho un control que nadie le había pedido: anotaba cada bolsa que entraba y cada una que se abría. Allí también había un veinte por ciento más de material del previsto, con todas las bolsas a la vista.
No era robo. Se usaba más material del que Renata calculaba.
La segunda sospecha fue el precio. El cemento había subido en el año, y la cal. Renata separó la diferencia en dos partes, como había visto en un curso de costos: cuánto se debía a que cada bolsa había costado más de lo presupuestado, y cuánto a que se habían usado más bolsas o más horas. El precio explicaba poco: un seis por ciento del cuarenta. Todo lo demás era cantidad. Más material y, sobre todo, más horas de cuadrilla.
La tercera sospecha fue la cuadrilla, y fue la que casi rompe la reunión.
Renata había calculado la mano de obra del revoque grueso con el rendimiento de un manual que había usado en la facultad: un oficial y un ayudante hacen doce metros cuadrados por día. Celestino había anotado, sin querer, otra cosa: la planilla de jornales decía que sus cuadrillas habían hecho ocho.
—¿Me estás diciendo que mi gente es lenta? —dijo Celestino, y se puso de pie.
Fue Horacio el que contestó, antes que Renata.
—Te está diciendo que el número del libro no es el de tu gente. Sentate. Vamos a averiguar de quién es.
Celestino se sentó. Y fue él, que había revocado paredes durante cuarenta años, el que encontró las respuestas, una por una, cuando Renata le preguntó qué hacía su cuadrilla en un día de revoque grueso que no estuviera en el manual.
Primero, el andamio. El manual medía el revoque de una pared que se alcanza desde el piso. En una casa de dos plantas, la mitad del revoque grueso se hacía desde el andamio, y armar, mover y desarmar el andamio se llevaba una hora de cada cuatro.
Segundo, la mezcla. La hormigonera del tinglado tenía doce años y un motor que se recalentaba. Dos de cada tres días, el ayudante hacía la mezcla a mano, en una batea, y el oficial lo esperaba.
Tercero, las fajas: las guías de mortero que se hacen antes de revocar para que la pared quede plana. El manual las daba por hechas. En las obras de Celestino, las fajas se llevaban casi un día por cada ambiente.
Y cuarto, el espesor. El manual suponía un revoque grueso de un centímetro y medio. Las paredes de la mampostería, que desde el tercer año hacía un subcontratista para ir más rápido, no siempre quedaban a plomo, y para que la pared revocada quedara derecha había que cargar dos centímetros y medio en algunos lugares. Más material, y más tiempo para tirarlo.
—Ahí está tu veinte por ciento de material —dijo Celestino—. No se lo lleva nadie. Lo tiro yo en la pared, para tapar lo que dejó torcido el de la mampostería.
Lo que hicieron después tardó tres meses.
Celestino midió el rendimiento de verdad en tres obras, en marzo y abril del quinto año: cuántos metros cuadrados de revoque grueso hacía cada cuadrilla por día, separando la pared desde el piso y la pared desde el andamio, y anotando cuánto tiempo se iba en fajas y en mezcla. Nueve metros y medio por día en promedio con una hormigonera que funcionara, seis desde el andamio, once desde el piso.
Horacio compró una hormigonera nueva, y otra usada en buen estado para la segunda cuadrilla. Antes de comprarlas, Mauro hizo la cuenta que pedía la regla del camión: la hormigonera nueva iba a trabajar veintidós días de cada veintiséis. Pasaba la regla con holgura. Fue la primera compra de un equipo en Villegas Construcciones que se hizo con la cuenta antes y no después.
La mampostería del subcontratista empezó a controlarse antes de revocar. Horacio pasaba con la regla de dos metros y el nivel al terminar cada pared, en una de las visitas con tiempo que permitía la carpeta, y lo que no estaba a plomo se corregía antes de pagar el certificado del subcontratista. El espesor medio del revoque grueso bajó a un centímetro y ocho.
Y Renata rehízo el precio unitario del revoque grueso, con los datos propios: material para un centímetro y ocho, rendimiento de nueve metros y medio, las fajas contadas, el andamio contado. Doce dólares con cuarenta el metro cuadrado. Más caro que el nueve con cincuenta del manual. Más barato que el trece con treinta de lo que pasaba de verdad.
—Vamos a perder obras —dijo Horacio, cuando vio el número nuevo en el presupuesto de una casa—. Este precio lo ve otro y nos gana.
En el primer semestre con los precios unitarios nuevos, Villegas Construcciones perdió una de nueve obras presupuestadas por precio: una casa que un constructor de la zona sur cotizó once por ciento abajo. Mauro supo después, por Don Soria, que esa casa había terminado en un juicio por adicionales. Las otras ocho obras dejaron, en promedio, el margen que decía el presupuesto.
En el quinto año, cerrar una obra pasó a ser una ceremonia de dos horas, el último viernes del mes en que se entregaba, en la oficina de atrás del corralón. Renata llevaba la tabla de ítems, presupuestado contra real, con la diferencia separada en precio y en cantidad. Mauro llevaba las facturas. El encargado de la obra, su carpeta y su memoria.
La regla de la reunión la puso Horacio en la primera, después de lo que había pasado con Celestino: nadie se defiende y nadie acusa. La pregunta no es quién sino por qué. Si un ítem dio mal, se busca qué pasó en la obra que no estaba en el precio unitario, y se corrige el precio unitario, el control o la forma de trabajar, una cosa por vez.
En el primer año de reuniones, Renata ordenó los desvíos de todas las obras de mayor a menor, como había visto en una guía de la Escuela, y descubrió que tres ítems explicaban casi tres cuartos de toda la plata que se iba: el revoque grueso, que ya estaba corregido; la demolición en las reformas, porque el volumen de escombro siempre era el doble del calculado; y algo que ni siquiera tenía un renglón en el presupuesto: la ayuda de gremios, las horas de un ayudante de la cuadrilla abriendo canaletas, cargando caños y limpiando detrás del plomero y del electricista. La demolición se corrigió con un renglón de escombro medido en contenedores, no en metros cúbicos de pared. La ayuda de gremios pasó a ser un ítem, con su precio, en cada presupuesto.
Lo que Nova vio
Durante cuatro años, Villegas Construcciones cerró sus obras con dos números: lo cobrado y lo gastado. Con esos dos números se sabe si una obra dio bien o mal. No se sabe por qué, y sin el porqué, la obra siguiente se presupuesta con el mismo error. El revoque grueso daba cuarenta por ciento más caro en todas las obras, todos los años, y nadie lo veía porque se perdía dentro del total, compensado por la pintura que sobraba o por un adicional bien cobrado.
Lo que más me interesa del capítulo es la reunión. Celestino se paró porque escuchó lo que se escucha en casi todas las empresas cuando alguien muestra un desvío: tu gente es lenta. Horacio lo resolvió con una frase que vale para cualquier rubro: el número del libro no es el de tu gente. Un rendimiento de manual es una hipótesis. El de tu cuadrilla, con tu andamio, tu hormigonera y tu subcontratista de mampostería, es un dato. Y quien tiene el dato es el que está en la obra, no el que presupuesta.
Fíjense en las tres sospechas. Las dos primeras, el robo y el precio, eran las que cualquiera habría pensado, y estaban mal. Separar la diferencia en precio y en cantidad las descartó en una tarde. La tercera tenía cuatro causas que nadie habría encontrado desde la oficina, y una de ellas era un problema de otro ítem: la mampostería torcida se pagaba en el revoque.
Lo que hay que saber
El precio unitario. El precio de cada ítem por unidad de medida (metro cuadrado, metro lineal, metro cúbico, unidad), que suma el material por unidad, la mano de obra por unidad (jornal dividido por el rendimiento) y los equipos. Con la cantidad del cómputo, da el costo del ítem; con todos los ítems, el costo directo de la obra, al que se suman los gastos generales y el beneficio.
El rendimiento propio. Cuántas unidades hace una cuadrilla por día en las condiciones reales de la empresa: altura, equipos, quién hace la mezcla, cómo llegan las paredes del ítem anterior. Se mide en obra, separando las condiciones que cambian el número, y se revisa cada año. Los manuales sirven para empezar.
Cerrar una obra ítem por ítem. Al terminar, cada ítem con lo presupuestado y lo real, la diferencia separada en lo que se debe al precio de los insumos y lo que se debe a la cantidad usada. Cómo nace el costo real de cada trabajo con lo que ya se registra, y cómo se separa el desvío en precio y en cantidad, está en la guía de la Escuela sobre consumo real y costo por orden. Cómo se organiza la reunión que mira los desvíos sin buscar culpables, y cómo se elige qué corregir primero, en costo real por orden y mejora continua.
Para tu negocio
Si sos constructor o contratista, tomá tu última obra terminada y reconstruí, con tus encargados, el costo real de los tres ítems más grandes del presupuesto: material por las facturas y fechas de entrega, mano de obra por las planillas de jornales semana por semana. Contestá por escrito: ¿qué ítem dio más lejos de lo presupuestado, cuánto de esa diferencia fue por precio y cuánto por cantidad, de dónde sacaste los rendimientos con que presupuestás, y cuándo fue la última vez que los mediste en tu obra?
Qué registrar desde hoy
- La mano de obra de cada semana, separada por ítem, en la planilla de jornales.
- Los materiales por ítem, con su fecha de entrega y su obra.
- Los rendimientos medidos en obra, con sus condiciones (altura, equipo, espesor).
- El cierre de cada obra ítem por ítem, con el desvío en precio y en cantidad.
- Los desvíos de todas las obras del año, ordenados de mayor a menor.
La enseñanza
Un precio unitario sacado de un manual mide la obra de otro; el que sale de tus planillas de jornales, de tus facturas y de lo que tu encargado sabe de cada pared es el único con el que se puede cotizar sin regalar un ítem entero todos los años.
Lo que sigue
En el capítulo 11, la primavera del quinto año: once clientes quieren empezar sus obras entre septiembre y octubre, Villegas Construcciones firma siete, y descubre que tiene dos encargados, un mapa lleno de alfileres y una sola camioneta para Horacio.