El negro que no era negro
Celina Zárate es diseñadora y está harta de que las imprentas le cambien los colores. Un folleto de la cooperativa olivícola sale con el logo gris en lugar de negro, y cuando va a quejarse a la imprenta más grande de Monte Olivo, el presupuestista le muestra de qué está hecho el precio de dos mil folletos. Libro 8, capítulo 1.
Libro 8 · Parte I · Capítulo 1. Índice del libro: La última corrección.
El logo de la Cooperativa Olivícola de Monte Olivo era una rama de olivo dibujada a pluma, negra, sobre un círculo blanco. Celina Zárate lo había redibujado ella misma, línea por línea, durante una semana de noches, para el folleto de la cosecha: dos mil ejemplares en papel ilustración, a todo color de los dos lados, para repartir en la feria regional del aceite.
Cuando abrió la primera caja, en la oficina de la agencia, el logo estaba gris. No un gris lindo: un gris cansado, de fotocopia, que hacía que la rama pareciera un dibujo a lápiz que alguien había intentado borrar.
—¿Esto es lo que aprobaste? —le preguntó Delgado, uno de los dos dueños de la agencia, con el folleto en la mano.
Celina había trabajado diez años en Delgado y Vera, la agencia de publicidad más conocida de Monte Olivo, y llevaba cuatro como diseñadora independiente, alquilándoles un escritorio y haciendo los trabajos que la agencia le pasaba. No había aprobado nada. Había mandado el archivo, la agencia lo había mandado a la imprenta, y la imprenta lo había impreso. Nadie había pedido una prueba de color, porque la prueba costaba cuarenta dólares y la cooperativa había pedido el presupuesto más barato.
Esa tarde, con una caja de folletos bajo el brazo, Celina cruzó la ciudad hasta Talleres Gráficos Olivares, en el barrio de talleres, al lado de las vías.
Olivares era la imprenta más grande de Monte Olivo: una nave de techo de chapa con tres máquinas offset, una guillotina del tamaño de un auto chico, una plegadora, una encuadernadora y un olor a tinta y a papel que Celina conocía de las visitas con clientes y que siempre le había gustado. La atendió el presupuestista, Don Ismael Prado, un hombre de sesenta y pico con un guardapolvo gris, anteojos de leer colgados del cuello y una calculadora de escritorio con rollo de papel que todavía usaba aunque tenía una computadora al lado.
Celina le mostró el folleto. Don Ismael lo miró contra la luz de la ventana, con una lupa de cuentahílos que sacó del bolsillo.
—El negro está hecho solo con negro —dijo—. En ilustración, un negro solo queda así, un poco lavado. Para que quede negro negro, hay que hacerlo con un poco de los otros tres colores abajo. Si hubieran pedido la prueba, lo habríamos visto. ¿La pidieron?
Celina dijo que no.
—Entonces el folleto está bien impreso —dijo Don Ismael, sin ninguna maldad—. Está impreso como se mandó.
Celina iba a contestar algo y no lo hizo. Sabía lo que era un negro enriquecido. Lo había usado cien veces. Esta vez no lo había puesto, y nadie lo había visto.
Don Ismael dejó el folleto en el escritorio, la miró un rato y le preguntó algo que no esperaba.
—¿Usted sabe cuánto costó esto?
—Trescientos ochenta dólares. Lo vi en la factura.
—No. Le pregunté cuánto costó. No cuánto se cobró.
Don Ismael sacó el presupuesto de una carpeta de cartón y lo abrió delante de ella. Después agarró un lápiz y fue escribiendo al costado, en el margen, lo que no decía el presupuesto.
Papel: el folleto es A4. En un pliego grande entran ocho A4. Dos mil folletos son doscientos cincuenta pliegos, más la demasía, que es el papel que se gasta en ajustar la máquina: ciento cincuenta pliegos más. Cuatrocientos pliegos de ilustración de ciento cincuenta gramos: noventa y dos dólares.
Chapas: cuatro colores de un lado y cuatro del otro. Ocho chapas, una por color por cara. Sesenta y cuatro dólares.
Preimpresión: revisar el archivo, armar el pliego, hacer las chapas. Veintiocho.
Arranque: poner las chapas, cargar la tinta, ajustar los colores, sacar las primeras hojas hasta que salen bien. Cuarenta minutos de máquina y de maquinista, por cada cara. Sesenta y ocho.
Tirada: doscientos cincuenta pliegos a ocho mil pliegos por hora. Dos minutos de máquina por cara. Catorce, redondeando para arriba.
Tinta: dieciséis. Guillotina y embalaje: dieciocho.
La parte de la nave, la oficina, los vendedores, la luz, el contador: cincuenta.
Sumó con la calculadora de rollo. La máquina hizo un ruido de otra época.
—Trescientos cincuenta. Le cobramos trescientos ochenta. Ganamos treinta dólares con el folleto de la cooperativa.
Celina miró la columna del margen. Lo que más le llamó la atención no fue lo poco que ganaban. Fue otra cosa.
—La tirada son catorce dólares —dijo—. Imprimir los dos mil folletos.
—Imprimirlos es lo más barato —dijo Don Ismael—. Lo caro es preparar. Las chapas, el arranque, el papel que se tira ajustando. Eso cuesta lo mismo para doscientos folletos que para veinte mil.
Escribió tres números más, al pie, con el lápiz.
Doscientos folletos: doscientos dólares. Un dólar cada uno.
Dos mil: trescientos ochenta. Diecinueve centavos.
Veinte mil: dos mil ciento ochenta. Once centavos.
—Por eso las agencias piden siempre dos mil —dijo—. Porque doscientos les sale casi lo mismo. Y por eso a nosotros no nos conviene hacer doscientos. Una máquina offset es para tirar mucho. Para tirar poco se inventaron las digitales.
La llevó hasta el fondo de la nave, a un rincón separado por una mampara de vidrio, donde había una máquina blanca del tamaño de una heladera grande, con una pantalla y una bandeja de salida. Una chica sacaba de la bandeja hojas impresas y las comparaba con una carpeta de muestras.
—Esta es la nuestra —dijo Don Ismael—. La usamos para las pruebas de color y para algún trabajo chico de un cliente grande, cuando no hay más remedio. No tiene chapas ni arranque: imprime directo del archivo. Pero cada hoja que sale de ahí cuesta lo mismo, la primera y la número mil. Para doscientos folletos es un regalo. Para veinte mil es una ruina.
—¿Y dónde se cruzan?
Don Ismael sonrió por primera vez.
—Esa es la pregunta que vale plata —dijo—. Depende del trabajo. Hay que hacer la cuenta cada vez.
Celina salió de Olivares a las siete de la tarde con el folleto, la caja y una hoja del presupuesto que Don Ismael le regaló, con los números en el margen. En el colectivo de vuelta, la leyó cuatro veces.
Hacía cuatro años que pensaba lo mismo: que las imprentas eran lentas, que cambiaban los colores, que una diseñadora con una máquina propia podría imprimir los trabajos chicos de sus clientes, los que las imprentas grandes hacían de mala gana, en el día, con los colores bien. Tarjetas, folletos de doscientos, menús, invitaciones, carpetas para una presentación. Nunca había sabido por qué las imprentas los hacían de mala gana. Ahora lo sabía: el arranque.
Al día siguiente, en la agencia, le contó a Vera lo del negro. Vera escuchó, asintió y le dijo lo que Celina ya sabía: que la cooperativa no iba a pagar una reimpresión y que la agencia tampoco, que el folleto ya estaba repartido en la mitad de los almacenes de la región, y que la próxima vez iban a pedir la prueba. Celina pensó que la próxima vez era la frase que más había escuchado en diez años de agencia. Esa tarde, en su escritorio, volvió a abrir el archivo del logo, puso el negro como tenía que ser, con los cuatro colores abajo, y lo guardó con un nombre que nadie más iba a leer: negro de verdad.
Esa semana fue a ver una impresora digital usada que vendía una copistería del centro que se mudaba a un local más chico. Una máquina de tóner, a color, que imprimía hojas de hasta treinta y tres por cuarenta y ocho centímetros, con dos años de uso y un contrato de mantenimiento con el importador que cobraba un monto por cada hoja impresa. Doce mil dólares, en dos pagos. Con sus ahorros y un préstamo de su madre, Haydée, que era maestra jubilada y tenía guardado un plazo fijo para algo que valga la pena, le alcanzaba.
Haydée le preguntó una sola cosa antes de darle la plata.
—¿Cuánto cuesta cada hoja que imprime esa máquina?
Celina buscó la respuesta en la hoja de Don Ismael. No estaba. La hoja hablaba de chapas, de arranques, de pliegos de setenta por cien. La digital no tenía chapas ni arranque. Tenía otra cosa que nadie le había explicado todavía.
—No sé —dijo—. Lo voy a averiguar.
Firmó igual.
Lo que Nova vio
Celina sabe todo sobre un archivo y casi nada sobre un pliego. Es lo que le pasa a mucha gente que llega a la imprenta desde el diseño: conoce el producto terminado, el color, la tipografía, y ve la imprenta como una caja negra que a veces devuelve bien lo que uno manda y a veces no. El negro gris del folleto no es culpa de la imprenta: es de un archivo que nadie probó, porque la prueba costaba cuarenta dólares y el cliente quería el precio más bajo. Es la primera lección del capítulo, y vuelve en todo el libro: lo barato que no se revisa sale caro después.
La segunda lección es la que me importa más. El presupuesto de Don Ismael muestra que imprimir es lo más barato de imprimir. Lo que cuesta es preparar: el papel, las chapas, la preimpresión, el arranque y el ajuste, la parte de la nave. Casi todo eso es igual para doscientos ejemplares que para veinte mil. Por eso el precio por unidad cae tanto con la cantidad, y por eso un trabajo chico es caro de hacer en una máquina grande.
Celina entiende algo que va a usar toda su vida: hay trabajos que no le convienen a una offset y sí a una máquina sin arranque. Pero se va de Olivares sabiendo la mitad de la cuenta. La digital no tiene chapas ni ajuste, pero tiene otro costo, por hoja, que no baja con la cantidad. Firma sin saberlo, y la pregunta de su madre queda abierta hasta el capítulo 3.
Me quedo también con la frase de Don Ismael en el rincón de la digital: hay que hacer la cuenta cada vez. No hay una cantidad mágica en la que la offset le gana a la digital para siempre. Depende del formato, del papel, de los colores, de las terminaciones, del contrato de cada máquina. Lo que sí hay es una cuenta, que se puede hacer para cada trabajo, y que una imprenta que tiene las dos máquinas debería hacer antes de decidir en cuál imprime.
Y el margen de Olivares, treinta dólares en trescientos ochenta, es la última lección. La imprenta grande de la ciudad, con tres máquinas y treinta años, ganó con ese folleto menos de lo que cobra una prueba de color.
Lo que hay que saber
De qué está hecho un trabajo de imprenta. En rangos típicos: papel y materiales, del treinta y cinco al cuarenta y cinco por ciento; personal, del veinticinco al treinta; máquinas (amortización, mantenimiento, contratos), del diez al quince; terminaciones que se hacen afuera, del cinco al diez; alquiler y energía, del cinco al ocho; margen, del seis al doce. Dentro de cada trabajo, hay costos que se pagan una vez (preimpresión, chapas, arranque y ajuste) y costos que crecen con la cantidad (papel, tinta, tirada, terminaciones).
El arranque y la tirada. El arranque es todo lo que hay que hacer antes de que la primera hoja buena salga de la máquina: montar las chapas, cargar y ajustar la tinta, registrar los colores, gastar papel hasta que el color queda bien. La tirada es el tiempo de imprimir la cantidad pedida. En una offset, el arranque puede llevar más tiempo que la tirada, y se paga igual sea cual sea la cantidad. Por eso un precio por unidad que no separa el arranque de la tirada se equivoca siempre: en las tiradas cortas pierde y en las largas cobra de más. Cómo se separan los costos que dependen del volumen de los que no, y qué pasa cuando se mezclan, está en la guía de la Escuela sobre costos, precio y margen; los métodos para repartir los costos de la estructura entre los trabajos, en Sistemas de costeo.
Offset y digital. La offset imprime con chapas y tinta, tiene un arranque caro y una tirada muy barata: conviene para cantidades grandes. La digital imprime directo desde el archivo, casi sin arranque, pero cada hoja cuesta lo mismo, la primera y la última: conviene para cantidades chicas, para trabajos con datos variables y para lo urgente. Entre las dos hay una cantidad en la que cuestan lo mismo, que cambia según el producto. Saberla es la primera decisión técnica de una imprenta.
La demasía. Es el papel de más que se carga en la máquina para el ajuste y para cubrir las hojas que salen mal en el corte o en las terminaciones. En una offset, la parte fija de la demasía (las hojas del ajuste) pesa mucho en las tiradas cortas: en los dos mil folletos de la cooperativa, casi cuatro de cada diez pliegos eran demasía. Calcularla de menos obliga a reimprimir; calcularla de más es papel que se paga y se tira.
La prueba de color. Es una impresión de control, antes de la tirada, que el cliente revisa y firma. Cuesta poco y evita reimpresiones que cuestan mucho. Cuando el cliente no la quiere pagar, alguien está decidiendo correr un riesgo sin saber cuánto vale.
Para tu negocio
Si tenés una imprenta o un taller que trabaja por pedido, elegí un trabajo que hayas hecho la semana pasada. Separá en dos columnas lo que te costó: lo que habría costado igual si el cliente hubiera pedido la décima parte (preparación, chapas, arranque, ajuste) y lo que creció con la cantidad (papel, tinta, tiempo de máquina, terminaciones). Contestá por escrito: ¿qué parte del costo de ese trabajo era preparación, y cómo cambiaría el precio por unidad si el cliente hubiera pedido diez veces menos o diez veces más?
Qué registrar desde hoy
- Para cada trabajo, el tiempo de arranque y el tiempo de tirada, por separado.
- El papel que se gasta en ajustar, en pliegos, además del que se entrega.
- Las chapas y la preimpresión de cada trabajo.
- Las pruebas de color: cuáles se hicieron, cuáles no, y quién decidió no hacerlas.
- El precio cobrado y el costo de cada trabajo, al menos de los diez más grandes del mes.
La enseñanza
En una imprenta, imprimir es lo más barato: lo caro es preparar, y preparar cuesta lo mismo para doscientos que para veinte mil; quien no separa el arranque de la tirada cobra mal todos los trabajos, los chicos por poco y los grandes por mucho.
Lo que sigue
En el capítulo 2, la digital usada llega al local de treinta metros de la calle Lamadrid, y la primera noche entera de trabajo, quinientos folletos para una feria de diseño, enseña lo que pasa entre el archivo y la caja: el papel que se curva, la guillotina que no corta derecho y una madre que dobla mejor que nadie.