Una noche entera con la digital
El primer trabajo grande del local de la calle Lamadrid: quinientos trípticos para una feria de diseño, con el archivo que llega un viernes a las seis de la tarde y la entrega el sábado a las diez. Fuentes que se corren, papel que se curva, una guillotina que no corta derecho y un pliegue que se quiebra. Libro 8, capítulo 2.
Libro 8 · Parte I · Capítulo 2. Anterior: El negro que no era negro. Índice del libro: La última corrección.
El local de la calle Lamadrid tenía treinta metros cuadrados, una vidriera que daba a la vereda, un baño chico al fondo y un enchufe trifásico que el dueño anterior, un tapicero, había hecho poner para una máquina de coser industrial. Celina lo eligió por el enchufe. La digital usada necesitaba una línea propia, y en el centro de Monte Olivo pocos locales la tenían.
La máquina llegó un martes de marzo en un camión de la copistería, con dos técnicos del importador que la instalaron en cuatro horas y le dejaron un manual de trescientas páginas en inglés y una frase: no la apague nunca de golpe. Ocupaba la pared del fondo, al lado de una mesa larga de madera que Celina compró usada, una guillotina manual de palanca, que cortaba resmas de hasta cuarenta y cinco centímetros si uno tenía brazos, y una estantería de metal con papel. En la vidriera, Celina pegó un vinilo con letras que diseñó ella: Zárate · impresión en el día.
Las primeras dos semanas imprimió tarjetas y folletos chicos para sus propios clientes de diseño. Cien, doscientos, quinientos. En el día, como decía la vidriera.
El primer trabajo grande llegó un viernes.
El colectivo de diseñadores independientes de Monte Olivo hacía todos los años una feria en el mercado viejo, el sábado más cercano al otoño, con cuarenta puestos de ropa, cerámica, ilustración y objetos. Ese año les tocaba a Celina y a dos amigas del colectivo organizar la gráfica. El tríptico con el mapa de los puestos lo había diseñado una de ellas, Gimena, que trabajaba en una agencia de la capital y vivía en Monte Olivo los fines de semana.
Quinientos trípticos, papel ilustración de ciento cincuenta gramos, a todo color de los dos lados, plegados en tres. El archivo llegó el viernes a las seis y cuarto de la tarde, por correo, con un mensaje de Gimena: perdón la hora, recién salgo del laburo, mañana a las diez abre la feria.
Celina lo abrió en la computadora del local. Lo primero que vio fue que el texto del mapa, la lista de los cuarenta puestos, estaba en una tipografía que Celina no tenía instalada. La computadora la reemplazó por otra, más ancha, y la lista se salía del panel. Gimena no había convertido las letras en curvas ni había incluido la tipografía.
La llamó. Gimena estaba en el colectivo de la capital a Monte Olivo, sin computadora. Le dijo que la tipografía se podía comprar en internet. Celina la compró, por veintiocho dólares, a las siete y diez.
A las siete y media, el archivo estaba bien. Celina armó el pliego para la máquina: en cada hoja grande de la digital entraban dos trípticos, así que eran doscientas cincuenta hojas, impresas de los dos lados. Hizo una prueba. El rojo del logo del colectivo salió más naranja que en la pantalla. Celina lo corrigió en el archivo, a ojo, y sacó otra prueba. Mejor. Le mandó una foto a Gimena, que contestó desde el colectivo con un pulgar para arriba.
A las ocho y cuarenta, la digital empezó a imprimir.
En la hoja ochenta, la máquina se trabó.
El papel ilustración, que estaba en la estantería desde hacía dos semanas al lado de la vidriera, al sol de la tarde, se había curvado un poco por la humedad, y con el calor del fusor de la digital se curvaba más. Las hojas salían con los bordes levantados y en la vuelta, para imprimir el otro lado, la máquina las agarraba torcidas. Celina abrió la tapa, sacó la hoja arrugada con una pinza, cerró, volvió a empezar. En la hoja ciento diez se trabó otra vez. En la ciento cuarenta, otra.
A las nueve y media llegó Haydée, su madre, con un termo de mate, una bolsa de bizcochos y la intención de quedarse un rato. Se quedó hasta las ocho de la mañana. Su primera idea fue la de una maestra que había preparado fotocopias durante treinta años: dar vuelta la resma, sacar el papel de la caja de a cincuenta hojas, aplanarlo con un libro encima. Funcionó a medias. La máquina se trabó tres veces más en lugar de diez.
A las once y media, las doscientas cincuenta hojas estaban impresas. Habían ido a la basura treinta y dos, entre trabadas y manchadas.
El corte empezó a las doce menos cuarto. La guillotina manual cortaba de a cincuenta hojas, y Celina hizo el primer corte con toda la fuerza que tenía. La pila se corrió dos milímetros mientras bajaba la cuchilla, y los trípticos de esa tanda quedaron con el borde torcido. Celina tiró veinte. Las siguientes las cortó de a veinticinco, con un ladrillo envuelto en una bolsa de nylon encima de la pila para que no se moviera, que fue idea de Haydée.
A la una y media empezaron a plegar.
En la feria del año anterior, los trípticos los había impreso Olivares, y venían plegados por una máquina. Celina y Haydée los plegaron a mano, en la mesa larga, con una plegadera de hueso que Celina tenía de la facultad, primero un pliegue y después el otro. Haydée plegaba el doble de rápido que su hija, sin mirar, como plegaba de joven las cartas para los padres de sus alumnos.
A las dos y diez, Celina vio el primer pliegue de cerca, con la lámpara de escritorio. En la línea del doblez, el color se había quebrado: una raya blanca, finita, donde el tóner se había partido al doblar el papel ilustración. En todos los trípticos. En los dos pliegues.
Celina se quedó un rato largo mirando la raya. Sabía por qué pasaba: el papel ilustración grueso, impreso con tóner, se quiebra en el doblez si antes no se le marca la línea con una herramienta que lo hiende. Lo sabía de la teoría. Nunca lo había visto en su propio trabajo.
No había tiempo para reimprimir. No había papel para reimprimir. Siguieron plegando.
A las siete y cuarenta de la mañana, los quinientos trípticos, menos los treinta y ocho que habían quedado mal, estaban en dos cajas de cartón, contados por Haydée de a veinticinco. Celina los llevó al mercado viejo a las nueve y media, en un taxi. Gimena los recibió con un abrazo y no vio las rayas. Nadie en la feria las vio, o nadie dijo nada. Los trípticos se repartieron todos antes del mediodía.
Celina sí las vio. Esa tarde, después de dormir cuatro horas, volvió al local, se sentó en la mesa larga con un cuaderno y escribió en la primera página: Trípticos feria. Lo que no sabía.
Escribió doce renglones. Que el archivo tenía que llegar con las letras convertidas o con las tipografías, y que eso se revisaba antes de aceptar el trabajo, no a las siete de la tarde. Que la fecha de entrega se podía prometer solo si el archivo llegaba a una hora que dejara tiempo. Que el papel se guardaba en su caja, lejos de la vidriera, y se aclimataba un día antes. Que la prueba de color se mandaba al cliente y el cliente la aprobaba por escrito, no con un pulgar. Que la guillotina manual cortaba bien de a veinte hojas, no de a cincuenta. Que el papel ilustración grueso se hendía antes de plegar. Que plegar quinientos trípticos a mano llevaba cuatro horas de dos personas. Que había que comprar una hendidora, o mandar el plegado afuera, o cobrarlo.
Y un renglón al final, subrayado: ¿Cuánto cobré y cuánto me costó?
El lunes a la mañana, antes de abrir, Celina fue a Olivares con un tríptico en la cartera. Don Ismael lo miró contra la luz de la ventana, pasó el dedo por el doblez, vio la raya blanca y no dijo nada durante un rato.
—Ilustración de ciento cincuenta, tóner, sin hendir —dijo al final—. Le pasó a todo el mundo una vez.
La llevó a la sección de terminaciones, donde una plegadora del largo de una mesa doblaba folletos a una velocidad que Celina no podía seguir con los ojos, y donde al costado había una máquina más chica, de manivela, con una rueda que marcaba una línea en el papel.
—La hendidora —dijo—. Marca el doblez antes de doblar, para que el papel no se quiebre. Se consigue usada. Y si no quiere comprar una plegadora, mándenos el plegado a nosotros: le cobramos por mil, y es más barato que su madre.
Celina se rió por primera vez desde el viernes. Don Ismael no.
—Le digo en serio —dijo—. Las terminaciones son la mitad del trabajo y nadie las presupuesta. Anótelo en su cuaderno.
Celina lo anotó. Esa semana compró una hendidora de manivela usada, por ciento veinte dólares, a un taller de encuadernación que cerraba.
El martes, Gimena le escribió desde la capital para agradecerle. Le dijo que los trípticos habían quedado hermosos, que la feria había tenido el doble de gente que el año anterior y que el colectivo quería pagarle algo más, porque sabían que el precio había sido de amiga. Celina le contestó que no hacía falta. Después se quedó mirando el mensaje un rato largo, con el cuaderno abierto en la página del último renglón, y pensó que no sabía si hacía falta o no, porque no sabía cuánto le había costado.
Había cobrado ciento ochenta dólares, el precio de amiga que había acordado con el colectivo. Habían trabajado trece horas ella y diez su madre. Habían gastado trescientas hojas de papel ilustración, veintiocho dólares de una tipografía y un número de clics de la digital que Celina todavía no sabía cuánto costaba cada uno.
Lo que Nova vio
La primera noche de Celina es la de casi todo el que abre un taller de impresión, y conviene contarla con cada detalle porque casi nada de lo que sale mal es imprimir. La impresión, con trabadas y todo, llevó tres horas. Lo demás fue lo que pasa antes, el archivo que llega tarde y con las letras que faltan, la prueba aprobada con un pulgar, y lo que pasa después, el corte que se corre, el pliegue a mano, el doblez que se quiebra.
Lo que me interesa del capítulo es cuánto de eso Celina sabía de memoria y no usó. Una diseñadora con catorce años de oficio sabe que hay que convertir las letras, que el papel ilustración se quiebra si no se hiende, que la prueba se firma. Lo sabía del otro lado del mostrador, cuando el problema era de la imprenta. Del lado de la imprenta, a las siete de la tarde de un viernes, con una amiga en un colectivo y una feria al día siguiente, lo que sabía no estaba en ningún lado donde lo pudiera usar.
El cuaderno del sábado a la tarde es la mejor decisión del capítulo. No es una lista de culpas: es la primera versión de lo que después va a ser la orden de trabajo de la imprenta. Qué se pide antes de aceptar, cuándo tiene que llegar el archivo, qué se revisa, cómo se aprueba la prueba, con qué se corta, cómo se pliega, cuánto lleva cada cosa.
Y el último renglón, el de cuánto cobró y cuánto costó, queda sin respuesta. Es honesto que quede así: Celina todavía no sabe cuánto le cuesta un clic de su máquina, y sin ese número no hay respuesta posible.
Lo que hay que saber
Un trabajo de punta a punta. Pedido con la especificación completa (producto, cantidad, formato, papel, colores, terminaciones, fecha); recepción y revisión del archivo, que en la imprenta se llama preimpresión; imposición, que es decidir cuántos ejemplares entran en cada hoja y cómo; prueba de color, aprobada por el cliente; impresión; secado o enfriado; corte; terminaciones (plegado, hendido, abrochado, laminado, troquelado); control, empaque y entrega. Cada paso tiene su tiempo y su forma de salir mal, y la mayoría de los problemas se originan antes de la máquina.
La orden de trabajo. Es la hoja que acompaña a cada trabajo por la imprenta: qué es, cómo se hace, en qué máquina, con qué papel, qué terminaciones lleva, para cuándo, quién lo aprobó y en qué estado está. Sin ella, la especificación vive en la memoria de quien atendió al cliente. Cómo se arma una orden de trabajo con su recorrido por las secciones está en la guía de la Escuela sobre órdenes de trabajo y rutas.
El archivo es parte del trabajo. Las tipografías incluidas o convertidas, las imágenes con resolución suficiente, el sangrado para el corte, los colores en el modo correcto, el negro bien armado. Revisarlo antes de aceptar la fecha de entrega es la diferencia entre una noche entera y una tarde normal. Una lista corta de lo que se revisa, que se le da al cliente de antemano, ahorra la mitad de los problemas.
El papel también trabaja. El papel absorbe y pierde humedad, se curva con el calor y tiene una dirección de fibra que decide cómo se dobla y cómo pasa por la máquina. Se guarda en su envoltorio, lejos del sol y de la humedad, se aclimata en el lugar donde se va a imprimir y se elige con la fibra a favor del pliegue. Muchas trabadas y muchos pliegues quebrados empiezan en la estantería.
Las terminaciones también son tiempo. Cortar, plegar, hendir, encuadernar. En una imprenta chica sin máquinas para eso, se hacen a mano o se mandan afuera, y las dos cosas cuestan. Un presupuesto que no las cuenta regala la parte del trabajo que más horas lleva.
Para tu negocio
Si tenés una imprenta o un taller de impresión, elegí el último trabajo que salió con un problema y escribí cada paso por el que pasó, del pedido a la entrega, con la hora en que empezó y terminó cada uno. Marcá dónde se originó el problema. Contestá por escrito: ¿cuántas horas llevó lo que pasa antes de imprimir y lo que pasa después, comparadas con la impresión, y qué tendrías que haber pedido o revisado antes de aceptar la fecha?
Qué registrar desde hoy
- Una orden de trabajo para cada pedido, con la especificación completa.
- La hora en que llega el archivo y lo que tuvo que corregirse.
- La prueba de color, con la aprobación escrita del cliente.
- Las hojas que se pierden en cada trabajo, y por qué.
- Las horas de cada paso: preimpresión, impresión, corte, terminaciones, empaque.
La enseñanza
En una imprenta casi nada sale mal en la máquina: sale mal en el archivo que llega tarde, en la prueba que nadie firmó y en el pliegue que no se hendió; un trabajo se empieza a hacer bien en el pedido, mucho antes de imprimir.
Lo que sigue
En el capítulo 3, Celina averigua por fin cuánto le cuesta cada clic de la digital, y descubre que el menú de un restaurante que le llevó nueve vueltas de correcciones lo cobró a precio de copistería.