Horas por tonelada
Una pantalla grande en el galpón, a la vista de los treinta, con los números del taller. Un jefe de turno que encuentra por qué las escaleras llevan casi el doble, y un dueño que descubre que los portones que hacía por cariño eran lo único chico que dejaba plata. Libro 2, capítulo 14.
Libro 2 · Parte IV · Capítulo 14. Anterior: La orden de trabajo sabe dónde está cada viga. Índice del libro: Seis dólares el kilo.
La pantalla la colgó Tobías en la pared del fondo del galpón, arriba del tablero de herramientas con las siluetas que el Gringo había pintado en el segundo año. Era un televisor grande, de los que se usan en los bares para los partidos, metido en una caja de chapa perforada que soldó Brian para protegerlo de las chispas. Se veía desde cualquier puesto de armado, desde la cabina de pintura y desde la puerta del vestuario.
Osvaldo no quería. Le parecía que los números del taller eran del dueño, y que mostrarlos era como dejar abierta la caja fuerte. El Gringo, que había sido delegado en Larrea doce años, le dijo algo que lo convenció en una frase:
—En Larrea los números los tenían arriba, y a nosotros nos llegaba solamente el apuro. Si los muchachos ven los números, el apuro lo entienden.
La pantalla mostraba diez números, siempre los mismos, actualizados por el sistema cada noche. No mostraba sueldos ni precios de clientes. Mostraba cómo andaba el galpón.
| Número | Valor en mayo del séptimo año | Objetivo |
|---|---|---|
| Horas por tonelada, obras del mes, contra lo cotizado | 31 contra 33 | igual o menos que lo cotizado |
| Aprovechamiento de barra | 93 % | más de 92 % |
| Margen real contra cotizado, obras cerradas del mes | 21 % contra 22 % | menos de 2 puntos de diferencia |
| Días de cobro promedio | 24 | menos de 30 |
| Cliente más grande, parte de las ventas | 24 % | menos de 30 % |
| Ocupación de horas, próximas 8 semanas | 86 % | entre 75 % y 90 % |
| Retrabajos por plano equivocado, en el año | 0 | 0 |
| Días sin accidentes | 214 | siempre más |
| Horas extra por persona por semana | 3,1 | menos de 4 |
| Días de acero acopiado sin obra | 11 | menos de 15 |
Los viernes a las cuatro de la tarde, con el galpón apagado, los treinta se juntaban quince minutos frente a la pantalla. Tobías explicaba un número, el que hubiera cambiado. El Gringo agregaba lo que hubiera que agregar de calidad o de seguridad. Y cualquiera podía preguntar.
La primera reunión duró media hora y no quince minutos, porque un soldador joven, de los que habían entrado ese año, levantó la mano y preguntó qué quería decir aprovechamiento de barra. Nadie se rió. Tobías fue hasta el depósito, volvió con una barra de doce metros al hombro con la ayuda de Brian, la apoyó en el piso del galpón y dibujó con tiza las piezas de una viga sobre ella, una al lado de la otra. Después marcó con una cruz lo que sobraba en la punta. Explicó que con el corte de antes sobraban noventa centímetros por barra, y con el plan del sistema, cuarenta. Que en una nave eran cientos de barras. Que cada punta que iba a la chatarra era acero que el taller había pagado al precio del acero y vendía al precio de la chatarra. El soldador joven miró la barra un rato largo y dijo que entonces había que cortar en el orden que decía la pantalla y no en el que uno tenía ganas. Tobías dijo que sí. Al viernes siguiente, el aprovechamiento de ese turno subió un punto.
El número que más miraban todos, sin que nadie lo dijera, era el de los días sin accidentes. Desde la mano de Brian en el mes de las cuatro obras, el Gringo había instalado una regla que nadie discutía: cada vez que ese número volvía a cero, aunque fuera por una quemadura chica, el galpón paraba treinta minutos, todos juntos, frente a la pantalla, para entender qué había pasado y qué se cambiaba. En mayo del séptimo año, el número estaba en doscientos catorce, y cuando pasaba un día más, alguien lo anunciaba en voz alta al llegar, como se anuncia el resultado de un partido.
Brian preguntó en la tercera reunión.
Brian tenía veintisiete años, era jefe del turno tarde, y desde que había entrado al taller como ayudante, a los veinte, había preguntado todo. Esa tarde de mayo, frente a la pantalla, preguntó por qué las escaleras llevaban casi el doble de horas por tonelada que lo que decía la planilla de Tobías para un taller con plantillas. La planilla decía unas ochenta. Las del taller, en el último año, ciento veinte.
Tobías dijo que eran las escaleras: muchas piezas, muchos ángulos. Brian dijo que no. Que él había hecho las últimas cuatro y que la mitad de las horas no se iban en soldar escalones, sino en armar cada vez, de cero, el gálibo para que los escalones quedaran a la misma altura y con la misma inclinación. Cuatro escaleras, cuatro gálibos de madera, cuatro días tirados.
—Si hacemos un gálibo de acero que se pueda regular —dijo Brian—, con un tornillo para la altura y otro para el ángulo, lo armamos una vez y lo usamos siempre.
El Gringo lo miró un rato largo, como miraba los cordones.
—Hacelo.
Brian lo diseñó con Tobías y lo soldó en dos sábados. Un bastidor de caño cuadrado con dos guías regulables, una escala grabada con el punzón y un nivel de burbuja atornillado. La siguiente escalera llevó ochenta y seis horas por tonelada. La otra, ochenta y uno. Ese viernes, en la pantalla, la línea de las escaleras bajó, y alguien en el fondo del galpón aplaudió. Osvaldo, que estaba al lado del Gringo, no aplaudió, pero se fue a mirar el gálibo de cerca y le pasó la mano por la escala grabada.
El segundo hallazgo de la pantalla fue de Osvaldo, y no le gustó.
Durante siete años, por más que el taller creciera, Osvaldo había seguido aceptando trabajos chicos. Un portón para un vecino de Villa Tranquera. Una baranda para un cliente del corralón de Pocho. Una reja para la hermana de alguien. Los aceptaba él, por teléfono, porque "a esa gente no se le puede decir que no", y los cotizaba con una lista de precio por kilo que actualizaba Norma cada mes. Se hacían en el galpón cuando sobraba un hueco, entre una nave y un entrepiso.
Tobías los separó en el sistema un sábado, a pedido del Gringo, con una etiqueta: obras chicas, todo lo que fuera menos de cinco mil dólares. El resultado lo puso en la pantalla el viernes siguiente, sin aviso.
Las obras chicas eran el dieciocho por ciento de las horas del galpón. Y el seis por ciento del margen.
Adentro de ese número había dos números más. Los portones, que se hacían casi siempre iguales y desde hacía años con una plantilla de perfil que había hecho el Gringo, llevaban cuarenta y ocho horas por tonelada y dejaban plata. Las barandas a medida, cada una distinta, medida en una casa, dibujada, curvada, colocada en una escalera de mármol, llevaban ciento sesenta, y cada una costaba más de lo que se cobraba.
Osvaldo se quedó mirando la pantalla con la gorra en la mano.
—Otra vez la escalera de la doctora Ibáñez —dijo, y algunos de los más viejos se rieron, porque conocían la historia.
Lo que hicieron con las obras chicas no fue dejar de hacerlas, que era lo que Osvaldo temía, sino hacerlas de otra manera.
Los portones pasaron a ser un catálogo. Tres medidas, dos diseños, una terminación galvanizada y pintada, un precio fijo por modelo, actualizado con el acero una vez por mes. Se fabricaban en tandas de diez, con plantillas fijas, en las semanas en que la pantalla mostraba la ocupación por debajo del setenta y cinco por ciento, y se guardaban en el galpón de despacho. El turno de Brian se hizo cargo de esa línea.
Y se vendían en el Corralón La Ruta. Pocho Giménez, que tenía sesenta y seis años y la misma letra grande y redonda, puso un portón de muestra en la entrada del corralón, al lado de las bolsas de cemento, con un cartel escrito por él: Portones Quiroga. Precio fijo. Entrega en una semana. En el primer año se vendieron noventa.
Las barandas a medida siguieron, con dos reglas que Norma escribió en la planilla de cotizar: un mínimo de mil doscientos dólares, y la medición cobrada aparte, descontable si se hacía el trabajo. Algunos clientes se fueron con Ramón, el herrero de la avenida, que seguía sin hacer escaleras ni barandas raras, pero sí rectas y por kilo. Los que se quedaron pagaron lo que valía.
Osvaldo siguió atendiendo por teléfono a "esa gente". Ahora les decía un precio fijo o un mínimo, y casi nadie se ofendía. El primer portón del catálogo que se vendió en el corralón lo compró un vecino de Villa Tranquera que, quince años antes, le había pedido a Osvaldo que le arreglara el tráiler. Pocho le mandó una foto del portón cargado en el techo de una camioneta, con un mensaje de una sola palabra: primero. Osvaldo la puso de fondo de pantalla, al lado de la de Tobías con la tabla de herramientas, y durante una semana se la mostró a todo el que entraba a la oficina.
Lo que Nova vio
Los diez números de la pantalla de Quiroga no son muy distintos de los que tendría cualquier tablero de un taller. Lo distinto es dónde están: en la pared del galpón, a la vista de los treinta, y no en la computadora del dueño. El Gringo lo explicó mejor que cualquier manual: cuando la gente ve los números, el apuro se entiende. Y cuando se entiende, la gente que hace el trabajo empieza a ver lo que el dueño no ve desde la oficina.
El gálibo de Brian es la prueba. Durante un año, el taller explicó las horas de las escaleras con una razón que sonaba técnica, muchas piezas y muchos ángulos, y la razón verdadera estaba en el piso: cuatro días por escalera armando un gálibo de madera que se tiraba. W. Edwards Deming sostenía, en Out of the Crisis (1986), que la mayor parte de los problemas de calidad y productividad son del sistema de trabajo y no de las personas; y Taiichi Ohno, en Toyota Production System (1988), describió cómo las mejoras más valiosas salen de quienes hacen el trabajo cuando pueden ver y cambiar el proceso. Brian no leyó a ninguno de los dos. Vio un número en una pantalla y supo dónde estaba el problema.
Y lo de las obras chicas es el hilo de este libro dando su última vuelta. El precio por kilo de la escalera del primer año, las horas por tonelada del libro de la facultad, y ahora una lista de precio por kilo para trabajos chicos que se hacían "cuando sobraba un hueco". La solución no fue dejar de hacerlos: fue separar lo que se repite, que puede tener plantilla y precio fijo, de lo que es único, que tiene que tener mínimo y medición cobrada.
Lo que hay que saber
Horas por tonelada por tipo de obra, como indicador central. En un taller de estructuras, es el número que mejor resume la productividad, porque junta el diseño de la estructura, las plantillas, las máquinas y la gente. Se mide por tipo de obra, se compara con lo cotizado y se mira todos los meses. Cuando un tipo de obra se aparta, la pregunta no es quién trabajó lento, sino qué del proceso hace que lleve más.
El tablero a la vista. Entre ocho y doce números del taller, con su objetivo, actualizados todos los días y visibles para todos: productividad, aprovechamiento, margen real, cobros, concentración, ocupación, retrabajos, seguridad, horas extra y acero inmovilizado. Lo que no se muestra son los datos personales y los precios de cada cliente. Una reunión corta y fija frente al tablero, con preguntas abiertas, convierte los números en mejoras. En la Escuela, los diez números de un dueño están en Los diez números, y el tablero del dueño con el sistema, en el capítulo 30 de Empresa y sistema, integrados.
La mejora viene del piso. Las plantillas, los gálibos, el orden de las herramientas y la secuencia de armado son las palancas más baratas de productividad en un taller, y las conoce quien trabaja con ellas. Mostrarle los números a esa persona y darle tiempo para probar una mejora suele valer más que cualquier máquina nueva.
La seguridad también es un número. Días sin accidentes, horas extra por persona y accidentes por cada mil horas trabajadas, a la vista de todos. Cuando el número vuelve a cero, se para y se analiza en grupo qué pasó y qué se cambia: la herramienta, el orden, la protección, el horario. Las normas de seguridad e higiene varían por país; la costumbre de mirarlas cada semana, no.
Separar lo que se repite de lo que es único. Los trabajos chicos que se repiten, como un portón estándar, admiten plantillas, tandas y precio fijo, y pueden fabricarse en las semanas de menos carga. Los que son únicos, como una baranda a medida, llevan mínimo, medición cobrada y horas contadas dos veces. Mezclar las dos cosas con un mismo precio por kilo hace que las únicas se paguen con el margen de las repetidas.
Para tu negocio
Elegí el número que mejor mide la productividad de tu trabajo, horas por tonelada, por metro o por pieza, y calculalo por tipo de trabajo con lo que tengas del último año. Mostráselo a la gente que hace ese trabajo y preguntales, sin buscar culpables, por qué un tipo lleva más que otro. Después separá tus trabajos chicos en dos listas: los que se repiten y los que son únicos. Contestá por escrito: ¿cuál de los que se repiten podría tener un precio fijo y una plantilla, y cuál de los únicos necesita un mínimo?
Qué registrar desde hoy
- Horas por tonelada, o la medida que corresponda, por tipo de trabajo, todos los meses.
- Las mejoras propuestas por la gente del taller, quién las propuso y qué cambió en los números.
- Los trabajos chicos separados: horas que consumen y margen que dejan.
- Los días sin accidentes y las horas extra por persona, a la vista de todos.
- Las plantillas y gálibos del taller, con su uso, como cualquier otra herramienta, y quién los diseñó.
- Las preguntas que se hacen frente al tablero y la respuesta que se dio, para no contestar dos veces lo mismo.
La enseñanza
Una tonelada de escalera no es una tonelada de viga, y la diferencia la encuentra antes que nadie el que la suelda, si puede ver el número. Lo que se repite se hace con plantilla y precio fijo; lo único se cobra como único.
Lo que sigue
En el capítulo 15, el último, Frigorífico Río Bravo licita una nave de ciento cuarenta toneladas que Quiroga no puede hacer solo, el competidor de los precios bajos se convierte en socio de una obra, y la señora Antúnez llama para pedir una baranda.