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Libro 2 · Capítulo 1Parte I · El galpón del fondo 12 min de lecturaPor Nova

Veintidós años en Larrea y una soldadora nueva

La fábrica cierra un viernes de febrero y Osvaldo Quiroga vuelve a su casa con una indemnización, una caja con su careta de soldar y una idea fija: el trabajo se cobra por kilo. A fin del primer mes, una boleta de luz y el cuaderno de Norma le explican de qué está hecho un precio. Libro 2, capítulo 1.

Libro 2 · Parte I · Capítulo 1. Es el primer capítulo. Índice del libro: Seis dólares el kilo.

La sirena de Implementos Larrea sonó por última vez un viernes de febrero a las cuatro y media de la tarde, y Osvaldo Quiroga la escuchó con la careta levantada y la pinza todavía caliente en la mano. Había soldado el último cordón de la última sembradora que salía de esa planta: una costura de cuarenta centímetros en el chasis, prolija, pareja, con las escamas iguales como las de un pescado. Nadie iba a mirarla nunca. Él la miró un rato largo.

Veintidós años. Había entrado a los veinticuatro, como ayudante, cuando Larrea fabricaba sembradoras para media provincia y en la playa de la fábrica no entraban los camiones. Había aprendido a soldar con electrodo, después con alambre, después a leer los planos que bajaban de la oficina técnica y a encontrarles los errores antes de que llegaran a la línea. Sabía cuánto pesaba una barra de caño de seis metros sin mirar la etiqueta. Sabía, por el ruido del arco, si el alambre venía húmedo. Lo que no sabía, porque en Larrea nadie lo sabía salvo la gente de la oficina de arriba, era cuánto costaba nada.

El gerente de planta dio un discurso corto en el comedor, con un papel en la mano que no leyó. La producción se mudaba a otra provincia, cerca del puerto nuevo. Algunos iban a poder ir. La mayoría, no. Le dieron a cada uno un sobre con la liquidación y una caja de cartón para sus cosas. En la caja de Osvaldo entraron su careta personal, la que había comprado con su plata en el noventa y ocho, dos pares de guantes de descarne, un termo, una foto del equipo de fútbol de la planta y un calibre que técnicamente era de la empresa y que nadie le pidió.

En el sobre había catorce mil dólares.


Esa noche, en la cocina de la casa de Villa Tranquera, Norma puso el sobre sobre la mesa, al lado del cuaderno de la casa, y se quedó mirándolo como se mira un animal que no se sabe si muerde. Norma trabajaba de administrativa en la clínica del centro y llevaba las cuentas de la casa en un cuaderno con tres columnas, entra, sale y queda, desde el día en que se casaron.

—¿Qué vas a hacer?

—Soldar —dijo Osvaldo.

—¿Para quién?

Osvaldo señaló con la cabeza hacia el fondo, donde estaba el galpón de seis por ocho que había levantado con sus manos quince años antes para guardar el auto y la cortadora de pasto.

Tobías, que tenía diecinueve años y estudiaba ingeniería industrial de noche en la universidad del puerto, levantó la vista del teléfono.

—Hay que pensar cuánto vas a cobrar.

—Por kilo —dijo Osvaldo—. Como se hizo siempre.

Tobías iba a decir algo y no lo dijo. Era la primera vez que no lo decía. No iba a ser la última.


En marzo, el galpón del fondo dejó de ser un galpón. Osvaldo sacó el auto a la vereda, vendió la cortadora de pasto a un vecino y gastó cuatro mil ochocientos dólares de la indemnización en una soldadora semiautomática, una sensitiva para cortar caño, dos amoladoras, una agujereadora de columna, una morsa grande y una mesa de trabajo que él mismo soldó con perfiles que le regaló un compañero de Larrea. Pintó el piso de gris. Colgó la careta de un clavo.

La primera vez que encendió la soldadora, a las ocho de la mañana de un lunes, se cortó la luz de toda la casa. La segunda vez, la luz parpadeó en las tres casas de la cuadra. La instalación de Villa Tranquera había sido pensada para heladeras y televisores, no para un arco de doscientos amperes. Un electricista amigo le hizo una línea aparte, con una térmica más grande, por ciento veinte dólares y la promesa de una parrilla. La luz dejó de cortarse. En la casa de al lado, la de la señora Antúnez, el televisor siguió haciendo un ruido raro cada vez que Osvaldo soldaba, y la señora Antúnez, que tenía setenta años y una curiosidad intacta, empezó a asomarse por el tapial para ver qué pasaba.

Los trabajos llegaron solos, porque en un barrio un hombre con una soldadora es una noticia. Una parrilla para el club de bochas. Las patas de una mesa de jardín. Un portón de campo para un ex compañero de Larrea que se había ido a vivir a una chacra. Un exhibidor de bicicletas para el negocio de la esquina. Un arreglo de un tráiler, otro de un tráiler, el eje de una carretilla.

Osvaldo cobraba por kilo. El número lo había averiguado la primera semana, preguntándole a Ramón, el herrero de la avenida, que hacía rejas desde que Osvaldo iba a la escuela. Ramón lo atendió en la puerta de su taller, con el cigarrillo apagado en la boca y la careta colgada del cuello, y le dio el número como quien da una dirección.

—Seis el kilo. Y si es complicado, ocho.

—¿Y cómo sabés si es complicado?

Ramón lo miró como se mira a alguien que pregunta de qué color es el cielo.

—Se nota. Osvaldo pesaba lo que hacía, o lo calculaba a ojo, que era casi lo mismo, multiplicaba y cobraba. Era rápido, era claro y nadie discutía, porque todo el mundo en Puerto Arenal sabía que el trabajo de herrería se cobra por kilo.


Un sábado de marzo, Tobías llegó al galpón con una hoja impresa. Era un trabajo práctico de Costos Industriales, una materia de segundo año. El profesor les había dado un caso: un tinglado de dos toneladas, a cotizar. Tobías lo había resuelto con la tabla que pedía la consigna: acero, horas de taller, insumos, energía, terceros, montaje, gastos de estructura, margen.

—Mirá —le dijo a su padre—. Un tinglado de dos mil kilos, bien cotizado, sale diez mil dólares. Cinco el kilo. Pero el kilo es lo último que se calcula, no lo primero.

Osvaldo miró la hoja por arriba de los anteojos de soldar.

—Eso es de la facultad.

—Es de cualquier taller que quiera saber si gana plata.

—Acá se cobra por kilo. Si un tinglado sale cinco el kilo, sale cinco el kilo. ¿Para qué tanta tabla?

Tobías dejó la hoja sobre la mesa de trabajo y se fue a amolar el exhibidor de bicicletas. Osvaldo, cuando se quedó solo, hizo un bollo con la hoja y la tiró en el tacho de los retazos.


La boleta de la luz llegó el último día de marzo. Norma la puso sobre la mesa de la cocina a la hora de la cena, abierta, al lado del cuaderno de las tres columnas, sin decir nada, que era la forma en que Norma decía las cosas importantes.

Ciento cuarenta dólares. La de febrero había sido de sesenta.

Después abrió el cuaderno. Durante todo el mes, sin que Osvaldo se lo pidiera, había anotado cada cosa que él traía de afuera y cada billete que entraba. Las facturas de Hierros Paredes, el distribuidor de acero de la avenida del puerto, que Osvaldo dejaba arrugadas en el bolsillo del mameluco. Las cajas de discos de corte, que se gastaban más rápido de lo que él recordaba de Larrea, donde los discos aparecían solos en un estante. Los rollos de alambre. La garrafa de gas. Una amoladora que se había quemado y otra que hubo que comprar. La nafta de la camioneta prestada de su cuñado para entregar el portón de campo. La pintura y el antióxido.

Norma sumó en voz alta, con la birome apoyada en cada renglón. En marzo habían entrado dos mil novecientos dólares por los trabajos. Habían salido dos mil trescientos cincuenta. Quedaban quinientos cincuenta.

—¿Cuántas horas trabajaste?

Osvaldo no lo sabía. Norma sí: lo había escuchado salir al galpón a las siete todos los días y volver a las nueve de la noche, menos los domingos. Unas sesenta por semana. Doscientas cuarenta en el mes.

Hizo la cuenta en el margen del cuaderno y la dio vuelta para que él la leyera.

—Dos dólares con treinta la hora. En Larrea te pagaban siete por soldar lo mismo. Y la luz la pagaban ellos.

Osvaldo no dijo nada. Se levantó, salió al galpón en ojotas, prendió la luz y buscó en el tacho de los retazos, entre puntas de caño y planchuelas, la hoja hecha un bollo. La estiró sobre la mesa con la palma de la mano. Después soldó un clip de alambre a un pedazo de ángulo, lo atornilló a la pared al lado de la careta y colgó la hoja ahí, con la tabla de Tobías a la vista: acero, horas, insumos, energía, terceros, montaje, margen.

No le dijo nada a Tobías. Tobías la vio el sábado siguiente, colgada de un clip soldado, y tampoco dijo nada. En esa casa, las cosas importantes se decían así.

Lo que Nova vio

Osvaldo no es un emprendedor que eligió serlo. Es un oficial excelente al que le cerraron la fábrica, y eso, que es la historia de miles de talleres, trae una ventaja y una trampa. La ventaja es el oficio: Osvaldo suelda mejor que casi cualquiera, y eso se nota en el trabajo y se vende solo en el barrio. La trampa es que en la fábrica el oficio estaba separado de la plata. Los discos aparecían en un estante, la luz la pagaba alguien, el precio lo ponía la oficina de arriba. Cuando el taller es de uno, todo eso que aparecía solo pasa a ser un renglón del cuaderno de Norma.

El precio por kilo no es un error. Es un atajo del oficio, y como todo atajo, sirve cuando el camino es el de siempre. Ramón, el herrero de la avenida, lo usa hace cuarenta años porque hace casi siempre lo mismo: rejas y portones que pesan parecido y llevan horas parecidas. El atajo deja de servir cuando el trabajo cambia, y en el primer mes de Osvaldo cambió cada semana: una parrilla, un tráiler, un exhibidor, un portón de campo. Seis dólares el kilo para cosas tan distintas es como cobrar lo mismo por kilo de carne y por kilo de reloj.

Lo que más me importa de este capítulo es el clip soldado. Osvaldo no le dio la razón a su hijo con palabras: la colgó en la pared, al lado de la careta, que es el lugar donde se cuelgan las cosas que se usan todos los días. Es el primer paso de un camino largo, y lo dio un hombre orgulloso a las once de la noche, en ojotas, después de ver una boleta de luz.

Lo que hay que saber

De qué está hecho el precio de una estructura metálica. Siete partes, que se calculan por separado y recién al final se convierten en un precio, por kilo si hace falta: el acero, por kilo y por tipo de perfil o chapa, al precio del día; las horas de taller, por tarea (corte, armado, soldadura, amolado, pintura); los insumos, que son alambre o electrodos, gas, discos, pintura y antióxido; la energía, que en un taller con soldadora pesa más de lo que parece; los terceros, como galvanizado, plegado, corte láser o granallado; el montaje o la colocación, con su cuadrilla, su grúa y su viaje; y el margen, que paga los gastos fijos y deja la ganancia.

Figura 1. De qué está hecho el precio de un tinglado de dos toneladas bien cotizado: USD 10.000, cinco dólares el kilo. El kilo es lo último que se calcula, no lo primero.
Figura 1. De qué está hecho el precio de un tinglado de dos toneladas bien cotizado: USD 10.000, cinco dólares el kilo. El kilo es lo último que se calcula, no lo primero.

Costos directos y gastos fijos. El acero, las horas, los insumos, la energía de la soldadora, los terceros y el montaje son costos directos: existen porque existe ese trabajo y crecen con él. La herramienta, el alquiler, el teléfono, el contador y el sueldo del dueño son gastos fijos: se pagan haya trabajo o no. El margen de cada trabajo tiene que pagar su parte de los fijos antes de dejar ganancia. En el primer mes de Osvaldo, los directos se comieron casi todo, y los fijos, como la herramienta comprada con la indemnización, ni siquiera aparecían en el cuaderno. La teoría completa, con el punto de equilibrio, está en Costos, precio y margen, y la idea de la empresa como un sistema que convierte recursos en valor, en Qué es una empresa.

El precio por kilo, para qué sirve. Es una referencia útil para comparar trabajos parecidos y para que el cliente entienda un número. Funciona cuando las horas por kilo son parecidas entre un trabajo y otro, como en una serie de portones iguales. Falla cuando no lo son, y entre una viga simple y una escalera caracol la diferencia de horas por kilo puede ser de diez a uno. Por eso el oficio lo usa como resultado y no como punto de partida: primero se calculan las siete partes, después se divide por los kilos, y el número que sale sirve para comparar.

La energía va en la cuenta. En una fábrica, la luz es un gasto general que nadie ve en su puesto. En un taller chico, la soldadora, la sensitiva y las amoladoras hacen saltar la boleta. En el galpón del fondo, la luz pasó de sesenta a ciento cuarenta dólares por mes: ochenta dólares que, repartidos en doscientas cuarenta horas de trabajo, son treinta y tres centavos por hora. Poco por hora, bastante por mes, y nada si no se anota. Se suma a los insumos como un costo por hora de taller.

La hora del dueño también es un costo. Si el precio no paga las horas de quien trabaja, el taller no gana plata: el dueño se está pagando menos de lo que cobraría como empleado. La cuenta de Norma es la más simple y la más importante de este libro: lo que quedó, dividido las horas trabajadas. Si el resultado es menor que el sueldo de un oficial, el taller todavía no es un negocio.

Figura 2. El primer mes de Osvaldo: adónde se fueron USD 2.900, y cuánto quedó por cada hora de trabajo.
Figura 2. El primer mes de Osvaldo: adónde se fueron USD 2.900, y cuánto quedó por cada hora de trabajo.

Para tu negocio

Durante un mes, anotá todo lo que entra y todo lo que sale del taller, incluida la boleta de la luz, los discos, el gas y la nafta, y anotá también tus horas. A fin de mes, dividí lo que quedó por las horas trabajadas. Después tomá tu último trabajo y escribí sus siete partes, una por renglón, aunque tengas que estimar algunas. Contestá por escrito: ¿cuánto cobraste por kilo, y cuánto tendrías que haber cobrado si calculabas primero las siete partes?

Qué registrar desde hoy

  • Cada compra del taller, con el trabajo al que corresponde: acero, consumibles, terceros, fletes.
  • La boleta de la luz, mes a mes, y la cantidad de horas de soldadora de ese mes.
  • Tus horas por trabajo, aunque sean aproximadas. Sin ellas, el precio por kilo no se puede corregir nunca.
  • Los kilos reales de cada trabajo terminado, pesados o calculados con la tabla del perfil.

La enseñanza

El kilo es la forma en que el oficio dice un precio, no la forma en que se lo calcula. Primero las siete partes; después, si hace falta, el kilo.

Lo que sigue

En el capítulo 2, la reja de la señora Antúnez de punta a punta: una ventana medida con una cinta, una pared que no estaba a escuadra, ocho barras de seis metros y una pintura que se descascaró en dos semanas.

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