← La receta no dice cuánto cuesta
Libro 3 · Capítulo 1Parte I · La cocina de casa 12 min de lecturaPor Nova

La química del pan

Mercedes Arce enseña química en la Escuela Normal de Villa Ceibal y hornea los sábados con la masa madre que le dejó su abuela. Un recorte de horas le saca la mitad del sueldo, y la cuenta que hace esa noche para reemplazarlo con pan tiene todos los gramos menos uno. Libro 3, capítulo 1.

Libro 3 · Parte I · Capítulo 1. Índice del libro: La receta no dice cuánto cuesta.

A las cuatro y cuarenta de la mañana de un sábado de noviembre, en una cocina del barrio Los Paraísos, una mujer de treinta y ocho años destapaba un frasco de vidrio y lo olía como quien huele un vino.

El frasco estaba en la heladera desde hacía dieciocho años. Adentro vivía una masa madre que la abuela Catalina había empezado en otra cocina, en otra ciudad, con harina, agua y paciencia, y que había pasado de mano en mano hasta llegar a la de su nieta en una caja de telgopor, envuelta en un repasador, el verano en que la abuela dejó de poder amasar. La abuela la llamaba la Tana. Mercedes Arce no le había cambiado el nombre. Le había cambiado casi todo lo demás.

La abuela alimentaba la Tana "cuando se acordaba", con "un puñado" de harina y "un chorrito" de agua, y el pan le salía distinto cada semana, a veces glorioso, a veces una piedra. Mercedes la alimentaba cada doce horas con el mismo peso de harina que de agua, medidos en una balanza de cocina que apreciaba el gramo, y anotaba todo en un cuaderno cuadriculado de tapas verdes: la fecha, la temperatura de la cocina, la del agua, las horas que tardaba en duplicar su volumen, el olor. Arriba de la primera hoja, con letra de pizarrón, decía Protocolo.

Hacía doce años que Mercedes enseñaba química en la Escuela Normal de Villa Ceibal. Los alumnos de quinto año sabían que en septiembre llegaba la clase del pan: Mercedes traía la Tana en su frasco, una bolsa de harina y una balanza, y durante dos horas les explicaba que una levadura comiéndose el almidón y largando dióxido de carbono era la misma química que la del libro, solo que con olor a desayuno. Les explicaba el gluten como una red de proteínas que atrapa el gas, la corteza dorada como una reacción entre azúcares y aminoácidos, la miga abierta como una cuestión de agua. Al final de la clase horneaban en el laboratorio, en una mufla que no estaba pensada para eso, y los chicos se iban con un pan cada uno y la idea de que la química servía para algo.

Los sábados, Mercedes horneaba para las vecinas. Doce panes de campo de un kilo, a cuatro dólares cada uno, que Bruno, su hijo de diez años, repartía por la cuadra en un carrito de feria, golpeando las puertas con la seriedad de un cartero. La cocina tenía un horno eléctrico común y dos ollas de hierro con tapa, que era la única forma que había encontrado de conseguir la corteza que quería. Cabían dos panes por vez. Cada horneada llevaba cuarenta y cinco minutos. Doce panes eran seis horneadas, y por eso los sábados empezaban a las cuatro y cuarenta.

A ella le encantaba. No lo hacía por plata. Los cuarenta y ocho dólares de los sábados pagaban la harina del mes, los cumpleaños de Bruno y algún libro.


El primer martes de diciembre, la vicedirectora de la Escuela Normal la llamó a su oficina después del último recreo. La señora Godoy era una mujer correcta que daba las malas noticias de pie, para que duraran menos.

—Desde marzo se unifican las dos divisiones de quinto —dijo—. No hay matrícula para dos. Te quedan las horas de cuarto y las de tercero. Lo siento mucho, Mercedes. Es una decisión del ministerio.

Mercedes hizo la cuenta antes de salir de la oficina: de veintiocho horas cátedra le quedaban catorce. De novecientos dólares por mes, cuatrocientos cincuenta. El padre de Bruno vivía en otra provincia y mandaba una cuota que llegaba cuando llegaba.

Caminó de vuelta a su casa por la avenida San Martín, bajo los ceibos que estaban empezando a florecer, rojos, como todos los diciembres, y pensó que en el laboratorio le habían enseñado que un problema es una pregunta mal planteada. Había que plantearla bien.


Esa noche, con Bruno dormido, Mercedes abrió el cuaderno de tapas verdes en una hoja limpia y escribió arriba Balance, porque eso era lo que sabía hacer. A la izquierda, lo que la casa necesitaba por mes: el alquiler, la luz, el gas, la comida, la escuela de Bruno, el colectivo, el seguro. Mil cincuenta dólares, redondeando para arriba. A la derecha, lo que iba a entrar desde marzo: cuatrocientos cincuenta. La diferencia, seiscientos, la subrayó dos veces.

Después hizo la cuenta del pan. Un pan de campo llevaba quinientos gramos de harina, que en el supermercado del barrio costaba noventa centavos el kilo: cuarenta y cinco centavos de harina por pan. La sal no llegaba a un centavo. La Tana comía harina, pero tan poca que no valía la pena anotarla. El agua salía de la canilla. Un pan se vendía a cuatro dólares. Ganancia por pan: tres dólares con cincuenta y cinco.

Seiscientos dividido tres con cincuenta y cinco daba ciento sesenta y nueve panes por mes. Cuarenta y dos por sábado.

Mercedes miró el número un rato. Cuarenta y dos panes eran muchos más que doce, pero las vecinas pedían más de los que había, y en el grupo de madres de la escuela de Bruno siempre alguien preguntaba si hacía por encargo. No parecía imposible. Escribió 42 en un círculo y se fue a dormir, por primera vez en el día, un poco más tranquila.

La cuenta estaba bien hecha. Cada gramo estaba en su lugar. Le faltaban, como se va a ver en este libro, todos los renglones que no se pesan en una balanza, empezando por uno muy simple: en el horno de esa cocina entraban dos panes cada cuarenta y cinco minutos, y cuarenta y dos panes eran veintiuna horneadas. Casi dieciséis horas de horno, para un sábado que tenía veinticuatro.


El domingo vino a almorzar Ignacio, el hermano menor, que tenía treinta y tres años, un auto de la empresa y la costumbre de saludar a todo el mundo por el nombre. Ignacio vendía bebidas para una distribuidora: recorría los almacenes, los kioscos y los bares de Villa Ceibal y de los pueblos de alrededor, tomaba los pedidos, cobraba, escuchaba las quejas y sabía, de cada almacenero, cuántos hijos tenía, de qué cuadro era y a qué hora le convenía no pasar.

Mercedes le contó lo de las horas, y le mostró el círculo con el cuarenta y dos. Ignacio cortó una rodaja del pan de la Tana, la mordió y se quedó callado, que en él era un elogio.

—Esto lo vendés en cualquier almacén —dijo—. Don Cuevas, el de la esquina tuya, te compra veinte por semana mañana mismo. Y conozco otros diez que también.

—No soy panadera, Nacho. Soy profesora de química.

—Sos profesora de química que hace el mejor pan de Villa Ceibal. —Cortó otra rodaja—. ¿Cuánto te cuesta?

—Cuarenta y cinco centavos.

Ignacio, que vendía todos los días productos de otros y sabía lo que pasaba entre la fábrica y el almacén, levantó una ceja, pero no dijo nada. Estaba con la boca llena, y además era domingo.

Delia, la madre de los dos, que había venido con una fuente de ensalada rusa y la opinión formada sobre el ministerio de educación, la escuela, la vicedirectora y el padre de Bruno, en ese orden, encontró un hueco para opinar también sobre el pan.

—Tu abuela vendía pan en el pueblo cuando yo era chica —dijo—. Y nunca tuvo un peso.

—Porque lo regalaba, mamá.

—Lo regalaba porque le daba vergüenza cobrarlo. Decía que el pan no se cobra, que se convida. —Delia se sirvió más ensalada—. Vos no tenés que tener vergüenza. Vos estudiaste.

Mercedes pensó que haber estudiado química no tenía mucho que ver con cobrar el pan, y que, de hecho, en los doce años de la Escuela Normal nadie le había enseñado a cobrar nada: el sueldo llegaba solo, el día cinco, con un recibo que nunca había leído entero. Bruno, que escuchaba todo desde la punta de la mesa con la cabeza apoyada en la mano, preguntó si la abuela Catalina era rica. Delia dijo que no, que era buena, que no es lo mismo. Ignacio dijo que podía ser las dos cosas, y que para eso había que saber los números. Fue la única vez en el almuerzo que nadie le contestó.

El miércoles a la noche sonó el teléfono. Era Valeria Montes, la mamá de un compañero de Bruno, que organizaba la merienda del acto de fin de año de la primaria.

—Me dijeron que hacés un pan buenísimo —dijo—. ¿Hacés medialunas? Necesitaríamos sesenta para el viernes que viene.

Mercedes nunca había hecho una medialuna en su vida. Miró el cuaderno de tapas verdes, abierto sobre la mesa en la hoja del balance.

—Sí —dijo—. Sesenta. Para el viernes.

Lo que Nova vio

Mercedes empieza con una ventaja que la mayoría de las panaderías no tiene: mide. Pesa al gramo, anota la temperatura, repite. Muchos panaderos de oficio trabajan con un saber enorme que vive en las manos y en la memoria, y eso tiene un valor que ningún cuaderno reemplaza, pero también tiene un problema que en este libro va a aparecer más de una vez: lo que vive en una cabeza se va con esa cabeza. El cuaderno de tapas verdes es, desde la primera página, el primer sistema de la empresa que todavía no existe.

Y sin embargo la cuenta de esa noche, tan prolija, tiene el error más común del rubro. Mercedes costea el pan con lo que se pesa: la harina, la sal. Deja afuera lo que no se pesa: sus horas de madrugada, la electricidad de seis horneadas, la bolsa en la que lo entrega, el pan que un sábado sale mal y el que sobra porque una vecina no estaba. Cada uno de esos renglones es chico, y por eso es fácil no verlo. Juntos son la mayor parte del costo de un pan.

Hay algo más en esa noche que conviene mirar. Mercedes no decide hacer un negocio porque encontró una oportunidad: lo decide porque le recortaron el sueldo. Así arrancan muchísimas empresas, y está bien. Pero quien empieza por necesidad suele cometer un error con los precios: cobra lo que cree que el cliente va a pagar sin dudar, porque cada venta perdida duele demasiado. El círculo con el cuarenta y dos es una meta de ventas armada sobre un costo incompleto, y una meta así se puede cumplir y no alcanzar.

Por último, Ignacio. Su pregunta, cuánto te cuesta, es la pregunta de alguien que vive entre la fábrica y el mostrador y sabe que el precio de venta no dice nada si no se sabe qué hay abajo. Mercedes contesta con la cifra de la harina, y su hermano no insiste. En ese silencio de domingo está el capítulo 3.

Lo que hay que saber

Una receta dice cómo; una fórmula dice cuánto, siempre igual. La receta de la abuela decía un puñado y un chorrito. La fórmula de Mercedes dice gramos, temperaturas y tiempos, y se puede repetir. En panadería, la forma más usada de escribir una fórmula es en porcentajes de panadero: la harina vale siempre cien, y cada ingrediente se expresa como porcentaje del peso de la harina. Un pan con agua al 72 % lleva 720 gramos de agua por cada kilo de harina. La ventaja es que la fórmula sirve para cualquier tamaño de tanda: para un pan o para trescientos, se multiplica y listo.

Figura 1. El pan de campo de la Tana escrito como fórmula: cada ingrediente como porcentaje del peso de la harina.
Figura 1. El pan de campo de la Tana escrito como fórmula: cada ingrediente como porcentaje del peso de la harina.

El rendimiento: de un kilo de masa no sale un kilo de pan. En el horno, el pan pierde agua: entre un 10 y un 15 % de su peso, según el tamaño y la cocción. Un pan que entra al horno con 970 gramos sale con 830 o 840. Por eso, para vender un pan de un kilo hay que formar más de un kilo de masa, y la cuenta de cuánta harina lleva cada pan se hace sobre el peso de masa, no sobre el peso del pan que se vende. Es el primer dato que separa una fórmula de cocina de una fórmula de producción.

Cómo se reparte el precio de un pan. En una panadería que vende en su propio mostrador, las materias primas suelen ser entre un cuarto y un tercio del precio. La mano de obra, con su turno de madrugada, pesa más o menos lo mismo. Después vienen la energía del horno, los envases, el pan que se tira, el local, la administración, y lo que queda. La figura 2 muestra un reparto típico: no es el de Mercedes todavía, porque Mercedes todavía no sabe el suyo, pero sirve para ver por qué los cuarenta y cinco centavos de harina eran apenas una parte del costo.

Figura 2. Cómo se reparte, en una panadería de barrio típica, el precio de mostrador de un pan.
Figura 2. Cómo se reparte, en una panadería de barrio típica, el precio de mostrador de un pan.

Una empresa es más que el producto. El pan de Mercedes es excelente, y eso es una condición necesaria. Pero una panadería es un sistema que compra harina, transforma, vende, cobra, paga y vuelve a empezar todos los días, y cada parte de ese sistema tiene sus costos y sus riesgos. Para ver la empresa como un sistema de entradas, procesos y salidas, sirve Qué es una empresa; y para la cuenta de costo directo, gastos fijos y margen, con ejercicios, Costos, precio y margen, del libro de administración de la Escuela.

El horno manda. En casi toda panadería, el horno es el límite de lo que se puede producir: cuántas tandas entran, cuánto dura cada una, cuántas horas hay hasta que abre el mostrador. Antes de fijarse una meta de ventas, conviene hacer la cuenta al revés: cuántos productos entran en el horno en las horas que hay. Si la meta no entra, lo que hay que cambiar primero es el horno, el horario o la meta, no la fórmula.

Para tu negocio

Elegí el producto que más vendés y escribí su fórmula en porcentajes de panadero, con el peso de masa por unidad y el peso que tiene después del horno. Después anotá, al lado del costo de los ingredientes, cada cosa que ese producto usa y que no se pesa: las horas de quien lo hace, el horno, el envase, lo que se tira. No hace falta ponerle precio a cada renglón todavía. Contestá por escrito: ¿cuántos renglones tiene tu costo hoy, y cuántos le faltan?

Qué registrar desde hoy

  • La fórmula de cada producto en porcentajes de panadero, con el peso de masa por unidad.
  • El rendimiento real: cuánto pesa la masa antes del horno y cuánto el producto al salir.
  • Las tandas que hacés por día y cuánto dura cada una en el horno.
  • Lo que sobra o se tira cada día, por producto, aunque sea con una raya en un cuaderno.

La enseñanza

Pesar bien la harina es la mitad del oficio. La otra mitad es pesar lo que no entra en la balanza: las horas, el horno, lo que se tira. La receta de la abuela no lo traía, y la de Mercedes tampoco.

Lo que sigue

En el capítulo 2, sesenta medialunas para el viernes, una cocina a treinta grados, tres pruebas en una semana, y la primera vez que la cuenta de la luz llega a la casa de Los Paraísos y Mercedes la lee como un resultado de laboratorio.

¿Tenés una panadería, una pastelería o una cocina que produce?

Contale a Alex qué producís, cuánto se tira y cómo ponés los precios, y te dice qué registrar primero y cuánto cuesta un sistema para una producción como la tuya. Gratis y sin registrarte.

Hablar con Alex

O escribinos a hola@iaplace.com