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Libro 13 · Capítulo 7Parte II · El local de la Alameda 12 min de lecturaPor Nova

El sillón alquilado

Selene y Paola, dos estilistas, le proponen a Débora alquilarle el sillón: ciento veinte dólares por semana cada una, y cada una se queda con lo que cobra. A Débora le parece la forma de bajar los sueldos fijos sin despedir a nadie. En cinco meses, el local tiene tres listas de precios, productos que no son los suyos, un lavacabezas que nadie programa y una estilista embarazada sin licencia.

Libro 13 · Parte II · Capítulo 7. Índice del libro: No pasa nada.

La propuesta llegó en agosto del tercer año, la semana en que Abigail se fue al shopping. La trajeron juntas Selene y Paola, una tarde de martes sin clientas, sentadas en los dos sillones del medio, con un papel escrito en el teléfono.

Paola había entrado en mayo, en el lugar de una estilista que se había mudado a otra provincia. Tenía treinta años, una clientela propia de cortes y alisados que la seguía de peluquería en peluquería desde hacía ocho, y una manera de hablar de plata que a Débora le daba un poco de envidia. Selene tenía veinticinco y trabajaba en Lencina desde el segundo año. Las dos cortaban bien.

—En la capital se usa mucho —dijo Paola—. Te alquilamos el sillón. Ciento veinte dólares por semana cada una. Vos te olvidás del básico, de la comisión, de los aportes. Nosotras ponemos nuestros productos, nos manejamos nuestros horarios y nos quedamos con lo que cobramos.

Selene asintió. Se notaba que la idea era de Paola y que a ella le gustaba la parte de quedarse con lo que cobraba.

Débora hizo la cuenta en el aire, que era como hacía las cuentas que le gustaban. Doscientos cuarenta dólares por semana, más de mil por mes, fijos, pasara lo que pasara. Sin básicos en los martes vacíos. Sin liquidaciones a fin de mes. Sin las discusiones de las comisiones, que desde la llegada de Ornella le habían dejado un gusto amargo. Y sin despedir a nadie.

—Lo pienso —dijo, y esa vez lo pensó un día.


Caruso no estuvo de acuerdo, y lo dijo por teléfono, con la impresora de tractor sonando de fondo.

—Te hago tres preguntas —dijo—. ¿A qué hora van a trabajar? ¿Con qué delantal? ¿Quién les da los turnos?

Débora le dijo que en el horario del local, porque el local abría de nueve a nueve; con el delantal negro de Lencina, porque era el que usaban todas; y los turnos, Nancy, como siempre.

—Entonces no te están alquilando un sillón —dijo Caruso—. Están trabajando para vos, en tu horario, con tu marca y con tu recepción, y te pagan para hacerlo. Si mañana una de ellas tiene un problema y va a un abogado, el abogado no va a ver un alquiler. Va a ver una empleada sin aportes. Eso tiene un nombre, y en este país sale caro.

Le explicó la diferencia que hacía la ley, que no era la que decía el papel sino la que se veía en los hechos: una profesional independiente que alquila un espacio fija sus horarios, sus precios, su forma de trabajar, tiene sus clientas, su agenda, su seguro y su facturación, y el dueño del lugar no la manda. Si el dueño la manda, es una empleada, diga lo que diga el contrato.

—Y te hago una cuarta pregunta —agregó Caruso—. ¿Cuánto te dejan hoy esos dos sillones?

Débora no lo sabía de memoria. Caruso sí, porque hacía las liquidaciones. Con la comisión nueva sobre el precio sin producto, cada una de las dos facturaba unos dos mil doscientos dólares por mes en cortes, brushings y alisados. Después del producto, la comisión y el básico, a Lencina le quedaban unos mil por sillón, para el alquiler del local, la luz, Nancy y todo lo demás.

—Dos mil por mes los dos —dijo Caruso—. Y vos me estás diciendo que te alegra cambiarlos por mil treinta.

—Mil treinta seguros.

—Seguros mientras ellas quieran pagarlos.

Débora le agradeció y firmó igual. Le pareció que Caruso, como todas las contadoras, veía riesgos en todo, y que mil treinta dólares fijos valían la tranquilidad de no pensar más en básicos y comisiones. Le pidió a Caruso un contrato de alquiler de sillón por seis meses, como prueba. Caruso se lo hizo, y le agregó una hoja que se llamaba Lo que tiene que pasar para que esto sea un alquiler, con siete renglones. Débora la leyó por arriba y la guardó en el cajón del mostrador.


En septiembre, el local de la Alameda tuvo, sin que nadie lo decidiera, tres listas de precios.

La de Lencina, la de la pared, la de los minutos y las cajitas. La de Paola, que cobraba el corte doce dólares en lugar de catorce, porque decía que con doce llenaba más rápido y que el producto era suyo. Y la de Selene, que al principio copió la de Lencina y en octubre la bajó a doce, como Paola, porque las clientas le preguntaban por qué con Paola era más barato.

Las clientas no entendían nada. Una señora del barrio se cortó con Jazmín el martes, pagó catorce y el jueves se enteró por una vecina que en Lencina el corte costaba doce. Volvió a quejarse a Nancy, con el ticket en la mano. Nancy le explicó que Paola no era Lencina, aunque estuviera en Lencina, con el delantal de Lencina, en el sillón del medio de Lencina. La señora no lo entendió, y tenía razón.

Los productos fueron lo segundo. Paola compraba los suyos en un mayorista de la capital, más baratos que los de Pujol. Uno de ellos era un alisado de keratina que olía tan fuerte que, los días que Paola hacía dos, las clientas de color de Débora y Ornella pedían que abrieran la puerta. En octubre, una clienta de Paola volvió a la semana con el cuero cabelludo irritado y una caída de pelo que la asustó. No fue a ver a Paola. Fue a ver a la dueña de Lencina. Débora la atendió, le recomendó una dermatóloga, le hizo un tratamiento sin cobrarle y pasó una semana sin dormir bien, porque la clienta había escrito en las redes el nombre de la peluquería, no el de la estilista.

Y lo tercero fue el lavacabezas.

Paola no le daba los turnos a Nancy. Los daba por su teléfono, como siempre había hecho, porque eran sus clientas y su agenda. Selene, al principio, siguió con Nancy, y en noviembre se pasó a su propio teléfono, como Paola, porque así no tenía que esperar a que Nancy le confirmara. Desde entonces, el cartón de la agenda, el que escalonaba los colores para que las poses no terminaran juntas, tuvo dos columnas en blanco. Las clientas de Paola y de Selene llegaban a lavarse a la hora que les habían dicho por mensaje, y el lavacabezas del fondo, el que manejaba Morena, se trababa como en la pieza del fondo, dos años antes. Los colores de Débora y de Ornella esperaban con la tintura actuando de más.

—Tenemos dos peluquerías adentro de una —dijo Ornella, una tarde de noviembre, con el bol en la mano—. Y un lavacabezas para las dos.


Lo único que Paola hacía mejor que Lencina era lo que Débora no quería hacer.

Paola no tenía inasistencias. Débora lo notó en octubre, mirando el lavacabezas: las clientas de Paola llegaban siempre, y casi siempre a horario. Un día le preguntó cómo hacía.

—Les cobro la mitad por transferencia cuando les doy el turno —dijo Paola, mientras cortaba—. Si no vienen, la pierden. Si avisan con un día, se la paso a otro turno.

—¿Y no se enojan?

—Las primeras veces. Después vienen. —Paola la miró por el espejo—. Es mi plata, Débora. Si no viene, no cobro. Vos tenés un básico que te cubre. Yo no.

Débora pensó en las tres faltas de abril de las clientas de Ornella, en la libreta de Ornella, en la regla de las novias que no aplicaba a las de la casa. Paola, que no era de la casa, aplicaba la regla con todas. No le contestó.


En diciembre, Selene le pidió hablar a solas, en la pieza de atrás, donde Mayra tenía la camilla de depilación.

Estaba embarazada de cuatro meses. Estaba contenta, y tenía miedo. Le preguntó a Débora, con la voz bajita, cómo iba a ser la licencia.

Débora no supo qué contestar. Selene no tenía licencia. No era empleada. Pagaba ciento veinte dólares por semana por un sillón, y cuando no trabajara no iba a cobrar nada, y además iba a tener que seguir pagando el sillón o dejarlo. No tenía aportes desde agosto, porque así decía el contrato, y no había hecho los propios como independiente porque nadie le había explicado que tenía que hacerlos.

Esa noche, Débora sacó del cajón del mostrador la hoja de Caruso, la de los siete renglones, y la leyó entera por primera vez. Que fijen su horario. Que fijen sus precios. Que tengan su agenda y su recepción. Que usen su propia ropa, sin la marca. Que tengan sus seguros y sus aportes. Que facturen ellas a sus clientas. Que el dueño no las mande. De los siete, Paola cumplía cinco. Selene, tres. Lencina, el lugar donde trabajaban, había hecho todo lo contrario en cuatro.

Llamó a Caruso a las diez de la noche.

—Si Selene va a un abogado —le preguntó—, ¿qué pasa?

—Probablemente gana —dijo Caruso—. Trabajó cuatro meses en tu horario, con tu delantal, con tus turnos al principio, en tu local, y antes fue tu empleada dos años. Y no estaría mal que ganara.


Débora le ofreció a Selene volver a ser empleada desde enero, con el básico, la comisión sobre el precio sin producto, los aportes y la licencia cuando le tocara. Caruso hizo los papeles y calculó lo que había que regularizar de los meses de alquiler para que Selene no quedara sin cobertura. Costó, entre aportes atrasados, la diferencia de los meses y los honorarios, mil cuatrocientos dólares. Selene firmó llorando, y esa vez era de alivio.

A Paola le ofreció lo mismo. Paola le agradeció, le dijo que ella era independiente de verdad, que le gustaba serlo, y que se iba a alquilar un espacio en un estudio de estética del centro donde tenía su propia puerta, su propia agenda y su propia marca. Se fue en febrero, con sus clientas, que siempre habían sido suyas, y con sus productos. Antes de irse, le dejó a Nancy un papelito con su sistema de señas por transferencia, escrito con letra apurada: la mitad al reservar; si avisa con 24 h, se pasa; si no, se pierde. Nancy lo pegó en la última hoja del cuaderno de turnos, al lado de la regla de las novias.

La cuenta de los seis meses de alquiler la hizo Caruso en marzo, para que quedara escrita. Lencina había cobrado unos cinco mil setecientos dólares de alquiler de sillones. Si las dos hubieran seguido como empleadas, le habrían dejado, después de todo, unos once mil. Más los mil cuatrocientos de regularizar a Selene, el tratamiento regalado a la clienta de la keratina, y lo que no se podía contar: los colores que habían esperado en el lavacabezas, la señora del ticket de catorce dólares y un comentario en las redes con el nombre de la peluquería.

Débora agregó una línea a la tabla de la pared, debajo de la de las correcciones: En Lencina, todas las que trabajan son de Lencina.

Lo que Nova vio

El alquiler de sillón es una forma legítima de trabajar, y en muchas ciudades es la más común. Paola lo demostró: tenía su clientela, su agenda, sus precios, sus señas y, al final, su propia puerta. El problema no fue el modelo. Fue usarlo para lo que no servía: Débora no quería dos profesionales independientes en su local, quería dos empleadas que le costaran menos y le dieran menos trabajo. Y eso, que es lo que buscan casi todos los dueños que lo proponen, no existe.

Lo que más me interesa son las cuatro cosas que se rompieron, porque son las cuatro cosas que un negocio comparte aunque las personas se separen: el precio, el producto, el recurso común y la responsabilidad. Tres listas de precios en un mismo local confunden a cualquiera. Un producto que no es el de la marca termina en un reclamo a la marca. Un lavacabezas que nadie programa vuelve a ser el cuello de botella del capítulo 3. Y una persona que trabaja en tu horario, con tu delantal, en tu local, es tu responsabilidad aunque el papel diga otra cosa.

Y la cuenta de Caruso, que Débora no quiso escuchar en agosto. Mil treinta dólares fijos parecían más seguros que dos mil variables, y valían la mitad. Un costo fijo más chico no es un negocio más sano si lo que se pierde es más grande que lo que se ahorra.

Lo que hay que saber

Empleada o independiente: lo deciden los hechos. En casi todos los países, lo que define una relación de trabajo no es lo que dice el contrato sino cómo se trabaja: quién fija el horario, quién da los turnos, quién pone los precios, con qué ropa y con qué marca, si hay alguien que manda. Si el lugar manda, es empleo, y el que alquila sin serlo queda sin protección, y el negocio con un riesgo. Cuáles son las formas de contratar y las obligaciones de cada una, y por qué la formalidad protege a las dos partes, en el capítulo de la Escuela sobre formas jurídicas, impuestos y obligaciones.

Figura 1. Dos sillones con empleadas y dos sillones alquilados: lo que dejó cada uno en seis meses.
Figura 1. Dos sillones con empleadas y dos sillones alquilados: lo que dejó cada uno en seis meses.

Lo que se comparte sigue siendo de alguien. Aunque cada profesional trabaje por su cuenta, el local tiene cosas comunes: el lavacabezas, la recepción, la marca en la puerta, la reputación. Alguien tiene que programarlas y responder por ellas, con reglas escritas que valgan para todas. Cómo se escribe quién hace qué, quién decide y quién responde cuando un negocio crece, en la guía sobre procesos y roles.

Comparar lo fijo con lo que se pierde. Un ingreso fijo más chico parece más seguro que uno variable más grande. Para decidir, se comparan los dos números en el mismo período y se suma lo que el cambio trae: menos control de precios y productos, reclamos, regularizaciones. La tranquilidad tiene un precio, y conviene saber cuál es.

Figura 2. Los siete renglones de Caruso: lo que tiene que pasar para que un sillón alquilado sea un alquiler.
Figura 2. Los siete renglones de Caruso: lo que tiene que pasar para que un sillón alquilado sea un alquiler.

Para tu negocio

Si en tu peluquería hay profesionales que alquilan sillón o estás pensando en ofrecerlo, contestá por escrito: ¿quién fija sus horarios, sus precios y sus productos, quién les da los turnos, con qué ropa y qué marca trabajan, quién programa los recursos que comparten, qué pasa si una se enferma o queda embarazada, cuánto te deja cada sillón alquilado contra lo que te dejaría con una empleada, y quién responde ante una clienta cuando algo sale mal?

Qué registrar desde hoy

  • Cómo trabaja cada persona: horario, agenda, precios, productos, ropa.
  • Lo que deja cada sillón por mes, con empleada o alquilado.
  • Los reclamos de clientas, con el nombre de quién las atendió.
  • El uso de los recursos compartidos por persona y por hora.
  • Los aportes y seguros de cada persona que trabaja en el local.

La enseñanza

Alquilar el sillón sirve para profesionales independientes de verdad, no para tener empleadas más baratas; lo que el local comparte, precio, producto, lavacabezas y responsabilidad, sigue siendo del local, y un fijo más chico puede valer la mitad.

Lo que sigue

En el capítulo 8, la vendedora de una equipadora le muestra a Débora una planilla: un equipo de depilación láser en leasing, sesenta sesiones por semana, recupero en catorce meses. Débora firma en septiembre del tercer año, mientras en el local todavía hay tres listas de precios. Las sesiones de la planilla no llegan nunca.

¿Tenés una peluquería, un centro de estética o un servicio por turnos?

Contale a Alex cómo armás los precios, cuántos turnos se te pierden por semana y cómo pagás las comisiones, y te dice qué medir primero y cuánto cuesta un sistema para un negocio como el tuyo. Gratis y sin registrarte.

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