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Libro 13 · Capítulo 6Parte II · El local de la Alameda 12 min de lecturaPor Nova

El naranja de otra peluquería

Una clienta nueva llega a Lencina un jueves con un balayage naranja hecho en otro lado y la entrega de su título el sábado. Débora mira el pelo, dice que lo arregla y le cobra un color largo. Tarda seis horas en dos días, gasta casi el doble de producto y deja dos clientas sin turno. Un mes después hay siete clientas nuevas en la agenda que vienen por "la de los milagros, que cobra un color".

Libro 13 · Parte II · Capítulo 6. Índice del libro: No pasa nada.

Zaira entró al local de la Alameda un jueves de mayo a las once de la mañana, sin turno, con una gorra de lana en pleno otoño tibio y los ojos de alguien que había llorado en el colectivo. Le preguntó a Nancy si la colorista podía mirarle el pelo un minuto. Nancy miró la gorra y fue a buscar a Débora.

Débora la sentó en el sillón del fondo, el que daba a la pared, y le pidió que se sacara la gorra.

El pelo le llegaba a la mitad de la espalda. Había sido castaño oscuro. Ahora tenía, desde la altura de las orejas hasta las puntas, unas franjas anchas de un naranja zanahoria, desparejas, con manchones más claros en la nuca y unas puntas amarillas que se cortaban al tocarlas. Arriba, en la raíz, cuatro dedos de castaño natural. Zaira le contó la historia rápido, como quien se saca algo de encima: un balayage en una peluquería de otro barrio, una oferta de las redes, balayage a treinta y cinco dólares, una chica que hacía tres cabezas a la vez. Después, en su casa, había tratado de arreglarlo con una tintura de supermercado. El naranja había quedado más naranja.

—El sábado me entregan el título del profesorado —dijo—. Mis viejos vienen del campo. No puedo ir así.

Débora le pasó los dedos por las puntas y le dijo lo que le decía a cualquier clienta con miedo.

—No pasa nada. Lo arreglamos.

Zaira le preguntó cuánto le iba a salir. Débora miró el pelo, miró la tabla de precios pegada al lado del espejo y dijo lo que decía la tabla para un pelo de ese largo.

—Un color largo. Cincuenta y ocho.

Zaira se largó a llorar de alivio. Débora le dio turno para esa misma tarde, a las tres, corriendo a dos clientas de color que Nancy llamó para pasarlas al lunes. Ninguna de las dos se quejó. Una dijo no pasa nada, con las mismas palabras que habría usado Débora.


A las tres, Débora se dio cuenta de que no era un color largo.

Un color largo, en Lencina, era un pelo con su color natural o con un color parejo de antes, que se aclaraba o se oscurecía o se matizaba en una sola aplicación. El pelo de Zaira tenía tres pelos distintos en una misma cabeza: la raíz virgen, el balayage naranja con su decoloración de mala calidad, y encima la tintura de supermercado, que había depositado un pigmento rojizo que no se iba con nada. Cada franja iba a reaccionar distinto al mismo producto. Y las puntas estaban tan castigadas que cualquier decoloración más las podía cortar.

Ornella, que estaba en el sillón de al lado, se acercó a mirar con un bol en la mano.

—¿Hiciste la prueba de mecha? —preguntó, en voz baja.

Débora no la había hecho. La hizo en ese momento: un mechón chico de la nuca, aislado en papel de aluminio, con el removedor de pigmento y después una decoloración suave con un protector de enlaces. Hubo que esperar cuarenta minutos para ver el resultado. El rojizo salió a medias. El mechón quedó de un rubio amarillento, parejo, y las puntas aguantaron.

Lo que siguió llevó cuatro horas y media. Quitar el pigmento de la tintura casera, franja por franja, con el removedor. Lavar. Decolorar por secciones, con el protector, controlando cada sección cada cinco minutos, porque la parte naranja aclaraba más rápido que la raíz y había que emparejarlas. Lavar otra vez. Un baño de tratamiento. Morena lavó tres veces en el lavacabezas del fondo, y el otro lavacabezas se trabó con las clientas de Ornella y de Jazmín. A las siete y media, Zaira tenía el pelo de un rubio dorado parejo, que no era naranja, que no era el que quería y que no se podía aclarar más ese día sin cortarle las puntas.

—Mañana te matizo y te corto las puntas —le dijo Débora—. Venite a las diez.

Zaira volvió el viernes a las diez. Débora la matizó, le cortó ocho centímetros de puntas quemadas, le hizo un tratamiento y un brushing. Una hora y media más. A las once y media, Zaira se miró en el espejo con un rubio dorado claro, brillante, más corto, y se puso a llorar otra vez, esta vez por lo que debía.

Pagó cincuenta y ocho dólares. Débora no le cobró ni el corte ni el tratamiento.

—No pasa nada —le dijo—. Ya estaba presupuestado.


El viernes a la noche, después del cierre, Ornella le pidió a Nancy el cuaderno de turnos y la libreta de producto, y sumó.

Seis horas de sillón de Débora, en dos días. Tres lavados extra de Morena. Producto: el removedor de pigmento, que costaba como seis cajitas; dos potes de decolorante; el protector de enlaces, el más caro del carrito; matizador, tratamiento, champú. Treinta y un dólares de producto, casi el doble que un color largo. Y las dos clientas de color que se habían corrido al lunes, que habrían dejado, entre las dos, unos cincuenta dólares a la peluquería después del producto y sin comisión, porque eran de Débora.

—Por cincuenta y ocho —dijo Ornella—, pusiste treinta y uno de producto y seis horas tuyas. Te quedaron veintisiete por seis horas. Y perdiste dos colores.

—La chica tenía la entrega del título.

—Ya sé. Yo también le habría hecho el lugar. Pero le habría dicho cuánto era antes de empezar. Y le habría dicho que en un día no se arregla.

Ornella le contó cómo se hacía en Vértigo. Una corrección de color no tenía precio de lista. Tenía un diagnóstico: veinte minutos con la clienta, mirando el pelo, preguntando qué tenía puesto y de cuándo, haciendo una prueba de mecha. El diagnóstico se cobraba, poco, y se descontaba si la clienta hacía el trabajo. Después, un presupuesto por escrito: cuántas sesiones, cuántas horas cada una, el producto que se iba a usar, el resultado que se podía esperar en cada sesión y el que no. Y un precio por hora de sillón de colorista, más alto que el de un color común, porque una corrección ocupaba a la colorista entera, sin poses que se pudieran usar para otra clienta.

—Una corrección no tiene pose —dijo Ornella—. Tenés que estar arriba del pelo todo el tiempo. Esas seis horas no las podías compartir con nadie.


Lo que pasó después fue peor, y más gracioso, aunque no le hizo gracia a nadie.

Zaira estaba feliz. El sábado fue a la entrega del título, se sacó fotos con sus padres y las subió a sus redes con una frase y el nombre de la peluquería: Lencina hace milagros. Y cobra un color. Esa semana, la frase la compartieron cuarenta personas. Una de ellas era una maestra con dos mil seguidores.

En junio, la lista de espera de Lencina tuvo once clientas nuevas que pedían lo mismo. Nancy anotaba en el cuaderno lo que le decían por teléfono, con su letra de cajera, y las anotaciones eran todas parecidas: mechas de otro lado, verdes; se tiñó negro y quiere rubio; balayage de oferta, manchado; dice que es como el de la chica del profesorado. Y todas preguntaban lo mismo antes de sacar turno: si era cierto que se cobraba como un color.

Débora atendió las dos primeras a cincuenta y ocho, porque ya les había dicho que sí antes de que Ornella le hiciera la cuenta. Una tardó cinco horas; la otra, cuatro, y la segunda, con un negro de tres años encima, quedó de un castaño cobrizo que no era el rubio que había pedido y se fue enojada, aunque había pagado lo mismo que una raíz y media. En la tercera semana de junio, Débora y Ornella tenían siete correcciones en la agenda, todas pedidas como colores, y los colores de las clientas de siempre se corrían a la semana siguiente.

Un miércoles llamó la maestra de los dos mil seguidores. Quería turno para su hija de quince años, que se había hecho mechas violetas con una amiga y quería volver a su castaño antes del acto de fin de curso. Nancy le preguntó qué tenía puesto, de cuándo y con qué, como Ornella le había enseñado. La maestra no sabía. Le preguntó si era cierto lo del precio de un color.

—Eso era antes —dijo Nancy, que no sabía todavía qué era lo de después—. Ahora la colorista primero la tiene que ver.

La maestra dijo que entonces lo iba a pensar, con un tono que Nancy reconoció de la tienda: el de la clienta que pregunta el precio de una liquidación que ya terminó. Nancy anotó la llamada en la lista de espera con una palabra al lado, milagro, y la subrayó dos veces para que Débora la viera.

—Nos hicimos fama de milagros baratos —dijo Ornella—. Es la peor fama que hay. Los milagros no son baratos, y las que vienen por barato se enojan cuando el milagro tarda.


La regla nueva la escribieron entre las dos, con Nancy, y esta vez Débora la aplicó desde el día siguiente, también a la clienta que llamó esa tarde.

Corrección de color. Diagnóstico de veinte minutos con prueba de mecha: diez dólares, que se descuentan del trabajo. Presupuesto escrito, por sesiones: horas de colorista a dieciséis dólares la hora, más el producto que se va a usar. En el presupuesto va lo que se puede esperar de cada sesión y lo que no. Nunca más de cuatro horas por sesión. La clienta lo firma.

A las siete clientas de la agenda las llamó Nancy, una por una, para explicarles. Les ofreció el diagnóstico. Cinco lo aceptaron. Dos dijeron que lo iban a pensar y no volvieron a llamar. De las cinco, cuatro hicieron la corrección, en dos o tres sesiones, a un precio que iba de noventa a ciento sesenta dólares. Una dijo que ciento cuarenta era mucho y se fue con el diagnóstico pago y una explicación de por qué su pelo no iba a quedar rubio en una tarde.

Zaira volvió en julio, para su segunda sesión, que era la que le faltaba para llegar al rubio frío que había querido desde el principio. Débora le hizo el diagnóstico, se lo descontó y le cobró la sesión según la regla nueva: tres horas y producto, setenta dólares. Zaira pagó sin preguntar.

—La vez pasada me cobraste poco, ¿no? —le dijo, mientras Débora le aplicaba el matizador.

—Bastante poco —dijo Débora.

—Ya me parecía. Gracias igual.

Esa noche, Débora sacó la tabla de precios de la pared y le agregó, con la letra de Nancy, un renglón al final que antes no estaba: Correcciones de color: con diagnóstico. No tienen precio de lista.

Lo que Nova vio

Débora no se equivocó en el pelo. Se equivocó en la palabra. Dijo un color largo porque la tabla tenía un renglón con ese nombre para ese largo de pelo, y lo que tenía adelante no era un color: era tres pelos distintos en una cabeza, con historias químicas que nadie conocía. La tabla de minutos y cajitas del primer año funciona para los servicios que se repiten. Para los que no se repiten, aplicar el precio del más parecido es regalar la diferencia.

Lo que más me interesa del capítulo es lo que dijo Ornella sobre la pose. En el capítulo 3, la pose era el hueco que permitía atender a otra clienta mientras actuaba la tintura. Una corrección no tiene pose: ocupa a la colorista entera, sin huecos, durante horas. Por eso no alcanza con cobrar más producto: la hora misma vale más, porque no se puede compartir. Dieciséis dólares por hora de colorista no es un capricho; es el precio de una hora que no se puede usar dos veces.

Y la fama de milagros baratos, que es la parte que casi nadie ve venir. Un precio mal puesto en un servicio difícil no se pierde una vez: se publica. Las clientas que llegan por cobra un color no llegan por la colorista sino por el precio, y se van enojadas cuando el milagro tarda tres sesiones. El precio de lo difícil también elige a las clientas.

Lo que hay que saber

Lo estándar y lo que no lo es. Una lista de precios sirve para los servicios que se repiten parecidos: el mismo tiempo, el mismo producto, el mismo resultado. Los que dependen de lo que trae cada clienta, como una corrección de color, se presupuestan aparte: con un diagnóstico, horas, producto real y sesiones. Si se les pone el precio del servicio más parecido, el negocio regala la diferencia cada vez. Cómo se decide una política de precios que distinga lo que se lista de lo que se presupuesta, en el capítulo de la Escuela sobre fijar precios.

Figura 1. La corrección de Zaira: lo que se cobró y lo que costó, contra un color largo común.
Figura 1. La corrección de Zaira: lo que se cobró y lo que costó, contra un color largo común.

La hora que no se comparte. Un servicio con tiempos muertos, como un color con pose, permite usar la profesional para otra cosa mientras tanto. Uno que la ocupa entera, sin pausas, consume más capacidad por hora y se cobra más por hora. La tarifa por hora de un servicio sale de cuánto de la profesional, del sillón y del lavacabezas ocupa, no solo del producto.

El presupuesto escrito. En un servicio que no es estándar, lo que la clienta firma no es solo un precio: es qué se va a hacer en cada sesión, qué se puede esperar y qué no. El presupuesto escrito evita la discusión del final y deja registrado lo que se usó y cuánto tardó, para la próxima vez. Cómo se cotiza con el costo real antes de empezar, servicio por servicio, en cotizar con el costo real.

Figura 2. Junio: las correcciones que llegaron por la fama de milagros baratos, antes y después de la regla.
Figura 2. Junio: las correcciones que llegaron por la fama de milagros baratos, antes y después de la regla.

Para tu negocio

Si tenés una peluquería, un centro de estética o cualquier negocio con servicios que a veces se complican, buscá en el último trimestre los trabajos que tardaron mucho más que su precio de lista. Contestá por escrito: ¿cuáles fueron, qué precio cobraste, cuántas horas y cuánto producto llevaron, cuántas clientas comunes dejaste de atender esos días, de dónde llegaron las clientas que pidieron esos trabajos, y cuáles de tus servicios deberían salir de la lista y pasar a presupuesto?

Qué registrar desde hoy

  • Los servicios que tardaron más de una vez y media su tiempo de lista.
  • El diagnóstico de cada servicio no estándar: qué tenía la clienta y qué se hizo.
  • Las horas y el producto real de cada corrección, por sesión.
  • Cómo llegó cada clienta nueva y qué le contaron del precio.
  • Los turnos que se corrieron para hacer lugar a un trabajo largo.

La enseñanza

Un servicio que no se repite no tiene precio de lista: tiene diagnóstico, horas y producto; cobrarlo con el precio del más parecido regala la diferencia, y además elige a las clientas que vienen por el regalo.

Lo que sigue

En el capítulo 7, dos estilistas le proponen a Débora dejar de ser empleadas y alquilarle el sillón: cada una pagaría una cuota por semana y se quedaría con lo que cobrara. A Débora le parece la forma de bajar los sueldos fijos sin despedir a nadie.

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Contale a Alex cómo armás los precios, cuántos turnos se te pierden por semana y cómo pagás las comisiones, y te dice qué medir primero y cuánto cuesta un sistema para un negocio como el tuyo. Gratis y sin registrarte.

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