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Libro 11 · Capítulo 3Parte I · El monoambiente 12 min de lecturaPor Nova

Sin compromiso

Heladerías Polo Sur, una cadena de nueve locales, invita a tres agencias a presentar ideas para su temporada. Tadeo arma una propuesta completa, con el nombre de la campaña, doce piezas y el plan de pauta, en setenta horas que nadie cobra. No gana. Seis meses después, la campaña aparece en los carteles de la avenida, hecha por el sobrino del dueño. Libro 11, capítulo 3.

Libro 11 · Parte I · Capítulo 3. Anterior: La semana del lanzamiento de la cervecería. Índice del libro: Sin compromiso.

El correo de Heladerías Polo Sur llegó un martes de agosto del segundo año, a las nueve de la mañana, con el asunto en mayúsculas: INVITACIÓN A PRESENTAR PROPUESTA. Polo Sur tenía nueve locales en Campo Sereno y en dos ciudades vecinas, una fábrica en las afueras y un dueño, Don Ulrico Fernández, que había empezado vendiendo helado en un carrito en la plaza hacía cuarenta años. Su gerenta comercial invitaba a tres agencias a presentar ideas para la temporada de verano: una campaña, piezas para redes y vía pública, y un plan de pauta. Las propuestas se presentaban el quince de septiembre, en la fábrica, frente a Don Ulrico. La agencia elegida manejaría la cuenta todo el año.

Tadeo leyó el correo dos veces y llamó a Lupe y a Moira al escritorio.

—Es la cuenta más grande de la ciudad —dijo—. Si la ganamos, somos otra agencia.

Nadie preguntó cuánto iba a costar presentarse. Nadie preguntó tampoco cuánto pensaba invertir Polo Sur en la temporada, ni quién iba a decidir de verdad, ni si la cadena ya tenía a alguien que le hiciera las piezas. En la radio, armar una propuesta llevaba una tarde y dos hojas. Tadeo le había armado propuestas sin compromiso a casi todos los comerciantes de Campo Sereno, y la mitad habían firmado. Era su forma de trabajar.


Trabajaron tres semanas en la propuesta de Polo Sur, entre los clientes de siempre, a la noche y los fines de semana.

Tadeo fue a los nueve locales a tomar helado y a mirar quién compraba: familias a la tarde, parejas a la noche, chicos de la escuela a la salida. Lupe revisó todo lo que Polo Sur había publicado en dos años, y lo que publicaban las otras heladerías de la ciudad. Moira dibujó. Y una noche de septiembre, en el monoambiente, con tres potes de helado de Polo Sur derritiéndose en el escritorio, Lupe dijo una frase que a Tadeo le hizo dar vuelta la silla.

—El helado de Polo Sur no es el más rico. Es el de siempre. El que te compraba tu abuelo en el carrito de la plaza.

De ahí salió la campaña: El helado de siempre. Fotos viejas de la familia Fernández con el carrito, pedidas a la hija de Don Ulrico, al lado de fotos nuevas de las mismas esquinas. Moira diseñó doce piezas para redes, tres carteles para la vía pública y un afiche para los locales. Lupe armó el calendario de publicaciones de toda la temporada y un plan de pauta mes por mes, con el presupuesto sugerido. Tadeo escribió un guion para un video de treinta segundos: un abuelo y un nieto en la plaza, el carrito, el mismo gusto.

Lo presentaron el quince de septiembre en la sala de reuniones de la fábrica, que olía a leche y a vainilla, frente a Don Ulrico, su gerenta comercial y un muchacho de veintitantos que tomaba notas en una computadora y que nadie presentó. Tadeo habló cuarenta minutos, como en sus mejores tiempos de la radio. Don Ulrico se emocionó con la foto del carrito. La gerenta pidió que le dejaran la presentación impresa y en un archivo, y Tadeo se la dejó, con las doce piezas, los carteles y el plan.

A la salida, en el estacionamiento de la fábrica, entre camiones refrigerados, Tadeo les dijo a Lupe y a Moira que la tenían ganada. Lo había visto en la cara de Don Ulrico, como lo veía en la radio en la cara de los comerciantes antes de firmar. Esa noche fueron a festejar a la cervecería de los Barragán.

Dos semanas después, la gerenta escribió que habían decidido seguir trabajando con recursos internos.


Tadeo se lo tomó como se tomaba los no de la radio: un cliente que todavía no estaba listo. Le escribió a la gerenta para agradecerle y para decirle que la puerta quedaba abierta. Archivó la carpeta.

En marzo del tercer año, volviendo de una reunión, frenó en un semáforo de la avenida, frente a un cartel nuevo en la esquina de la estación de servicio. Una foto vieja de un carrito de helados en una plaza, al lado de una foto nueva de la misma esquina. Arriba, en letras grandes: Polo Sur. El de siempre.

Tadeo se quedó mirando el cartel hasta que el auto de atrás le tocó bocina.

Esa tarde, Lupe averiguó lo que había pasado, con dos llamados. El muchacho que tomaba notas en la presentación era el sobrino de Don Ulrico, Benicio, recién recibido de diseño. Polo Sur le había armado un pequeño departamento de marketing propio, con él y una pasante. La campaña del verano la habían hecho ellos. Con las fotos viejas que Tadeo le había pedido a la hija de Don Ulrico. Con el carrito. Con una frase que era casi la de Lupe.


Moira fue a ver el cartel esa misma noche, sola, en colectivo. Se paró en la vereda de la estación de servicio y lo miró con la cabeza inclinada, como miraba sus propios diseños antes de mandarlos. El carrito no era el suyo: era una foto real, de las que había pedido Tadeo a la hija de Don Ulrico. La letra era otra. El orden, el mismo. Le sacó una foto con el teléfono y se la mandó a Lupe con una sola línea: La próxima vez que dibuje un carrito, lo firmo.

Tadeo quiso hacerles juicio. Lo dijo esa noche en el monoambiente, caminando de una punta a la otra, y lo repitió al día siguiente a un abogado amigo, el del estudio que era cliente de la agencia.

El abogado le hizo tres preguntas. Si la propuesta tenía algún texto que dijera de quién eran las ideas presentadas. No tenía. Si Polo Sur había firmado algo antes de recibirla. No había firmado nada. Y si las piezas del cartel eran las de Moira, copiadas, o una idea parecida hecha de nuevo. Eran una idea parecida, hecha de nuevo.

—Las ideas, en general, no tienen dueño —le dijo el abogado—. Lo que se protege es la forma concreta en que se expresan: el dibujo, el texto exacto. Una campaña de fotos viejas con un carrito la puede hacer cualquiera. Podés gastar dos años y mucha plata para probar que se inspiraron en lo tuyo, y probablemente pierdas. Lo que tenías que hacer era antes.

Tadeo no hizo juicio.

Un mes después se cruzó con Don Ulrico en un café de la plaza, un sábado a la mañana. El viejo lo reconoció, le pidió que se sentara y le pagó el cortado. Le dijo, sin que Tadeo le preguntara nada, que la idea del carrito le había encantado y que su sobrino le había dicho que era de él, que la tenía desde antes, y que él le había creído porque era su sobrino. Le dijo también que el verano había sido el mejor en diez años. Tadeo no supo qué contestarle. Le dijo que se alegraba por las ventas, que era verdad, y se fue del café con la sensación de haber regalado algo que alguien había aprovechado bien.


Lo que hizo fue algo que nunca había hecho en doce años de radio y dos de agencia: contar cuánto le costaban las propuestas.

Lupe tenía las horas de Polo Sur en la aplicación, porque las había cargado como un cliente más, con el nombre Polo Sur (propuesta). Setenta y una horas entre los tres. A los costos por rol de la planilla, seiscientos treinta dólares. Sin contar los helados.

Y Polo Sur no era la única. Lupe buscó en la aplicación todo lo que había cargado con propuesta desde que empezó la agencia. En el segundo año, Rinaldi & Co. había armado catorce propuestas. Siete se habían convertido en clientes, todas de comercios que Tadeo conocía de la radio. Siete no. Entre las catorce, doscientas sesenta horas. Dos mil cuatrocientos dólares. En un año en que la agencia había ganado, después de pagar el sueldo de Tadeo, unos seis mil.

—Sin compromiso para ellos —dijo Moira, mirando el número—. Para nosotros, un mes entero de trabajo de una persona.


Esa semana, Tadeo, Lupe y Moira escribieron en el pizarrón qué iba a ser, de ahí en adelante, una propuesta de Rinaldi & Co. No les salió todo de una vez, y lo fueron corrigiendo durante el año. Al final quedaron cuatro cosas.

Primero, tres preguntas antes de escribir una sola línea: cuánta plata tiene el cliente para invertir, quién decide y cuándo. Si el cliente no sabía o no lo quería decir, Tadeo le ofrecía una reunión de diagnóstico, no una propuesta.

Segundo, lo que se muestra antes de firmar. Una propuesta de Rinaldi & Co. iba a mostrar cómo pensaba la agencia: qué había visto del cliente, cuál era su problema, qué camino proponía y cómo se iba a medir, con ejemplos de trabajos hechos para otros clientes. No iba a mostrar la idea terminada: ni el nombre de la campaña, ni las piezas, ni el guion. Eso se hacía después de firmar.

Tercero, una línea al pie de toda propuesta, que el abogado amigo redactó en cinco minutos: Las ideas, textos y diseños de esta propuesta pertenecen a Rinaldi & Co. y no pueden usarse sin un acuerdo por escrito. Sabían que no los protegía de todo. Protegía algo.

Y cuarto, los concursos. Si una empresa invitaba a varias agencias a presentar ideas, Rinaldi & Co. iba a pedir un pago por presentarse, igual para todas, que cubriera al menos las horas del trabajo. Si la empresa no pagaba, la agencia presentaba solamente el diagnóstico y el camino, como en cualquier propuesta.


El cuarto punto lo escribieron y no lo cumplieron, todavía.

En octubre, la mueblería de Don Alberto le recomendó la agencia a un corralón de la ruta que quería renovar su imagen. El dueño del corralón le dijo a Tadeo, en el mostrador, entre bolsas de cemento, que antes de decidir quería ver algo concreto. Tadeo miró al dueño, miró el corralón, pensó en la carpeta de cuero marrón, y le salió sola, como siempre.

—Te armo algo. Sin compromiso.

El corralón firmó. Moira había hecho tres logos para la propuesta, en dos noches. Lupe abrió en la aplicación de horas un cliente nuevo, que no era ningún cliente, y le puso de nombre Sin compromiso. Cargó ahí las horas de los tres logos, y le dijo a Moira y a Tadeo que de ahí en adelante toda hora de toda propuesta iba ahí, se ganara o no. Tadeo dijo que le parecía bien. Esa noche, en su casa, abrió la aplicación en el teléfono y miró un rato largo el nombre del cliente nuevo.

Lo que Nova vio

Tadeo trajo de la radio una forma de vender que funcionaba: escuchar, volver con algo concreto, dejar que el cliente se imagine el después. En la radio, ese algo concreto eran dos hojas y una tarde. En una agencia, es el trabajo mismo. La campaña de Polo Sur no era una propuesta para conseguir un trabajo: era el trabajo, hecho, entregado impreso y en un archivo, a una empresa que no había firmado nada. Sin compromiso quería decir que el cliente no se comprometía a nada, y era exactamente así.

Lo que más me interesa del capítulo son los números de Lupe. Setenta y una horas en Polo Sur se sienten como una apuesta que salió mal. Catorce propuestas en un año, doscientas sesenta horas, dos mil cuatrocientos dólares, en una agencia que ganó seis mil, ya no son una apuesta: son un costo fijo de vender, del tamaño de un mes de una persona, que no estaba en ningún precio. Las propuestas que se ganan también cuestan; lo que pasa es que nadie las mira, porque terminaron bien.

Y fíjense en el final. Tadeo escribió las reglas una semana y las rompió en el mostrador del corralón un mes después, porque la frase le salió sola. No es falta de carácter: es una costumbre de doce años, y las costumbres no se cambian con un pizarrón. Por eso las reglas buenas suelen venir acompañadas de alguien que lleva la cuenta.

Lo que hay que saber

El costo de vender. Las horas que se gastan en propuestas, presentaciones y concursos son un costo de la agencia, se ganen o no. Se cuentan como un cliente más, se suman en el año y se reparten en el precio de los clientes que sí se ganan. Cómo se fija un precio que cubra todo lo que cuesta, incluido lo que cuesta conseguir el trabajo, con una política escrita que no se negocia en el mostrador, en el capítulo de la Escuela sobre fijar precios.

Figura 1. Las catorce propuestas del segundo año: horas, costo y resultado.
Figura 1. Las catorce propuestas del segundo año: horas, costo y resultado.

Qué se muestra antes de firmar. Una propuesta puede mostrar el diagnóstico, el camino y la forma de medir, con ejemplos de trabajos anteriores, sin entregar la idea terminada. La idea terminada es el trabajo, y se hace después de firmar o se cobra.

Preguntar antes de escribir. Presupuesto, quién decide y cuándo: tres preguntas que separan a quien está comprando de quien está mirando. Cómo se organiza la venta en etapas, con preguntas que califican a cada interesado antes de invertir horas en él, en la guía sobre el proceso de ventas.

Figura 2. Lo que va en una propuesta de Rinaldi & Co. después de Polo Sur, y lo que no.
Figura 2. Lo que va en una propuesta de Rinaldi & Co. después de Polo Sur, y lo que no.

Las ideas y la ley. En muchos países, las ideas como tales no se protegen; se protege la forma concreta en que se expresan. Un texto al pie de cada propuesta y un acuerdo previo para los concursos no lo resuelven todo, pero dejan claro de quién es lo presentado.

Para tu negocio

Si tenés una agencia o vendés servicios creativos, buscá todas las propuestas que armaste el último año y anotá, para cada una, las horas que llevó, quién la pidió, si la ganaste y qué entregaste antes de firmar. Contestá por escrito: ¿cuántas horas pusiste en propuestas en el año y cuánto cuestan, qué parte de tu ganancia es eso, cuántas veces entregaste la idea terminada sin contrato, y cuál fue la última vez que dijiste sin compromiso sin pensarlo?

Qué registrar desde hoy

  • Cada propuesta como un cliente más, con sus horas, su costo y su resultado.
  • Las tres preguntas antes de escribirla: presupuesto, quién decide, cuándo.
  • Lo entregado en cada propuesta: diagnóstico, camino o idea terminada.
  • Los concursos: cuántas agencias, si se pagó por presentarse, quién ganó.
  • Las horas de propuestas por cada cliente ganado.

La enseñanza

En una agencia, la propuesta que se regala no es una tarde de trabajo sino el trabajo mismo; se cuenta en horas como cualquier cliente, se muestra el camino y no la idea terminada, y sin compromiso quiere decir que el único comprometido es el que la escribió.

Lo que sigue

En el capítulo 4, de dónde llegan los clientes de una agencia chica cuando dejan de llegar por la carpeta de cuero: los clientes de los clientes, que ven lo que hace la agencia en las redes de otros y preguntan quién lo hizo.

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