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Libro 15 · Capítulo 1Parte I · El primer camión 16 min de lecturaPor Nova

El Rojo en veinticuatro cuotas

Vanesa Lezcano manejó doce años para Transportes Galván, la transportista grande del Cruce. Cuando Galván decide vender sus camiones viejos a los choferes y pasarlos a fleteros, ella compra el Rojo, el que manejó ocho años, en veinticuatro cuotas. En la cabina, la cuenta da casi tres sueldos por mes. A los tres meses, el banco dice otra cosa, y el contador le arma la cuenta del kilómetro.

Libro 15 · Parte I · Capítulo 1. Índice del libro: Peor es tenerlo parado.

Teófilo Galván juntó a los choferes un lunes de marzo a las seis de la mañana, en el taller de la playa, entre un tractor con el motor abierto y una pila de cubiertas recapadas. Eran veintiséis, con el mate y la campera. Teófilo tenía sesenta y ocho años, cuarenta en el transporte y un camión de juguete en el escritorio, de cuando su empresa era él y un camión con acoplado. Ahora Transportes Galván tenía cuarenta y dos tractores, una playa de dos hectáreas sobre la ruta, un taller propio y el contrato de granos más grande de la Cooperativa Agrícola de Los Molles.

—Les voy a hablar claro, como siempre —dijo—. Los camiones viejos me cuestan más de lo que me dejan. Tengo ocho con más de un millón de kilómetros. Se los quiero vender a ustedes, a los que los manejan, en cuotas que se descuentan de los viajes. Los que compren pasan a ser fleteros: les sigo dando carga, como a los fleteros de afuera, al precio de los fleteros de afuera. Los que no quieran comprar siguen como están, en otros camiones. Nadie se queda sin trabajo.

Alguien preguntó cuánto. Teófilo dijo que lo iba a hablar uno por uno, en la oficina.

Vanesa Lezcano esperó su turno parada al lado del Rojo. El Rojo era un tractor de catorce años, con cabina dormitorio, un millón cien mil kilómetros y una abolladura en la puerta del acompañante que nadie había arreglado nunca, enganchado a una tolva de diez años para granos. Ella lo manejaba desde hacía ocho. Conocía cada ruido: el silbido del turbo en las subidas, el golpe seco de la tercera cuando hacía frío, la vibración del espejo derecho arriba de los noventa kilómetros por hora. Había dormido en esa cabina más noches que en su casa.


Vanesa tenía treinta y nueve años y era la única mujer entre los choferes de Galván. Había aprendido a manejar camiones antes que autos, sentada en las rodillas de su padre en la ruta vieja, y a los once años ya sabía cambiar una cubierta. Su padre, Ovidio Lezcano, había manejado cuarenta años para tres empresas y dos años para sí mismo, en un camión propio que terminó vendiendo para pagar las deudas del camión propio. Cuando Vanesa sacó la licencia profesional, a los veintisiete, después de separarse y con una hija de dos años, Ovidio no habló con ella durante un mes. Después fue a ver a Teófilo, que lo conocía de la ruta, y le pidió que le diera una oportunidad. Teófilo se la dio con una condición: un año de acompañante antes de manejar sola. Vanesa hizo seis meses.

Ahora su hija, Milena, tenía catorce años y vivía con ella y con su abuela, Dora, en la casa de la familia, a cuatro cuadras de la playa de Galván. Vanesa ganaba mil seiscientos dólares por mes, con los viáticos y la obra social, y pasaba veinte noches por mes en la ruta.

En la oficina, Teófilo le mostró una hoja escrita a mano.

—El Rojo, con la tolva, cincuenta y dos mil dólares —dijo—. Doce mil al contado, que vos tenés con la indemnización y lo que hayas ahorrado. Cuarenta mil en veinticuatro cuotas de mil ochocientos cincuenta, que te descuento de lo que te pago. Te pago lo mismo que a los fleteros de afuera: uno con treinta y cinco el kilómetro cargado. Viajes, mientras haya, te doy. En la cosecha hay de sobra.

—¿Y por qué me lo vende a mí?

—Porque lo cuidaste ocho años y porque me sale más barato —dijo Teófilo—. No te voy a mentir. Un chofer con sueldo, con el convenio y las cargas, con el camión, el seguro y las cubiertas de la empresa, me cuesta más que un fletero. Al fletero le pago el kilómetro y se arregla. Vos sabés manejar mejor que la mitad de los que están ahí afuera. Vas a andar bien.

Vanesa le pidió una semana.


Lo primero que hizo fue llevar el Rojo al taller de Celso Zabala, a la salida del Cruce, del otro lado de la ruta. Celso era el mecánico de camiones al que iban los fleteros y los choferes que no confiaban en el taller de la empresa. Tenía un foso de doce metros, un perro que dormía en la cabina de cualquier camión que entrara y la costumbre de escuchar los motores con los ojos cerrados.

Le revisó el Rojo durante una mañana entera. El motor estaba bien: lo habían cuidado, se notaba en el aceite. Los frenos, a medio uso. Las cubiertas, mitad nuevas y mitad recapadas, con dos que había que cambiar antes del invierno. La tolva, sana. Al final se limpió las manos y se quedó mirando la palanca de cambios.

—La caja tiene sus años —dijo—. Esa tercera que golpea en frío no es el frío. Te puede durar un año, dos, depende de cómo la trates y de cuánto la cargues. Guardá algo para la caja. Una caja de este camión, armada, con la mano de obra, son ocho o nueve mil dólares.

—¿Y si la hago ahora?

—Si la hacés ahora, el primer mes no comés. Guardá algo por mes y hacela cuando empiece a patinar. Pero guardalo. Todos dicen que lo van a guardar.

Vanesa hizo la cuenta esa noche en la cocina de su casa, con Ovidio y Dora, en el reverso de su último recibo de sueldo de Galván. La sabía hacer: la había hecho cien veces en la cabina, por curiosidad, con los viajes de Galván. Un mes normal, seis mil kilómetros cargados, que era lo que ella hacía. A uno con treinta y cinco, ocho mil cien dólares. Menos el gasoil de esos seis mil kilómetros, a treinta y seis litros cada cien y a un dólar con cinco el litro: dos mil doscientos ochenta. Menos la cuota, mil ochocientos cincuenta. Menos los peajes, unos doscientos.

—Tres mil setecientos setenta —dijo—. Más del doble de lo que gano. Y cuando termine de pagar las cuotas, cinco mil seiscientos.

Dora preguntó quién iba a pagar las cubiertas. Vanesa dijo que de los tres mil setecientos salían las cubiertas, y que sobraba. Ovidio miró el recibo un rato largo.

—Agarralo —dijo—. Un camión propio es otra cosa. Yo lo tuve dos años y fueron los mejores dos años. Lo perdí porque era otra época y no tenía a nadie que me diera carga. Vos tenés a Teófilo. Y no lo dejes nunca parado, que el camión parado come igual.

Vanesa firmó el lunes siguiente. Puso los doce mil dólares, que eran la indemnización de doce años y casi todos sus ahorros, y Teófilo le dio la llave del Rojo con un apretón de manos, como si no se la hubiera dado todos los días durante ocho años.


Los primeros tres meses fueron los de la cosecha gruesa, y fueron buenos. Galván le daba viajes de granos al puerto, a novecientos kilómetros, y Vanesa los hacía como siempre: salía de la planta de la cooperativa a la tarde, manejaba de noche, dormía cuatro horas en una estación de servicio, llegaba a la fila del puerto a la mañana, descargaba cuando le tocaba y volvía. La vuelta, casi siempre vacía. A veces Eusebio, el de tráfico de Galván, le conseguía una carga de fertilizante para la cooperativa, y volvía cargada; la mayoría de las veces, no.

Hizo cosas que nunca había hecho. Se inscribió como transportista, con su número de habilitación. Contrató el seguro del camión, que antes pagaba Galván y que ahora le costaba cuatrocientos dólares por mes, con la condición de instalar un rastreo satelital que costaba cuarenta más. Pagó la patente e hizo la revisión técnica. Compró las dos cubiertas que le había dicho Celso, y en mayo reventó otra en la ruta, de noche, y la cambió ella sola con la linterna en la boca. Se abrió una cuenta en el banco del Cruce para el camión, separada de la suya, porque Clemente Villarruel, el contador que le hizo la inscripción, se lo pidió como única condición para llevarle los papeles.

—Todo lo del camión entra y sale por esa cuenta —le dijo Clemente—. Todo. Si pagás un café de la ruta con la tarjeta del camión, me lo decís.

Le gustaba ser la dueña. Le gustaba elegir a qué hora salir. Le gustaba que el Rojo fuera suyo, y la primera vez que lo lavó en la playa de Galván, un sábado, lo lavó dos veces.

A fin de mayo miró la cuenta del camión. Según la cuenta del recibo, en tres meses tendría que haber juntado unos once mil dólares. La cuenta tenía dos mil cien.


Clemente Villarruel tenía el estudio arriba de la gomería de la ruta, en dos oficinas con olor a caucho, y una forma de trabajar que Vanesa no había visto nunca: no le preguntó qué había pasado, le preguntó qué tenía. Le pidió los tickets del gasoil, las facturas de las cubiertas, el resumen del seguro, el de la tarjeta, las liquidaciones de Galván con los kilómetros de cada viaje, y la planilla que llevaba el rastreo satelital, que anotaba cada kilómetro que el camión andaba, cargado o vacío, aunque nadie la mirara.

Tardó dos días. El jueves la llamó y le pidió que fuera con tiempo.

—Empecemos por los kilómetros —dijo, y dio vuelta la pantalla para que ella la viera—. En tres meses hiciste dieciocho mil kilómetros cargados. Galván te pagó por esos. Pero el camión anduvo veintisiete mil seiscientos. Nueve mil seiscientos fueron vacíos: las vueltas del puerto, los viajes a cargar, el ida y vuelta al taller de Celso. Más de un tercio. Esos kilómetros gastan gasoil, gastan cubiertas, gastan frenos y gastan la caja que te dijo Celso. Y nadie te los paga.

—Ya sé que la vuelta va vacía. Siempre fue así.

—Siempre fue así para Galván, que lo tenía en su cuenta. Ahora es tu cuenta. Vamos al gasoil. Calculaste el gasoil de los seis mil kilómetros cargados. El camión gastó el de los nueve mil doscientos que anduvo por mes, cargado y vacío. Vacío gasta menos, treinta litros cada cien en lugar de cuarenta, pero gasta. En promedio te da lo mismo que dijiste vos, treinta y ocho centavos por kilómetro, pero en cada kilómetro que anda, no solo en los que te pagan.

Clemente fue renglón por renglón. Las cubiertas: el Rojo tenía dieciocho, cada una con una vida de unos doscientos mil kilómetros entre nueva y recapada, y en esos tres meses Vanesa había comprado tres; repartido por kilómetro, ocho centavos. El aceite, los filtros, las pastillas de freno y lo que había que hacer cada tantos kilómetros: cinco centavos. Los peajes, tres. Y un renglón que Vanesa no había pagado todavía, y que Clemente escribió igual.

—El fondo de la caja —dijo—. Lo que te dijo Celso. Una caja de ocho mil quinientos, un motor cada tanto, el diferencial, el embrague. Un camión de catorce años gasta en reparaciones grandes unos siete centavos por kilómetro, aunque no las gaste este mes. Si no los guardás, el día que se rompe la caja los pagás todos juntos. Hasta acá, sesenta y un centavos por cada kilómetro que anda el Rojo, cargado o no.

Después vinieron los gastos del mes que no dependían de los kilómetros. El seguro, cuatrocientos. La patente, la revisión técnica, la habilitación y los permisos, repartidos en el año, ciento treinta por mes. El rastreo, el teléfono, la gestora y el propio Clemente, ciento cincuenta. El costo de la plata: los doce mil que Vanesa había puesto podían estar en un plazo fijo, y los cuarenta mil de la cuota tenían interés adentro; doscientos por mes. Y el desgaste del Rojo: Teófilo se lo había vendido a cincuenta y dos mil; dentro de seis años, con setecientos mil kilómetros más, valdría unos veintitrés.

—Veintinueve mil dólares que el camión pierde en seis años, cuatrocientos por mes —dijo Clemente—. Eso es lo que cuesta tenerlo, aunque no ande: mil doscientos ochenta por mes.

—La cuota es mil ochocientos cincuenta. ¿Dónde está la cuota?

—La cuota no es un gasto: es la forma en que pagás el camión. El gasto es lo que el camión pierde de valor y lo que cuesta la plata. Por eso durante dos años la cuenta del banco va a estar peor que la cuenta del negocio: estás pagando un camión más rápido de lo que se gasta. Cuando termines las cuotas, va a ser al revés. Pero esa no es tu pregunta. Tu pregunta es si te alcanza lo que cobrás. Falta un renglón.

Escribió Vanesa: 1.600.

—Yo no me pago sueldo.

—Por eso. Antes, Galván te pagaba mil seiscientos por manejar este camión. Ahora lo manejás igual, las mismas horas, las mismas noches. Si el negocio no te deja por lo menos eso, estás trabajando gratis una parte del mes. Y además pusiste doce mil dólares y te hacés cargo de que se rompa. Eso también debería pagarse, pero dejémoslo para otro día.

Sumó. Por mes, el Rojo andaba nueve mil doscientos kilómetros y cobraba seis mil cargados. Lo que se movía, cinco mil seiscientos doce. Lo que costaba tenerlo, mil doscientos ochenta. Vanesa, mil seiscientos. Ocho mil cuatrocientos noventa y dos dólares por mes, contra ocho mil cien que pagaba Galván.

—Cada kilómetro cargado te cuesta uno con cuarenta y dos —dijo Clemente—. Te lo pagan uno con treinta y cinco. Sin contar tu sueldo, te quedan mil doscientos por mes. Te estás pagando mil doscientos por manejar el camión que antes te pagaban mil seiscientos por manejar. Y ahora el seguro, las cubiertas y la caja son tuyos.

Vanesa se quedó mirando la pantalla. Afuera, en la gomería, alguien inflaba una cubierta y el compresor arrancaba y paraba.

—Teófilo lo sabía —dijo.

—Teófilo sabe cuánto le cuesta el kilómetro a él, y sabe que con un chofer con sueldo le cuesta más que uno con treinta y cinco —dijo Clemente—. No te engañó: te dijo que le salía más barato. Lo que no te dijo es que la diferencia la ibas a poner vos. No es mala persona. Pasó el costo y el riesgo a otro lado, y el otro lado sos vos.


Esa noche no le contó nada a Ovidio. Se fue a la playa de Galván, donde el Rojo esperaba cargado para salir a las cuatro, se sentó en la cabina y sacó el recibo de sueldo de la guantera, donde lo había guardado como un contrato. Debajo de su cuenta escribió la de Clemente, con los renglones que le faltaban. La vuelta vacía. El gasoil de la vuelta. Las cubiertas. La caja. El seguro. El camión que se gastaba. Ella.

No había forma de que Galván le pagara más: Teófilo pagaba lo mismo a todos los fleteros, y había veinte esperando carga en la playa. Podía andar más kilómetros, pero ya andaba los que permitían las horas y el cuerpo. Lo que podía cambiar era lo otro: tres de cada diez kilómetros andaban vacíos. Si la vuelta del puerto volviera cargada, aunque fuera la mitad de las veces, la cuenta de Clemente se daba vuelta.

A las cuatro salió. En la ruta, con la radio baja, pensó en los camiones que veía siempre volviendo vacíos en la otra mano, con la tolva destapada, y en los que volvían cargados, y en quién les daba la carga. A la vuelta del puerto, en lugar de dormir en la estación de servicio de siempre, se quedó dos horas en la playa de la terminal preguntando a los otros choferes quién cargaba algo para el lado del Cruce.

Uno le dio el teléfono de un acopio del norte que mandaba maíz para un feedlot a cien kilómetros del Cruce. Otro, el de un corralón que traía cemento desde la planta. Vanesa anotó los dos en el recibo, debajo de la cuenta de Clemente, y le escribió a su padre que llegaba al mediodía y que tenía una idea.

Lo que Nova vio

Vanesa hizo la cuenta que hace casi todo el que pasa de chofer a dueño: la del viaje que le pagan. Lo que cobra por los kilómetros cargados, menos el gasoil de esos kilómetros y la cuota. Esa cuenta deja afuera justo lo que antes pagaba otro: los kilómetros que el camión anda sin carga, las cubiertas, la reparación grande que todavía no llegó, el seguro, el desgaste del camión y el sueldo de quien lo maneja. Por eso daba casi tres sueldos y en el banco aparecía menos de uno.

Lo que más me interesa del capítulo es la comparación de Clemente, porque es la que casi nadie hace. Un fletero que antes era chofer tiene que ganar, por lo menos, lo que ganaba como chofer, y además algo por la plata que puso y por el riesgo que tomó. Si no gana su sueldo, está regalando una parte de su trabajo. Vanesa trabajaba las mismas horas que antes, ponía doce mil dólares y cargaba con la caja de cambios, y le quedaba menos.

Y la frase de Teófilo, que es honesta: le sale más barato. Cuando una empresa grande convierte a sus choferes en fleteros, casi siempre está pasando costo y riesgo a otro lado. No es un engaño, si el otro lado hace la cuenta antes de firmar. Vanesa la hizo después.

Lo que hay que saber

El costo por kilómetro andado. Un vehículo de trabajo tiene dos clases de costo. Los que dependen de lo que anda: combustible, cubiertas, mantenimiento, reparaciones, peajes. Y los que se pagan aunque no ande: seguro, patente, habilitaciones, el desgaste por los años, el costo de la plata, el sueldo de quien lo maneja. Sumados y divididos por los kilómetros que se andan en el mes, dicen cuánto cuesta un kilómetro. Cómo se separa un costo que cambia con la actividad de uno que no, y para qué sirve cada uno al decidir, lo explica la Escuela en economía mínima para decidir.

Figura 1. La cuenta de la cabina y la de Clemente: un mes del Rojo, renglón por renglón.
Figura 1. La cuenta de la cabina y la de Clemente: un mes del Rojo, renglón por renglón.

El kilómetro vacío lo paga el cargado. En el transporte casi siempre se cobra el kilómetro cargado, y el camión anda también los vacíos: la vuelta, el viaje a cargar, el taller. Si un tercio de los kilómetros va vacío, cada kilómetro cargado tiene que pagar el suyo y la mitad de otro. El porcentaje de kilómetros vacíos es el primer número de una empresa de fletes, y el que más plata mueve.

Figura 2. Lo que tiene que pagar cada kilómetro cargado del Rojo, contra lo que paga Galván.
Figura 2. Lo que tiene que pagar cada kilómetro cargado del Rojo, contra lo que paga Galván.

La cuota no es el costo del camión. Lo que cuesta un camión es lo que pierde de valor cada año más el costo de la plata que tiene adentro; la cuota es cómo se paga. Mientras la cuota es más grande que ese costo, la caja está peor que el resultado, y conviene saberlo para no asustarse ni gastar de más. Cómo se evalúa una compra grande antes de hacerla, con lo que va a dejar y lo que cuesta la plata, en el capítulo sobre evaluar una inversión.

Para tu negocio

Si tenés un camión, una camioneta de reparto o una máquina, escribí hoy cuánto te cuesta una hora o un kilómetro. Contestá por escrito: ¿cuántos kilómetros o cuántas horas anda en el mes y cuántos de esos te pagan, cuánto gasta en cada uno en combustible, cubiertas y mantenimiento, cuánto deberías estar guardando para la reparación grande que todavía no llegó, cuánto pagás por tenerlo aunque no ande, cuánto pierde de valor por año, y cuánto te pagarías a vos si otro hiciera tu trabajo?

Qué registrar desde hoy

  • Los kilómetros de cada viaje, cargados y vacíos por separado.
  • Cada carga de combustible, con los kilómetros del tablero.
  • Cada cubierta, con la fecha y los kilómetros de cuando se puso.
  • Los gastos fijos del mes, aunque se paguen una vez por año.
  • Un fondo para reparaciones, por kilómetro, en una cuenta aparte.
  • El sueldo de quien maneja, aunque sea la dueña.

La enseñanza

Un camión cuesta en cada kilómetro que anda, cargado o vacío, y cuesta aunque no ande; la cuenta del viaje que te pagan deja afuera la vuelta, lo que se gasta despacio y a quien maneja, y por eso da más de lo que deja.

Lo que sigue

En el capítulo 2, Vanesa empieza a buscar cargas para las vueltas y para los meses en que Galván no tiene viajes. En febrero, el mes más flojo del año, le ofrecen un viaje al norte a noventa centavos el kilómetro, sin vuelta. Su padre tiene una frase para eso.

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