La fila del puerto
La cosecha gruesa del segundo año trae viajes al puerto todos los días, y una fila de once kilómetros en la terminal. En abril, Vanesa pasa más horas esperando para descargar que manejando, y nadie le paga una sola. Un chofer viejo de la fila le explica los turnos; Clemente le pone precio a una hora del Rojo; Teófilo descubre que hay una plata que nadie reclamaba.
Libro 15 · Parte I · Capítulo 3. Índice del libro: Peor es tenerlo parado.
La fila empezaba en la rotonda de la entrada al puerto y seguía por la colectora de la autopista hasta un puente, once kilómetros más atrás, donde un policía con chaleco naranja les hacía señas a los camiones que llegaban para que no pararan en la banquina. Vanesa llegó a las siete de la mañana de un martes de abril, con treinta toneladas de soja de la Cooperativa de Los Molles, y quedó detrás de un camión con patente de otra provincia y una cortina con dibujos de caballos en el parabrisas. El chofer de ese camión, un hombre de pelo blanco con un mate de calabaza, se bajó a saludarla.
—¿Primera vez en la fila grande? —le preguntó.
—Hace doce años que vengo.
—Entonces sabés que no salimos antes del jueves.
Se llamaba Saturnino y hacía cuarenta y un años que manejaba. Tenía en el camión una garrafa chica, un anafe, una silla de playa y una radio que agarraba los partidos de cualquier provincia. Le explicó a Vanesa lo que ella ya sabía, pero que nunca había pensado como una cuenta: que la terminal descargaba unos seiscientos camiones por día, que en la cosecha llegaban mil, y que los que tenían turno pasaban por otra fila, la de la derecha, que avanzaba.
—Los que no tienen turno esperan a que la terminal tenga un hueco —dijo—. Galván no saca turnos para los fleteros. Saca para los suyos.
Vanesa no le contestó. Avanzaron trescientos metros en la mañana. A la tarde, Milena la llamó para decirle que el acto de la escuela era el jueves a las diez y que ella iba a leer una poesía, y Vanesa le dijo que iba a tratar.
La fila de noche era otro pueblo. Los choferes armaban un fuego en la banquina con leña que traían en el camión, un chico en bicicleta vendía tortillas a la parrilla y termos de agua caliente, y alguien ponía música desde una cabina con las puertas abiertas. El baño más cercano era el de una estación de servicio a dos kilómetros, y nadie se alejaba mucho del camión, porque en la cosecha anterior le habían robado las baterías a tres en una sola noche. Vanesa durmió con las puertas trabadas y el celular en la mano. A las tres de la mañana la despertó un bocinazo: la fila había avanzado cincuenta metros y el de atrás quería que ella también avanzara. No hizo ninguna cuenta. Pensó en la poesía de Milena, que no sabía cuál era.
Descargó el jueves a las once de la mañana. Cincuenta y dos horas después de llegar, cuarenta y ocho de ellas en la fila, dos en la playa interna de la terminal y dos en la plataforma, mientras el camión volcaba la soja por la reja de la descarga. Saturnino descargó una hora antes y le dejó un papel con un teléfono en el parabrisas: el de los turnos de la terminal chica, río arriba.
Ese abril hizo nueve viajes al puerto. Galván tenía viajes de sobra, la cooperativa tenía soja de sobra, y el Rojo estaba en su mejor momento: anduvo todos los días, cargado a la ida y, una vuelta de cada dos, con el maíz de La Tranquera. Pero cuando a fin de mes Vanesa juntó las planillas del rastreo para llevárselas a Clemente, vio algo que no esperaba. El rastreo marcaba, hora por hora, dónde había estado el camión. Doscientas cinco horas había andado. Treinta y seis había estado cargando o descargando. Doscientas setenta había estado quieto en una fila, con el motor apagado y ella adentro.
Había esperado más horas de las que había manejado.
Clemente miró las planillas en silencio, y después le preguntó cuántos viajes podría haber hecho en abril sin la fila.
—Trece —dijo Vanesa—. Con las horas de manejo y de descanso de la ley, trece.
—Entonces la fila te sacó cuatro viajes. ¿Cuánto te deja un viaje al puerto, arriba de lo que gasta andando?
Lo calcularon juntos, con las rayas del parasol. Un viaje al puerto, con la vuelta de La Tranquera una vez cada dos, dejaba unos trescientos cuarenta dólares por arriba de lo que gastaba el Rojo andando. Cuatro viajes de menos eran mil trescientos sesenta dólares que no habían entrado. Y en las once jornadas que pasó en filas había gastado trescientos treinta de viáticos: la comida, el baño de la estación de servicio, el agua.
—Mil setecientos dólares —dijo Clemente—. Más que tu sueldo del mes. Eso es lo que te costó la fila en abril.
—La fila la tienen todos.
—La fila la tienen todos, pero no todos la pagan. La fila no la vas a cambiar vos: la terminal descarga lo que descarga. Lo que podés cambiar es a qué fila vas, cuándo llegás y quién paga la hora que esperás. Para eso tenés que saber cuánto vale esa hora. ¿Cuánto cuesta una hora del Rojo?
Clemente le explicó que había costos que corrían por kilómetro y otros que corrían por tiempo. El gasoil y las cubiertas se gastaban andando. El seguro, la patente, el desgaste por los años, el costo de la plata y el sueldo de quien manejaba se gastaban con el reloj, anduviera o no anduviera el camión. Si se repartían en los días del mes, eran noventa y seis dólares por día; más los treinta de viáticos que gastaba ella cuando estaba fuera de su casa, ciento veintiséis.
—Cinco dólares con veinticinco por hora, las veinticuatro horas —dijo—. Cada hora en la fila es eso: un camión que no está ganando y una persona que no está en su casa. Y no la cobra nadie.
Vanesa llamó al número de Saturnino al día siguiente. La terminal chica estaba río arriba, a novecientos sesenta kilómetros del Cruce, sesenta más que la grande. Tenía turnos: cada camión tenía una hora de llegada asignada, y si llegaba a horario, descargaba en tres o cuatro horas. Si llegaba tarde, perdía el turno y esperaba al hueco, como en la grande. Los turnos los pedía el dador de la carga, no el camionero, con dos días de anticipación.
Le preguntó a Eusebio si la cooperativa mandaba soja a la terminal chica. Eusebio le dijo que sí, que había un contrato chico, que pagaba siete centavos menos por kilómetro y que nadie lo quería porque estaba más lejos.
—Yo lo quiero —dijo Vanesa.
En mayo hizo cinco viajes a la terminal chica y seis a la grande. Los de la chica le pagaban menos por kilómetro y le hacían andar sesenta kilómetros más, y cuando los comparó con Clemente, cada uno le dejaba unos sesenta dólares menos que uno a la grande. Pero el viaje entero, de puerta a puerta, duraba un día y medio menos, y ese día y medio era el que le dejaba hacer un viaje más por semana: tres a la chica en lugar de dos a la grande.
—No hay que mirar cuánto paga el kilómetro —dijo Clemente—. Hay que mirar cuánto deja el día. El camión vende tiempo, no solo kilómetros.
Lo de la estadía lo supo por Saturnino, en la segunda fila de mayo, en la terminal grande, cuando le contó que en su provincia la cooperativa les pagaba a los fleteros la espera.
—Después de las veinticuatro horas, ciento cincuenta dólares por día —dijo—. Está en el contrato de la cooperativa con la terminal. La terminal le paga a la cooperativa, la cooperativa a la transportista y la transportista a nosotros. Pero tenés que demostrar cuándo llegaste. Con el ticket de entrada a la playa y el rastreo.
—Nosotros nunca cobramos estadía.
—¿Y preguntaste?
Vanesa le preguntó a Eusebio, que no sabía. Eusebio le preguntó a la administración de Galván, que tardó una semana en contestar. La respuesta fue que sí: el contrato de la Cooperativa de Los Molles con la terminal grande tenía una cláusula de estadía igual a la que decía Saturnino, y la cooperativa se la pagaba a Galván por cada camión que la reclamara con los papeles. Galván la reclamaba para sus camiones propios, porque sus choferes traían los tickets. Para los fleteros, nunca, porque nadie se los pedía.
Teófilo la llamó a su oficina. Estaba incómodo, y lo dijo.
—No es que me la quedara —dijo—. Es que nadie la pedía. Los fleteros no traían el ticket, la administración no la reclamaba y la cooperativa no la pagaba. Plata que nadie veía. ¿Cuánto esperaste en abril?
—Doscientas setenta horas. En cinco viajes pasé las veinticuatro.
—Traeme los tickets y el rastreo. Lo que la cooperativa pague por tus camiones, te lo paso. A todos los fleteros, desde ahora. Voy a poner un cartel en la playa.
Puso el cartel esa misma semana, al lado de la balanza, escrito a mano con marcador: Fleteros: el ticket de entrada al puerto se entrega en tráfico con la liquidación. La estadía se reclama y se paga. Los fleteros lo leyeron con desconfianza. Durante el primer mes, solo Vanesa y otros dos entregaron los tickets. Al segundo, cuando los tres cobraron, los entregaban todos, y Eusebio tuvo que poner una caja de cartón en el mostrador para juntarlos.
En junio, la cooperativa le pagó a Galván trescientos cuarenta dólares por las esperas de Vanesa de abril y mayo, y Galván se los pasó en la liquidación. No cubrían lo que la fila le había costado. Pero era la primera vez, en catorce años de ir al puerto, que alguien le pagaba una hora parada.
Ese invierno, Vanesa cambió la forma de cotizar sus propias cargas, las de la libreta de vueltas. A La Tranquera, que la hacía esperar a veces cuatro horas en la báscula mientras cargaban otros camiones, le dijo que desde agosto la tarifa incluía dos horas de carga, y que después de las dos horas cobraba doce dólares la hora. Aniceto se rió, como la primera vez.
—¿Y si no te pago?
—Entonces me cargás en dos horas.
Aniceto no le pagó nunca una hora de espera. Desde agosto, el camión de Vanesa se cargaba primero, en una hora y media, porque Aniceto prefería ordenar la báscula antes que pagar.
Al corralón del Cruce le pidió que le avisara el día anterior a qué hora tenía que estar en la planta de cemento, y que la planta le diera turno. A Fidel, el del grupo de dadores de carga, le empezó a preguntar, antes de aceptar cualquier viaje, cuánto se esperaba en origen y en destino, y si había turno. Algunos dadores le contestaban. Los que no, le cobraban caro el silencio, porque a esos les pedía más por kilómetro.
En la libreta, al lado de las tres rayas, anotó una cuarta columna: horas. Cada viaje con las horas de manejo, las de espera y las de carga, y lo que le dejaba por día. En julio, por primera vez, dejó de agarrar el viaje que más pagaba por kilómetro y empezó a agarrar el que más le dejaba por día.
En septiembre, en el acto de la primavera, escuchó a Milena leer desde la primera fila.
Lo que Nova vio
En la cuenta de un fletero, como en casi todas, el tiempo no aparece porque no tiene factura. Nadie le cobra a Vanesa las horas en la fila: el seguro, la patente, el desgaste del camión y su sueldo se pagan igual. Por eso parecen gratis. Pero un camión que espera cuarenta y ocho horas para descargar es un camión que no hizo otro viaje, y una persona que no estuvo en el acto de su hija.
Lo que me parece más útil del capítulo es el cambio de pregunta. Vanesa elegía los viajes por cuánto pagaba el kilómetro, que es lo que se ve en la oferta. La terminal chica pagaba menos y quedaba más lejos, y le dejaba lo mismo por viaje y más por semana. Cuando un recurso es caro y escaso, como un camión con chofer, se mide por lo que deja cada día de ese recurso, no por lo que paga cada unidad que vende.
Y la estadía, que es la parte del capítulo que más se repite en otros rubros. Muchas veces la plata está en un contrato que nadie lee, y no se cobra porque nadie junta el papel que la prueba. El rastreo del Rojo registraba cada hora de espera desde el primer día. Nadie lo miraba. Teófilo tampoco había hecho nada malo a propósito: tenía la cláusula en un contrato, una administración que reclamaba lo que le llegaba con papeles y unos fleteros que nunca traían el papel. Entre los tres, la plata se quedaba en la cooperativa.
Lo que hay que saber
El costo de una hora. Una parte del costo de un equipo corre con el uso y otra corre con el tiempo. La que corre con el tiempo se divide por las horas del mes y da el costo de una hora, ande o no ande el equipo. Ese número es el que dice cuánto cuesta esperar, cuánto vale un turno y cuánto hay que cobrar cuando un cliente hace esperar. Qué parte del costo depende de cuánto se produce, y por qué eso cambia la forma de decidir, en la guía de la Escuela sobre sistemas de costeo.
La estadía con franquicia. El contrato de un viaje dice cuánto tiempo de carga y de descarga está incluido en la tarifa, la franquicia, y cuánto se cobra cada hora o cada día después. Sin esa cláusula, la espera la paga el transportista; con ella, el cliente tiene un motivo para organizar su báscula. La franquicia se escribe, la hora de llegada se registra y la espera se prueba con el ticket y el rastreo.
Lo que deja el día, no el kilómetro. Entre dos viajes que pagan distinto, conviene el que deja más por día de camión y de chofer, contando todo el tiempo del viaje: la ida, la espera, la carga, la vuelta. Un viaje mejor pagado puede dejar menos si hace esperar más. Cómo se mide la capacidad de un recurso y cómo se programa para que rinda, lo cuenta el ERP de la Escuela en capacidad y programación.
Para tu negocio
Si tu negocio tiene un equipo, una cuadrilla o una persona que pasa horas esperando en lo de un cliente, contá hoy esas horas. Contestá por escrito: ¿cuántas horas del último mes esperaron tu equipo o tu gente sin hacer nada, cuánto cuesta una hora de ese equipo y de esa persona aunque no trabajen, qué cliente te hace esperar más, cuánto tiempo de espera incluye tu precio y qué dice tu presupuesto de la hora siguiente, y qué papel podrías juntar para probar cuánto esperaste?
Qué registrar desde hoy
- La hora de llegada, de inicio y de fin de cada carga y cada descarga.
- Las horas de espera de cada viaje, con el ticket o el rastreo que las prueban.
- El costo de una hora del camión y del chofer.
- La franquicia y la tarifa de estadía de cada cliente, por escrito.
- Lo que deja cada viaje por día, además de por kilómetro.
- Las cláusulas de los contratos de tus clientes que te tocan aunque no las firmes.
La enseñanza
Un camión vende kilómetros y horas, y la hora que espera en la fila cuesta lo mismo que la que anda; si el precio no dice cuánto tiempo incluye, la espera la paga el que espera.
Lo que sigue
En el capítulo 4, en junio del segundo año, con la cosecha todavía fuerte, la tercera del Rojo deja de golpear y empieza a patinar. Vanesa está a ochocientos kilómetros de su casa, con treinta toneladas de maíz arriba. Celso le había dicho que guardara algo para la caja.