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Libro 8 · Capítulo 11Parte III · La planta de los talleres 11 min de lecturaPor Nova

Cuarenta días de campaña

Elecciones provinciales y municipales en Monte Olivo: tres partidos, veinte candidatos, cuarenta días. En la primera semana Zárate acepta todo, la offset grande trabaja de noche, el catálogo de Bustamante sale un día tarde y un partido pide treinta mil volantes para mañana. El día nueve, Celina y Gonzalo paran la planta una hora y hacen la cuenta de lo que entra. Libro 8, capítulo 11.

Libro 8 · Parte III · Capítulo 11. Anterior: Treinta y dos páginas de ofertas. Índice del libro: La última corrección.

La campaña empezó un lunes de agosto del quinto año, con la oficialización de las listas, y terminaba el viernes antes de la elección, cuarenta días después. Se elegían gobernador, diputados provinciales, intendente de Monte Olivo y concejales. Había tres partidos con chances y una docena sin ninguna, y cada uno tenía, en Monte Olivo, un comando de campaña con una persona encargada de la gráfica.

La primera llamó el lunes a las diez de la mañana. A las seis de la tarde habían llamado los tres partidos grandes y cuatro de los chicos. Querían afiches de setenta por cien para las paredes de la ciudad, volantes con la cara del candidato, folletos con las propuestas, calcomanías para los autos, tarjetas para los punteros de cada barrio. Querían precios. Querían fechas. Y querían, todos, lo mismo: que fuera para ayer.

Celina sabía, por Don Ismael Prado, lo que era una campaña para una imprenta: el mejor mes y el peor mes del año a la vez. Olivares, que era la imprenta grande de la ciudad, tenía desde hacía décadas a uno de los tres partidos, y Celina dijo que sí a los otros dos y a todos los chicos. Puso una sola condición, que había escrito en una hoja la semana anterior: Zárate imprimía para cualquier partido que pagara y cumpliera las reglas, sin opinar sobre el contenido, y cada pieza llevaba el pie de imprenta que pedía la ley electoral de la provincia.

Lo que no puso fue un límite.


En la primera semana entraron cuarenta y tres órdenes de campaña. Gonzalo las metió en la cola de cada máquina como entraban, con la prioridad que le pedía cada comando por teléfono, que era siempre la máxima. La offset de cuatro colores trabajó de seis de la mañana a dos de la madrugada. La de dos colores, de seis a diez de la noche, con Lucio en el primer turno y un ayudante en el segundo. Las digitales imprimieron tarjetas y calcomanías sin parar. La guillotina se convirtió en el cuello de la planta: los afiches salían de la offset más rápido de lo que se podían cortar y embalar.

Los archivos llegaban de noche. Los comandos de campaña diseñaban de día, discutían de tarde, aprobaban a medianoche y mandaban el archivo a la una. Aitana empezó a llegar a las cinco y media de la mañana para revisar lo que había entrado durante la noche, y encontraba, cada madrugada, caras de candidatos en baja resolución, logos de partidos con colores inventados, propuestas con faltas de ortografía que no le correspondía corregir y que, por la regla del contenido, no corregía.

El miércoles de la segunda semana, el catálogo de Supermercados Bustamante, que salía cada quince días los jueves, no entró en la offset grande a la hora en que entraba siempre, porque la máquina estaba imprimiendo afiches de un candidato a intendente que había llamado tres veces. Salió el jueves a las seis de la tarde, y llegó a los buzones el viernes. Sarasola llamó a Celina el viernes a las ocho de la mañana. No levantó la voz.

—Celina, su imprenta nos imprime veinticuatro catálogos por año —dijo—. La campaña dura cuarenta días.

Y el martes de la segunda semana, día nueve, el comando del partido más grande que tenía Zárate, el que había dicho que pagaba al final de la campaña, mandó un pedido de treinta mil volantes a todo color para el día siguiente, para repartir en un acto. Gonzalo miró la cola. La offset grande estaba ocupada hasta el viernes.

Fue a la oficina de Celina y cerró la puerta de vidrio.

—No entra —dijo—. Nada más entra. Y si sigo metiendo cosas, se rompe algo. La máquina o Lucio.


Celina paró la planta una hora, a las dos de la tarde, por primera vez desde la mudanza. Se sentaron en la oficina de vidrio ella, Gonzalo, Paloma, Aitana y Lucio, con una pizarra blanca que Gonzalo usaba para el plan de la semana.

Gonzalo escribió primero lo que la planta podía hacer en una semana, máquina por máquina, en horas. La offset de cuatro colores, con dos turnos de diez horas, seis días: ciento veinte horas. La de dos colores, con un turno y medio: sesenta. Las dos digitales: cien. La guillotina, que era el cuello que nadie había mirado: setenta.

Después Paloma escribió lo que estaba pedido para la semana siguiente, en horas, con las órdenes que ya habían entrado. La offset grande tenía pedidas ciento sesenta horas. La guillotina, ciento diez.

—Cuarenta horas de más en la máquina grande —dijo Gonzalo—. Cuarenta en la guillotina. Y faltan treinta y un días de campaña.

Lo que decidieron esa tarde lo escribió Celina en la pizarra, y Paloma lo pasó a una hoja que se mandó a todos los comandos esa misma noche.

Primero, lo que no se tocaba. Las veintidós horas cada quince días del catálogo de Bustamante, el miércoles de su semana, estaban reservadas en la offset grande y no se movían por ningún pedido. Lo mismo los trabajos de los clientes de todo el año, que eran pocos en esas semanas pero que iban a seguir estando cuando terminara la campaña.

Segundo, un cupo. Las horas que quedaban en cada máquina se repartían entre los partidos según lo que cada uno había confirmado, y cada comando sabía, el lunes, cuántas horas de offset y de digital tenía esa semana. Si quería más, se ponía en una lista de espera, o se mandaba afuera.

Tercero, una hora de cierre. Los archivos que llegaban antes de las seis de la tarde, revisados y con la prueba aprobada, entraban en la cola del día siguiente. Los que llegaban después, en la del otro.

Cuarto, la plata. Todo pedido de campaña se pagaba completo antes de imprimir. Los pedidos de la primera semana, que se habían aceptado con la promesa de pagar al final, se facturaban ese viernes.

Y quinto, Olivares. Celina cruzó las tres cuadras que separaban las dos plantas y le propuso a Don Ismael lo que nadie en Monte Olivo hubiera imaginado un año antes: Zárate le mandaba los afiches de setenta por cien que no entraban en su offset grande, con el archivo revisado y la prueba firmada, a un precio por pliego que acordaron en la oficina de Don Ismael, con la calculadora de rollo. Zárate le cobraba al partido un diez por ciento más, por la coordinación y la revisión. Olivares, que en las campañas tenía una máquina más chica ociosa porque su partido trabajaba con afiches más grandes, dijo que sí.

—Cuarenta años en esto —dijo Don Ismael— y es la primera vez que la competencia me trae trabajo revisado.


Los treinta mil volantes del acto se imprimieron. No al día siguiente: dos días después, en la offset grande, en las horas del cupo de ese partido, porque el comando eligió moverlos antes que otros afiches. El acto se hizo con volantes del día anterior. El encargado de la gráfica del comando llamó para quejarse, y Celina le contestó lo mismo que a todos: que el cupo de su partido era el que había elegido su partido, y que él había elegido los afiches primero.

En la cuarta semana llamó el comando del tercer partido grande, el que trabajaba con Olivares desde siempre. Querían cambiar de imprenta para los últimos diez días: Olivares no les llegaba con unos folletos de propuestas, y alguien les había dicho que en Zárate los archivos se revisaban de madrugada. Era un pedido de doce mil dólares. Celina miró la pizarra de Gonzalo con las horas de la semana, la miró dos veces, y dijo que no.

—No tenemos horas —dijo—. Las que hay ya están repartidas. Si quieren, les doy el teléfono de una imprenta de la capital que trabaja rápido.

Del otro lado hubo un silencio largo. Después, un gracias seco. Gonzalo, que estaba en la puerta de la oficina, no dijo nada. Esa tarde, en la reunión de producción del día siguiente, contó la llamada a todos, sin dar el nombre del partido, y dijo que era la primera vez que veía a una dueña de imprenta decir que no a doce mil dólares en campaña.

Hubo un partido chico que, cuando le llegó la factura de la primera semana, dijo que pagaba después de las elecciones. Perdió las elecciones y no pagó: tres mil ochocientos dólares, de antes de la regla del pago completo. Otro, el más grande, mandó un afiche con el número de su lista mal escrito, quinientos tres en lugar de quinientos treinta, en un archivo que su propio comando había aprobado en la prueba. Se imprimieron ocho mil antes de que alguien del comando lo viera en una pared. El comando pagó la reimpresión, porque la prueba firmada era la suya. Fue la primera vez que la regla de la versión seis le ahorró plata a Zárate y no le costó.

En las últimas tres semanas, la offset grande trabajó dentro de sus ciento veinte horas. La guillotina, con un segundo operario contratado por un mes, dentro de las suyas. El catálogo de Bustamante salió los jueves a las seis de la mañana. Lucio trabajó un solo turno y no hizo horas extra. Y Olivares imprimió para Zárate, en tres semanas, once mil afiches.

El viernes antes de la elección, a las diez de la noche, la última orden de campaña salió por el portón de la Sodería La Cristalina. Gonzalo bajó la persiana. Se fue a dormir catorce horas. Lucio, que se había ido a las cuatro de la tarde como todos los días de las últimas tres semanas, le dejó en la oficina de vidrio, arriba de la pizarra, un papel escrito con lápiz en el revés de una hoja de ajuste: Primera campaña en cuarenta años sin dormir en la imprenta. L.O.

Lo que Nova vio

La primera semana de campaña de Zárate es la de cualquier taller que cree que el desborde se cumple aceptando todo y trabajando más. La offset grande trabaja veinte horas por día, los archivos llegan a la una de la mañana, la prioridad de cada orden es la del último que llamó, y lo primero que se rompe no es la máquina: es el cliente de todo el año, que se queda sin su catálogo por unos afiches que duran cuarenta días. La frase de Sarasola lo dice sin levantar la voz.

Lo que hace Gonzalo el día nueve es lo que hay que hacer en un desborde, y casi nadie hace: dejar de mirar los pedidos y mirar la capacidad. Horas de cada máquina en una semana, contra horas pedidas. Y encuentra algo que nadie había visto: la guillotina, la máquina más barata de la planta, era tan cuello como la offset grande. En una imprenta, el cuello de botella no es siempre la máquina más cara.

Me interesa mucho el orden de las decisiones. Primero, lo que no se toca: el cliente de todo el año tiene su lugar reservado. Después, el cupo: cada partido sabe cuántas horas tiene. Después, la hora de cierre de archivos, que ordena la noche. Después, la plata, que en una campaña es más importante que nunca, porque quien pierde no paga. Y al final, Olivares: tercerizar con margen a la competencia, con el archivo revisado, que es lo que Zárate agrega.

Y el final no es perfecto. Un partido no paga tres mil ochocientos dólares de la primera semana. El acto se hace con volantes del día anterior. Pero el catálogo sale los jueves, Lucio no hace horas extra y la regla de la prueba firmada, por primera vez, hace que una reimpresión la pague quien se equivocó.

Lo que hay que saber

Capacidad en horas. La capacidad de una imprenta se mide en horas de cada máquina y de cada sección por semana: offset, digital, guillotina, plegadora, encuadernación. Lo pedido también se pasa a horas, con la hoja de cada máquina. Cuando lo pedido pasa lo disponible en alguna sección, esa sección es el cuello, y todo lo que entra de más espera ahí, aunque las demás estén libres. Calcular cuántas horas tiene cada recurso y armar la cola sin pasarlas es el tema de la guía de la Escuela sobre capacidad y programación; cómo se encuentra el recurso que limita todo el proceso y qué se hace para cuidarlo, en capacidad, programación y cuellos.

Figura 1. Horas de máquina por semana en la campaña: lo que la planta podía hacer y lo que estaba pedido el día nueve.
Figura 1. Horas de máquina por semana en la campaña: lo que la planta podía hacer y lo que estaba pedido el día nueve.

Cómo se cumple un desborde. Reservando primero la capacidad de los clientes de todo el año. Repartiendo lo que queda con un cupo que cada cliente conoce. Poniendo una hora de cierre para los archivos. Cobrando antes cuando el riesgo de no cobrar es alto. Mandando afuera, con margen y con control, lo que no entra. Y diciendo que no, o no para mañana, a lo que no cabe en ninguna de esas.

Figura 2. La campaña antes y después del día nueve.
Figura 2. La campaña antes y después del día nueve.

El trabajo electoral. Las normas sobre material de campaña cambian según el país y la provincia: pie de imprenta obligatorio, límites de tamaño o de lugares, plazos, a veces registros de lo impreso. Una imprenta que trabaja en campañas conviene que tenga una regla escrita de neutralidad (imprime para cualquiera que pague y cumpla, sin opinar sobre el contenido) y otra de cobro, porque una campaña es el único trabajo cuyo cliente puede desaparecer el lunes siguiente.

Para tu negocio

Si tenés una imprenta, calculá para la semana que viene las horas que cada máquina y cada sección pueden hacer, y pasá a horas los trabajos que ya tenés pedidos. Marcá la sección donde lo pedido más se acerca a lo disponible. Contestá por escrito: ¿cuál es tu cuello de botella esta semana, cuántas horas de tus clientes de todo el año tenés reservadas para cuando llegue el próximo pico, y a quién le mandarías lo que no entra?

Qué registrar desde hoy

  • Las horas disponibles por semana de cada máquina y cada sección.
  • Las horas pedidas por semana, pasadas desde las órdenes con la hoja de cada máquina.
  • Las horas reservadas para los clientes de todo el año.
  • La hora de llegada de cada archivo y si entró antes o después del cierre.
  • Lo que se manda afuera, a quién, a qué precio y con qué margen.

La enseñanza

El desborde de una imprenta no se cumple aceptando todo, sino sabiendo cuántas horas tiene cada máquina y repartiéndolas: primero el cliente de todo el año, después un cupo para el resto, una hora de cierre y lo que sobra, afuera y con margen; lo que no entra en ninguna, no entra.

Lo que sigue

En el capítulo 12, el archivo de un cliente llega con el nombre final_final_v3_ESTE, la planilla de órdenes de Paloma tiene ochocientas filas y once pestañas, y Celina descubre que nadie sabe en qué estado está el trabajo de la cooperativa olivícola.

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