La offset de dos colores
Celina compra una offset de dos colores con veinte años de uso, y con ella llega Lucio Olmos, un maquinista de sesenta y un años que no habla mucho. La primera semana, Celina le da trescientas tarjetas para imprimir en la máquina nueva. Lucio la mira y le dice que eso es para la otra. Libro 8, capítulo 6.
Libro 8 · Parte II · Capítulo 6. Anterior: Delgado y Vera pagan cuando pagan. Índice del libro: La última corrección.
La offset llegó a la calle Lamadrid un lunes de agosto del segundo año, en un camión con grúa, desarmada en tres partes y envuelta en film. Venía de una imprenta de la capital que había comprado una máquina nueva de cuatro colores y vendía la vieja: una offset de dos colores, de medio pliego, con veinte años y, según el aviso, en perfecto estado de funcionamiento. Costó treinta y ocho mil dólares: quince mil de lo que Zárate había juntado desde abril, con el anticipo y el calendario de Paloma, y veintitrés mil de un crédito del banco a cuatro años.
Celina la había ido a ver a la capital en julio, con Don Ismael Prado, que se ofreció a acompañarla un sábado porque, dijo, una diseñadora sola comprando una offset es como un maquinista solo comprando una tipografía. Don Ismael pasó la mano por los rodillos, miró las planchas, escuchó la máquina andar diez minutos con los ojos cerrados y dijo que estaba bien, que los rodillos estaban gastados y que había que cambiarlos, y que lo que valía de verdad no era la máquina sino quien la manejara.
—Tengo uno para usted —le dijo en el tren de vuelta—. Se llama Lucio Olmos. Trabajó conmigo treinta años. Se jubiló el año pasado porque no se llevaba con los chicos nuevos, y se aburre en la casa. No habla mucho. Lo que dice, hágale caso.
Lucio Olmos llegó el mismo lunes que la máquina, a las siete de la mañana, con un mameluco azul planchado, un bolso de herramientas y un termo. Tenía sesenta y un años, las manos grandes con las uñas negras de tinta que no salía con nada y una forma de mirar las máquinas que Celina conocía de los carpinteros y los cocineros: como se mira a una persona.
No saludó mucho. Ayudó a los de la grúa a armar la máquina en la parte de la mercería, la niveló con un nivel de burbuja que sacó del bolso durante una hora y media, le cambió el aceite, desarmó los rodillos de tinta y los miró uno por uno contra la luz de la ventana.
—Estos tres no sirven —dijo—. Hay que mandarlos a recauchutar. Una semana y cuatrocientos dólares.
Celina no había presupuestado los rodillos. Los mandó a recauchutar.
La primera semana, mientras los rodillos estaban afuera, Lucio limpió la máquina entera, pieza por pieza, y le enseñó a Celina cómo funcionaba. No le explicó con palabras: le mostró. Cómo se monta una chapa en el cilindro. Cómo se carga la tinta en el tintero y se regula con los tornillos, de a un cuarto de vuelta. Cómo se ajusta el agua, que en una offset es tan importante como la tinta. Cómo se registran los dos colores para que coincidan, mirando las cruces de los bordes con una lupa. Cómo se sacan las hojas de ajuste, una tras otra, hasta que el color queda como en la prueba, y se tiran.
—Esto es el arranque —dijo Lucio el viernes, con una pila de cincuenta hojas mal impresas en la mano—. En esta máquina, cuarenta y cinco minutos cada vez que se cambian las chapas. Con suerte.
Los rodillos volvieron el martes siguiente. El miércoles, Celina le dio a Lucio el primer trabajo: trescientas tarjetas personales, a dos colores, para el estudio de un arquitecto.
Lucio miró la orden de trabajo un rato largo. Después miró a Celina por encima de los anteojos.
—Esto es para la otra —dijo, y señaló con la cabeza la digital, que estaba en la parte vieja del local, del otro lado de la puerta.
—Ya sé —dijo Celina—. Pero quiero que la máquina nueva empiece a trabajar.
Lucio no discutió. Hizo las tarjetas. Le llevó cuarenta y cinco minutos de arranque, dos chapas que Celina había encargado a un taller de preimpresión del centro por dieciséis dólares, sesenta hojas de ajuste y cuatro minutos de tirada. Las tarjetas salieron perfectas, más nítidas que en la digital. Celina las cobró con la hoja del mostrador: lo mismo que si las hubiera hecho en la digital.
El jueves, Celina le dio otro trabajo chico. El viernes, otro. El lunes, Lucio le dejó un papel arriba del teclado de la computadora, escrito con lápiz en una hoja de ajuste, del lado en blanco.
Esta semana la máquina trabajó 11 horas. 9 fueron arranques. 2 fueron tirada. L.O.
Celina se quedó con el papel en la mano un rato largo. Después llamó a Paloma y a Lucio a la mesa larga, y les pidió una cosa que nunca le había pedido a nadie: que Lucio escribiera cómo trabajaba la máquina.
Lucio tardó una semana. Lo escribió a mano, en una hoja cuadriculada, con letra de imprenta, y Paloma lo pasó a la computadora. Se llamó la hoja de la máquina, y Celina la pegó en la pared, al lado de la offset, con cinta de papel.
Arranque, cada vez que se cambian las chapas: 45 minutos. Lavado entre colores, cuando hay que cambiar de tinta: 20 minutos. Velocidad útil, papel ilustración: 5.500 pliegos por hora. Papel obra: 6.000. Cartulina: 3.500. Demasía de ajuste: 120 pliegos por pasada. Demasía de tirada: 3 % de lo que se imprime. Formato máximo de papel: 52 × 72. Mantenimiento: lubricar todos los días, lavar rodillos todos los viernes, revisión general cada tres meses.
Paloma agregó un renglón al pie, con la calculadora: lo que costaba una hora de esa máquina andando. La cuota del crédito, repartida en las horas del mes. Los rodillos, el aceite, los repuestos, la revisión de cada tres meses. La parte del alquiler de la mercería. La luz trifásica. Y la hora de Lucio, con sus cargas.
Una hora de offset: 38 dólares.
—Cuarenta y cinco minutos de arranque son veintiocho dólares y medio —dijo Paloma—. Antes de imprimir una hoja. Las tarjetas del arquitecto las cobramos treinta.
Lucio no dijo nada. Se fue a lubricar la máquina.
La hoja de la máquina cambió la forma en que Celina repartía los trabajos. Los chicos, de menos de mil ejemplares, iban a la digital. Los de varios miles, a la offset. Los del medio, Paloma los calculaba en las dos máquinas antes de decidir, con la hoja de la offset y el contrato de la digital, y casi siempre la respuesta dependía del papel y de los colores.
El primer trabajo que hicieron con la hoja fue el volante semanal de ofertas de una cadena chica de autoservicios del barrio de talleres: cinco mil volantes media carta, a dos colores, de un lado. En la digital, cinco mil volantes eran mil doscientas cincuenta hojas grandes: unos cuatrocientos veinticinco dólares de clics y papel, y cinco horas de máquina. En la offset, con dieciséis volantes por pliego, eran trescientos trece pliegos más la demasía, dos chapas, un arranque y cuatro minutos de tirada: unos ciento cuarenta dólares, con el corte. Celina lo cotizó con la hoja. Los autoservicios lo aceptaron por cincuenta y dos semanas.
—Ahora sí —dijo Lucio, cuando salió el primer volante.
Era la segunda vez que decía ahora sí desde que había llegado. La primera había sido cuando volvieron los rodillos.
Con la offset llegaron dos proveedores nuevos, y Celina escribió con cada uno el primer acuerdo de su vida con alguien que le vendía algo.
El primero fue Don Ferraris. La offset consumía papel en pliegos grandes, de setenta por cien, que había que cortar a medio pliego, y la digital consumía hojas cortadas. Celina le pidió que pusieran por escrito lo que hasta entonces era una charla en el depósito: una lista de precios por pliego de cada papel que Zárate usaba, actualizada el primer día de cada mes; los cuarenta y cinco días de plazo a cambio de comprarle todo; la entrega en veinticuatro horas para los papeles de la lista y en una semana para los especiales; y una cláusula que Don Ferraris propuso él mismo: si Zárate le confirmaba un trabajo grande con anticipación, él le reservaba el papel al precio del día, aunque subiera antes de la entrega.
—Así no me llama a las once de la noche —dijo Don Ferraris, y firmó con una lapicera que sacó de la gorra.
El segundo fue Fotocromos Lagos, el taller de preimpresión del centro que hacía las chapas. Zárate no tenía con qué hacerlas: hacía falta una máquina que grababa las chapas desde el archivo, y costaba más que la offset. Los Lagos, padre e hijo, hacían chapas para media ciudad. El acuerdo fue de una carilla: precio por chapa, ocho dólares la de medio pliego; plazo de entrega, el mismo día si el archivo llegaba antes de las once; y una regla que pidió Celina pensando en el negro de la cooperativa: ninguna chapa se hacía sin una prueba firmada por el cliente, y si la chapa se hacía con un archivo que no era el de la prueba, la pagaba quien se había equivocado.
Lagos padre leyó la regla dos veces y la firmó.
—Si todos pidieran esto —dijo—, yo haría la mitad de chapas y viviría el doble.
En octubre, Lucio pidió un ayudante. No lo pidió por cansancio: lo pidió porque, dijo, una máquina que depende de un solo hombre de sesenta y un años es una máquina con fecha de vencimiento. Celina contrató a Gonzalo Quintero, de treinta y seis, que había trabajado ocho años en la línea de una fábrica de envases y sabía de tintas y de papel, pero nunca había tocado una offset. Lucio le enseñó como le había enseñado a Celina, sin palabras, con la hoja de la máquina pegada al lado. A los tres meses, Gonzalo hacía los arranques solo. Lucio los miraba de lejos, con el termo en la mano, y corregía con un gesto.
Lo que Nova vio
La frase de Lucio, esto es para la otra, es la del capítulo 1 dicha por alguien que la sabe con las manos. Celina sabía, desde la mesa de Don Ismael, que una offset es para tirar mucho. Lo sabía, y en la primera semana le dio a la máquina nueva trabajos de trescientos, porque quería verla andar y porque quería justificar el crédito. Es un error muy humano: el que compra una máquina cara quiere usarla, aunque no sea la máquina para ese trabajo.
El papel de Lucio, 9 horas de arranque, 2 de tirada, es la primera medición de verdad de la imprenta. Y la hoja de la máquina que viene después es, sin que nadie la llame así, el primer estándar de Zárate: cuánto tarda cada cosa, cuánto papel se gasta, cuánto cuesta una hora. Con ese papel pegado en la pared, una tarjeta en la offset deja de ser una decisión de entusiasmo y pasa a ser una cuenta de cinco minutos.
Me interesa que la hoja la escriba el maquinista y que la cuenta del costo por hora la haga la administrativa. Ninguno de los dos podía hacer la parte del otro. Lucio sabía cuánto tarda un arranque, pero no cuánto cuesta. Paloma sabía calcular una hora, pero no cuánto se tarda en registrar dos colores. Lo que Celina hace bien es sentarlos en la misma mesa.
Y los dos acuerdos escritos son los primeros de la imprenta con alguien que le vende. El de Don Ferraris convierte una relación de favores en precios, plazos y una reserva de papel que protege los trabajos grandes. El de Lagos traslada la lección del negro gris a una regla: ninguna chapa sin prueba firmada. Cada acuerdo tiene una cláusula que nace de un susto anterior.
Lo que hay que saber
La hoja de la máquina. Para cada máquina de la imprenta, por escrito: el tiempo de arranque, el de lavado o cambio, la velocidad útil según el papel, la demasía de ajuste y de tirada, el formato máximo y el mantenimiento. Y su costo por hora andando: amortización o cuota, repuestos y mantenimiento, energía, la parte del local y la hora del operador con sus cargas. Con esos números se puede calcular cualquier trabajo y decidir en qué máquina conviene hacerlo. Es la base de cualquier cotizador serio.
Qué va en cada máquina. Con las hojas de las dos máquinas, cada trabajo se puede calcular en las dos y elegir la más barata, o la que tenga lugar. La regla general (lo chico a la digital, lo grande a la offset) sirve como primera aproximación; el punto exacto cambia con el papel, el formato, los colores y las terminaciones.
Los acuerdos con los proveedores. Precio, plazo, tiempos de entrega, qué pasa si algo llega mal y quién paga un error, escritos en una carilla. En una imprenta, los dos proveedores que más importan al principio son el de papel y el de preimpresión; con los dos, una regla escrita evita las discusiones de las once de la noche. Cómo se eligen, se evalúan y se negocian los proveedores, sin depender de uno solo cuando se puede evitar, está en la guía de la Escuela sobre compras y proveedores; cómo se lleva eso a un sistema, con listas de precios, órdenes de compra y recepción, en compras y proveedores en el ERP.
El que sabe la máquina. Un maquinista con experiencia sabe cosas que no están en ningún manual: cómo suena una máquina que va a fallar, cuánto aguanta un rodillo, cuándo un color no va a llegar. Escribir lo que sabe, en una hoja, no lo reemplaza: hace que lo que sabe se pueda usar para presupuestar, programar y enseñar.
Para tu negocio
Si tenés una imprenta, pedile a quien maneja cada máquina que escriba en una hoja el tiempo de arranque, la velocidad útil con cada papel y la demasía que usa. Después calculá el costo de una hora de esa máquina andando, con todo lo que la hace andar. Contestá por escrito: ¿cuántas horas de la semana pasada fueron arranque y cuántas tirada en cada máquina, y cuántos trabajos hiciste en una máquina que no era la que les convenía?
Qué registrar desde hoy
- La hoja de cada máquina: arranque, lavado, velocidad por papel, demasía y mantenimiento.
- El costo por hora de cada máquina andando.
- Las horas de arranque y de tirada de cada máquina, por semana.
- Los acuerdos con los proveedores de papel y de preimpresión, por escrito.
- La máquina en la que se hizo cada trabajo, y en la que convenía hacerlo.
La enseñanza
Una offset nueva no se justifica dándole trabajos chicos para verla andar; se justifica con una hoja que diga cuánto tarda en arrancar, cuánto cuesta por hora y para qué cantidades conviene, escrita por quien la maneja.
Lo que sigue
En el capítulo 7, el calendario de una imprenta: marzo con los cuadernos y los útiles escolares de todo Monte Olivo, diciembre con los calendarios y las agendas, y un enero en el que las dos máquinas se quedan mirándose.