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Libro 10 · Capítulo 1Parte I · La noche del banco 13 min de lecturaPor Nova

Dos trapos y una pulidora prestada

Después de dieciséis años limpiando de noche para una empresa nacional, Zulma Insaurralde se queda sin trabajo y arranca la suya con dos compañeras, una pulidora que iban a tirar y un estudio jurídico de tres pisos. Cobra seis dólares la hora porque le parece justo. La contadora le muestra que cada hora le cuesta casi ocho. Libro 10, capítulo 1.

Libro 10 · Parte I · Capítulo 1. Índice del libro: Lo absorbemos.

El hall del Banco del Puerto tenía ciento veinte metros cuadrados de mármol blanco con vetas grises, y Zulma Insaurralde lo conocía baldosa por baldosa. Sabía cuál tenía una fisura cerca de la columna del fondo, cuál se manchaba si alguien apoyaba un vaso de café y cuál brillaba distinto porque la habían cambiado después de una inundación. Durante ocho años, cada noche de lunes a viernes, a las cuatro y media de la mañana, había pasado la pulidora por ese mármol con su propia mano, aunque era la supervisora y no le tocaba, porque decía que el hall era lo primero que veía la gente y que nadie más le daba la vuelta justa a la máquina.

A las seis y cuarto, el olor a cera tibia se mezclaba con el del café que preparaba el guardia, y el hall quedaba como un espejo. A las seis y media llegaba el gerente regional, Bertolini, siempre el primero, y siempre decía lo mismo al pasar:

—Zulma, esto parece una iglesia.

Zulma trabajaba para Atlántico Servicios, una empresa nacional de limpieza con oficinas en la capital y contratos en treinta ciudades. Había entrado a los veinticinco como operaria, había sido titular de un sitio, después suplente volante, después encargada de un edificio, y desde hacía ocho años supervisaba el turno noche del banco: ocho personas, cuatro pisos de oficinas, el hall, el tesoro, los baños, la cocina del personal y las cocheras.

Un martes de marzo, a las cinco de la mañana, el encargado de zona de Atlántico la llamó al teléfono del banco y le dijo que el contrato se terminaba a fin de mes. El banco había llamado a licitación y otra empresa había cotizado un veinte por ciento más barato. A Zulma y a su turno les ofrecían pasar a una planta industrial a ochenta kilómetros, en el turno de la tarde, o la indemnización.

Zulma pasó la pulidora por el hall esa mañana como todas, y a las seis y media, cuando llegó Bertolini, le contó.

—Ya sé —dijo Bertolini—. No lo decidí yo. Lo decidieron en la capital por precio.

Se quedó un momento mirando el mármol, y después le preguntó si ella no podía limpiar el estudio de su hermano.


El estudio jurídico de Leopoldo Bertolini ocupaba tres pisos de un edificio viejo del centro de Puerto Celeste, con pisos de pinotea, escaleras de madera, ventanales altos y doce oficinas llenas de expedientes. La empresa que lo limpiaba mandaba una chica distinta cada semana, y los abogados se quejaban de que encontraban los ceniceros de los clientes sin vaciar y las tazas en las mismas mesas del día anterior.

—Lo que quiero —le dijo el abogado a Zulma, en su oficina del tercer piso, con un expediente abierto sobre las rodillas— es que venga siempre la misma persona, que sepa dónde va cada cosa y que no me toque los papeles.

Zulma recorrió los tres pisos con él una tarde. Contó oficinas, baños, metros de pinotea, ventanas. Calculó que el estudio necesitaba dos personas, tres horas por noche, de lunes a viernes. Treinta horas por semana.

El problema era el precio. Zulma había visto una vez, sobre el escritorio de Bertolini, una factura de Atlántico al banco, y sabía que el banco pagaba unos once dólares por cada hora de trabajo de su gente. A ella, Atlántico le pagaba el salario del convenio de limpieza, cuatro dólares la hora, más lo que correspondía por supervisora. Siempre había pensado que la diferencia, siete dólares de cada once, era lo que Atlántico se guardaba.

—Yo no voy a robar como ellos —le dijo a Mirta esa noche, en la cocina de su casa del barrio La Ribera—. Les pago a ustedes el convenio, en blanco, como corresponde, y cobro un poco más. Seis la hora. Es justo para todos.

Mirta Juárez tenía cincuenta y dos años y había trabajado en el turno noche del banco tanto tiempo como Zulma. Sabía de pisos más que nadie que Zulma conociera: qué cera iba en la pinotea, qué químico se comía el mármol, cuánto había que diluir un desengrasante para que no dejara marcas. Yolanda Coronel, la más joven del turno, de treinta y cuatro años, con un hijo de siete, dijo que sí antes de que Zulma terminara de explicar.

Las dos tomaron la indemnización de Atlántico. Zulma también.


Le faltaba la pulidora.

Una pulidora industrial nueva costaba más de mil dólares, y Zulma no quería tocar la indemnización más de lo necesario. La consiguió Don Ceferino, el encargado del depósito de Atlántico en Puerto Celeste, que estaba por mandar a desarmar una máquina de quince años con el motor cansado y un cable remendado con cinta. Se la dio un viernes a la tarde, en la puerta del depósito, sin papeles.

—Te la presto —dijo—. Si un día la tirás, me avisás.

Con la pulidora, dos baldes con escurridor, un carro de limpieza que Mirta compró usado, trapos de microfibra, un lampazo, un bidón de desengrasante, otro de cera para pinotea y un uniforme celeste que les cosió una vecina, empezaron a limpiar el estudio Bertolini el primer lunes de abril.

Zulma había escrito el presupuesto a mano, en una hoja: treinta horas por semana a seis dólares, ciento treinta horas por mes, setecientos ochenta dólares mensuales, con los insumos incluidos. El abogado lo firmó sin leerlo dos veces. Le pareció barato. Lo era.

A mediados de abril sumaron la Cámara de Comercio del Puerto, que tenía sus oficinas en el mismo edificio y se enteró por el ascensorista: una persona, cuatro horas por noche, de lunes a viernes. Zulma la cotizó igual, a seis la hora: quinientos veinte dólares por mes. Yolanda la tomaba después de su turno en el estudio, de once a tres de la mañana. Zulma supervisaba los dos sitios, compraba los productos y cubría a la que faltara.


En el banco, Zulma nunca había visto un recibo de sueldo de otra persona. En su empresa, los tenía que hacer ella. Para eso fue a ver a Amelia Leguizamón, una contadora de sesenta años que le llevaba los papeles a la mitad de los comercios de La Ribera, en una oficina de la calle Gaboto con un ventilador de techo y una pila de carpetas en el piso.

Amelia la escuchó, la registró como empleadora, dio de alta a Mirta y a Yolanda, contrató el seguro de riesgos del trabajo y le preguntó, al final, cuánto cobraba la hora.

—Seis.

—¿Y cuánto les pagás?

—El convenio. Cuatro la hora.

Amelia no dijo nada. Sacó una hoja cuadriculada del cajón y escribió un cuatro arriba de todo. Abajo, fue sumando, renglón por renglón, con su letra chiquita de contadora, mientras le explicaba a Zulma qué era cada cosa.

Los aportes y contribuciones que paga el empleador por cada sueldo, más el seguro de riesgos del trabajo: un treinta y cinco por ciento más. La hora ya no costaba cuatro: costaba cinco con cuarenta.

—Eso es lo que te cuesta una hora pagada —dijo Amelia—. Ahora hay que ver cuántas horas pagás que no se trabajan.

Las vacaciones: catorce días por año que cada persona cobra sin ir a limpiar. El aguinaldo: un sueldo más por año, en dos cuotas. Los feriados: una docena por año, pagados aunque la oficina esté cerrada. Las licencias por enfermedad, los días por examen, por mudanza, por un hijo que nace. Y algo que Zulma conocía mejor que nadie, porque lo había hecho durante dieciséis años: cada vez que una titular faltaba, alguien tenía que ir en su lugar, y esa hora se pagaba dos veces, una a la que faltaba con certificado y otra a la suplente.

Cuando Amelia terminó de sumar, la hora que de verdad se trabajaba en el estudio Bertolini, con todo eso adentro, costaba seis dólares con noventa.

—Y todavía no pusimos lo tuyo —dijo Amelia.

Lo de Zulma era la lista que ella misma le dictó, un poco avergonzada, porque no lo había pensado como un costo. Los productos y los trapos, que se gastaban en cada sitio: unos cuarenta y cinco centavos por hora. El remís que Zulma pagaba para que Mirta y Yolanda volvieran a sus casas de madrugada, porque a esa hora no pasaba ningún colectivo por La Ribera ni por el barrio de Yolanda: cincuenta centavos más. El arreglo del cable de la pulidora prestada. El uniforme. El teléfono.

Y las horas de Zulma, que supervisaba los dos sitios, compraba los productos, cubría a quien faltara, hacía los presupuestos y no se pagaba nada.

—Siete con noventa —dijo Amelia, y dio vuelta la hoja para que Zulma la leyera—. Sin contarte a vos. Cobrás seis.


Zulma no le creyó. Lo dijo así, con educación, y Amelia no se ofendió.

—Traeme los números del primer mes —le dijo—. Lo que facturaste y lo que pagaste. Y lo vemos juntas.

El primer mes, abril, Zulma facturó setecientos ochenta dólares del estudio Bertolini y doscientos sesenta de la Cámara, que había empezado a mitad de mes. Mil cuarenta. Pagó los sueldos de Mirta y de Yolanda con sus cargas, el seguro, los remises, los productos, el carro usado, el arreglo de la pulidora y los uniformes, y Amelia le hizo apartar, de cada sueldo, lo que correspondía al aguinaldo y a las vacaciones de esas horas. Mil quinientos veinte dólares. Los cuatrocientos ochenta que faltaban los sacó de su indemnización. Y ella no había cobrado un peso.

En mayo, con la Cámara entera, faltaron cuatrocientos diez. En junio, Yolanda tuvo gripe una semana y Zulma la cubrió ella misma en la Cámara, de once a tres, después de supervisar el estudio, mientras Yolanda cobraba su sueldo con el certificado. Faltaron cuatrocientos treinta.

En tres meses, Zulma había puesto mil trescientos veinte dólares de su indemnización para que dos clientes tuvieran sus oficinas limpias. Y había trabajado unas trescientas sesenta horas sin cobrar ninguna.

Volvió a la oficina de la calle Gaboto con las tres hojas de los tres meses. Amelia las miró y le devolvió la hoja cuadriculada del primer día, la de los seis con noventa.

—Atlántico cobraba once —dijo Zulma, mirando la hoja—. Yo pensaba que era un robo.

—Atlántico cobraba once —dijo Amelia— y le quedaba uno. Con suerte.


Lo que Zulma hizo después fue mitad bien y mitad mal, y la mitad mal le iba a costar años.

La mitad bien fue la hoja. Pidió a Amelia una copia de la cuenta de la hora, la pegó con cinta en la puerta de la heladera de su casa, al lado del horario de la escuela de Ignacia y Malvina, y desde ese día cotizó los sitios nuevos con ella. En agosto llegó una aseguradora que tenía oficinas en el segundo piso de un edificio de la avenida, por recomendación del abogado Bertolini: tres personas, cuatro horas por noche, de lunes a viernes. Zulma hizo la cuenta de las horas, multiplicó por siete con noventa, le sumó su propio sueldo de supervisora repartido entre los sitios y un margen, y cotizó nueve con veinte la hora. La aseguradora pidió otros dos presupuestos y eligió el de Zulma, que no era el más barato, porque el abogado les habló de los ceniceros vacíos.

La mitad mal fue el estudio y la Cámara. Zulma pensó en llamar al abogado para explicarle que se había equivocado y que la hora tenía que costar nueve con veinte. Lo pensó una semana entera. Y no lo llamó.

—Ya le di mi palabra —le dijo a Mirta, en la escalera de pinotea del estudio, a la una de la mañana—. Le dije seis. Si ahora le digo nueve, va a pensar que lo quise engañar.

—Le podés decir que te equivocaste —dijo Mirta.

—El año que viene. Cuando renovemos.

Mirta siguió encerando la escalera, peldaño por peldaño, sin contestar. Hacía dieciséis años que la conocía, y sabía que el año que viene era una forma que Zulma tenía de decir que no.

En septiembre del primer año, Zulma Insaurralde tenía tres sitios, cinco personas contando a dos suplentes que llamaba cuando hacía falta, una facturación de unos tres mil dólares por mes y una hoja cuadriculada pegada en la heladera. Dos de los tres sitios seguían a seis dólares la hora. La pulidora de Don Ceferino seguía funcionando, con dos remiendos más en el cable.

Lo que Nova vio

Zulma sabía todo sobre limpiar y casi nada sobre lo que cuesta una hora de limpieza. No es una contradicción: en dieciséis años en Atlántico, nunca había tenido que pagar un aguinaldo, cubrir un feriado ni sumar lo que cuesta que una persona falte con certificado. Esas cosas pasaban en una oficina de la capital. Ella veía el sueldo de su gente y la factura al banco, y la diferencia le parecía una ganancia. Era casi todo costo.

Lo que más me interesa de este capítulo es la frase de Zulma en la cocina: les pago el convenio, en blanco, y cobro un poco más. Suena honesta y lo es. El problema es que un poco más de cuatro es seis, y la hora cuesta casi ocho antes de que la dueña cobre algo. En una empresa de limpieza, casi todo lo que se vende es tiempo de personas, y el tiempo de una persona registrada cuesta bastante más que su sueldo, porque se pagan horas que no se trabajan: vacaciones, aguinaldo, feriados, licencias, y las horas que se pagan dos veces cuando alguien falta.

Y fíjense en la mitad mal. Zulma corrigió el precio para los clientes nuevos y no para los que ya tenía, por la palabra dada. Es un gesto lindo y muy común, y es el primer paso de una costumbre que va a acompañar a Zulma durante años: hacerse cargo ella de una diferencia que el cliente ni sabe que existe.

Lo que hay que saber

El costo de la hora trabajada. En limpieza, el precio se arma desde la hora que de verdad se trabaja en el sitio. Se parte del salario de convenio por hora; se le suman las cargas sociales y el seguro (la hora pagada); y se reparte sobre las horas trabajadas todo lo que se paga sin trabajar: vacaciones, aguinaldo, feriados, licencias y ausencias cubiertas por una suplente. Encima van los insumos, los traslados de madrugada, la supervisión, la estructura y el margen. Qué hay dentro de un costo y cómo se llega desde él a un precio con margen, en el capítulo de la Escuela sobre costos, precio y margen.

Figura 1. Cómo una hora de convenio de cuatro dólares llega a costar siete con noventa.
Figura 1. Cómo una hora de convenio de cuatro dólares llega a costar siete con noventa.

La hora pagada no es la hora trabajada. Por cada cien horas que una empresa de limpieza paga a su gente, solo unas ochenta se trabajan en un sitio. Si el precio se calcula sobre la hora pagada, el veinte por ciento restante sale del margen, o del bolsillo de la dueña.

El precio de otro no dice nada de tu costo. Mirar lo que cobra la competencia sirve para saber dónde está el mercado, no para saber si se gana. Zulma creyó que Atlántico robaba siete dólares por hora; le quedaba uno. Antes de decidir con un número, conviene saber qué preguntas tiene que contestar ese número: el capítulo de la Escuela sobre economía mínima para decidir las ordena para alguien que nunca estudió economía.

Figura 2. La hora en el estudio Bertolini: lo que cobraba Zulma, lo que le costaba y lo que cobraba Atlántico.
Figura 2. La hora en el estudio Bertolini: lo que cobraba Zulma, lo que le costaba y lo que cobraba Atlántico.

Para tu negocio

Si tenés una empresa de limpieza o de servicios con personal en los sitios de tus clientes, tomá una persona de tu plantel y hacé la cuenta de un año entero: cuánto le pagaste en total con cargas, aguinaldo, vacaciones y feriados, y cuántas horas trabajó de verdad en un sitio. Dividí lo primero por lo segundo. Contestá por escrito: ¿cuánto te cuesta la hora trabajada de esa persona, cuánto la cobrás, cuántas horas pagaste el año pasado a suplentes para cubrir ausencias, y cuántas horas trabajaste vos sin cobrarlas?

Qué registrar desde hoy

  • Las horas pagadas y las horas trabajadas de cada persona, por mes.
  • Lo que se paga sin trabajar: vacaciones, aguinaldo, feriados, licencias, ausencias cubiertas.
  • Los traslados de madrugada y los insumos, por sitio.
  • Las horas de la dueña en cada sitio, aunque no las cobre.
  • El precio por hora de cada abono, al lado del costo de la hora.

La enseñanza

En limpieza se vende el tiempo de una persona, y una hora de convenio cuesta casi el doble del sueldo cuando se le suma todo lo que se paga sin trabajar; quien cobra el sueldo más un poco pone la diferencia de su bolsillo desde el primer mes.

Lo que sigue

En el capítulo 2, la constructora de un edificio de oficinas nuevo le pide a Zulma una limpieza de fin de obra. Zulma la cotiza como una limpieza común de cuatro pisos. El polvo de cemento tiene otra opinión.

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