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Libro 10 · Capítulo 2Parte I · La noche del banco 12 min de lecturaPor Nova

El polvo de la obra nueva

Una constructora le pide a Zulma la limpieza final de un edificio de oficinas de cuatro pisos, tres noches antes de que entren los inquilinos. Zulma la cotiza como una limpieza a fondo de oficinas, por metro cuadrado. Nueve noches, cinco personas, una pulidora quemada y un polvo de cemento que vuelve a bajar cada vez que alguien abre una puerta. Libro 10, capítulo 2.

Libro 10 · Parte I · Capítulo 2. Anterior: Dos trapos y una pulidora prestada. Índice del libro: Lo absorbemos.

El edificio de la calle Gaboto tenía cuatro pisos de oficinas, mil seiscientos metros cuadrados de porcelanato gris, doscientos cuarenta paños de vidrio y un olor a pintura fresca que se sentía desde la vereda. Lo estaba terminando la Constructora Del Muelle, y la arquitecta a cargo, Lucrecia Sanmartino, tenía un problema: el lunes siguiente se mudaban los primeros inquilinos, una agencia marítima y una consultora, y la empresa de limpieza que había contratado para el final de obra le había fallado el miércoles.

Llamó al estudio Bertolini, que estaba enfrente, porque había visto desde la obra, de madrugada, a dos mujeres de uniforme celeste encerando una escalera de madera con una pulidora vieja. El abogado le dio el teléfono de Zulma.

Zulma fue a ver el edificio un jueves de octubre, a las siete de la tarde, después de dormir cuatro horas. Lo recorrió con la arquitecta, piso por piso, con una linterna porque todavía no estaba toda la luz. Había polvo blanco sobre todo: sobre el porcelanato, sobre los marcos de las ventanas, sobre las mesadas de los baños, sobre los vidrios por dentro. Había gotas de pintura en los zócalos, pastina seca en las juntas de los pisos, etiquetas pegadas en los sanitarios y en los vidrios, cajas de cartón de los artefactos de luz amontonadas en los pasillos.

Zulma hizo la cuenta como la hubiera hecho en el banco para una limpieza a fondo de oficinas, de las que se hacían una vez por año antes de las fiestas. Mil seiscientos metros cuadrados. Cinco personas. Tres noches, de viernes a domingo. Lo pasó a metro cuadrado, como le había dicho Mirta que cobraban las empresas grandes los trabajos de una sola vez: sesenta centavos el metro. Novecientos sesenta dólares, con los productos.

La arquitecta dijo que sí sin discutir. Era más barato que lo que le iba a cobrar la empresa que le había fallado.


La primera noche fueron cinco: Zulma, Mirta, Yolanda y dos amigas de Yolanda que trabajaban de día en una casa de familia y aceptaron hacer tres noches de más. Zulma las dio de alta como eventuales al día siguiente, con Amelia, porque no quería tener a nadie sin seguro en un edificio con escaleras sin baranda.

Empezaron por el cuarto piso, como se hacía en el banco, para que el polvo no bajara sobre lo limpio. A las dos de la mañana, el cuarto piso estaba barrido, aspirado y trapeado. A las tres, cuando Zulma volvió a pasar después de bajar a buscar agua, el porcelanato del cuarto piso tenía otra vez una capa fina de polvo blanco. El polvo de cemento estaba en el aire, en los conductos del aire acondicionado, en los marcos de aluminio, y bajaba despacio, durante horas, cada vez que alguien abría una puerta o pasaba caminando.

—Esto no es suciedad —dijo Mirta, pasando un dedo por un marco—. Es obra. Hay que sacarla en tres pasadas, y la última cuando ya no entre nadie.

La segunda noche descubrieron la pastina. Los colocadores habían dejado una película gris sobre el porcelanato, seca, que el trapo no levantaba. Mirta sabía qué hacía falta: un limpiador ácido diluido, uno en diez, aplicado de a dos metros por vez y enjuagado enseguida, porque si se dejaba más de un minuto manchaba las juntas. Y después, la pulidora con un disco de fibra blanda. Zulma tuvo que ir a la mañana a un mayorista del puerto a comprar el ácido, los discos y veinte cuchillas para sacar la pintura de los vidrios. Ciento noventa dólares.

La cuarta noche, en el segundo piso, la pulidora de Don Ceferino hizo un ruido que Zulma conocía de otras máquinas, un zumbido que subía, y después olor a cable quemado. El motor de quince años no había resistido cuatro noches de porcelanato con arenilla de obra. Zulma compró al día siguiente una pulidora usada, a un señor que cerraba una empresa de limpieza de alfombras, por seiscientos dólares. Llamó a Don Ceferino para avisarle que la había tirado. Don Ceferino se rió y le dijo que había durado más de lo que él pensaba.

La quinta noche, Nilda, una de las amigas de Yolanda, se cortó la palma de la mano con una cuchilla mientras sacaba una gota de pintura de un vidrio del tercer piso. La cuchilla se trabó en el borde del marco y se le fue hacia adentro. Mirta le apretó la mano con un trapo limpio y Zulma la llevó en un remís a la guardia del hospital, a las tres y media de la mañana, con el uniforme celeste manchado de sangre. Cuatro puntos. Diez días sin poder mojarse la mano.

En la guardia, la enfermera le preguntó a Zulma por el seguro. Zulma le dio el número que le había dado Amelia el lunes, cuando las dio de alta como eventuales, y el seguro se hizo cargo de la guardia, de los puntos y de los diez días de Nilda. Zulma volvió al edificio a las cinco, con el cielo clareando sobre el puerto, y se quedó un rato sentada en un balde dado vuelta en el hall, pensando en lo que habría pasado si no las hubiera dado de alta. Después se levantó y siguió con los vidrios del tercer piso. Ella sola, con guantes de cuero.

Y todas las noches, mientras ellas limpiaban, los electricistas habían trabajado de día colocando artefactos de luz, y los pintores retocando paredes. Cada mañana dejaban cajas, cables, polvo de yeso, huellas de zapatos en lo que se había limpiado la noche anterior. Lucrecia Sanmartino les pedía disculpas a las cinco de la mañana, cuando llegaba a ver cómo iba el trabajo, y les decía que los gremios terminaban mañana. Los gremios terminaron el miércoles.


El edificio quedó limpio el domingo siguiente, en la novena noche. La agencia marítima se había mudado igual el lunes, a un piso a medio limpiar, y la consultora esperó hasta el jueves.

Lucrecia Sanmartino recorrió los cuatro pisos el domingo a las seis de la mañana con Zulma, pasando la yema del dedo por los marcos de las ventanas, por las mesadas y por los zócalos, como hacía Zulma en el banco con cada operaria nueva. No encontró polvo en ningún lado. En el hall de planta baja, el porcelanato gris brillaba como el mármol del banco, con las juntas limpias y sin una mancha.

—Nunca vi un final de obra así —dijo la arquitecta—. Mandame la factura.

Zulma mandó la factura por los novecientos sesenta dólares del presupuesto. Esa tarde, en la cocina de La Ribera, con la hoja de Amelia pegada en la heladera, hizo la otra cuenta.

Nueve noches de cinco personas, ocho horas por noche. Trescientas sesenta horas, a siete con noventa la hora que le había calculado Amelia: dos mil ochocientos cuarenta y cuatro dólares. Los productos que no eran los de siempre: el ácido, los discos, las cuchillas, el removedor de pintura, las bolsas de escombro. Trescientos ochenta. La pulidora nueva, seiscientos. Tres mil ochocientos veinticuatro dólares de costo para un trabajo cobrado en novecientos sesenta.

Y la constructora, le avisó la arquitecta con la factura ya recibida, pagaba a sesenta días.

—¿Cuánto tendría que haber cobrado? —le preguntó Zulma a Mirta, al día siguiente, en la escalera del estudio Bertolini.

—No sé —dijo Mirta—. Pero no lo cobrabas por metro.


Esa semana, Mirta escribió algo que Zulma no le había pedido. Lo escribió en un cuaderno de tapa dura que había comprado en la librería de la esquina de su casa, con letra grande, como escribía las recetas de su madre. Lo tituló Final de obra, y fue la primera hoja de tarea de la empresa.

Arriba, lo que había que pedirle a la constructora antes de cotizar, sin lo cual no se empezaba: los gremios afuera del edificio, la luz y el agua conectadas en todos los pisos, un contenedor para los escombros y el cartón a cargo de la constructora, y una fecha escrita para la última pasada, la del día anterior a que entrara la gente.

Después, el trabajo en tres pasadas, cada una con sus herramientas y sus productos. La gruesa: retirar el cartón, el escombro y las etiquetas; aspirar todo, de arriba hacia abajo, incluidos los marcos, los conductos y los zócalos; sacar la pintura de los vidrios con cuchilla. La fina: el ácido para la pastina, de a dos metros, con el enjuague enseguida; la pulidora con disco blando; los sanitarios; los vidrios por dentro, paño por paño. La final, con el edificio cerrado: el repaso de todo lo que el polvo volvió a tocar, de arriba hacia abajo, y nadie que entre después.

Y al final, lo más importante, lo que Mirta midió de memoria con las nueve noches todavía en la espalda y Zulma pasó a números con la cuenta de Amelia: cuántas horas de una persona llevaba cada pasada por cada cien metros cuadrados. La gruesa, nueve. La fina, seis. La final, tres. Y cada paño de vidrio, por dentro, un cuarto de hora. Los vidrios por fuera, en altura, no: eso era otro oficio, con arnés y silleta, y se le decía a la constructora que lo contratara aparte.

Con esa hoja, el edificio de la calle Gaboto daba trescientas sesenta horas. A nueve con veinte la hora, la tarifa de los sitios nuevos, más los productos especiales y el desgaste de la pulidora, el trabajo valía unos tres mil ochocientos dólares. Cuatro veces lo que Zulma había cobrado.


La hoja de Mirta tuvo su primera prueba en diciembre, con un local de ropa de trescientos metros en la peatonal, que la misma Lucrecia Sanmartino le recomendó a otra constructora. Zulma fue a verlo con el cuaderno. Preguntó si los gremios estaban afuera: no estaban, la vidriera llegaba el martes. Pidió la fecha de la última pasada por escrito. Contó los paños de vidrio. Hizo la cuenta de las horas por pasada y cotizó mil cincuenta dólares, con las condiciones arriba, en una hoja que decía qué se hacía en cada pasada y qué no.

El encargado de la constructora le mostró otro presupuesto: seiscientos dólares, a dos dólares el metro, final de obra completo, sin una línea más.

—El otro es más barato —le dijo.

Zulma le mostró la hoja de Mirta, pasada por pasada, y le preguntó qué incluía completo. El encargado no supo decirle. Llamó a la otra empresa delante de ella, puso el altavoz y preguntó si los seiscientos incluían la pastina y los vidrios por dentro. No los incluían.

Zulma hizo el local por mil cincuenta, en tres pasadas, la última el día anterior a la inauguración. Dejó ciento sesenta dólares de ganancia. Fue su primer trabajo de fin de obra con ganancia, y el primero que hizo con una hoja.

Lo que Nova vio

Zulma sabía limpiar oficinas mejor que casi nadie en Puerto Celeste, y por eso creyó que una oficina sin estrenar era una oficina más. No lo era. Un final de obra es un trabajo distinto, con otros productos, otras herramientas, otro orden y sobre todo otra cantidad de horas: el polvo de cemento vuelve a bajar, la pastina no sale con trapo, los gremios ensucian lo que se limpió. Lo que separa un trabajo del otro no es el tamaño del edificio, sino lo que hay que hacer en él.

Lo que más me interesa del capítulo es el cuaderno de Mirta. Lo que sabían hacer dos personas con dieciséis años de oficio, y que no estaba escrito en ningún lado, pasó a una hoja: qué se pide antes de empezar, en qué orden se trabaja, con qué, y cuántas horas lleva cada parte. Esa hoja sirve para tres cosas a la vez. Para cotizar, porque las horas salen de ella. Para trabajar, porque cualquiera que se sume sabe qué viene después. Y para venderle al cliente lo que de verdad se le está vendiendo, como hizo Zulma con el encargado del local de ropa y su presupuesto completo de seiscientos dólares.

Fíjense también en lo que Mirta dejó afuera: los vidrios en altura. Una empresa chica que aprende a decir eso no lo hacemos, contrátelo aparte evita los trabajos para los que no tiene ni la gente ni el seguro. Y el corte de Nilda muestra el otro lado del mismo asunto: en limpieza, el riesgo de cada noche lo corre una persona con una cuchilla en la mano, y lo que la protege es haber estado dada de alta antes de entrar al edificio, no después.

Lo que hay que saber

El final de obra. Una limpieza que se hace una vez, cuando una obra termina, antes de que entre la gente. Se cotiza por las horas que lleva cada pasada (gruesa, fina, final) en la superficie que tiene el edificio, más los paños de vidrio, los productos especiales (ácido para pastina, removedor de pintura, discos) y el desgaste de las máquinas. Se pide por escrito lo que la constructora tiene que dejar listo y la fecha de la última pasada.

Figura 1. El edificio de la calle Gaboto: lo cobrado, lo que costó y lo que habría salido con la hoja de Mirta.
Figura 1. El edificio de la calle Gaboto: lo cobrado, lo que costó y lo que habría salido con la hoja de Mirta.

La hoja de tarea. Para cada tipo de trabajo que se repite (final de obra, pulido de pisos, limpieza de un sitio nuevo), una hoja con lo que se pide antes, el orden de las tareas, los productos y su dilución, las herramientas y las horas medidas por unidad. Es el procedimiento escrito del oficio, el que convierte lo que sabe una persona en algo que puede hacer otra. Cómo se pasa de un manual de procedimientos a una orden concreta, con sus pasos, sus tiempos y su responsable, lo cuenta la guía de la Escuela de los procesos a las órdenes de trabajo.

Figura 2. La hoja Final de obra del cuaderno de Mirta: condiciones, pasadas y horas por cada cien metros.
Figura 2. La hoja Final de obra del cuaderno de Mirta: condiciones, pasadas y horas por cada cien metros.

Lo que no se hace. Una hoja también dice qué queda afuera: trabajos en altura, productos peligrosos, superficies que la empresa no conoce. Lo que queda afuera se escribe en el presupuesto, para que el cliente sepa qué contratar aparte.

Para tu negocio

Si tenés una empresa de limpieza, elegí el trabajo de una sola vez que más hacés (un final de obra, un pulido, una mudanza) y escribí su hoja: qué tiene que estar listo antes, en qué orden se hace, con qué productos y herramientas, y cuántas horas de una persona lleva por cada cien metros o por cada unidad. Después, tomá el último trabajo de ese tipo que hiciste y contestá por escrito: ¿cuántas horas se trabajaron de verdad, cuántas habías cotizado, qué productos o máquinas se gastaron que no estaban en el precio, y qué condición le tendrías que haber pedido al cliente por escrito?

Qué registrar desde hoy

  • Las horas reales de cada trabajo de una sola vez, por pasada o por tarea.
  • La superficie, los paños de vidrio y las condiciones del sitio el día que se cotizó.
  • Los productos especiales y el desgaste de las máquinas, por trabajo.
  • Las condiciones pedidas por escrito al cliente, y si se cumplieron.
  • Lo que quedó afuera del presupuesto y quién lo hizo.

La enseñanza

Un final de obra no es una limpieza grande: es otro trabajo, con su orden, sus productos y sus horas por cada cien metros; quien lo cotiza por metro cuadrado como si fuera una oficina paga con su gente las pasadas que no contó.

Lo que sigue

En el capítulo 3, en marzo del segundo año, el convenio de limpieza sube un doce por ciento. Zulma tiene tres clientes, dos de ellos todavía a seis dólares la hora, y una frase que va a repetir muchas veces.

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