Kilos y horas: el entrepiso del supermercado, línea por línea
El entrepiso de la segunda sucursal de El Arenal sale a tiempo, se cobra entero y el cliente queda contento. La primera planilla de horas por obra dice que dejó un 14 % y no el 24 % cotizado. Sesenta y cuatro uniones abulonadas, un montaje de noche y unas barras que rindieron menos de lo previsto. Libro 2, capítulo 10.
Libro 2 · Parte III · Capítulo 10. Anterior: Tobías dibuja de noche. Índice del libro: Seis dólares el kilo.
La segunda sucursal de El Arenal estaba en una esquina de la avenida costanera, en un edificio que había sido una fábrica de soda en los años cincuenta y después un depósito de electrodomésticos. El supermercado la estaba reciclando para abrir en marzo, y quería, sobre la línea de cajas, un entrepiso de oficinas con una escalera, una baranda de vidrio y una vista sobre todo el salón, "para que los gerentes vean". Dieciocho toneladas de estructura.
Tobías la había cotizado en septiembre, la noche antes de mandarla sin el lápiz rojo de su padre. Lo había hecho bien, con todo lo que el taller había aprendido en cuatro años: el acero con el recargo por retazos, las horas por tarea, el galvanizado de la escalera, la pintura epoxi de la estructura, el montaje con la grúa, el cálculo de Mabel Ortiz. Setenta y dos mil dólares, con un margen del veinticuatro por ciento. El supermercado pagaba como un buen cliente: cuarenta por ciento de anticipo, que Norma convirtió en acero el mismo día, y certificados cada quince días, al contado.
La obra salió bien. Eso es lo primero que hay que decir, porque Osvaldo lo repite cada vez que la cuenta. Se fabricó en cinco semanas, se montó en el plazo, el inspector del supermercado no encontró nada que observar, el gerente de la sucursal subió a las oficinas el día de la inauguración y se sacó una foto mirando el salón desde la baranda de vidrio. El supermercado pagó todo, a tiempo. Y en enero mandó el pedido para la tercera sucursal.
La planilla de horas la había inventado el Gringo, con una idea de Tobías. Una hoja por día, en una tabla con clip colgada al lado del reloj del galpón, donde cada persona anotaba, al final de la jornada, cuántas horas había trabajado en cada obra. Al principio nadie la llenaba bien. El Gringo pasaba a las seis de la tarde con una birome y no dejaba salir a nadie hasta que su renglón estuviera completo. A las dos semanas, se llenaba sola. A los dos meses, Tobías tenía, por primera vez en la historia del taller, las horas reales de una obra entera.
La del entrepiso de El Arenal fue la primera obra que cerraron con esa planilla. Tobías lo hizo un sábado de diciembre en la oficina, con la cotización de septiembre de un lado y las planillas, las facturas de Paredes, los remitos de la galvanizadora y las facturas de la grúa del otro. Renglón por renglón. Al final, escribió dos números con fibra en el pizarrón: cotizado 24 % y, abajo, real 14 %.
Diez puntos. Siete mil doscientos dólares que estaban en el presupuesto y no estaban en la cuenta.
El lunes, Osvaldo entró a la oficina, vio el pizarrón, y no buscó el lápiz rojo. Se sentó.
—¿Dónde?
Tobías se los fue mostrando en el orden en que pesaban.
El primero eran las horas del galpón. Tobías había cotizado cuarenta horas por tonelada, que era lo que decía, para un entrepiso, la tabla que había dibujado para su padre el primer año, sacada de un libro de la facultad. Setecientas veinte horas. Las planillas decían mil. Cincuenta y seis horas por tonelada.
—¿Por qué? —preguntó Osvaldo, y por primera vez en cuatro años la pregunta no era un reproche.
Tobías tenía la respuesta, porque la había buscado renglón por renglón. El entrepiso iba abulonado, no soldado en obra, porque el supermercado no quería chispas en el local: sesenta y cuatro uniones, cada una con dos placas y entre cuatro y ocho agujeros. Doscientas treinta placas. En el taller no había otra forma de hacer esos agujeros que la agujereadora de columna, uno por uno, con plantilla, marcando, centrando, agujereando, limpiando la rebaba. Y el edificio de la vieja fábrica de soda no estaba a plomo en ningún lado: cada base de columna tuvo una placa distinta, medida en obra, dibujada de nuevo, cortada a mano. Doscientas ochenta horas de más, a doce con diez: tres mil cuatrocientos dólares.
El segundo era la noche. El pliego del supermercado, que Tobías había leído de punta a punta, decía en la página once: los trabajos de montaje se realizarán fuera del horario comercial. Tobías lo había leído. No lo había cotizado. Lalo y su cuadrilla montaron de diez de la noche a seis de la mañana, durante nueve noches, con el recargo del cincuenta por ciento que corresponde a las horas nocturnas, y con una persona más de lo previsto porque Lalo no quería subir a nadie a una viga de noche sin alguien abajo mirando. Y fueron nueve noches y no seis, porque de noche se trabaja más lento. Mil setecientos dólares.
El tercero eran las barras. Tobías había cotizado el acero con un aprovechamiento del noventa y dos por ciento, que era el número de su despiece. El galpón no cortó con el despiece: cortó como venía, con las piezas en el orden en que se necesitaban, y las barras rindieron un ochenta y seis. Una tonelada y media más de acero, menos lo que les pagaron por los retazos como chatarra: mil quinientos dólares.
El cuarto era la grúa. Dos noches más de grúa, que de noche cobraba con recargo y con un mínimo por jornada aunque se usara tres horas: seiscientos dólares.
Tres mil cuatrocientos, mil setecientos, mil quinientos, seiscientos. Siete mil doscientos.
Osvaldo miró el pizarrón un rato largo. Después se rió, con una risa corta que a Tobías le recordó la noche de la escalera caracol.
—Otra vez el kilo —dijo—. El primer año, una escalera pesaba poco y llevaba mucho. Ahora un entrepiso abulonado pesa lo mismo que uno soldado y lleva el doble de agujeros. Y nosotros con la tabla del libro.
—La tabla del libro es de un taller con punzonadora —dijo Tobías—. Nosotros agujereamos a mano.
Esa semana, la hoja de cotizar dejó de estar en el cuaderno de tapas negras, que Osvaldo guardó en un cajón, y pasó a una planilla en la computadora de Tobías. Tenía lo mismo que la hoja del cuaderno, más cinco cosas que habían salido de ese pizarrón.
Las horas por tonelada dejaron de salir de un libro y empezaron a salir de las planillas del galpón, por tipo de obra: un tinglado, tanto; un entrepiso soldado, tanto; un entrepiso abulonado, cincuenta y seis, hasta que hubiera más datos. El montaje tuvo un renglón para las condiciones: de día o de noche, a qué altura, con qué acceso, con cuántas personas; y la noche, con su recargo y su persona de más. El aprovechamiento de barra se puso en ochenta y seis, el real, hasta que el galpón cortara con el despiece. La grúa se cotizó por jornada con su mínimo, no por hora. Y el pliego tuvo una lista: cada condición del cliente que tocaba un costo, como el horario, el abulonado o la terminación, se copiaba a la planilla como un renglón antes de cotizar.
Y hubo una decisión que no estaba en ninguna planilla. Las placas con agujeros se dejaron de hacer a mano. Tobías mandó los planos de las placas de la tercera sucursal a Láser Norte, un taller del parque industrial con corte láser y agujereado automático, y comparó: lo que en el galpón llevaba doscientas horas, Láser Norte lo hacía en dos días por menos de la mitad. Antes de firmar, Osvaldo quiso ver la máquina. Láser Norte estaba a tres cuadras, en un galpón más chico y más limpio que el suyo, con un aire acondicionado que en un taller de Puerto Arenal parecía un lujo. La dueña, Gisela Ferro, una ingeniera de treinta y pocos que había trabajado en una automotriz, le mostró el láser cortando una chapa de doce milímetros: un punto de luz que avanzaba sin ruido, dejando detrás piezas con los agujeros ya hechos, que caían sobre una mesa como galletitas de una bandeja. Osvaldo agarró una placa todavía tibia, le pasó el dedo por un agujero y no encontró rebaba. La dio vuelta dos veces.
—¿Cuánto tarda en hacer doscientas treinta de estas?
—Un día y medio —dijo Gisela—. Si me mandan el archivo bien dibujado, menos.
Osvaldo pensó en las doscientas horas de agujereadora del entrepiso, en la rebaba, en las plantillas de cartón, en los hombros de Brian. Volvió al galpón, firmó la orden de compra sin decir nada y le pidió a Tobías que aprendiera a mandar los archivos bien dibujados. El Gringo dijo que ya era hora.
La tercera sucursal de El Arenal se cotizó con la planilla nueva y salió once por ciento más cara que la segunda. El jefe de compras preguntó por qué. Tobías le mostró el renglón del montaje nocturno y el de las placas. El jefe de compras dijo que tenía sentido y firmó. La cerraron con un veintiuno por ciento real. Las siguientes cinco obras del taller, cotizadas igual, cerraron entre el diecinueve y el veintitrés.
Lo que Nova vio
Lo primero que hay que decir de esta obra es lo que dijo Osvaldo: salió bien. A tiempo, sin observaciones, cobrada entera, con un cliente que volvió. Por eso es peligrosa. Una obra que sale mal se revisa; una que sale bien se festeja, y si nadie hace la cuenta, el error de cotización se repite en la siguiente, y en la otra. La planilla de horas del Gringo es lo que convirtió una obra exitosa en una lección.
Las causas de los diez puntos no son errores de Tobías: son datos que el taller no tenía. Las horas por tonelada salían de un libro escrito para un taller con otras máquinas. El aprovechamiento salía de un despiece que nadie seguía. El montaje nocturno estaba en la página once del pliego, y leer un pliego no es lo mismo que convertirlo en renglones. Todas tienen la misma forma: el presupuesto suponía algo que el taller no medía. Desde que se mide, el presupuesto supone lo que pasa.
La risa de Osvaldo, "otra vez el kilo", es para mí la mejor línea del capítulo. El precio por kilo del primer año y las horas por tonelada del libro de la facultad son el mismo error con distinta ropa: un número promedio aplicado a un trabajo que no es promedio. La diferencia es que esta vez lo encontraron con una planilla un sábado, y no con una espalda partida después de colocar una escalera.
Y la decisión de Láser Norte: Osvaldo dejó de hacer a mano algo que hacía con orgullo, porque la cuenta decía que otro lo hacía mejor y más barato. Eso también es soltar la herramienta. Lo interesante es que no la soltó por una planilla: la soltó cuando tuvo en la mano una placa tibia sin rebaba. A veces la cuenta convence a la cabeza y la pieza convence al oficio.
Lo que hay que saber
El cierre de obra. Cuando una obra termina, se pone al lado de la cotización lo que costó de verdad, renglón por renglón: acero comprado, horas fichadas por obra, insumos, terceros, montaje, grúa, ingeniería. Lo que queda es el margen de verdad, y cada punto que falte contra lo cotizado se busca en un renglón. Sin horas por obra no hay cierre posible, y sin cierre la cotización no aprende. En la Escuela, el consumo real, el scrap y el costo por orden como parte del sistema están en Consumo real, scrap y costo por orden.
Horas por tonelada propias, por tipo de obra. Las tablas de los libros sirven para empezar. Después, el número tiene que salir de las horas reales del propio taller, con sus máquinas y su gente, separado por tipo de obra: tinglado, entrepiso soldado, entrepiso abulonado, escalera, baranda, estructura pesada. Un entrepiso abulonado lleva muchas más horas por tonelada que uno soldado si los agujeros se hacen a mano, y menos si se tercerizan con corte y agujereado automático.
Las condiciones del montaje son renglones. Horario (de día o de noche, con recargo), altura, acceso, personas por razones de seguridad, grúa con su mínimo por jornada, clima. El montaje es la parte de la obra que menos se parece de una obra a otra, y por eso la que más se equivoca cuando se cotiza con un promedio.
El pliego se lee dos veces. Una para entender la obra y otra para convertir cada condición que toca un costo en un renglón de la cotización: horarios, tipo de unión, terminaciones, plazos, multas, ensayos, documentación. Cómo se arma un cotizador que sostiene esas reglas está en El cotizador, y el séptimo capítulo del libro integrado de la Escuela, Empresa y sistema, integrados, muestra cómo se cotiza con el costo real cuando taller, administración y sistema usan los mismos números.
Hacer o comprar. Cada tarea del taller se puede comparar con lo que cuesta encargarla afuera: horas propias a costo de hora vendible contra el precio del tercero, más el traslado. Cuando el tercero tiene una máquina que el taller no tiene, como un láser o una punzonadora, la diferencia suele ser grande, y liberar esas horas del galpón vale más que el orgullo de hacerlo en casa.
Para tu negocio
Elegí una obra o un trabajo que hayas terminado hace poco y que haya salido bien. Juntá lo que cotizaste y lo que pagaste, y si no tenés las horas por obra, empezá a registrarlas mañana con una hoja al lado del reloj. Con las que tengas, calculá el margen real y escribí la diferencia con el cotizado, renglón por renglón. Contestá por escrito: ¿qué número de tu cotización salió de un libro, de una costumbre o de la memoria, y no de tus propios trabajos?
Qué registrar desde hoy
- Las horas de cada persona por obra, todos los días, en el mismo lugar.
- El cierre de cada obra con margen cotizado y real, y las causas de la diferencia.
- Las horas por tonelada reales por tipo de obra, actualizadas con cada cierre.
- El aprovechamiento real de barra por obra: acero comprado contra acero en la estructura.
- Las condiciones de cada pliego que tocan un costo, copiadas a la cotización antes de mandarla.
- Lo que cuesta cada tarea encargada afuera, como el corte láser o el agujereado, comparado con las horas propias que reemplaza.
La enseñanza
Una obra que sale bien también se cierra con la cuenta. Las horas por tonelada no salen de un libro: salen de la planilla del propio galpón, obra por obra.
Lo que sigue
En el capítulo 11, marzo del quinto año: cuatro obras al mismo tiempo, un galpón de seiscientos metros que no alcanza, cuatro sábados seguidos, tres días de lluvia en el montaje y una multa por día de atraso que nadie había leído con atención.