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Libro 1 · Capítulo 7Parte II · Un negocio que vive de diciembre 13 min de lecturaPor Nova

Julio sin fiestas

Un domingo de invierno la camioneta no arranca, el garaje está lleno de cajas que no salen y la cuenta de las señas tiene la plata justa para pagar las deudas del verano. Lo que Carolina hace con esa plata decide si el negocio llega a la primavera. Libro 1, capítulo 7.

Libro 1 · Parte II · Capítulo 7. Anterior: Marisa cobra por cabeza. Índice del libro: El sábado de las tres fiestas.

El primer domingo de julio del tercer año, la camioneta no arrancó. No se había movido en doce días. Carolina lo descubrió a las nueve de la mañana, en la vereda de la calle Urquiza, con un termo bajo el brazo y la llave girando en el vacío, y lo tomó como lo que era: un resumen.

Detrás de la puerta de chapa del garaje había cuarenta y dos cajas de plástico gris apiladas hasta el techo. Vajilla y mantelería para ciento cincuenta personas, compradas en marzo, con etiquetas que Elba había escrito con fibra negra y letra de maestra: copas agua 150, platos postre 150, manteles marfil 24, servilletas tela (contar). La historia de esas cajas tiene su propio capítulo, el que sigue. Lo que importa acá es que costaban quinientos dólares de cuota por mes y que en julio no salían del garaje, porque en julio no había fiestas.

Había una. Las bodas de oro de los Peralta, sesenta invitados, el último sábado del mes, en el salón de la parroquia de Las Acacias. Eso era julio entero.

Volvió a la cocina, le pidió a Elba que le calentara el agua del termo y abrió el cuaderno de tapa dura en una hoja nueva para hacer la lista que venía evitando desde mayo.

Lo que debía. A Marisa, USD 2.100: saldos de fiestas de marzo y abril que había pagado tarde, después tardísimo, y después no había pagado. A Nico, USD 700. Al alquiler de mobiliario, USD 600. Total: USD 3.400.

Lo que tenía. En la cuenta del negocio, USD 380. En la cuenta de las señas, la que había abierto en enero por consejo de Federico, USD 2.600: las señas de cuatro casamientos de octubre y noviembre que habían entrado en junio, que es cuando las novias empiezan a reservar la primavera.

Miró las dos cifras un rato largo. USD 3.400 de deuda. USD 2.600 en la cuenta de las señas. La conocía de memoria, esa cuenta: era la de octubre del año anterior dada vuelta. Con las señas de la primavera podía pagar casi todo lo que debía del verano. Después llegaría la primavera, los casamientos de octubre iban a necesitar su plata para el catering, y la plata iba a estar en la cocina de Marisa, pagando el lomo de abril.

Le escribió a Federico un domingo a las diez de la mañana, lo cual ya era un síntoma. Federico contestó con un audio de cuarenta segundos grabado en un asado, con ruido de cubiertos y una risa de fondo:

—No toques la cuenta de las señas. Ni para pagarle a Marisa, ni para pagarte a vos, ni para la batería. Esa plata ya tiene dueño. Las deudas viejas se pagan con fiestas nuevas, no con fiestas que todavía no pasaron.


El lunes fue a la cocina de Marisa. No había ido desde abril, y caminó las últimas dos cuadras despacio, como se camina hacia un consultorio.

Marisa le sirvió un café antes de que se sentara, que era peor que no servírselo. Después abrió el cuaderno de tapa negra en la hoja que tenía el nombre de Carolina arriba, con letra de imprenta, y se la dio vuelta para que la leyera. Eran dos columnas: fecha acordada y fecha pagada. Las de enero estaban en azul. Las de febrero, también. En marzo empezaban a aparecer en rojo, con una diferencia de una semana, después de tres, después un guion.

—Vos me pediste crédito en febrero del año pasado —dijo Marisa— y yo te dije que no. Te lo tomaste igual, de a poquito.

Carolina no tenía nada que decir y no lo dijo. Marisa siguió, con la voz con la que pesaba la harina:

—Hasta que no estemos al día, no tomo fechas tuyas para la primavera.

Eso era más grave que la deuda. Sin Marisa, los cuatro casamientos de octubre y noviembre no tenían catering, o tenían uno de la capital, como el de Lito. Carolina lo pensó durante un minuto entero, con el café enfriándose, y después propuso lo único que tenía: un plan. Setecientos dólares por mes, durante tres meses, desde agosto, por escrito, con fecha. Y una condición que propuso ella antes de que Marisa la pidiera: el saldo de cada fiesta nueva, cuarenta y ocho horas antes, sin excepción, como decía la hoja de la pared, que seguía pegada al lado de la plastificada.

Marisa leyó el papel dos veces, como leía todo, y le agregó una línea con su letra: La deuda vieja no se mezcla con la fiesta nueva. Firmaron las dos.

—Y para pagarme los setecientos, ¿de dónde vas a sacar? —preguntó Marisa cuando Carolina ya estaba en la puerta.

—Todavía no sé.

—Bueno. Por lo menos no me lo pagás con las novias de octubre.


Esa noche Carolina se bajó el sueldo a cero por dos meses. Lo anotó igual en la planilla, en la fila de julio: sueldo Carolina: 0. Federico le había dicho que el sueldo se anota aunque no se cobre, para que se vea lo que el negocio no puede pagar, y ella entendió, mirando ese cero, por qué: no era un ahorro, era una deuda del negocio con ella.

La salida apareció el miércoles, y apareció como aparecen casi todas en este rubro: en un mensaje de alguien que ya la conocía. Vero, la de los quince de Sofía, escribió para preguntar algo que le daba vergüenza preguntar.

—Mi hijo cumple seis en agosto. ¿Vos hacés cumpleaños de nenes, o eso no es para vos?

La primera respuesta que le salió a Carolina, en la cabeza, fue la del orgullo: no, eso no es un evento. Lo había dicho en voz alta en marzo, en la cocina, cuando una madre del club le preguntó lo mismo y ella tenía el verano lleno. Ahora tenía el cuaderno abierto en la hoja de las deudas.

Contestó que sí. Y esa noche, en vez de una respuesta, armó un producto.

Lo llamó fiestas chicas de invierno. Cumpleaños infantiles, bautismos, aniversarios, baby showers, almuerzos de empresa. Ambientación con lo que ya tenía en el garaje, coordinación del día y la lista de proveedores, a precio fijo por tamaño: USD 350 hasta cuarenta personas, USD 500 hasta ochenta, USD 650 hasta ciento veinte. Sin catering propio: el cliente elegía de una lista de tres, con precio por cabeza escrito. Con seña del 50 %, porque eran fiestas chicas y rápidas. Tomi y Agus, que en invierno no tenían trabajo, dijeron que sí antes de que terminara de explicarles. Agus sacó las fotos del primero y las subió con un texto que escribió Carolina en cinco minutos y que sigue siendo, años después, la publicación con más mensajes de la cuenta: "En invierno las fiestas son más chicas. Las ganas, no".

El cumpleaños del hijo de Vero fue un sábado de agosto a las cuatro de la tarde, en el quincho del club, el mismo de los quince de Sofía. El Turco abrió a la hora, porque esta vez había un mensaje escrito con horario. El mago no llegó. A las cinco y diez, con veinte chicos de seis años mirando la puerta, Nico apagó las luces del quincho, puso la música de una película de piratas y sacó de su caja de cables una linterna de colores que usaba para buscar enchufes en los salones oscuros. Veinte chicos bailaron cuarenta minutos persiguiendo un punto de luz verde por la pared de ladrillo. Una madre se acercó al final a pedirle la tarjeta a Nico, convencida de que era un show contratado.

—No, señora. Yo hago sonido.

—Bueno, pero esto también —dijo la madre, y se llevó la tarjeta de Carolina.

En julio y agosto, Ferreyra hizo nueve fiestas chicas, además de las bodas de oro de los Peralta. Cada fiesta chica dejaba, después de pagarles a Tomi y a Agus y de reponer lo que se gastaba, unos USD 160. Las bodas de oro, unos USD 500. Fueron USD 1.940 en dos meses en que el año anterior no había entrado nada. Alcanzó para la primera cuota de Marisa, para la cuota de la vajilla de agosto y para no tocar la cuenta de las señas. A fin de septiembre, la cuenta de las señas tenía USD 4.100, porque habían seguido entrando novias. Carolina la miraba todas las noches como se mira a un perro dormido.


El 31 de agosto a la noche, con las deudas de Nico y del alquiler pagadas con el primer saldo de la primavera y la segunda cuota de Marisa en la cuenta, Carolina compró en la librería del centro una hoja grande, de las que usan los chicos para las láminas, y dibujó el año.

Doce columnas, una por mes. En cada columna, una barra con las fiestas de ese mes: las que ya habían pasado y, de septiembre en adelante, las que estaban reservadas. Seis, seis, seis en el verano. Cuatro en abril. Dos, dos, uno, dos, de mayo a agosto. Cuatro en septiembre. Siete en octubre, nueve en noviembre, once en diciembre. Sesenta en total.

Después trazó una línea horizontal con una regla, a la altura de tres fiestas. La había calculado en el cuaderno: el negocio costaba unos USD 1.500 por mes aunque no hubiera ninguna fiesta, contando el sueldo que no se estaba cobrando, la camioneta, el teléfono, la cuota del régimen y el depósito que era el garaje de Elba, al que ahora le pagaba cien dólares para que fuera un depósito y no un favor. Cada fiesta dejaba, en promedio, unos USD 500. Tres fiestas por mes pagaban el negocio. Menos de tres, el negocio se comía a sí mismo.

Cuatro barras quedaron debajo de la línea. Mayo, junio, julio y agosto. Carolina miró el dibujo un rato, sentada en el piso del garaje entre las cajas de copas, y pensó que el año tenía forma de sonrisa: alto en las puntas, hundido en el medio.

Elba entró a buscar un repasador y se quedó mirando la hoja.

—¿Y eso qué es?

—El año, mamá.

Elba inclinó la cabeza, como hacía Nico con los parlantes.

—Tiene cara de bostezo.

Carolina se rió por primera vez en dos meses. Después hizo la cuenta que el dibujo pedía: cuánto faltaba en cada mes debajo de la línea. Casi quinientos en mayo, casi quinientos en junio, mil en julio, casi quinientos en agosto. Unos USD 2.500 en total. Eso era el invierno. No se podía cambiar: las novias no se casan en julio porque una organizadora lo necesite. Lo que se podía cambiar era cuándo se juntaba esa plata.

Esa noche abrió una tercera cuenta. La llamó invierno. La regla, escrita en el cuaderno y en un papel pegado en el borde de la pantalla de la computadora vieja de Nico: de cada saldo de octubre, noviembre y diciembre, cien dólares a la cuenta de invierno, antes de pagar cualquier otra cosa. Veintisiete fiestas, USD 2.700.

Pegó el dibujo del año en la pared del garaje, entre las etiquetas de Elba. Estuvo ahí seis años. Cada septiembre le agregaba una hoja nueva al lado. Los bostezos se fueron achicando, pero no se cerraron nunca.

Lo que Nova vio

Julio no pasó en julio. Se decidió en octubre, cuando las señas de diciembre pagaron las deudas del verano anterior; en diciembre, cuando la camioneta se compró con la plata de febrero; y en marzo, con las cajas del garaje, que tienen su capítulo. El invierno de un negocio de eventos es la factura del verano. Llega siempre, y llega a nombre de quien gastó la plata cuando había.

Lo que me importa de este capítulo es lo que Carolina no hizo. Tenía USD 2.600 en una cuenta y USD 3.400 de deudas, y una salida rápida que ya conocía porque la había usado. No la usó. El audio de Federico es la regla más importante de este libro dicha en cuarenta segundos y con ruido de asado: la plata de las señas ya tiene dueño. Las deudas viejas se pagan con fiestas nuevas.

Marisa no le cortó el crédito: le impidió seguir tomándolo. Esa diferencia vale la pena. La deuda con un proveedor es la más cara que existe en este rubro, porque no se paga con intereses sino con prioridad, que es justamente lo que una organizadora vende. Un plan escrito, chico y cumplido, recupera esa prioridad. Una promesa de palabra la termina de perder.

Y las fiestas chicas. Me gusta cómo se cuenta la persistencia cuando se la cuenta mal: aguantar, apretar los dientes, esperar la primavera. Carolina no esperó: vendió lo que el invierno compraba. Las fiestas que despreciaba fueron la caja de julio, fueron trabajo para la gente que en invierno se iba con otra, y fueron, aunque eso se ve recién en los capítulos siguientes, la puerta a clientes que en verano no la habrían conocido. Persistir no es quedarse quieta esperando que pase el invierno. Es tener un plan para los meses en que el plan principal no funciona.

Lo que hay que saber

El año de un negocio de eventos tiene forma. La temporada alta va de octubre a marzo, con casamientos, quince y fiestas de fin de año de empresas; la baja, de mayo a agosto. Los sábados concentran cerca del 70 % de los eventos sociales. En el tercer año de Carolina, diciembre trajo once de las sesenta fiestas y, por ser las más grandes, casi un cuarto de lo facturado. Esa forma se repite todos los años con pocas variaciones. No es un problema a resolver: es un dato a planificar.

Figura 1. El tercer año de Carolina: fiestas por mes, los meses por debajo del equilibrio y las decisiones que hicieron el invierno.
Figura 1. El tercer año de Carolina: fiestas por mes, los meses por debajo del equilibrio y las decisiones que hicieron el invierno.

El punto de equilibrio mensual. Se calcula con dos números que Federico había pedido en el capítulo 5: lo que cuesta el negocio por mes aunque no haya fiestas, y lo que deja en promedio cada fiesta después de pagar todo lo que es de esa fiesta. En una línea: fiestas necesarias por mes = gastos fijos del mes ÷ contribución por fiesta. Para Carolina, USD 1.500 ÷ USD 500 = 3 fiestas. Cualquier mes con menos de tres fiestas pierde plata, aunque las fiestas salgan perfectas.

La caja de invierno. Es la suma de lo que falta en los meses por debajo del equilibrio, juntada en los meses de arriba. Se calcula una vez por año, con el dibujo del año anterior y las reservas del que viene, y se separa de a poco: una cantidad fija de cada saldo de temporada alta, apartada antes de pagar cualquier otra cosa. Separada así no duele; juntada en julio no existe.

Figura 2. La caja de invierno: lo que faltó cada mes por debajo del equilibrio, y cuánto había que guardar en diciembre para julio.
Figura 2. La caja de invierno: lo que faltó cada mes por debajo del equilibrio, y cuánto había que guardar en diciembre para julio.

El producto de temporada baja. En invierno sobran tiempo, gente y cosas: los freelancers no tienen trabajo, el depósito está lleno, la dueña tiene horas. Un producto chico, de precio fijo y fácil de vender, que use eso, deja una contribución que en verano parecería ridícula y en julio paga la cuota de la vajilla. Las condiciones de un buen producto de invierno: precio cerrado por tamaño, seña alta porque el plazo es corto, proveedores de lista con precio escrito, y lo que ya se tiene en el depósito. No compite con la temporada alta: la financia.

Las tres cuentas. Fechas, negocio, invierno. La primera guarda la plata de las fiestas que todavía no pasaron; la segunda recibe lo que queda de las que pasaron y paga los gastos fijos; la tercera recibe una parte de cada saldo de verano y paga los meses bajo la línea. No hacen falta tres bancos: hacen falta tres nombres y una regla para cada uno. En la Escuela, el presupuesto anual y su control mes a mes están en el capítulo 10 de Administrar una empresa, y el flujo de caja, en Flujo de caja: por qué una empresa con ganancias puede quebrar.

Para tu negocio

Dibujá tu año en una hoja: doce columnas y una barra por mes con la cantidad de trabajos, los del año pasado y los que ya tenés reservados. Calculá tus gastos fijos del mes, sueldo tuyo incluido aunque hoy no lo cobres, y lo que te deja en promedio cada trabajo. Trazá la línea del equilibrio. Sumá lo que falta en los meses de abajo: esa es tu caja de invierno. Después contestá por escrito: ¿qué podrías vender en esos meses con la gente, el tiempo y las cosas que ya tenés?

Qué registrar desde hoy

  • Los trabajos por mes, año contra año. Con dos años ya ves la forma; con tres, la podés planificar.
  • La contribución de cada trabajo, lo que queda después de pagar todo lo que es de ese trabajo.
  • Los gastos fijos del mes, con tu sueldo escrito aunque sea cero.
  • Las deudas con proveedores, con la fecha acordada y la fecha real de pago. Una columna en rojo es prioridad que se está perdiendo.
  • El saldo de cada cuenta, fechas, negocio e invierno, el primer día de cada mes.

La enseñanza

El invierno no se sobrevive en julio: se paga en diciembre. Y la fiesta que despreciabas en enero es la que te salva en agosto.

Lo que sigue

En el capítulo 8, las tres decisiones que casi cierran el negocio antes de que fuera una empresa: cuarenta y dos cajas de vajilla, un casamiento a trescientos kilómetros cotizado como si fuera a la vuelta, y un socio sin papeles que además dormía en la misma casa.

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