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Libro 7 · Capítulo 8Parte II · Lo de Hugo 12 min de lecturaPor Nova

Mil cuatrocientos cupones

Tres decisiones tomadas en los mejores meses de Lo de Hugo, y la cuenta que nadie hizo antes de cada una: una promoción de dos por uno en un sitio de cupones que vende mil cuatrocientas cenas en una semana, los desayunos desde las siete de la mañana y tres televisores para los partidos. Libro 7, capítulo 8.

Libro 7 · Parte II · Capítulo 8. Anterior: La feria de los tribunales. Índice del libro: La casa invita.

Ninguna de las tres decisiones de este capítulo se tomó en un mal momento. Las tres se tomaron en el tercer año, cuando Lo de Hugo llenaba los fines de semana, el pozo de propinas funcionaba, el calendario de caja tenía reserva y Hugo dormía seis horas por primera vez desde la apertura. Las tres parecían ideas para crecer. Las tres tenían una cuenta que nadie hizo antes.


Los cupones

La vendedora de MitadPrecio se llamaba Daiana, tenía veinticinco años, una tableta con fundas de colores y una sonrisa que Hugo reconoció enseguida, porque era la suya cuando decía la casa invita. Llegó un martes de marzo, a las cuatro de la tarde, cuando el salón estaba vacío, y le mostró a Hugo en la tableta lo que había hecho MitadPrecio por otros restaurantes de la ciudad: una pizzería con fila en la vereda, una cervecería que había vendido tres mil cupones en un fin de semana.

La propuesta era simple. Cena para dos en Lo de Hugo: dos platos principales, dos postres y una botella de vino de la casa. Valor: 52 dólares. Con MitadPrecio, 26. El sitio cobraba el cupón, se quedaba con el cuarenta por ciento de lo que pagaba el cliente y le transfería a Hugo el resto, quince dólares con sesenta por cupón, a los treinta días de usado.

—Es publicidad —dijo Daiana—. Te conocen miles de personas que no te conocían. Y los que vienen, vuelven.

Hugo pensó en los martes a la noche, con veinte cubiertos. Pensó en los del mapa, que llegaban solos. Firmó esa tarde, sin consultar a Mónica, que estaba de guardia, ni a la contadora Ibarguren, que no atendía por teléfono después de las cinco. No firmó ningún límite de cantidad. No firmó qué días se podía usar el cupón, porque el formulario tenía una casilla que decía todos los días salvo feriados ya marcada, y no la desmarcó.

MitadPrecio vendió mil cuatrocientos cupones en siete días.

Empezaron a llegar el lunes siguiente. No llegaron los martes: llegaron los viernes y los sábados, que era cuando la gente salía a cenar, y ocuparon las mesas de los clientes que pagaban precio completo. Un viernes de abril, de las cuarenta y cinco mesas que se sentaron, veintiocho tenían cupón. Aylén tuvo que decirles a tres mesas de habitués que no había lugar. Una de ellas era la del secretario del juzgado del doctor Larraín.

Quique fue el primero en hacer la cuenta, en voz alta, en el pase.

—Dos principales, dos postres y un vino. Doce sesenta de comida, dos ochenta de postre, seis de vino. Veintiún dólares de mercadería. Y nos pagan quince sesenta. —Golpeó una sartén contra la plancha—. Perdemos plata antes de prender el fuego.

Mónica hizo la cuenta completa en mayo, cuando ya se habían usado casi todos. Mil doscientos sesenta cupones canjeados. En cada uno, Lo de Hugo perdía la diferencia entre lo que cobraba y la mercadería, más la parte de los mozos, la cocina, el gas y la tarjeta que esa mesa usaba: casi ocho dólares por cupón, unos nueve mil ochocientos dólares en total. Y eso sin contar las mesas de precio completo que se habían perdido los viernes y los sábados.

—¿Y cuántos volvieron? —preguntó Hugo.

Facundo lo había medido con la letra de la comanda, que seguía usando: una C para los clientes que habían venido con cupón y volvían sin él. En tres meses, de mil doscientas sesenta mesas, habían vuelto setenta y seis. El seis por ciento.

Las reseñas del mapa de esos meses tuvieron una palabra nueva que se repetía: chico. El cupón incluía los platos principales de una lista corta, y la gente que venía con cupón comparaba lo que comía con lo que veía en las mesas de al lado, que habían pedido la milanesa de Quique para compartir.


Los desayunos

La segunda decisión la tomó Hugo un lunes de junio a las siete y media de la mañana, desde la vereda de Colón, mirando cómo los empleados de tribunales entraban al edificio de la calle Rivadavia con un vaso de café de la estación de servicio de la esquina.

—Abrimos a las siete —le dijo a Mónica esa noche—. Café con leche y medialunas. La gente ya pasa por la puerta.

Abrieron a las siete el primer lunes de julio. Hugo alquiló una máquina de café de dos grupos, compró medialunas a una panadería de la avenida y puso detrás de la barra a Cintia, que se ofreció para el turno de la mañana. Hugo abría con ella. Se iba a su casa a las once, dormía una hora, volvía a las doce y media para el mediodía, se iba a las cuatro, volvía a las siete y media para la noche y cerraba a la una y media.

Los desayunos vendieron ciento cuarenta dólares por día las dos primeras semanas y noventa después, cuando pasó la novedad. El turno de la mañana costaba el sueldo de Cintia, la máquina, la mercadería, la luz de cuatro horas más y el gas del calefón. Dejaba, en el mejor caso, veinte dólares por día. En el peor, perdía treinta.

Pero eso no fue lo caro.

En la tercera semana de agosto, Hugo se desmayó en la cocina a las doce y cuarto de la noche, entre la plancha y la puerta de la cámara, con una bandeja de flanes en la mano. Quique lo agarró antes de que se golpeara la cabeza. El médico de la guardia, que era compañero de Mónica, le dijo que tenía una neumonía que había caminado tres semanas y un cansancio que no se curaba con antibióticos. Le dio quince días de reposo.

Lo de Hugo funcionó quince días sin Hugo. Aylén llevó el salón. Quique, la cocina. Mónica, la caja, en sus días libres. Nadie más sabía cerrar la caja como la cerraba Hugo, y en esos quince días hubo seiscientos cuarenta dólares de diferencias que nadie pudo explicar: un vuelto mal dado, una comanda sin cobrar, una mesa que se fue sin pagar un sábado lleno.

Los desayunos se cerraron el día que Hugo volvió. Duraron siete semanas.


Los partidos

La tercera decisión llegó en octubre, con el campeonato, y fue la única que Hugo no tomó solo: se la propuso Facundo, que tenía veintidós años y amigos que buscaban dónde ver los partidos.

Compraron tres televisores grandes y contrataron el paquete de deportes del cable. Los colgaron en las paredes del salón de la zapatería, donde estaban las fotos de Los Faroles, que pasaron al pasillo. El primer sábado que jugó el equipo de la ciudad, a las nueve y media de la noche, el salón de la zapatería se llenó a las ocho y media de grupos de muchachos con camisetas que pidieron cerveza, papas fritas y una pizza que no estaba en la carta y que Quique no hizo.

Se quedaron hasta las doce. Las cuarenta y ocho sillas del salón de la zapatería, que un sábado a la noche giraban dos veces con un ticket de veinticuatro dólares, se ocuparon una sola vez, durante tres horas y media, con un ticket de nueve. Mónica lo calculó con las comandas del sábado anterior y del sábado del partido: la noche del partido, el salón de la zapatería dejó mil quinientos dólares menos para pagar la silla que una noche normal.

Y hubo algo que no se calculaba. A las diez y cuarto, cuando el equipo de la ciudad hizo el primer gol, el grito se escuchó en el salón de la esquina, donde una pareja festejaba cuarenta años de casados en la mesa 7, la misma de la propuesta de casamiento en Los Faroles. La señora se tapó los oídos. El marido pidió la cuenta antes del postre.

Hugo los acompañó hasta la puerta. Les dijo que la casa invitaba la cena. El señor le dijo, con mucha educación, que preferían pagarla, y la pagaron.


Mónica y la contadora Ibarguren hicieron las tres cuentas juntas en noviembre, en la oficina de la calle San Martín, y se las mostraron a Hugo en una hoja.

Los cupones: nueve mil ochocientos dólares perdidos, más las mesas de precio completo que no se sentaron, más setenta y seis clientes nuevos que volvieron. Los desayunos: unos mil novecientos dólares de pérdida en siete semanas, seiscientos cuarenta de diferencias de caja y quince días de Hugo en la cama. Los partidos: dos mil cuatrocientos dólares de televisores, el paquete de cable por mes y unos mil quinientos dólares de silla perdida cada noche de partido importante, que fueron cuatro.

Ninguna de las tres había sido una mala idea en sí. Lo malo era que ninguna tenía una cuenta antes, ni un límite, ni una fecha para revisarla.

Hugo escribió esa noche, en la última hoja del cuaderno de tapa dura de Lo que salió mal, tres reglas que después pegó en la oficina, al lado de los dibujos de Facundo.

Toda promoción tiene, antes de firmarla, la cuenta de cuánto deja cada cliente que la usa, un límite de cantidad y los días en que vale.

Todo servicio nuevo tiene su propia cuenta, su propia gente y una fecha para decidir si sigue. Mis horas también se cuentan.

Una mesa vale lo que deja en el tiempo que está sentada.

Los televisores siguieron colgados en el salón de la zapatería, apagados, hasta que Facundo los vendió en marzo por la mitad de lo que habían costado. Uno quedó en la oficina, conectado a la computadora, para mostrar los dibujos. Los partidos siguieron, en otro lado. MitadPrecio llamó dos veces más. Daiana, la segunda vez, le ofreció un cupón con tope de doscientos y solo martes y miércoles. Hugo hizo la cuenta delante de ella, en una servilleta, y le dijo que no, con la sonrisa de la casa invita.

Lo que Nova vio

Las tres decisiones tienen algo en común que me parece más importante que cada una: se tomaron en el mejor momento del restaurante, por entusiasmo, sin la cuenta. En los meses malos, Hugo ya había aprendido a mirar los números. En los buenos, volvía a decidir con el corazón, porque la plata parecía sobrar.

Los cupones son el caso más claro. Hugo miró lo que veía el cliente (una cena de cincuenta y dos a veintiséis) y no lo que cobraba él (quince con sesenta, a los treinta días). Una promoción de ese tipo puede tener sentido si llena horarios vacíos, con un tope, y si los que vienen vuelven. Esta llenó los horarios llenos, sin tope, y volvió el seis por ciento. Lo que costó traer a cada cliente que volvió fue, haciendo la cuenta, más de ciento veinte dólares por persona: la publicidad más cara que Lo de Hugo pagó en su vida.

Los desayunos muestran algo que los dueños suelen olvidar: las horas propias son un costo. El servicio de la mañana parecía casi gratis porque lo atendía Hugo. Lo pagó Hugo con su cuerpo, y lo pagó el restaurante con quince días de un dueño que era el único que sabía cerrar la caja.

Y los partidos muestran la cuenta más propia de un restaurante: una mesa no vale por estar ocupada, sino por lo que deja en el tiempo que está ocupada. Un salón lleno de cervezas durante tres horas y media un sábado deja menos que el mismo salón medio lleno con dos turnos de cena.

Lo que más me gusta del capítulo es el final: Hugo no se promete no volver a equivocarse. Escribe tres reglas, en su cuaderno, con su letra, y las pega al lado de los dibujos de Facundo. Son reglas para decidir, no prohibiciones: no dicen nunca más cupones, dicen cómo se decide un cupón. Por eso, cuando Daiana vuelve con una oferta mejor pensada, Hugo no la rechaza por miedo. Hace la cuenta en una servilleta, delante de ella, y la rechaza por la cuenta.

Lo que hay que saber

La cuenta de una promoción. Antes de firmar, se calcula cuánto cobra el restaurante por cada cliente que la usa (después de la comisión del sitio y del plazo de pago), cuánto le cuesta lo que entrega, cuántos clientes puede recibir sin desplazar a los que pagan precio completo, y cuántos tienen que volver para que valga la pena. Se pone un límite de cantidad y se eligen los días. Una promoción que llena el sábado no trae clientes nuevos: le cambia el precio a los de siempre.

Figura 1. Un cupón de MitadPrecio en Lo de Hugo: lo que pagaba el cliente, lo que cobraba el restaurante y lo que costaba la cena.
Figura 1. Un cupón de MitadPrecio en Lo de Hugo: lo que pagaba el cliente, lo que cobraba el restaurante y lo que costaba la cena.

Un servicio nuevo es una inversión. Abrir un horario, una línea o un local nuevo tiene costos de arranque, costos por mes y una venta que tarda en llegar. Se evalúa como cualquier inversión: cuánto cuesta, cuánto deja, en cuánto tiempo, y qué pasa si no funciona. Con un equipo propio, sin las horas del dueño de regalo, y con una fecha para decidir. Cómo se evalúa una inversión antes de hacerla está en la guía de la Escuela sobre evaluar una inversión.

Lo que deja una silla por hora. La venta de una mesa dividida por las horas que estuvo ocupada es el número que ordena el salón: una mesa de cuatro con cena y vino durante una hora y media deja mucho más por hora que la misma mesa con cerveza durante tres horas y media. No significa echar a nadie: significa saber qué servicio se ofrece en cada horario. La misma idea de que lo inmovilizado también cuesta, aunque no salga plata de la caja, aparece en la Escuela aplicada al stock, en el inventario como caja inmovilizada.

Figura 2. Las tres decisiones del tercer año, con su cuenta.
Figura 2. Las tres decisiones del tercer año, con su cuenta.

Para tu negocio

Si tenés un restaurante, elegí la última promoción, el último servicio nuevo o la última compra grande que hiciste en un buen momento. Escribí cuánto costó, cuánto dejó y cuánto tiempo tuyo llevó. Contestá por escrito: ¿la cuenta la hiciste antes o después, tenía límite y fecha para revisarla, y qué regla escribirías hoy para la próxima?

Qué registrar desde hoy

  • Cada promoción, con lo que cobra el restaurante por cliente, el tope y los días.
  • Los clientes que vuelven después de una promoción, con una letra en la comanda.
  • Las horas del dueño por servicio, como si fueran de un empleado.
  • La venta por mesa y el tiempo que estuvo ocupada, al menos los sábados.
  • La fecha en que se revisa cada servicio nuevo.

La enseñanza

Las decisiones que casi funden un restaurante no se toman en los meses malos, sino en los buenos, cuando la plata parece sobrar; una promoción, un horario nuevo o una pantalla se deciden con la cuenta antes, con un límite y con una fecha, y las horas del dueño también son una cuenta.

Lo que sigue

En el capítulo 9 empieza la Parte III: Hugo vuelve de los quince días de reposo y descubre que Aylén ya sabe abrir, cerrar, armar la grilla y contar la caja, y que lo único que nadie hizo fue escribirlo.

¿Tenés un restaurante, un bodegón o una parrilla?

Contale a Alex cuántos cubiertos hacés, cómo calculás los precios y dónde se te va la plata, y te dice qué medir primero y cuánto cuesta un sistema para un restaurante como el tuyo. Gratis y sin registrarte.

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