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Libro 17 · Capítulo 5Parte II · La clínica 12 min de lecturaPor Nova

Una castración por dentro

En el cuarto año, Candela alquila una casa grande de la avenida y la convierte en clínica, con un quirófano de verdad, y contrata a otra veterinaria. La primera semana hace doce castraciones al precio de siempre, treinta y cinco dólares cualquier animal. Bastián le pregunta cuánto le cuesta una, y la respuesta depende de si el animal pesa cuatro kilos o treinta y cinco, y de cuántos minutos pasa cada persona alrededor de la camilla.

Libro 17 · Parte II · Capítulo 5. Índice del libro: Después vemos.

La casa había sido de un médico, y tenía todavía, en la puerta de la cochera, un timbre de bronce con la palabra Consultorio grabada. Estaba en la avenida, a tres cuadras del local del kiosco, con un frente de ladrillo, cuatro habitaciones, una cocina grande y un patio con un nogal. Candela la alquiló en marzo del cuarto año por novecientos dólares por mes, y durante dos meses la convirtió en la clínica que había imaginado desde la residencia: adelante, la recepción y la sala de espera, con un mostrador para Zoe y un rincón con alimento y accesorios; dos consultorios en las habitaciones del frente; un quirófano en la habitación del fondo, con azulejos blancos hasta el techo, una lámpara quirúrgica usada, una máquina de anestesia con gas, un monitor, un autoclave nuevo y una mesada de acero; una sala de recuperación con cuatro jaulas; y en el patio, debajo del nogal, un lugar para que los perros esperaran sin pelearse.

Lo pagó con lo que había ahorrado desde el préstamo, con un crédito nuevo del banco a cuatro años, que Bastián negoció con los números del consultorio, y con una parte de la indemnización que había guardado. Veintidós mil dólares, el quirófano casi entero.

Contrató a una segunda veterinaria. Eulalia tenía veintiocho años, era de la capital, había hecho dos años en una clínica de la costa y quería vivir en un pueblo donde se pudiera ir caminando al trabajo. Candela la eligió entre tres porque en la entrevista, cuando le preguntó qué hacía si un dueño no podía pagar una cirugía, Eulalia dijo: le explico cuánto cuesta y le ofrezco cuotas con tarjeta. Zoe, que había empezado la carrera de técnica veterinaria a distancia, pasó a trabajar media jornada en la recepción y media en el quirófano, y la recepción la cubrió una chica nueva a la tarde.

La clínica abrió el primer lunes de mayo. Esa semana, Candela y Eulalia hicieron doce castraciones: siete de perras y gatas de las agrupaciones de rescate, que habían estado esperando el quirófano, y cinco de clientes. Las cobraron como Candela las había cobrado siempre, desde el consultorio, cuando las hacía en la camilla los sábados: treinta y cinco dólares cualquier animal, la mitad para las agrupaciones.


Bastián vino a conocer la clínica el viernes, con una planta de regalo y la calculadora en el bolsillo del saco. Recorrió el quirófano en silencio, mirando la máquina de anestesia como quien mira una heladera nueva que no sabe usar, y en la cocina, mientras Candela hacía café, le preguntó lo que preguntaba siempre.

—¿Cuánto te cuesta una castración?

—La cobro treinta y cinco.

—No te pregunté cuánto la cobrás.

Candela no lo sabía. Lo calcularon esa tarde, en la mesa de la cocina de la clínica, con Eulalia y con Zoe, que eran las que sabían cuánto duraba cada cosa porque la hacían.

—Empecemos por una gata —dijo Bastián—. Contame qué pasa, minuto por minuto, desde que entra hasta que se va.

Zoe lo contó. La gata entraba a las ocho, en ayunas, y la revisaban: cinco minutos de Candela o de Eulalia. Se le ponía la premedicación y esperaba quince minutos en una jaula. Zoe la llevaba al quirófano, le ponía la vía, la intubaba con la veterinaria, la conectaba al gas y al monitor, la afeitaba y le preparaba la piel: quince minutos de las dos. La cirugía, en una gata, veinte minutos de la veterinaria con Zoe al lado. Después, la recuperación: la gata despertaba en la sala de las jaulas, con Zoe mirándola cada diez minutos durante una hora, y la veterinaria la revisaba antes de darle el alta. El dueño venía a buscarla a la tarde, y Zoe le explicaba los cuidados y le daba los calmantes para tres días. A los diez días volvía para el control de la herida, cinco minutos más de la veterinaria.

—En total, unos cincuenta y cinco minutos de la veterinaria y unos noventa de Zoe —dijo Bastián, sumando—. Ahora los materiales.

La premedicación, la anestesia inyectable y el gas: nueve dólares. Las suturas, los guantes, las gasas, el campo, el kit de instrumental que se esterilizaba en el autoclave después de cada cirugía: seis. Los calmantes y el collar isabelino para la casa: cuatro.

—Y el quirófano —dijo Bastián.


El quirófano, le explicó, costaba aunque no se usara. Los veintidós mil dólares de equipos, que en cinco años iba a haber que empezar a reponer: trescientos sesenta y siete por mes. El mantenimiento de la máquina de anestesia y del autoclave, sesenta. La parte del alquiler de la casa que ocupaban el quirófano y la sala de recuperación, trescientos. La luz del quirófano, el gas, el agua caliente, sesenta. Setecientos ochenta y siete dólares por mes. Si el quirófano se usaba sesenta horas por mes, cada hora de quirófano cargaba trece dólares.

Las personas, lo mismo. Bastián puso el sueldo de cada una por las horas que trabajaba en el mes: Candela, quince dólares por hora, contando el sueldo que ella se pagaba desde el consultorio; Eulalia, doce con cincuenta; Zoe, seis con veinticinco.

Sumó todo en una columna.

—Una gata —dijo—. Cincuenta y cinco minutos de la veterinaria, catorce dólares. Noventa minutos de Zoe, nueve. Una hora y cuarto de quirófano ocupado, con la recuperación, dieciséis. Materiales, diecinueve. El control a los diez días, ya contado. Y un poco para las complicaciones: de cada veinte castraciones, una tiene algo, una herida que se abre, una gata que no despierta bien, y esa se atiende sin cobrar. Tres dólares por castración. Sesenta y un dólares. La cobrás treinta y cinco. Y a las agrupaciones, diecisiete con cincuenta.

Eulalia se rió, sin ganas.

—Y una gata es lo más fácil —dijo—. Una perra de treinta y cinco kilos es otra cosa.

La calcularon. Una perra grande llevaba el doble de anestesia, el doble de suturas, una cirugía de cuarenta y cinco minutos en lugar de veinte, una recuperación más larga, dos personas para moverla de la camilla a la jaula. Ciento veinte dólares.

—Le cobrás lo mismo a una gata de cuatro kilos que a una perra de treinta y cinco —dijo Bastián—. A la gata le perdés veintiséis. A la perra, ochenta y cinco.


—¿De dónde salió el treinta y cinco? —preguntó Eulalia.

Candela pensó.

—De la campaña de la municipalidad —dijo—. Hace cinco años, la municipalidad hizo una campaña de castraciones con un veterinario de afuera, en el polideportivo, a treinta y cinco cualquier animal. Desde ahí, en el pueblo, una castración vale treinta y cinco. El doctor Raimundo también cobraba eso.

—La campaña tenía un subsidio de la provincia —dijo Bastián, que llevaba los papeles de la municipalidad—. El veterinario cobraba treinta y cinco del dueño y veinte de la provincia por cada animal. Y hacía cuarenta por día, en fila, en un polideportivo, sin control a los diez días.

Candela se quedó mirando la columna de Bastián. El precio del pueblo era, otra vez, el precio de otro: el de una campaña con subsidio y en fila.


La lista de precios nueva la armaron entre los cuatro esa semana, y Zoe la imprimió y la puso en un marco en la sala de espera, al lado del timbre de bronce.

La castración se cobraba por especie y por peso, con todo incluido: la revisación previa, la anestesia con gas y monitor, la cirugía, la recuperación vigilada, los calmantes para la casa, el collar y el control a los diez días. Gato, cincuenta. Gata, setenta y cinco. Perra hasta diez kilos, noventa y cinco; de diez a veinticinco, ciento veinte; de más de veinticinco, ciento cincuenta. Perro, un tercio menos. Con tarjeta, en tres cuotas.

Para las agrupaciones de rescate, un acuerdo escrito con Rufina, la que coordinaba la más grande: cuarenta por ciento menos que la lista, con un cupo de veinte castraciones por mes entre las dos agrupaciones, todas en un solo día, el primer sábado del mes.

—¿Por qué en un solo día? —preguntó Rufina, que esperaba otra respuesta.

—Porque si hacemos veinte en un día, preparamos el quirófano una vez, esterilizamos los kits en tandas, y Zoe vigila cuatro recuperaciones a la vez en lugar de una —dijo Candela—. Cada castración de ese día nos cuesta un cuarto menos que una suelta. Por eso les podemos cobrar cuarenta por ciento menos sin perder.

Rufina hizo la cuenta en voz alta: lo que pagaban las agrupaciones por castración subía, de diecisiete con cincuenta a unos cincuenta en promedio. Pero ahora tenían veinte lugares fijos por mes, con anestesia con gas y control, en lugar de esperar un sábado libre en el consultorio, y las rifas que hacían para pagar las castraciones alcanzaban para veinte.

—Antes nos hacías diez por mes a diecisiete, cuando podías —dijo—. Y te costaban sesenta.

—Las pagaba yo —dijo Candela.


Dorotea, que seguía yendo a tomar mate a la recepción dos veces por semana, leyó la lista en el marco el primer día, con los anteojos en la punta de la nariz, y se la hizo explicar a Zoe renglón por renglón. Al final dijo que estaba bien, que en sus tiempos de maestra el precio de un guardapolvo también dependía del talle, y que nadie había protestado nunca por eso.

En los primeros meses, la lista nueva espantó a algunos. Dos clientes dijeron que en la campaña era treinta y cinco, y Zoe les explicó qué incluía la castración de la clínica y qué no incluía la de la campaña. Uno se fue a castrar a su perra a otro pueblo. El otro volvió a la semana siguiente.

En diciembre, Bastián comparó los meses con el quirófano. La clínica había hecho doscientas diez castraciones en ocho meses, menos que las que habría hecho cobrando treinta y cinco, y había dejado, con la lista nueva, unos cuarenta dólares por castración por arriba de lo que costaba hacerla, con el quirófano y las personas adentro. Con la lista vieja habría perdido veintiséis en cada gata y ochenta y cinco en cada perra grande.

Los primeros sábados del mes se volvieron una fiesta rara en el patio del nogal: veinte animales de las agrupaciones en jaulas de transporte, voluntarias con termos, Zoe con una planilla en la mano anotando la hora de entrada y de salida de cada uno del quirófano. Eulalia y Candela operaban de a una, mientras la otra preparaba al siguiente. A las cuatro de la tarde, el quirófano estaba limpio.

Esa noche, la del primer sábado de diciembre, Candela miró la planilla de Zoe con las horas de los veinte animales. El promedio había sido de veintidós minutos de quirófano por castración. Las sueltas, entre semana, llevaban cuarenta.

—Lo más caro de una cirugía no es la cirugía —le dijo a Eulalia—. Es todo lo que se hace antes y después para que la cirugía pase.

Lo que Nova vio

Candela sabía operar mejor que casi nadie en la región y no sabía cuánto le costaba una operación. No es raro: el que hace un procedimiento piensa en la parte del medio, la cirugía, y casi nunca en lo que pasa antes y después, que es donde se va la mayor parte del tiempo. La pregunta de Bastián, minuto por minuto, desde que entra hasta que se va, es la que convierte un procedimiento en un costo.

Lo que más me interesa del capítulo es de dónde salió el precio. Treinta y cinco dólares era el precio de una campaña con subsidio de la provincia, en fila, sin control. Como el de la consulta del doctor Raimundo, era el precio de otra situación, que se había quedado en el pueblo como si fuera el precio de las castraciones. Candela lo copió otra vez, ahora con un quirófano de veintidós mil dólares detrás.

Y el sábado de las agrupaciones, que es la mejor decisión del capítulo. No bajó el precio por bondad: lo bajó porque hacer veinte castraciones juntas costaba menos que hacer veinte sueltas. Preparar una vez, esterilizar en tandas, vigilar cuatro recuperaciones a la vez. Así pudo cobrar menos sin perder, y las agrupaciones tuvieron lugares fijos en lugar de esperar un sábado libre.

Lo que hay que saber

El costo de un procedimiento, minuto a minuto. El costo de un servicio que se hace con personas y un lugar equipado se arma con el tiempo de cada persona que interviene, desde que el cliente entra hasta que se va, multiplicado por lo que cuesta una hora de cada una; el tiempo que ocupa el lugar, por lo que cuesta una hora del lugar; los materiales; y una reserva para lo que sale mal. Cómo se costea por órdenes, por procesos y por actividades, y cuándo conviene cada forma, en la guía de la Escuela sobre sistemas de costeo.

Figura 1. Una castración de gata, minuto por minuto y dólar por dólar.
Figura 1. Una castración de gata, minuto por minuto y dólar por dólar.

Una lista de precios por lo que cambia el costo. Si el costo de un servicio cambia mucho según algo que se puede medir, el peso, el tamaño, la complejidad, la lista de precios se arma con eso, y dice qué incluye cada precio. Un precio único para todos hace que unos paguen de más y otros de menos, y que la empresa pierda en los segundos. Cómo se arma un cotizador que no dependa de quien lo use, en el ERP de la Escuela, el cotizador.

Hacer juntos lo que se prepara igual. Cuando varios trabajos iguales comparten una preparación, hacerlos en tanda reparte esa preparación entre todos y baja el costo de cada uno. Esa diferencia es la que permite cobrar menos a un cliente que trae muchos, sin perder.

Figura 2. La lista de precios de la clínica, con todo incluido.
Figura 2. La lista de precios de la clínica, con todo incluido.

Para tu negocio

Si hacés procedimientos o trabajos con un equipo y un lugar, calculá hoy uno minuto por minuto. Contestá por escrito: ¿qué pasa desde que el cliente entra hasta que se va, cuántos minutos de cada persona lleva cada paso, cuánto cuesta una hora de cada persona y una hora de tu lugar equipado, qué materiales usa, cuántas veces sale algo mal y cuánto cuesta, de dónde salió el precio que cobrás, y qué trabajos podrías juntar en tandas para que cuesten menos?

Qué registrar desde hoy

  • El tiempo de cada persona en cada procedimiento, desde la entrada hasta el alta.
  • El tiempo que cada procedimiento ocupa el lugar equipado.
  • Los materiales de cada uno.
  • Las complicaciones, con su costo.
  • El costo por hora de cada persona y del lugar, cada vez que cambia un sueldo o un alquiler.

La enseñanza

Una castración no es la cirugía de veinte minutos sino la hora y media que la rodea, con dos personas, un quirófano y lo que sale mal una de cada veinte veces; el precio de una campaña con subsidio no es un precio, y lo que se hace en tanda cuesta menos y se puede cobrar menos.

Lo que sigue

En el capítulo 6, en el cuarto año, el rincón de alimento de la recepción se vuelve un pet shop con cuarenta marcas de alimento balanceado, porque los clientes lo piden. Se vende mucho. Bastián le muestra a Candela que las bolsas de alimento dejan menos que las uñas cortadas.

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