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Libro 15 · Capítulo 7Parte II · La flota 13 min de lecturaPor Nova

Cuarenta y dos litros cada cien

Con cuatro camiones, Antonela arma la primera planilla de gasoil, y el Blanco, el que maneja Gregorio, gasta cuarenta y dos litros cada cien kilómetros. Los otros, entre treinta y seis y treinta y ocho. En el Cruce corre el rumor de un chofer que vende gasoil. Vanesa no dice nada, Gregorio pierde el premio y lo nota igual. El rastreo y el foso de Celso cuentan otra historia.

Libro 15 · Parte II · Capítulo 7. Índice del libro: Peor es tenerlo parado.

Los dos camiones nuevos llegaron en julio del cuarto año. Eran usados, como todos los de Vanesa: un tractor verde de doce años que vendía un transportista de la zona del puerto que achicaba la flota, y uno gris de once que había sido de un fletero que se fue a trabajar al sur. Celso los escuchó a los dos con los ojos cerrados, le encontró al verde un embrague cansado y al gris una pérdida en el diferencial, y los dos pasaron una semana en el foso antes de cargar nada. Los pagó con lo que había dejado la cosecha, con la diferencia que habían cobrado el Rojo y el Blanco al trabajar directo para la cooperativa, y con un crédito del banco del Cruce a cuatro años.

Contrató a dos choferes. Cirilo, de cuarenta y cinco años, que había manejado quince para Galván y conocía a Vanesa de la playa, se quedó con el Verde. Porfirio, de treinta y ocho, que venía de manejar camiones de hacienda en el sur y quería volver cerca de su familia, se quedó con el Gris. Los dos firmaron el mismo pago que Gregorio: el básico del convenio, cinco centavos por kilómetro cargado y el premio de doscientos dólares por mes con las cuatro condiciones. Cuando Porfirio leyó la del consumo, preguntó cómo se iba a medir.

—Con una planilla —dijo Antonela—. La estoy armando.


Antonela armó la planilla con dos cosas que ya existían y nadie había juntado. Una era la tarjeta de combustible de la estación de la ruta, la que Vanesa había sacado para los adelantos de los fleteros: cada carga quedaba registrada con la fecha, la hora, el camión y los litros. La otra era el rastreo satelital de cada camión, que anotaba los kilómetros. Antonela bajaba las dos cosas los lunes a la mañana, en la oficina que Vanesa había alquilado en julio arriba de la gomería, al lado del estudio de Clemente, y dividía los litros de cada camión por sus kilómetros.

El primer mes completo, el de agosto, salió así: el Rojo, treinta y seis litros cada cien kilómetros. El Verde, treinta y siete. El Gris, treinta y ocho. El Blanco, cuarenta y dos.

Antonela le mostró la planilla a Vanesa sin decir nada, con el número del Blanco marcado en amarillo. Vanesa la miró un rato largo. El Blanco era el camión más nuevo de los cuatro, el que Celso decía que estaba mejor que el Rojo. Y en junio, antes de los camiones nuevos, Clemente lo había medido en treinta y seis.

—Seis litros más cada cien —dijo Antonela—. Con nueve mil seiscientos kilómetros por mes, son quinientos setenta y seis litros. Seiscientos dólares por mes. Siete mil por año.

—¿Le preguntaste a Gregorio?

—No. Pensé que preferías preguntarle vos.

Vanesa no le preguntó. Esa semana, en la estación de servicio de la ruta, el playero le contó, mientras le cargaba al Rojo, lo que se decía en el Cruce desde hacía un mes: que un chofer de alguna empresa de la zona le vendía gasoil a un productor de la otra ruta, sacándolo del tanque con una manguera, a la mitad de precio. Que lo había contado un gomero, que lo había visto un sobrino. Que no se sabía de qué empresa.

Vanesa pagó, subió al Rojo y se quedó en la playa de la estación diez minutos sin arrancar.

Esa noche, en la cocina, sacó del correo de la tarjeta las cargas del Blanco de agosto, una por una, y las comparó con lo que le cabía al tanque. Ninguna pasaba de seiscientos litros, que era lo que entraba. Ninguna era a una hora rara ni en una estación que no fuera la de la ruta. Eso no probaba nada: si alguien sacaba gasoil del tanque con una manguera, las cargas iban a ser normales. Se acordó de Gregorio en la cocina de su casa, el día que se conocieron, diciendo que el dieciocho por ciento era lo justo. Se acordó de los treinta años sin una multa. Apagó la computadora sin haber decidido nada, y por eso no dijo nada.


Gregorio no cobró el premio de agosto. La condición del consumo decía treinta y siete litros, y el Blanco había gastado cuarenta y dos. Antonela le liquidó el básico, el adicional por kilómetro y los viáticos, y le puso en la liquidación, al lado del premio, no corresponde: consumo 42 L/100 km.

Gregorio llegó a la oficina el lunes siguiente a las siete de la mañana, antes que Antonela, y esperó a Vanesa sentado en la escalera de la gomería con el mate cocido en un termo. Cuando ella llegó, no se levantó.

—Treinta años —dijo—. Treinta años sin que nadie piense que le saco algo. Y vos me mirás la planilla y no me preguntás nada. Me lo dice el playero de la estación, que en el Cruce dicen que alguien vende gasoil, y que la Lezcano anda callada.

—No pensé que fueras vos.

—Pensaste. Si no pensabas, me preguntabas.

Vanesa no supo qué decirle, porque tenía razón. Le pidió que subiera. Antonela ya había llegado, y les mostró la planilla a los dos. Gregorio miró los números del Blanco con la cara que tenía cuando miraba una ruta en la que no había estado nunca.

—Yo cargo donde me dicen y cuanto me dicen —dijo—. El tanque no lo toca nadie más que yo. Si gasta cuarenta y dos, hay algo. Y quiero saber qué.

—Entonces lo buscamos juntos —dijo Antonela—. Primero el camión, después la ruta, después el chofer. En ese orden.


Celso puso el Blanco en el foso el martes. Le revisó el motor durante una tarde, con un aparato que conectaba a la computadora del camión y que Vanesa no le había visto nunca, y encontró lo primero: uno de los inyectores no cerraba bien y largaba más gasoil del que el motor quemaba. Un poco por cada vuelta del motor, todo el tiempo. Le mostró a Vanesa la pantalla: la computadora del motor corregía el inyector del tercer cilindro mucho más que los otros cinco, como alguien que tira de una cuerda para enderezar una pared torcida.

—Eso solo te puede dar tres litros cada cien —dijo—. Seiscientos dólares el inyector, con la mano de obra. Y mirá esto. —Le señaló las cubiertas del semirremolque—. Tres están bajas. No mucho, pero bajas. Una cubierta baja hace fuerza contra la ruta todo el viaje. Medio litro, uno.

Faltaban dos litros. Antonela los buscó en el rastreo. El rastreo del Blanco no solo marcaba los kilómetros: marcaba también cuándo el motor estaba encendido con el camión quieto. Antonela lo había visto en las planillas desde el primer día y nunca lo había mirado. Ahora lo miró. En agosto, el Blanco había estado doce noches en la fila del puerto. En cada una, el motor había estado encendido, con el camión parado, entre seis y ocho horas.

—¿Dejás el motor prendido de noche en la fila? —le preguntó Vanesa.

Gregorio la miró como si le preguntara si respiraba de noche.

—En agosto, en el puerto, a la madrugada hace tres bajo cero —dijo—. La cabina del Blanco no tiene calefacción si no anda el motor. Todos dejan el motor prendido. Vos también lo dejabas, con el Rojo.

Vanesa se acordó. Lo dejaba. Nunca lo había pensado como gasoil.

Celso hizo la cuenta: un motor de camión encendido sin andar gasta entre dos y tres litros por hora. Siete horas por noche, doce noches. Unos doscientos diez litros en el mes, sin hacer un solo kilómetro, que la planilla de Antonela repartía entre los kilómetros que el Blanco sí había hecho. Dos litros con veinte cada cien.

—Ahí está todo —dijo Celso—. Tres del inyector, dos del motor prendido de noche, uno de las cubiertas. Seis. El chofer no vende nada.


Gregorio no dijo nada. Vanesa le pidió perdón en la oficina, delante de Antonela y de Celso, que se había quedado para ver el final. Le dijo que tendría que haberle preguntado el primer día, y que no lo había hecho porque tenía miedo de la respuesta. Le pagó el premio de agosto en la liquidación siguiente, con una línea escrita a mano por ella: corresponde: el consumo era del camión.

—Lo del motor de noche lo hacen todos —dijo Gregorio, cuando Celso se fue—. Si lo medís, los otros tres también lo van a tener.

Los otros tres lo tenían. Antonela sacó del rastreo las horas de motor encendido con el camión quieto, por camión y por mes, y las puso en una columna nueva de la planilla. En agosto, entre los cuatro camiones, habían sido seiscientas cuarenta horas: unos mil seiscientos litros de gasoil quemados para calentar cabinas y esperar. Mil setecientos dólares en un mes, sin moverse. En los cuatro meses fríos del año, siete mil.

Vanesa lo habló con Celso. Había una solución que usaban las transportistas grandes y que ningún fletero del Cruce tenía: un calefactor de cabina que funcionaba con un poco de gasoil del mismo tanque, sin encender el motor. Gastaba un cuarto de litro por hora, en lugar de dos y medio. Costaba novecientos dólares por camión, instalado.

—Tres mil seiscientos los cuatro —dijo Clemente, cuando Vanesa le preguntó—. Si ahorran lo que dice Celso, se pagan en el primer invierno. Y los choferes duermen sin olor a gasoil.

Vanesa los puso en septiembre, antes de la cosecha fina. Los choferes se rieron el primer día y no lo apagaron más. Gregorio, después de la primera noche en la fila con el calefactor, le dijo a Antonela que era la primera vez en treinta años que se despertaba en el puerto sin dolor de cabeza.

Clemente le mostró a Vanesa, ese mismo mes, lo que significaba un litro. Con cuatro camiones y nueve mil seiscientos kilómetros por mes cada uno, un litro más cada cien kilómetros en toda la flota eran trescientos ochenta y cuatro litros por mes. Cuatrocientos dólares. Casi cinco mil por año. El gasoil era el renglón más grande de la empresa, más grande que los sueldos, y hasta agosto nadie lo había medido camión por camión.


La planilla del gasoil se quedó. Antonela la armaba todos los lunes, con cuatro columnas por camión: los kilómetros, los litros, los litros cada cien kilómetros y las horas de motor encendido con el camión quieto. Al lado, una marca para cuando algo cambiaba más de un litro de una semana a la otra. Cuando un camión se marcaba, Antonela no llamaba al chofer: llamaba a Celso. El orden que había dicho el primer día lo escribió arriba de la planilla, con su letra prolija: primero el camión, después la ruta, después el chofer.

Con los números de los cuatro, Gregorio les enseñó algo a los otros. Una tarde de octubre, en la playa que Vanesa le alquilaba a Galván para dejar los camiones, les mostró a Cirilo y a Porfirio cómo cambiaba él: siempre antes de las mil cuatrocientas vueltas, sin acelerar en la subida, aflojando antes del cruce en lugar de frenar encima. Porfirio, que venía de la hacienda y manejaba a los tirones, bajó de treinta y ocho litros a treinta y seis en dos meses y cobró su primer premio entero en noviembre.

Y la tarjeta de combustible cambió de lugar. Antonela pidió precios en las tres estaciones de servicio de la ruta, con la flota de cuatro camiones y el volumen de los fleteros de la cosecha, y la de la entrada al Cruce les dio un cuatro por ciento de descuento por cargar todo ahí, con un informe mensual por camión. Seiscientos dólares por mes, que ninguno de los cuatro choferes vio pasar y que pagaban, ellos solos, casi dos semanas del sueldo de Antonela.

El rumor del gasoil siguió dando vueltas en el Cruce hasta fin de año, cuando la policía encontró a un chofer de un transportista de la otra ruta llenando bidones detrás de un galpón. No era de nadie que Vanesa conociera. El playero de la estación se lo contó a Gregorio, y Gregorio se lo contó a Vanesa en la oficina, con el mate cocido en la mano.

—Si no fuera por la planilla —dijo—, en el Cruce todavía pensarían que era yo.

Lo que Nova vio

El número del Blanco era verdad: gastaba seis litros más que los otros. Lo que no era verdad era lo que Vanesa pensó al verlo, y lo pensó porque el número llegó al mismo tiempo que un rumor. Un indicador dice que algo cambió; no dice por qué. Cuando el porqué se completa con lo primero que se oye en la estación de servicio, se termina acusando a la persona que tiene más a mano.

Lo que me parece más útil del capítulo es el orden de Antonela. Primero el camión, después la ruta, después el chofer. Casi siempre, cuando un consumo sube, la causa es una pieza, una cubierta, una costumbre o una ruta, y cuesta poco revisarlas. Recién cuando todo eso está descartado tiene sentido mirar a la persona, y aun así, preguntándole.

Y las seiscientas cuarenta horas de motor encendido, que nadie había medido nunca. Estaban en el rastreo desde el primer día. Todos los choferes del Cruce dejaban el motor prendido de noche, y por eso nadie lo veía: lo que hacen todos parece que no cuesta. Sumado, eran siete mil dólares por invierno.

Lo que hay que saber

El consumo por vehículo, todas las semanas. En una flota, el combustible suele ser el costo más grande, y se mide vehículo por vehículo: litros cargados divididos por kilómetros andados, cada semana o cada mes. Un vehículo que se aparta de su propio promedio o del de los otros se revisa esa semana. Para medirlo hacen falta dos registros que casi siempre ya existen y nadie junta: las cargas de combustible y los kilómetros. Por qué conviene que cada dato tenga un solo lugar de donde se toma, y no tres versiones, en datos y única fuente de verdad.

Figura 1. Litros cada cien kilómetros en agosto del cuarto año, camión por camión.
Figura 1. Litros cada cien kilómetros en agosto del cuarto año, camión por camión.

Primero la máquina, después la persona. Cuando un indicador se dispara, se buscan las causas en orden: el equipo, la forma de uso, el recorrido, y recién al final la persona. Así se encuentran primero las causas más frecuentes y más baratas de corregir, y no se rompe la confianza con alguien por un inyector. Si al final la causa es la persona, se habla con ella con los números en la mano.

Lo que se gasta sin trabajar. Un motor encendido con el camión quieto, una máquina prendida entre dos trabajos, una luz que nadie apaga: lo que se gasta sin producir nada se mide aparte, porque escondido en el promedio no se ve. Qué números conviene mirar cada semana para que estas cosas aparezcan a tiempo, en los diez números.

Figura 2. De dónde salían los seis litros de más del Blanco.
Figura 2. De dónde salían los seis litros de más del Blanco.

Para tu negocio

Si tenés vehículos, máquinas o equipos que consumen combustible o energía, armá hoy su planilla. Contestá por escrito: ¿cuánto consume cada uno por kilómetro, por hora o por unidad producida, cuál se aparta de los demás y desde cuándo, cuántas horas por mes está encendido sin producir, qué revisarías primero si uno se dispara, a quién le preguntarías y cómo, y qué descuento te daría tu proveedor de combustible si le compraras todo a él?

Qué registrar desde hoy

  • Cada carga de combustible, con el vehículo, la fecha y los litros.
  • Los kilómetros u horas de cada vehículo en el mismo período.
  • El consumo de cada uno, todas las semanas, con su promedio.
  • Las horas de motor encendido sin moverse.
  • Cada revisión hecha por un consumo alto, con la causa que se encontró.
  • El precio del combustible por proveedor, y el descuento por volumen.

La enseñanza

Un número que se dispara dice que algo cambió, no quién tiene la culpa; se busca primero en el camión, después en la ruta y al final en el chofer, y se le pregunta a la persona antes de pensar.

Lo que sigue

En el capítulo 8 llega la cosecha fina del cuarto año. La cooperativa pide camiones para el trigo, y Vanesa contrata a un chofer joven por la temporada, Dalmacio, que pide cobrar el dieciocho por ciento. Una noche de diciembre, para no perder un cliente nuevo, Vanesa le promete al cliente dos viajes en una noche.

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