Las vacaciones de las titulares
En octubre del tercer año, Yolanda junta los pedidos de vacaciones: veintiséis de las treinta y cuatro titulares las quieren en enero, cuando terminan las clases de sus hijos. Las oficinas de los clientes, en cambio, trabajan el verano entero y pagan el mismo abono que en mayo. Liliana pone el año en una hoja y descubre que los abonos son planos y los costos no. Libro 10, capítulo 7.
Libro 10 · Parte II · Capítulo 7. Anterior: Las que no vienen el lunes. Índice del libro: Lo absorbemos.
El papel estaba pegado con cinta en la pared del local de la calle Gaboto, al lado del pizarrón de los sitios, desde el primero de octubre: Vacaciones de verano. Anotarse con Yolanda antes del 31. Debajo, Yolanda había dibujado una tabla con los meses de diciembre a abril, y cada titular que pasaba por el local a buscar productos escribía su nombre en el mes que quería.
A fin de octubre, la columna de enero tenía veintiséis nombres. La de febrero, cinco. Diciembre, dos. Marzo, uno: Mirta, que se iba a ver a una hermana a otra provincia y decía que en enero hacía demasiado calor para viajar en micro. Abril, ninguno.
Yolanda se paró frente al papel con Zulma una tarde, a las seis, antes de que empezara el turno noche.
—Veintiséis de treinta y cuatro —dijo—. Son las que tienen chicos en la escuela. Las clases terminan en diciembre y empiezan en marzo, y en enero los chicos no tienen con quién quedarse. Yo también lo quiero en enero.
Zulma miró la columna de enero, con sus nombres en birome azul, negra y uno en lápiz de color, que había escrito el hijo de alguna. Debajo del nombre de Dalma, alguien había dibujado una pelota de playa. Se acordaba de lo que había pasado el enero anterior.
En el enero anterior, el primero con más de veinte personas, Zulma había dicho que sí a todas. Le parecía lo justo: las vacaciones eran un derecho, el verano era para los hijos, y ella había pasado dieciséis años en Atlántico tomándose las vacaciones en mayo porque así lo decidía un supervisor de la capital.
Veintidós titulares se fueron en enero, la mayoría en la misma quincena. Las oficinas de los clientes no se fueron a ninguna parte: la aseguradora trabajó el mes entero, los consorcios necesitaron sus palieres limpios igual, y en los edificios de oficinas del centro hacía más calor y había más gente que nunca, porque muchos aprovechaban el verano para ordenar archivos y pintar. Para cubrir a las que se iban, Zulma tomó siete eventuales por un mes, conocidas de conocidas, que nunca habían estado en ninguno de los sitios. Las dio de alta con Amelia, como siempre, y las mandó a trabajar con una hoja de tareas en la mano.
Enero fue el mes con más reclamos del año. Una eventual dejó abierta la puerta de la terraza de un consorcio y entró agua en el último piso con una tormenta. Otra limpió con lavandina un escritorio de madera lustrada de la escribanía. Tres sitios quedaron sin cubrir un día cada uno, porque dos eventuales no volvieron después de la primera semana. Zulma hizo diecinueve noches de suplente. La última, un domingo de fin de mes, en un consorcio de la plaza, se encontró en el palier con la eventual que la había dejado plantada el martes, que vivía en el cuarto piso y bajaba a sacar la basura. Se saludaron con la cabeza. Ninguna de las dos dijo nada.
Y en febrero, cuando Liliana todavía no trabajaba en la empresa y Amelia le hizo el cierre del mes, la cuenta de enero dio en rojo. Los abonos habían entrado igual que en diciembre, un poco más que en diciembre, porque la paritaria de octubre ya estaba trasladada. Pero en enero se habían pagado las vacaciones de veintidós titulares y, al mismo tiempo, los sueldos de las siete eventuales que hicieron su trabajo, más las horas extra de las suplentes, más el remís de las madrugadas para todas. Mil novecientos dólares menos que en un mes normal.
Esta vez, en octubre, Zulma le pidió a Liliana algo más grande que la lista de las ausencias. Le pidió el año entero en una hoja.
Liliana lo armó en la computadora del local, en tres tardes, con los extractos del banco, las facturas y los recibos de los últimos dos años. Doce columnas, una por mes. En los renglones de arriba, lo que entraba: los abonos, mes por mes, y los trabajos extra, los finales de obra, los pulidos, las mudanzas. En los de abajo, lo que salía: los sueldos, las cargas, el aguinaldo, las vacaciones, las suplencias, los insumos, el remís, el alquiler del local, los impuestos.
Cuando terminó, le mostró a Zulma la hoja impresa, con dos líneas dibujadas a mano encima, una azul y una roja.
La azul era lo que entraba. Era casi recta. Subía un escalón en abril y otro en octubre, cuando se trasladaban las paritarias a los clientes que las pagaban, y tenía un bulto chico en diciembre, por las limpiezas de fin de año y las mudanzas de oficinas. Nada más. Un abono de limpieza se cobra igual en enero que en julio.
La roja era lo que salía, y era una sierra. Saltaba en enero, por las vacaciones de las titulares pagadas al mismo tiempo que las suplentes que las cubrían. Saltaba en junio y en diciembre, por el aguinaldo, que era medio sueldo más de todas las personas de la empresa en un solo mes. Saltaba en abril y en octubre antes que la azul, porque la paritaria se pagaba desde el primer día y los clientes la pagaban con la factura siguiente, o a sesenta días, o nunca, en el caso de los dos sitios de los palitos de Mirta.
—Los meses buenos son siete —dijo Liliana—. Marzo, mayo, julio, agosto, septiembre, noviembre y un poco febrero. Todo lo que la empresa gana en el año se gana en esos siete. Los otros cinco se lo comen, o casi.
Zulma miró la hoja un rato largo. Hasta entonces, cada mes había sido, para ella, un mes bueno o un mes malo, según cómo había quedado la cuenta del banco el día seis. En los meses buenos se compraba una pulidora, o le pagaba a Mirta un bono, o cambiaba los uniformes. En los malos, apretaba los dientes hasta el siguiente. Nunca había mirado el año entero, ni se le había ocurrido que los meses malos eran siempre los mismos.
—Entonces en julio no estoy ganando plata —dijo—. Estoy juntando para diciembre.
—Para diciembre y para enero —dijo Liliana.
Con la hoja del año en la mano, Zulma, Yolanda y Liliana se sentaron un sábado a la mañana en el local, con la cortina a medio bajar, y decidieron cuatro cosas.
La primera fue la de las vacaciones, y fue la más difícil, porque tocaba a los hijos de todas. Amelia les había explicado lo que decía la ley: el empleador fija el período de vacaciones, dentro de los meses que marca la norma, y lo avisa con anticipación; no hace falta que todos se vayan cuando quieren, pero conviene que se vayan contentos. Yolanda propuso una regla que nadie podía decir que era injusta: por cada sitio, nunca más de una titular de cada cuatro de vacaciones en la misma semana. Enero se partió en dos quincenas. Las que tenían hijos en la escuela primaria tenían prioridad para enero, y la prioridad se rotaba cada año entre las que no habían tenido enero el año anterior. Y quien eligiera marzo o abril tenía dos días más de vacaciones, pagados por la empresa, que Zulma decidió sin consultar a nadie porque se acordaba de sus mayos en Atlántico.
La regla se explicó en una reunión en el local, un sábado de noviembre, con facturas de La Espiga y las sillas de plástico que Yolanda pidió prestadas a la parroquia. Hubo quejas, sobre todo de dos titulares que tenían hijos ya grandes y querían enero por costumbre. Yolanda les mostró el papel de la pared, con las veintiséis firmas en una sola columna, y les preguntó quién iba a cubrir los sitios de las veintiséis. Nadie contestó. Una de las dos se anotó en marzo, por los dos días.
Con la regla, la columna de enero quedó en doce nombres, seis por quincena. Febrero, nueve. Marzo, seis, con los dos días de más. Diciembre, cinco. Abril, dos. Yolanda se anotó en marzo, porque en enero era la que tenía que atender el teléfono de las suplencias.
La segunda fue la de las suplentes de verano. En lugar de tomar eventuales el primero de enero, Yolanda tomó tres suplentes de verano en noviembre y las hizo trabajar todo diciembre al lado de las titulares que se iban a ir, para que en enero llegaran a cada sitio sabiendo el código de la alarma y lo que no se tocaba. Las tres sumadas a las cuatro suplentes fijas cubrían las doce vacaciones de enero sin horas extra. Dos de las tres se quedaron después, en marzo, como titulares de sitios nuevos.
La tercera fue la de la plata. Desde noviembre, todos los meses, el día que entraban los abonos, Liliana pasó a una cuenta aparte del banco la doceava parte de lo que la empresa iba a pagar en el año por aguinaldo y por vacaciones. Esa cuenta no se tocaba para otra cosa. En junio, en diciembre y en enero, se vaciaba. Zulma le puso un nombre en el pizarrón del local, para que se viera: la plata de diciembre.
Y la cuarta fue la hoja misma. Liliana la actualizaba el primer viernes de cada mes, con lo que había pasado de verdad al lado de lo que se había previsto, y una columna nueva que miraba seis semanas hacia adelante: lo que iba a entrar y lo que iba a salir, día por día, con el cinco de los sueldos marcado en rojo. Si había un problema, aparecía con seis semanas de tiempo para hacer algo.
El enero del cuarto año, Insaurralde Servicios tenía treinta y seis titulares, cuatro suplentes fijas y tres suplentes de verano. Doce titulares se fueron en enero, seis por quincena. Ningún sitio quedó sin cubrir. Hubo dos reclamos en todo el mes, los dos por cosas que habrían pasado igual con la titular. Zulma no hizo ninguna noche de suplente. Y el cierre de enero, que Liliana le mostró el primer viernes de febrero, dio positivo por primera vez. Poco: trescientos veinte dólares. Pero positivo.
La plata de diciembre había pagado el aguinaldo y las vacaciones sin que la cuenta del banco se diera cuenta.
Lo que Nova vio
En casi todos los rubros de esta colección, la temporada es de los clientes: hay meses en que se vende mucho y meses en que no. En una empresa de limpieza con abonos pasa algo distinto, y por eso cuesta verlo: lo que entra es casi igual todos los meses, y lo que cambia es lo que sale. Las vacaciones, el aguinaldo y las paritarias caen en meses fijos, todos los años, y hacen que la misma empresa, con los mismos clientes y el mismo trabajo, gane en siete meses lo que se come en cinco. Mirado mes por mes, julio parece un mes bueno y enero un desastre. Mirado en una hoja con doce columnas, julio está juntando para enero.
Lo que más me interesa del capítulo es la regla de las vacaciones. Zulma había dicho que sí a todas porque se acordaba de sus mayos en Atlántico, y era un buen motivo. Pero decir que sí a todas no era justo para las que se quedaban a cubrir, ni para los sitios, ni para la propia empresa. La regla de Yolanda, una de cada cuatro por semana con la prioridad rotando, es más justa que el sí a todas, porque todas saben cómo funciona y a todas les toca enero algún año. Y los dos días de más para marzo cuestan menos que siete eventuales que no conocen los sitios.
Fíjense también en la plata de diciembre. No es un fondo de emergencia ni un ahorro: es la parte de cada mes que ya tiene dueño, separada el día que entra para que no parezca ganancia.
Lo que hay que saber
Ingresos planos, costos con picos. En una empresa de servicios con abonos y personal de convenio, los ingresos son casi iguales todos los meses y los costos tienen picos fijos: vacaciones en el verano, aguinaldo en dos meses del año, paritarias que se pagan antes de cobrarlas. Un mes no dice si la empresa gana: lo dice el año.
El presupuesto del año. Doce columnas con lo que va a entrar y lo que va a salir cada mes, armadas con lo que pasó los años anteriores, y cada mes lo real al lado de lo previsto. Cómo se proyecta un año, se compara cada mes y se actúa sobre los desvíos, en el capítulo de la Escuela sobre presupuesto y control presupuestario.
Las vacaciones como plan. Una regla que conoce todo el plantel (cuántas personas por sitio y por semana, quién tiene prioridad y cómo rota), suplentes de verano tomadas antes y entrenadas al lado de las titulares, y un incentivo para quien elige los meses en que menos se pide.
La caja con seis semanas de anticipación. Una proyección de lo que va a entrar y salir, día por día, con las fechas fijas marcadas (los sueldos del quinto día hábil, el aguinaldo, las vacaciones), deja ver los meses pesados con tiempo para separar la plata o conseguirla. La herramienta está explicada en la guía sobre tesorería y flujo de caja proyectado.
Para tu negocio
Si tenés una empresa de limpieza o de servicios con abonos, armá una hoja con los doce meses del último año: lo que entró y lo que salió, mes por mes, con el aguinaldo, las vacaciones y las paritarias en su mes. Contestá por escrito: ¿cuántos meses del año ganaste plata y cuántos la perdiste, en qué meses se tomaron vacaciones tus titulares y quién las cubrió, cuánto te costó cubrirlas, y qué parte de cada mes bueno ya tenía dueño en junio, diciembre o enero?
Qué registrar desde hoy
- Lo que entra y lo que sale cada mes, en una hoja de doce columnas, con lo previsto al lado de lo real.
- Las vacaciones de cada titular: mes, semana y quién la cubrió.
- Las horas de suplencia por vacaciones y su costo, por mes.
- La parte de cada mes que se separa para aguinaldo y vacaciones.
- La caja de las próximas seis semanas, día por día, con los sueldos marcados.
La enseñanza
En una empresa de limpieza los abonos entran parejos y los costos llegan en picos que tienen fecha fija; las vacaciones se reparten con una regla que todas conocen, y la plata de diciembre se separa en julio, cuando todavía parece ganancia.
Lo que sigue
En el capítulo 8, la terminal de contenedores del puerto llama a una licitación privada para su limpieza: tres años, dieciocho personas, el contrato más grande que Zulma vio en su vida. Para ganarla, Zulma acepta la única condición que no estaba en su hoja: un precio fijo durante los tres años.